Por Mabel Igounet.
Siempre tuve un sueño. Supongo que todos lo tenemos. Pero el mío se pudo hacer realidad, en junio de este año, a mis 47 años de edad. Este sueño por el que trabajé mucho tiempo era el de ver y conocer a los Gorilas de Montaña en total y absoluta LIBERTAD.
Salí de mi hogar en Buenos Aires, Argentina, el 12 de junio del 2001,
hacia ese lejano continente de África. Mi vuelo llegaba a Sudáfrica,
Johannesburgo, pero luego de 2 horas y media, tomaba otro hacia Nairobi, Kenia.
Llegué a Kenia el 13 de junio a las 14,30 h.., luego de un viaje tranquilo. En
Nairobi, me encontré con la disyuntiva de viajar a Kampala, Uganda, en bus ó
en avión. En bus eran 12 h. de viaje, desde las 21 h. hasta las 9 h., y no
era seguro. En avión era más caro. Decidí ir en avión, pues viajaba sola y
no hablo inglés, cosa que complicó bastante este viaje, pues si bien el inglés
no es idioma oficial de ninguno de los dos países, lo hablan todas las personas
que habitan en ellos. Tampoco hablaba Suahili o Watussi o Massai. Sólo hablo
Español. De todas maneras, encontré
la forma para contratar en Nairobi una excursión para los días 19, 20 y 21 de
junio al National Park Masai Mara. Debía volver a Nairobi el 22 para viajar
otra vez a Johannesburgo y de allí a Buenos Aires.
A las 22 h., partí a Entebbe (aeropuerto situado a 30 Km. de Kampala)
en un vuelo de Kenia Airways. Llegué una hora después, o sea a las 23 h., y
allí a esa hora no hay nadie, sólo los taxistas. Nos pusimos de acuerdo entre
4 personas para compartir el taxi (así y todo pagamos 25 dólares cada uno),
hasta algún hotel en el centro de Kampala.
Ya ubicada a dos cuadras del centro de la ciudad, en una habitación con
baño privado, pero sin desayuno, por la que pagué 25 dólares por día, me
dediqué a planificar mi día siguiente. Debía ir a buscar los permisos para el
National Park Bwindi, que ya había reservado y pagado desde mi país, y trataría
también de recorrer esa otrora tan lejana ciudad, en la que yo me encontraba.
Así lo hice. A las 8 h., dejé la “supuesta seguridad de mi hotel”
y sin desayunar me lancé a las calles de Kampala. Mala idea. La zona, no era
residencial, al contrario, era muy humilde y con un gran mercado sobre el
terreno que estaba frente a mi hotel (cosa que no había podido ver la noche
anterior por la falta de luz), y toda la gente se reunía en esa cuadra. Traté
de parecer segura y seguí con mi mochila a cuestas, pero enseguida me vi
rodeada por 5 personas del sexo masculino que comenzaron a hablarme en inglés,
y al decir yo: “I don´t speak english”,
estiraron sus manos diciéndome “money”, “money”.
Ante tal requerimiento, terminé ofreciéndoles 5 dólares, con lo que se
fueron y pude seguir con mi curso. En realidad, con este recibimiento, yo estaba
un poco asustada, y como si fuera poco, tenía en mi mente una dirección y no
sabía cómo llegar a ella. Comencé a estudiar a las personas que se cruzaban
conmigo, tratando de notar si eran de naturaleza amables o no. Me decidí por
un hombre que vestía una camisa escocesa y un pantalón de vestir y le pregunté
o mejor dicho, señalé la dirección que tenía escrita y le dije en mi mejor
inglés: “Sorry, I don´t speak english”, a lo que este señor me explicó,
un poco por señas y otro poco en un inglés del mejor estilo Tarzán, que
tomara una moto taxi (estaba lleno de motos), que me debían cobrar un dólar
para llegar a esa dirección. Al ver mi cara de “no entiendo nada”, paró él
mismo a una moto y le dijo dónde me debía llevar y me pidió que le pagara un
dólar al que manejaba. Le agradecí por supuesto su amabilidad y fui hacia Wild Life Uganda a
buscar mis permisos. Cuando llegué me dieron los permisos para el 16 y 17 de
junio ó sea sábado y domingo. También me explicaron que al otro día, viernes
15 debía tomar a las 8 h. el único bus diario que va a Bwindi, en la terminal
de Kampala, ya que si lo perdía, no iba a poder subir el 16 a ver a los
gorilas. Luego de asimilar toda la información, recuerden que al no entender el
idioma, todo se hacía muy largo, pues había que repetir, repetir con señas,
ponernos nerviosos, etc., y asegurarnos a ambas partes que había entendido
todo. Recuerden que yo no había desayunado, por lo que a las 11,30 h.., me sentía
hambrienta realmente. Los restaurantes brillaban por su ausencia, y tampoco había
supermercados o almacenes, sólo habían unos locales, bastante sucios, en los
que se vendían cigarrillos, chicles, galletitas, agua mineral y cerveza, pero
estaba lleno de lugareños que bebían cerveza por lo que yo no me animaba a
entrar. Caminé hasta encontrar un lugar que tenía unas mesas en la vereda y
entonces me animé a sentarme ahí y pedí “chicken “, que eso lo entendí y
cerveza para beber. Debo aclarar que Kampala es una ciudad grande, en la que se
encuentran edificios muy altos como el “Sheraton Hotel,
Hyatt Hotel, Cassino, etc., pero todo eso se encuentra en el sector
centro de la ciudad y esa parte es realmente muy cara. Mi presupuesto no
soportaba ni una comida en un restaurante de lujo, por lo tanto había que
conformarse con la parte humilde de la ciudad.
Volví temprano al hotel, pues no quería que me alcanzara la noche en la
ciudad, pues bastante problemas tuve durante el día, como para esperar la
noche.
Al otro día llamé a un taxi desde el hotel a las 6 h., pues pensaba
llegar con tiempo a la terminal para poder desayunar allá, pues no había
cenado la noche anterior.
Pero también me di cuenta que tuve otra mala idea, al ver la terminal.
Esta era un terreno de 100 metros por 200 metros aproximadamente, en los que había
como 100 micros súper antiguos, era el conjunto de micros más viejos que
hubiera visto en mi vida. En uno de ellos yo tenía que viajar, supuestamente 6
h., hasta Bwindi. Tampoco había nada para comer, sólo vendedores ambulantes
que vendían bananas, o choclos, o unos trozos de carne que no me resultaban muy
confiables. Compré una banana. El bus salió retrasado, recién a las 9,15 h.,
se puso en camino. Iba repleto, pues paraba en todos los pueblos que encontraba
desde Kampala hasta Bwindi. La gente se desesperaba, en los distintos puntos
para subir, ya que era el único bus que había ese día, por lo que la gente
viajaba colgada del mismo. Además llevaban las gallinas y los chivos desde un
pueblo a otro. Realmente el viaje a Bwindi no fue lo mejor que me pudo pasar, y
tampoco duró 6 horas, en realidad llegamos a las 20:30 h.., sí 11 horas después
de comenzar el viaje, a Butogota, pueblito que está 30 Km.. Antes de Bwindi y
en donde termina el recorrido del bus. Por supuesto, yo no sabía que este micro
no llegaba a Bwindi. Siendo de noche, y estando sola en un pueblo totalmente
desconocido comencé a notar que los pobladores del lugar se acercaban de a uno
por vez y me rodeaban hablándome en inglés a lo que yo respondí :”I don´t
speak english”, nuevamente. Luego de un rato, comencé a entender que siempre
que una persona viaja a Bwindi, un taxi la viene a buscar para llevarla. Dicho y
Hecho. El taxi llegó y me recogió, no había otra posibilidad de llegar a
Bwindi si no era por medio de un taxi, por lo que me sentí agradecida.
mi
mochila y pasé por debajo de la barrera y empecé a caminar, hasta llegar a
unas construcciones llamadas Buhoma, en donde me alojaría ese fin de semana.
Realmente me sentí como si regresara a mi hogar. La gente que atiende Buhoma es
excepcional, la atención es excelente y si bien no hay en Buhoma habitaciones
con baño privado, todo es muy cómodo y confortable.
Me levanté a las 7 h.., desayuné y Peter me entregó un lunch para el viaje a la montaña. Luego de hacer los trámites en la oficina partimos hacia la montaña a las 9 h. Luego de 2 horas de caminata o mejor dicho subida, pudimos ver a un lomo plateado comiendo apaciblemente.
Todos preparamos nuestras cámaras
y disparamos sin piedad, allí se mantuvo durante unos minutos y luego nos miró.
Fue allí, donde olvidé sacarle más fotos, su mirada... su mirada, no puedo
explicarlo con palabras, sentí toda su paz, su aceptación, no lo sé, hubiera
querido que el tiempo se detuviera allí mismo, la mirada del gorila de montaña
fue lo mejor que me pudo pasar, fue una hermosa sensación y supe por qué
siempre me habían fascinado estos ¿animales?,
esa mirada no me pareció de un animal, por supuesto tampoco de un humano, nunca
vi a nadie con una mirada, ni siquiera parecida, por lo tanto no sé... son
tantas las preguntas. ¿Cómo alguien pudo confundirlo con un ser malvado y
monstruoso con sed de sangre? ¿Cómo un “ser humano” y fueron muchos, los
pudieron matar hasta llegar casi a la extinción? Nunca voy a poder explicarme
algo así, sobre todo después de haberlos visto.
Luego comenzaron a aparecer más, hembras jóvenes, hembras adultas con
sus bebés, machos lomos negros etc., y nos miraban con curiosidad y con tanta
dulzura e inocencia. Tampoco podía explicarme por qué después de todas las
actitudes que el hombre había tenido con ellos, no nos temían. Eso sí tuvo
una explicación. Bwindi nunca fue invadida por refugiados y tampoco los gorilas
fueron asesinados, eso sucedió en el National Park Mgahinga que está en la
frontera con Rwanda y la República Democrática del Congo, ex Zaire. Allí,
aparentemente suelen esconderse del ser humano. ¿Quién podría culparlos?
De más está decir que en realidad ese fin de semana voló para mi. Pasó
demasiado rápido y cuando quise acordar, estaba bajando de la montaña y ya no
volvería a subir. Ojalá pueda volver algún día.
El lunes 18 volví a Kampala y de allí al aeropuerto de Entebbe para
tomar mi vuelo a Nairobi nuevamente.
Me hospedé en un lindo hotel de Nairobi, pero me avisaron que si salía
por Nairobi tuviera mucho cuidado porque era muy peligrosa. Por lo tanto di sólo
algunas vueltas y regresé al hotel, donde cené, dormí y desayuné muy bien.
A las 9 hs., vinieron a buscarme en una camioneta muy bonita para emprender el viaje hacia Masai Mara, distante a 4 hs. de Nairobi.
Llegamos a Masai Mara alrededor de las 14 hs., pues paramos para almorzar. Mi paquete en el National Park era con carpa y comida incluída. Una vez que nos ubicamos, salimos a dar una vuelta con la camioneta para ver a los animales salvajes.
Masai Mara en realidad me decepcionó un poco, pues había muchos herbívoros
y si bien vi muchos leones, un chita, un leopardo, no estaban las grandes
familias que una está acostumbrada a ver en los documentales de televisión.
A pesar de las cosas desagradables que me sucedieron, el balance total de
este viaje fue sumamente positivo y
lo volvería a hacer con los ojos cerrados y sin pensarlo dos veces.
Si alguna persona necesita más información ó más específica, por
favor no duden en comunicarse conmigo a la siguiente dirección de correo
electrónico: anahi74@hotmail.com
Mabel Igounet. Buenos Aires.
República Argentina