Cronica de VERANO 2000
Mapa corporis
Los rastreadores de inmaculada bata afinan su mirada, las potentes computadoras sudan silicio, multiplican al infinito sus operaciones, los investigadores, atrapados en las hélices del ADN, se hallan en el sprint de una búsqueda apasionante. Científicos a las órdenes de empresas y gobiernos compiten por encontrar cuanto antes el mapa completo del ser humano. La ciencia va arañando los secretos de la vida, penetrando un tanto frívola en los, hasta ahora, insondables misterios de la creación. Se busca denodadamente nuestra íntima cartografía, el genoma humano, en lo que se ha venido a calificar como "uno de los más relevantes proyectos científicos de todos los tiempos". Afirman los especialistas que cada quien albergamos la numerosa familia de 100.000 genes. Descifrarlos es el objetivo de un esfuerzo coordinado de la historia de la biología sin precedentes. Nos revelan los científicos que los genes contienen las instrucciones para construir una persona a partir del óvulo fecundado y determinan muchas de sus características, desde el color de los ojos o la piel hasta la propensión a las principales enfermedades. Se frotan ya sobreinteresadas manos: descifrar este enigma aportará innovaciones muy sustanciales a la prevención de las enfermedades y a su diagnóstico, amén de ayudar a encontrar nuevos fármacos y terapias más eficaces. Los médicos también podrán prescribir tratamientos individualizados para cada paciente.
En esta carrera por sonsacarle información a ese ácido tan complejo como impronunciable, en esta loca búsqueda científica con tanto provecho en materia de salud, sería más halagüeño que la iniciativa pública ganara y diera antes con el tesoro donde se ocultan buena parte de nuestros misterios. Sin embargo, más allá de la competencia de intereses, el tema plantea otras cuestiones no menos trascendentales. Llegados a este punto casi culminante del rastreo, quizá sea el momento también de interrogarnos sobre la naturaleza y el origen de lo que tan ansiadamente perseguimos.
¿Fueron los vientos del azar los que con sus desordenadas intenciones alumbraron el acosado enigma, que ya se cotiza en bolsa antes de su hallazgo final? El azar apenas puede mover una brisa antes de su instante preciso, sacar una semilla fuera de su terreno asignado, apenas alcanza la fuerza para mover unos milímetros el rumbo de nuestras vidas¿No habremos sobrevalorado a la casualidad, no le habremos atribuído un exceso de méritos y colgado más protagonismo del debido?
Difícilmente el azar enterró el tesoro de los tesoros, empujó arenas sobre un mapa humano que tampoco se entretuvo en dibujar. En vísperas del revolucionario hallazgo de nuestro genoma, una obviedad se nos presenta incluso a los más legos en la materia. ¿Cómo podría el capricho ordenar las secuencias genéticas que eminentes científicos, con los ordenadores más potentes y el respaldo económico de grandes gobiernos y corporaciones aún no han logrado descifrar?
A la vista de secretos tan finamente programados e hilados, quizá fuera ya tiempo de que la ciencia insinuara la existencia de una suprema Mente que diseñó y armonizó todo este complejo tinglado de la vida humana. En medio de este acelerado rastreo no nos vendría mal un receso con inyección de humildad incluída. Entre una y otra fría fórmula, la ciencia podría contemplar la posibilidad de una Voluntad diseñadora original, barajar la hipótesis de la hazaña inconmensurable de un primer Programador, capaz no sólo de ensamblar las secuencias de nuestro ADN, sino también de proyectar los otros reinos de la vida, los mundos, los universos de tres, cuatro y quién sabe cuántas dimensiones
El descubrimiento del genoma humano sería una buena ocasión para acercar cielo y tierra, para concertar por fin la boda entre el saber y la espiritualidad. En estos anhelados esponsales las empresas privadas no deberían apadrinar al primero, ni las religiones fundamentalistas a la segunda. Sólo científicos/as templados en el servicio a la humanidad y magos/as entregados a un Dios sin nombre deberían amparar estas nupcias una y otra vez retrasadas.
"Como es arriba es abajo" proclama la sentencia hermética. Los futuros superordenadores que las grandes empresas del ramo están ya acariciando para poder progresar en las exploraciones científicas, no es difícil imaginarlos, aún mucho más sofisticados, en manos de huestes divinas, controlados por los ángeles, elohims o creadores de las formas. El mapa humano sería fruto de su obsesivo diseño, eterno cliquear de esas voluntades altruístas fuera del interés y del tiempo que ahora nos atrapa.
Nos hallamos en vísperas de alcanzar un respetable conocimiento de los elementos esenciales del funcionamiento del cuerpo humano, en la carrera ya final de descifrar el mapa de un genoma previamente concebido y cifrado.
Podemos empezar a ceer que una ciencia avanzadísima y generosa estuvo en el origen de lo que somos y nos rodea. Podemos empezar a pensar que la sublime obra creadora de nuestro mundo pudo estar encomendada a seres elevados, con medios que, hoy por hoy, no podemos ni siquiera imaginar.
La renderización o generación digital de los personajes de la película "Toy story 2" precisó de 120 máquinas con 1680 procesadores. De haber acometido esa labor un solo y potentísmo procesador habría necesitado 220 años. ¿Quién dice que cada flor, cada pájaro, cada órgano humano no fue una y millones de veces medido, dibujado, coloreado en sus partes, diseñado en su totalidad, evaluado en su versatilidad y posibilidades, animado y desanimado, renderizado hasta la saciedad por artífices de paciencia sin límite? ¿Quién dice que detrás de cada maravilla de la naturaleza no hay infinitas horas de nobles seres al mando de gigantescos Pentiums? Los siete días del Génesis bíblico quizá fueron una eternidad en siete fases hasta completar las innumerables familias de los diferentes reinos mineral, vegetal y animal, para poder disfrutar hoy de la magna creación que nos fascina y asiste.
Completado el mapa corporis restaba el descenso del anima, pero la inyección del soplo de vida escapa a nuestra aventurada imaginación. Es un sortilegio que desborda a los bits más inquietos, a los ordenadores más perfeccionados, a las mentes más despabiladas. Es una magia que ya no tiene mapas, ni señales, ni senderos y el Gran Prestigitador se esfumó silente tras sus, aún, opacas bambalinas. Una cosa es descifrar el mapa humano, clonar los cuerpos o construirlos en el más ambicioso de los casos y otra, bien diferente, es ponerlos a caminar, tocados de espíritu, henchidos de vida, embriagados de gozo, por la faz de esta bendita tierra.
La redacción