MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA

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            Se llama magia blanca a la que practican los magos del espectáculo, diestros en realizar trucos para aparentar que realizan portentos que en realidad no realizan.  También se llama así a la magia realizada a través de poderes sobrenaturales que no perjudican a nadie, e incluso hace el bien, como en el caso de los milagros.  Y la magia negra es aquella que, a pesar de utilizar también los poderes sobrenaturales para hacer el bien, muy a menudo perjudica a alguna persona o personas, animales o cosas, directa o indirectamente. 

Estas tres formas de magia, a pesar de estar tipificadas, se entremezclan habitualmente.  Los magos de espectáculo son los únicos que no hacen uso de los otros dos tipos de magia, sus actuaciones se resumen a engañar al público lo mejor posible, todos lo sabemos, y nos encanta que hagan bien su trabajo.  Sin embargo, en los otros dos tipos de magia, se presume de que no tienen truco, y en muchas ocasiones lo tienen, a la vez que también se convierten muy a menudo en un espectáculo.  Además, estos dos tipos de magia, blanca y negra, se entremezclan habitualmente aunque se anuncien que son de una sola clase.  Por ejemplo, es frecuente observar en un mago o secta, que dice invocar exclusivamente a las fuerzas del bien, como manejan o son manejados por fuerzas del mal.  Así como también nos encontramos con magia negra que hace uso de fuerzas del lado oscuro del ser humano para hacer el bien, aunque no sea bien vista popularmente en el mundo civilizado por el temor que despiertan sus rituales con connotaciones  violentas u obscenas.

   Jugar a buenos y malos, aunque lo hayamos hecho siempre, ya estamos empezando a ser mayorcitos para dejar de hacerlo.  Los malos siempre tuvieron algo de buenos, y los buenos siempre tuvieron algo de malos.  Si bien es cierto que la magia negra sacraliza los más bajos instintos y pasiones del hombre, también es cierto que sus practicantes no son tan negros como los pintan.  Me da la impresión de que todavía nos queda mucho rechazo de aquél que se nos inculcó hace siglos hacia las brujas.  Como también da la impresión de que los creyentes en las religiones blancas, dedicados a potenciar las virtudes del hombre, creen ciegamente que todo lo que sucede en su seno de su creencia esta inspirado por el bien divino, cuando en realidad, cometen en muchas ocasiones más barbaridades contra las personas que los practicantes de magia negra.

En mi opinión, no está suficientemente clarificada esta diferenciación entre las magias que hacen uso de poderes sobrenaturales, de hecho creo que no existe tal tipificación.  En la antigüedad no existía esta diferenciación de blanco y negro para los rituales y para las magias.  Esto sucedió cuando creamos a los dioses omnipotentes, creadores de todas las cosas y supuestamente portadores del bien infinito, fue entonces cuando separamos el bien del mal, a dios del demonio.  Así apareció una magia divina y otra demoníaca, una magia blanca y otra negra.  Pero antes de que esto sucediera, en las civilizaciones antiguas el bien y el mal aparecían entremezclados frecuentemente, en ocasiones como dos caras de una misma moneda.  Innumerables dioses convivían en una sana competencia, unos mejores que otros, unos más perversos que otros, unos más exigentes o más permisivos que otros.  Y no era de extrañar encontrarse en un mismo altar a un dios benevolente junto a un malvado dios demoníaco, un dios de imagen llena de belleza y otro de aspecto terrible; cuando no era el mismo dios el que en unas ocasiones se mostraba monstruoso y en otras hermoso.  Esto todavía podemos observarlo en las imágenes de antiguos templos que no han sido arrasados por la cristiandad o por el Islam.  Todavía quedan cultos politeístas en Oriente y en algunos otros lugares de la Tierra donde no se impusieron ideologías religiosas totalitarias aniquiladoras de todo dios que fuera el suyo.  Allí permanecen los dioses como siempre fueron, en convivencia unos con otros, como estaban en el Panteón romano antes de que los cristianos arrasaran todo tipo de idolatría, o como estaban en la Caaba antes de que Mahoma los expulsara de allí.

Es necesario comprender estas formas ancestrales de adoración para observar adecuadamente en nuestra evolución espiritual.  Nuestros antepasados no tenían el concepto del bien y del mal como nosotros lo vivimos hoy en día, ellos vivían sus impulsos internos descarnadamente, con una sinceridad pasmosa.  Los dioses que adoraban eran reflejo de esos impulsos y, por lo tanto, todo hay que decirlo, eran más lógicos que los dioses infinitos eternamente benéficos.  Las filosofías o religiones que basan sus creencias en los dioses totalitarios tienen muchos más problemas para ser comprendidas por el pueblo que las religiones politeístas.  Tanto es así que allí donde se impusieron las religiones totalitarias, el pueblo continuó adorando a sus viejos dioses en la clandestinidad, o disfrazados de santos, como en el caso de Sudamérica.  Y en Europa, podemos observar como el pueblo llano adora a sus santos locales, como si fueran sus dioses antiguos.  Esta forma de idolatría disimulada es un residuo de una forma de adoración ancestral, consentida por los poderes religiosos al no haber podido extirparla totalmente del pueblo.

En las diferentes realidades virtuales de las diferentes religiones cristianas se consintieron con una mayor o menor permisividad estas mezcolanzas religiosas, permitiéndose una adoración velada a los viejos dioses benéficos, ahora con nombre de santos.  Pero con lo que nunca transigieron las huestes cristianas fue con los rituales de adoración a las deidades malignas (según el concepto cristiano del bien y del mal) o a aquellas que eran buenas en unas ocasiones y perversas en otras.  El concepto del mal de las religiones derivadas de la hebrea, representado por el demonio, había sido arrojado a los infiernos desde el pecado original, y toda forma de adoración al mal debía de ser por obligación herética: es imposible concebir para un creyente en la Biblia que dios se pueda sentar al lado del demonio y recibir los mismos honores de adoración.  Durante muchos siglos se persiguió brutalmente esta ancestral forma de idolatría, recordemos las terribles persecuciones obsesivas de la Inquisición.  Las brujas eran quemadas vivas por practicar sus rituales de magia, que se empezó a llamar negra a pesar de que llevaba miles de años con tonalidades multicolores.

Mas aquello que pueda suceder en una determinada realidad virtual espiritual, en este caso en la bíblica, por mucho que se pretenda imponer por la fuerza, puede no corresponderse con lo que realmente está sucediendo en el interior del hombre.  No se puede imponer un determinado sueño esotérico negando la validez de todos los demás que difieran de él.  La mente humana seguirá soñando con todo aquello que represente su realidad aunque se nieguen por la fuerza ciertos aspectos del sueño.  ¿Quién puede controlar por la fuerza a los sueños?  ¿Quién puede decirnos lo que hemos de soñar?  Es imposible controlar lo que la Humanidad sueña en forma de realidades virtuales espirituales.  Y, sobre todo, es imposible reprimir un sueño repetitivo, porque todo sueño repetitivo nos está denunciando algo importante que está sucediendo en el interior de nuestra mente. 

 Por mucho que las religiones de origen hebreo expulsaran al mal de lo sagrado, en el mundo continuaba el mal ejerciendo su reinado como siempre lo hizo, y los pueblos que no se contaminaron de ideología bíblica continuaron adorándolo, como siempre lo habían hecho.  El mal era escenificado en sus realidades virtuales espirituales, en sus sueños esotéricos particulares.  Rituales de sacrificios de animales o de seres humanos, que a nosotros nos pueden resultar intolerables e incomprensibles, para estos pueblos eran una forma de adoración al mal, semejante a los rituales de adoración de los dioses del bien, pues en muchos casos el bien y el mal eran encarnados por un mismo dios. 

Y en aquellos lugares de la Tierra donde la hegemonía cristiana se había implantado, apareció una forma nueva de adoración clandestina opuesta al ritual más significativo del nuevo régimen religioso, a la misa cristiana.  Con la misa negra se devolvió su dimensión sagrada al mal que le había robado el cristianismo.  La magia negra surgió como revolución contraria al sistema religioso dominante, en ella se adoran y se invocan esas fuerzas que, por mucho que intentamos desterrar de nuestra realidad, continúan existiendo en el mundo muy a pesar nuestro.

En Oriente, también existió la influencia casta y pacifista del budismo, que restó protagonismo al gran número de dioses del Olimpo hindú agresivos u obscenos.

La magia blanca es la que todos conocemos, en las escuelas nos enseñaron que la practicaban los santos de nuestro calendario.  La magia negra es la gran desconocida, donde se adoran en rituales a deidades, fuerzas o entidades, de realidades virtuales creadas con esos impulsos internos de nuestro lado oscuro.

No he practicado ni he asistido a ninguna forma de ritual de magia negra.  Como la mayoría de los ciudadanos occidentales mis preferencias espirituales han estado siempre teñidas de blanco.  Pero esto no quita para que en este estudio sobre las sectas nos interesemos por el negro, más que por conocer las características de los rituales de magia negra ―hay abundantes libros al respecto―, por llegar a descubrir las fuerzas de nuestro lado oscuro que toman cuerpo en estos rituales.

Sigmund Freud también polarizó nuestros principales impulsos internos en dos tendencias principales que podrían corresponderse con la clasificación de las magias blanca y negra; estos impulsos él los llamó eros y tánatos, instinto de vida e instinto de muerte, impulso creador e impulso destructor.  Una bipolaridad que podría explicar la diferenciación de las dos magias sino fuera porque son dos impulsos internos inseparables en la realidad de nuestro mundo:  Toda pulsación de vida lleva, aunque sea en germen, programada su muerte; y toda pulsación de muerte lleva, aunque sea en germen, algún tipo de vida.

Nuestra civilización occidental se ha inclinado hacia la creatividad, obviando los impulsos destructores e incluso negando que sean innatos en el ser humano.  Esta idealización “blanca” de la humanidad, por un lado nos está haciendo desarrollar la creatividad hasta limites insospechados, pero, por otro lado, estamos ignorando al mal como realidad humana, lo que nos está causando ir de sorpresa en sorpresa y de frustración en frustración cada vez que el mal se manifiesta en nuestra sociedad o en nuestras vidas.

No estaría nada mal empezar a interesarnos por llegar a conocer estas fuerzas de nuestro lado oscuro, ocultarlas o negar su existencia no sirve de ayuda para su erradicación.  Con esto no quiero decir que ahora nos dediquemos a asistir a misas negras o a rituales de vudú.  Las creencias en estas realidades virtuales espirituales, como en el caso de las de color blanco, no ayudan en mucho a conocer la realidad de los impulsos internos que las mueven, pues los disfrazan de tal manera que es muy difícil reconocerlos.  La observación de todos esos rituales ha de ser imparcial y objetiva, sin fanatismos, centrándonos en descubrir las esencias que los provocan.  Es un buen método para llegar a conocer nuestro lado oscuro.

Si observamos nuestra reacción ante un ritual sagrado inca o azteca donde se sacrificaba a un individuo como ofrenda a los dioses, no nos costará mucho descubrir nuestro rechazo ante semejante asesinato.  No estamos acostumbrados ni educados para observar fríamente esos rituales sangrientos.  Los sacrificios humanos eran algo bastante frecuente en la antigüedad, eran algo de dominio público.  En la actualidad prácticamente han desaparecido, perseguidos por la ley han sido sustituidos por los sacrificios de animales.  Nuestra censura y condena es absoluta y la vivimos de forma natural, sin ser muy conscientes de cómo hace unos cuantos cientos de años unos seres humanos vivían el asesinato como algo natural y sagrado.  Calificamos de costumbres religiosas bárbaras y salvajes a esos rituales sangrientos, pero, en mi opinión, solamente eran manifestaciones naturales del instinto destructivo del hombre, encarnado en unos dioses iracundos sedientos de sangre y de muerte.

Puede pensarse que el hombre civilizado ha superado en su evolución estos instintos.  Yo no estoy muy de acuerdo con ello.  Las cárceles están llenas de asesinos, y si el asesinato no estuviera perseguido por la ley, sería el pan nuestro de cada día.   Más adelante trataremos en este estudio con más detalle la violencia.

Aunque nosotros no creamos en esos dioses terroríficos, si algún ancestral creyente en ellos levantara la cabeza, se espantaría del caro tributo que en su opinión estamos pagando a sus dioses por no adorarlos.  Tributo que se cobran en los sangrientos accidentes de tráfico o laborables, o en los asesinatos, masacres comparables con las producidas en las guerras o desastres naturales que ellos vivían.  Casi seguro que nos comunicaría la necesidad de, según sus creencias, adorar sus terribles dioses para que no continuasen masacrando nuestra población.  De esta forma ellos pensaban que calmaban la sed de sangre de las fuerzas del mal.  Nosotros no lo creemos así, pero todavía no hemos encontrado la fórmula para evitar que el mal siga bebiendo nuestra sangre y se siga cobrando su tributo de víctimas aunque no hagamos ya sacrificios humanos.

Son esas fuerzas destructivas, instintos del lado oscuro humano, las que tienen cabida en la magia negra y mueven los hilos de sus dioses.  Sin embargo, en la magia blanca se consideran instintos pecaminosos que debemos de reprimir.  No cabe duda de que la magia blanca esta diseñada para facilitar la convivencia pacífica entre nosotros.  Pero, insisto, aunque hallamos escogido el camino de la blancura espiritual, no debemos de olvidarnos de nuestro lado oscuro; zona sin luz de nuestro interior porque la hemos arrojado a las profundidades de nuestro inconsciente colectivo; y, aunque no la veamos, vemos el mal nuestro de cada día que nos muestra como sigue tan vivo como cuando estaba representado en los altares.

Las realidades virtuales de las vías esotéricas de magia negra, como se puede comprender, están llenas de seres espeluznantes, dioses medio animales, medio hombres; el mismo demonio es uno de ellos.  Las deidades del vudú, de la Macumba, de los rituales chamánicos, suelen ser espíritus de la naturaleza, muchos de ellos de animales que se encarnan en los danzantes al ritmo trepidante de los tambores sagrados.

Sin embargo, las realidades virtuales de magia blanca ―todos las conocemos― están representadas por dioses todopoderosos, reyes únicos, rodeados de santos y de hermosos ángeles benéficos, puros, vestidos de blanco, entonando alabanzas al ritmo de cánticos celestiales.

Tantos unos como otros dioses o entidades espirituales se encarnan en sus devotos creyentes.  Los blancos siempre empeñados en hacer el bien y evitando en lo posible hacer el mal, aunque en ocasiones no dudan en hacerlo cuando se trata descargar la ira divina sobre los herejes.  Los negros, al estar impulsados por los instintos más primarios humanos, por sus pasiones, no dudan en hacer el mal para beneficiar a alguno de sus devotos.  La ira, la venganza y las luchas por el poder mueven los hilos de las oscuras fuerzas ocultas negras.  Algo que también les sucede a los blancos, pero no tan descaradamente, ya que lo disimulan muy bien.

El mal de ojo es la fuerza negativa de la magia negra que más popularidad ha alcanzado.  Los especialistas en el mal de ojo se están forrando; por un lado cobrando para echarlo sobre quien les paga para que lo hagan, y, por otro lado, quitándoselo a quien siente que se lo han echado, y también les paga.  Se está haciendo tan famosa esta maldición que muchas personas, obsesionadas con ella, en cuanto les duele la cabeza, o tienen algún otro achaque, ya piensan que les han echado el mal de ojo.  Es una maldición que atemoriza y obsesiona en exceso.  Su poder de dañar creo que radica más en el miedo de las personas, que en el propio poder de las fuerzas utilizadas para hacer el mal.  Yo, lo siento, no puedo dar detalles de cómo se produce ni de como se contrarresta ―hay muchos especialistas que han escrito sobre ello―, nunca he presenciado un ritual para echar el mal de ojo sobre alguien, y si me lo han echado encima, yo no me he dado cuenta.  En mi ignorancia puedo deducir que se trata de la mala leche que tenemos los humanos condensada y arrojada sobre alguien para enfermarlo; algo semejante a lo enfermos que nos puede poner estar durante días en el trabajo o en la familia conviviendo con alguien que nos tiene ojeriza.  Ese es el único mal de ojo que conozco, nada desdeñable por otra parte.  Como también es nada desdeñable el mal de ojo que echan algunos religiosos magos blancos sobre quienes consideran herejes.  Ese tipo de mal de ojo blanco, apoyado por la ira divina de los grandes dioses de “infinita bondad”, ha causado muchos más muertos que el típico mal de ojo de la magia negra.

Para el hombre moderno, el mayor atractivo de la magia negra, y quizás el único, son las orgías sexuales que en muchas ocasiones ponen el punto final en los rituales.  Pero ese es un tema que lo dejamos para el capítulo siguiente.