Examen de conciencia

A nadie se le escapa que el acontecimiento que representa la llegada del año 2.000 (que no tercer milenio, para lo que aún deben de pasar 12 meses), se ha convertido en algo que se asemeja a lo ocurrido en los momentos previos al año 1.000 de la Era Cristiana. En aquellos tiempos, el miedo transmitido a las masas incultas por el clero formado en un concepto oscurantista e infernal del maravilloso mensaje del Cristo hizo creer de una manera generalizada que el fin del mundo había de llegar con el cambio de milenio.

Este miedo parecería a primera vista infundado, ya que se supone que para el buen cristiano la llegada del Reino de Dios es la colmación de toda su existencia. Pero la realidad es que la interpretación (aún hoy) que se daba a este gran evento por parte de los creyentes es que iban a ser juzgados, con la mayor severidad, por un Dios implacable, ávido de condenarles al fuego eterno por la más mínima falta cometida en vida.

Como es obvio, el fin del mundo no llegó hace mil años, pero quizás ese miedo que generó su llegada, ayudó a muchos a plantearse el por qué de sus vidas con una profundidad mayor de lo usual. Sin duda muchos realizaron examen de conciencia "por si acaso" era conveniente estar exento de pecado mortal cuando sonaran las doce campanadas del segundo milenio. Ello fue, como norma general, positivo, ya que ayudó, aún de manera rudimentaria, a que los rudos hombres y mujeres de la Edad Media miraran al cielo y creyeran en una realidad que tenían olvidada.

¿ Qué ocurre ahora ? ¿ Miramos con la misma avidez los signos que los cielos nos transmiten? ¿ Escuchamos con temor los negros presagios que desde púlpitos hoy inexistentes nos anuncian las iglesias oficiales? Sin duda que no. Salvo los escasos miembros de grupos que comprenden la espiritualidad en su verdadera profundidad, o las personas aisladas que han sido tocadas por su Alma Superior, el resto de la Humanidad espera la llegada del 2.000 con su imaginación puesta en grandes fiestas, celebraciones que rivalicen en grandiosidad y consumismo desmesurado que esté a la altura del evento.

En este orden de cosas los medios de comunicación hacen el juego a los creadores de esta cultura de la superficialidad y del olvido de los valores universales, informando por la prensa y la televisión sobre las inolvidables fiestas que las grandes y pequeñas ciudades están preparando para ese día. Y desde el individuo la situación no es mejor; sirva a modo de ejemplo que las ventas de trajes de fiesta ha batido todos los records y que aquí y allá las personas rivalizan sobre la ocurrencia más extravagante a realizar esa noche.

Y en medio de este desbarajuste el ser humano anda perdido, olvidando sus raíces, su verdadera esencia divina, sus auténticos miedos (y hay muchos), despilfarrando su libertad. Se echa de menos ese examen de conciencia que hace mil años hicieron los cristianos, aunque lo hicieran por temor a un castigo divino. Hoy nos consideramos infinitamente más desarrollados, evolucionados y racionales que nuestros antepasados del anterior milenio, pero en esa capacidad para algunos ilimitada de creación y perfección no hay lugar a una "paradiña" donde hacer un pequeño examen del por qué de la vida y del destino del hombre y de sí mismos.

Parece que las celebraciones sin fin ocultaran un miedo tan real como el de hace mil años a enfrentarse al sentido de la vida, a los verdaderos fracasos (que no pecados) sufridos como ser dotado de la facultad de elevarse sobre las limitaciones animales. Así, hacer examen de conciencia se convierte en un ejercicio contracorriente, fuera de los dictados de quienes marcan el destino mundano de las masas. Reflexionar sobre lo bueno y lo malo es el verdadero pecado, porque el pensamiento es el primer acercamiento real del hombre a la Divinidad. Hay que ser gris, feliz pero gris, y poco a poco esa "nada" tan bien narrada simbólicamente en la Historia Interminable podrá dar un paso más.

La alegría, la esperanza, no están reñidas con la responsabilidad, y un mínimo ejercicio de ésta nos hace ver que un acontecimiento como éste no puede quedar en baile, alcohol y música. Los grandes Seres que velan por el desarrollo de la Humanidad ven en esta efemérides una ocasión para que el ser humano dé un salto cuántico en su dimensión espiritual. Reducir su efecto a una noche de juerga y un Año Nuevo de resaca supondría una oportunidad perdida en el largo camino de inclusividad y unión que el hombre recorre a lo largo de Eras. Por si acaso, como hace mil años, reflexionemos y hagamos examen de conciencia, esta vez sobre las oportunidades no aprovechadas y sobre lo que puede hacerse para elevar a la Humanidad en su conjunto. Centro Lusitano de Unificación Cultural

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