MIGUEL SOLA GALARZA,
PASTOR BUENO
Semblanza Sacerdotal
Por
José María Lorenzo Amelibia
INTRODUCCIÓN
Algo emanaba Don Miguel Sola que inspiraba confianza y paz en el alma. Cuando una persona tomaba contacto con este sacerdote, le venían ganas de ser mejor, como un aumento de fe y una decisión firme de continuar en la práctica religiosa. ¿De dónde le provenía a este hombre santo esa fuerza que irradiaba amor al bien? A lo largo de estas páginas intentaremos ir descubriendo, en cuanto podamos, el misterio, grande en su sencillez, de nuestro Pastor Bueno. Fue humilde e hizo obras importantes. Pero lo que de verdad admiramos en él son sus virtudes, su modo de vivir el sacerdocio, su profunda espiritualidad.
Es muy difícil encontrar una persona dotada de mansedumbre y paz inalterables, de celo por la salvación de las almas, de simpatía acogedora con un sentido suave del humor, de piedad profunda, de amor a la Eucaristía, y que mantenga su imagen de "Pastor Bueno" durante casi setenta años de vida sacerdotal. Don Miguel Sola Galarza ha sido todo esto y lo ha conservado a lo largo de toda su existencia terrena, desde sus primeros años de pastoreo, allá por el 1932. Cuantos le han tratado son testigos de ello.
Don Miguel vivía en oración y se dejaba empapar del amor de Dios. Por eso, en cuanto cualquiera entraba en contacto con él, lo notaba. No es que sólo supiera hablar de cosas de religión; su temática era tan variada como la misma vida, pero se solía amañar a lo largo de la conversación, para llevar el agua a su molino. Unas veces lo hacía comentando algo del padre Nieto, otras recordando algún tema que interesaba al interlocutor. Lo suyo era el Reino de Dios, la salvación de las almas. Lo llevaba tan en la sangre que no hubiese podido prescindir de ello. ¡Era lo suyo!
Muchos que lo trataron y conocieron en sus tiempos más luminosos de párroco, arcipreste de Estella y Vicario General, casi llegaron a ignorar después su existencia. Pero allí estaba, en la casa de Ejercicios Espirituales de Burlada, muy en silencio, pero fecundo en la profundidad del surco, y a la vez con una intensa laboriosidad, trabajando como orfebre divino en buen número de almas que a él se confiaban.
Porque la vida activa de nuestro Pastor Bueno se divide en dos grandes épocas de aproximadamente treinta años cada una: en la primera, todo fue viento en popa: éxito vistoso en su apostolado de párroco constante, que desemboca en la Vicaría General de la diócesis. En la segunda etapa, dentro de una debilidad fisiológica casi inalterable, influye de manera continua en las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa, sin que apenas nadie se entere, pero de forma eficaz. Uno llega a dudar cuál de las dos etapas de don Miguel fue más fecunda en el Reino de Dios.
"Don Miguel para mí es un santo: le he rezado a él; me encomiendo a él"; - dice Prudencio Silvestre coadjutor y colaborador en Estella de nuestro sacerdote durante varios años. Y de una u otra forma, casi todas las personas entrevistadas para redactar esta semblanza, coinciden en la misma idea de santidad del P. Sola. Pero con nuestros puntos de vista no queremos prevenir el juicio de la Santa Iglesia sobre este Pastor Bueno. Únicamente nos fijamos en varias características de su vida por las que nos parece verdadero modelo para los sacerdotes de nuestro tiempo.
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I
Los Comienzos
Nació Don Miguel Sola en Sangüesa, bella ciudad de Navarra cuajada de arte y de devoción a San Francisco Javier, y vio la luz en un lugar llamado "La Magdalena". Allí vivían sus padres que eran agricultores fuertes. Una casa grande de labranza recogió el primer suspiro de quien más tarde sería un sacerdote santo, un gran pastor de almas. Era el 28 de julio de 1909, cuando el sol caía a plomo sobre los campos de los Sola. Su padre veía con frecuencia desde sus dominios el castillo de Javier. Habría pedido al Señor algún hijo que fuera sacerdote como el Apóstol de las Indias, y en aquel mediodía de julio se lo había concedido. Muy pronto lo bautizaron, y enseguida lo bajaron al templo familiar de San Adrián - la Magdalena, ermita románica, joya de arte, a las afueras de la Ciudad, camino de Sos del Rey Católico.
Los padres se llamaban Francisco y Elvira. Eran labradores. Muy religiosos los dos; tenían costumbres cristianas y la familia poseía la bella ermita de La Magdalena. Fueron siete hermanos; de mayor a menor estos eran sus nombres: Antonino, Saturnino, José, Encarnación, Javier, Miguel y Bernardo. Todos fueron labradores en Sangüesa, menos Saturnino que fue perito agrícola empleado de la Diputación, y Miguel, sacerdote. Todos se casaron, excepto Encarnación y Miguel. En la amplia casa solariega habitaron los padres, y después las familias de José y Javier además de Encarnación.
Fueron los siete hermanos al estilo de los padres, profundamente religiosos. Casi todos murieron a edad muy avanzada. Don Miguel quedó el último, como para cerrar una saga con broche de oro. Pero no vayamos a pensar que se trataba de una familia tan "buena" que se pasaba el día entero rezando padrenuestros. Con el humor que caracterizaba a Don Miguel me lo solía contar:
" Desde niño, todas las semanas me confesaba, como está mandado. Y en todas las ocasiones iba con la misma cantinela: Que he reñido con mi hermano. ¿Dónde estaría mi propósito? El confesor, para que me corrigiera, me preguntaba:
"Poco me acuerdo de lo que me han dicho mis padres de la infancia de Don Miguel - dice su sobrino Ángel Sola:- De pequeño le gustaba jugar con santos y altares y decir "misas". Los jesuitas querían que entrara en la Compañía, pero él, todavía niño decía: "Yo seré cura, pero fuera". Tenía un amigo de infancia que se llamaba Estanis, los dos se apreciaban mucho y los dos deseaban ser sacerdotes, y los dos llegaron a serlo; y juntos se prepararon con un presbítero de Sangüesa para entrar en el Seminario; estudiaban gramática; y así no pasaban de golpe de la escuela al seminario. Fueron los inicios de su vocación. En la familia había un clérigo, hermanastro de los Sola, que se llamaba don Gregorio Reta. En la casa se le veneraba; tal vez Miguel se fijaría en él para seguir sus huellas".
Al Seminario
Comenzó sus estudios en Javier. Era aquello una preceptoría; allí aprobó los dos primeros años de humanidades; después marchó al seminario de Pamplona, pero allí no estudió la Teología. Poco solía contar en sus conversaciones de los años de seminario. Tan solo alguna anécdota jocosa de un profesor muy "famoso". Así les explicaba la noción de línea recta:
El "héroe" caminaba lentamente.
En una ocasión el Rector del Seminario convocó a todos los profesores a claustro con el fin de llamar la atención al de Física dentro del grupo, pero sin nombrarle. Les dice el Rector: - Alguno de ustedes tiene que tener cuidado: - refiriéndose al de Física -. Los alumnos se portan muy mal en su clase.
El aludido, del todo despistado, exclama en voz alta: - ¡No seré yo ése! Los tengo a todos más derechos que una vela.
Nos da la impresión de que no le gustaba a Sola demasiado el ambiente del seminario de aquellos años, con un clima un tanto belicoso. Dicen, no sé si será cierto o no, que algunos alumnos incluso iban armados. Esto no podía agradarle a don Miguel, dado su temperamento tranquilo y conciliador.
Pienso que pasó por el Seminario de Pamplona nuestro sacerdote sin pena ni gloria. Luego marchó a Comillas. Allí fue a estudiar Teología; allí obtuvo la licenciatura, y allí cambió toda su trayectoria. ¿Hubo una conversión? Creemos que no; que más bien fue un cambio muy lento. Se encontró en la Universidad Pontificia con el Padre Nieto como director espiritual. Este hombre de Dios le marcó hacia las alturas con el testimonio de su vida y consejo. El contacto con el santo jesuita, del que hablaremos en este relato en varias ocasiones, fue el gran estímulo de vida heroica en la existencia sacerdotal de don Miguel Sola. Con frecuencia lo mencionaba en sus conversaciones con santa emulación. Todo el mundo sabía que la espiritualidad sacerdotal de nuestro cura se mantuvo con el estilo del Santo de Loyola. Y se debe, sin duda ninguna, a la dirección espiritual del P. Manuel García Nieto.
La formación académica de tipo escolástico moldeó la inteligencia de nuestro sacerdote de tal manera, que siempre demostró un orden impecable en sus cosas y en su quehacer apostólico. Nada improvisaba; todo lo llevaba bajo el control de un método implícito. Pero no con la obsesión del maníaco por el orden, sino con la delicadeza y suavidad de un Francisco de Sales. No le dominaba el orden; él era quien se servía del método como de un instrumento poderoso, mas sin sentirse esclavo.
No sé si habrás oído lo que te voy a contar, me dice Lino Otano: "Don Miguel Sola fue rector de Javier. Me refiero a los tiempos de la República, cuando expulsaron de España a los jesuitas. Todavía no había terminado su carrera; tal vez sería en tiempo de vacaciones, pero fue nombrado rector del Castillo de Javier y de su colegio, de todos los anejos a la basílica. No había, por supuesto, estudiantes. Pero él fue responsable de todo aquel complejo. Yo creo que esto influyó mucho en la vida de nuestro sacerdote, y desde entonces aumentó su devoción por el glorioso Apóstol Navarro; de tal manera que gustaba de organizar excursiones desde sus parroquias a la cuna de Javier, y siempre fue grande el número de fieles suyos que, desde el primer momento, acudían a las javieradas".
Sacerdocio, Primeros Años
Guardaba don Miguel en una carpeta celosamente los títulos de las órdenes sagradas: tonsura y órdenes menores, los días 13 y 14 de diciembre de 1930 las recibió de manos del Vicario General de las Españas, Raimundo Pérez Rodríguez; el subdiaconado fue conferido por el obispo Isidoro Gomá de Tarazona, el 12 de diciembre de 1931; el diaconado, por don José Eguino, obispo de Santander, el 13 de marzo de 1932; y el presbiterado por el mismo obispo el día de Santiago de ese año 32. Guardaba también, fechado el quince de mayo de 1937 el nombramiento de cura ecónomo de Aibar; cuando se marchó Don Pedro Alfaro.
Apenas tenemos detalles de su Primera Misa, de aquellos sus fervores de nuevo sacerdote. Sabemos que estuvieron, además de los familiares, sus dos amigos y compañeros: José María Barbarin y Julián Espelosín. Pronto tomó posesión de su primer nombramiento: Orbaiz y en segundo servicio Ezcay; era el mes de septiembre de 1932. Estuvo allí un mes escaso. El obispo le dio veinte duros para que se arreglara todo el tiempo de permanencia en aquellos pueblos minúsculos, como un mes.
Desde antes de llegar al sacerdocio estaba convencido del gran principio que tantas veces había escuchado en las pláticas precedentes a las sagradas órdenes: "Si eres sacerdote, tienes que ser santo". Y en todo momento se podía comprobar que vivía la espiritualidad propia del sacerdote diocesano con marcados matices ignacianos, o como algunos decían "jesuíticos". Para don Miguel era imposible separar la espiritualidad, del ministerio pastoral; estaban en su mente sustancialmente unidos ambos conceptos. Lo tenía bien claro: "No se puede ser santo sin ser apóstol; y no se puede ser apóstol sin ser santo". A eso aspiró, y nos parece que consiguió su propósito porque supo corresponder a la acción de Dios.
Y aquí viene algo interesante, algo que para muchos será la primera noticia. Marchó desde Orbaiz de nuevo al la Facultad de Teología a preparar la tesis doctoral; porque don Miguel Sola era doctor en Teología, con la calificación más brillante. Hemos podido acceder a sus notas en la Universidad Pontifica de Comillas; fueron en total dieciséis: de ellas, una matrícula de honor, once sobresalientes y cuatro notables; era una buena cabeza. Pero jamás le hemos oído referirse a sus calificaciones. Cuando su sobrino Ángel descubrió los papeles del tío, apareció allí este pequeño secreto ignorado por todos: la brillantez de sus estudios. Ni en broma, ni como inciso, jamás hizo referencia en sus conversaciones a estos éxitos académicos. Y nunca le oí mencionar para nada su licenciatura y posterior doctorado en Teología.
Desde sus años de estudiante en Comillas, el seminarista Sola se encontró con el rostro de Jesús y aquel encuentro no le dejó intacto; le marcó con sello cuasi sacramental durante toda su vida. No se trata de una conversión ruidosa. Nunca él hizo mención de esto; pero sí con gran frecuencia invocaba al padre Nieto, su director espiritual, el que le ayudó no solo en los tiempos de seminario, sino también durante los largos años de su actividad pastoral. Podemos aplicar a nuestro amigo la frase que decía Ibn Arabí: "Aquel cuya "enfermedad" es Jesucristo no puede "curar" jamás". Fue una relación personal íntima la que comenzó entonces con Jesús, sobre todo presente en la Eucaristía, y nunca cesó. Aquel santo padre Nieto que durante décadas formó centenares de sacerdotes supo infundir en ellos tal amor al Sagrario que, junto con el beato don Manuel González y otros santos anónimos, consiguieron que nuestro Pueblo ardiera en fervor eucarístico.
Coadjutor De Aibar
Cuando regresó con su doctorado de la Universidad Pontificia, fue nombrado coadjutor de Aibar. Allí figuraba como párroco Don Pedro Alfaro, sacerdote de gran prestigio en la diócesis a lo largo de toda su vida. Y fue enviado a esa pequeña localidad de Navarra don Miguel Sola. Desde el primer momento comenzó a trabajar con ilusión. Malos tiempos eran aquellos para una pastoral equilibrada. Pero nuestro sacerdote supo ganarse el afecto de todos, y por supuesto el de su párroco, don Pedro, con quien colaboró con gran fidelidad. Ninguno de los dos puso sobre el tapete su diversidad en cuanto a idea política, de tendencia nacionalista suave el párroco, y de familia carlista el segundo. En ningún momento de su vida se pronunció don Miguel en tema político partidista. Algo parecido a lo que ocurría entre Ignacio de Loyola y Francisco Javier. La única política de ambos sacerdotes del pueblo fue el bien de las almas y apaciguar los ánimos de los fieles un tanto exaltados por todos los eventos que estaban ocurriendo.
Lino Otano admiraba mucho a don Miguel Sola; nació en Aibar, marchó al seminario, y más tarde fue coadjutor suyo en Estella. Es agradable hablar con personas que le han apreciado y en las que ha influido. Me cuenta muchas cosas de nuestro hombre: "Era muy madrugador; el gran madrugador desde sus primeros años de sacerdote. Lo "marcó" el padre Nieto. Y el madrugar fue para él una exigencia fuerte. Se levantaba muy pronto para orar. Poco después de las cinco de la mañana comenzaba su diálogo con Dios. Empezaba en casa esta relación primera de amistad con el Señor. Y muy temprano, siempre el primero, aparecía en la iglesia para continuar su oración, que interrumpía en el momento en que se asomaba el primer fiel para ser atendido en el confesonario. Yo recuerdo que los primeros tiempos en que fui coadjutor de Estella - dice Lino Otano - estuve hospedado, junto con otro compañero, en la casa de este gran párroco. Nos llamaba muy temprano, pero mucho tiempo después de que él se levantara".
Incluso los días que pasaba de vacación en Sangüesa, afirma su sobrino Ángel, madrugaba muchísimo. Cuando más tarde se levantó era a la seis y media. Su hora de meditación no podía faltar; y después el breviario.
La Guerra Civil Y Párroco De Aibar
Estalló la guerra civil. Sabemos que en su parroquia fueron fusiladas unas trece personas a pesar de los esfuerzos por evitarlo y del disgusto de los dos curas; sí consiguieron salvar a algunos, pero no a todos. En medio de aquel caos, en medio de las amenazas que incluso sufrió don Pedro Alfaro, fue enviado nuestro coadjutor de Aibar al campo de batalla como capellán en el bando de la derecha. No tenemos noticias del tiempo que allí permaneció, creemos que la mayor parte de la contienda.
Cuando volvió al pueblo, muy pronto fue destinado don Pedro a la parroquia de San Juan de Estella, y el P. Sola quedó ya como primer líder religioso de Aibar. Duros, muy duros aquellos primeros años, una vez finalizada la guerra. La labor que se le imponía era apaciguar y lograr la reconciliación de todos. Dios había dotado a Don Miguel de una cualidad extraordinaria para esto. Él escuchaba a unos y a otros; él conseguía la reconciliación de las familias. Sus conversaciones, su predicación, todo iba encaminado a este fin. Y lo consiguió en gran parte. Fue una labor curativa entre los de un bando y los del otro. Alrededor de treinta y cinco familias estaban afectadas muy profundamente por la muerte de seres queridos en aquella contienda civil. El santo párroco curaba heridas del espíritu; ayudaba a que cicatrizasen los malos recuerdos. No pudo, como es natural, sanar aquellas terribles llagas al cien por cien; lo cierto es que trabajó y consiguió mucho.
Podía haber ocurrido cualquier cosa en aquel pueblo de mil quinientos habitantes. De vez en cuando había algunas manifestaciones de rencor. Un testigo del lugar recuerda unas misiones muy fervientes. Después de ellas parecía ya eliminado todo el odio, y el perdón era general. Pero una noche, ocho o diez jóvenes cogieron un bravant y, por las calles empedradas de Aibar, lo subían y bajaban, blasfemando contra curas y frailes... Alguien lo denunció al Gobernador Civil, pero don Miguel Sola llegó a tiempo para apaciguar los ánimos y todo quedó en una anécdota que se comentó en el pueblo durante mucho tiempo.
El Espectro De La Pobreza
Por otra parte el espectro de la pobreza y del hambre se adueñó de aquel lugar. Había que solucionarlo con urgencia. No existía ninguna organización, como Cáritas, que a nivel diocesano remediara aquellas necesidades. Don Miguel se ingenió para estimular a las familias pudientes con ciertos cargos en la parroquia, y ellos todos colaboraron para remediar la miseria en que tantos se encontraban. Desde entonces ya el P. Sola apareció como el gran limosnero. Pedía a unos para ayudar a otros; de su mismo peculio y del de la familia remediaba también muchas necesidades. Todo el mundo se daba cuenta de que era muy habilidoso en el trato; acudía con destreza a la gente que tenía dinero y conseguía de ellos ayuda abundante para los necesitados. Siempre quedará en el misterio el modo concreto de conseguir fondos para ayudar tanto en Aibar y más tarde en Estella a tantos necesitados.
Las Vocaciones
Cuidó mucho en Aibar las vocaciones para el sacerdocio y la vida religiosa. Después, a lo largo de su existencia, fue en él como santa obsesión, descubrir vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal. Hubo en aquellos años un florecimiento primaveral de candidatos para su entrega al Señor. Entre seminaristas y religiosos de ambos sexos se juntaban en las vacaciones de verano más de veinte. Dos personas influyeron en esta aurora vocacional: Don Miguel y una gran religiosa de la Caridad que se llamaba sor Encarna. De tal manera que entre los dos acompañaban personalmente a cada uno de los chicos y chicas que deseaban consagrarse al Señor. Los llamaban tanto el cura como la monja varias veces en el tiempo estival para dialogar con ellos sobre cómo iban las cosas. Hizo mucho bien esta manera de obrar, porque ayudó a todos a madurar en su vocación.
Era el P. Sola muy cuidadoso para todas las cosas de la iglesia. Él no tenía grandes aptitudes para la música, pero había allí un maestro, el Sr. Beriain, a quien encomendó todo el aspecto musical de la parroquia, y brilló ya entonces el esplendor de la liturgia, a pesar de que todavía no había llegado el tiempo de las grandes reformas conciliares. Llevaba a sacerdotes a predicar, a dar conferencias, que elevasen el tono espiritual, y entre ellas destacaban los capuchinos de Sangüesa. Siempre tuvo especial intuición para este quehacer apostólico. Trazaba puentes en todo momento para unir la vida práctica con la espiritualidad; era en este sentido un verdadero "pontífice". No hizo grandes restauraciones en el templo. Su labor pacificadora, alentadora, vocacional y litúrgica siempre de vanguardia, fue lo que caracterizó aquellos años de su ministerio en Aibar. La gente se daba cuenta de que tenía un gran sacerdote; por eso le quería. Fomentó la vida eucarística por medio de la Adoración nocturna y las visitas al Santísimo que entonces empezaban a extenderse ya por las parroquias gracias al influjo de Don Manuel González y del padre Nieto.
Un Nombramiento
Don Miguel era hombre de oración; vivió desde el comienzo de su sacerdocio en profundidad su vida interior; todo el mundo lo reconoce. Y de la oración sacaba fuerza para todo. Cuando al finalizar el año cuarenta y seis, le mandó el Obispo el nombramiento para la parroquia de San Juan de Estella, le afectó mucho. Él estaba muy contento en Aibar, de tal manera que nunca hubiera salido de allí. Se sentía como desposado con aquel pueblo de su luna de miel sacerdotal. Pero por medio se enfrentaba con la obediencia que había prometido al Prelado el día de su ordenación. Ante un dilema tan tremendo para su corazón humano y sacerdotal, se envolvió en una manta, cosa que hacía en invierno en aquella iglesia gélida, y pasó la noche entera - ¡toda la noche! - en oración. Al finalizar, no tuvo ya ninguna duda: abrazarse a la cruz y seguir adelante para cumplir la voluntad de Dios.
Pudiera a algunos parecer que jugamos con la ironía y la hipocresía. Cambiar a los treinta y tantos años una parroquia sencilla, rural, por otra de gran prestigio, la de San Juan Bautista de Estella, bien organizada por don Pedro Alfaro, era a todas luces una ganga. Pero nuestro sacerdote no era arribista. Era hombre de mucho corazón, de una fidelidad a toda prueba, y su deseo íntimo era permanecer hasta la muerte en Aibar, su gran amor. Había visto allí muchas transformaciones; conocía y quería a todos y cada uno de los feligreses como a hijos; se le desgarraba el corazón solamente pensando que los tenía que dejar. Eran muchos años los pasados en aquel lugar; muchas vivencias. Su existencia estaba hecha allí y había de abandonar todo su pasado, el más gozoso de su vida. No podía desarraigarse de la ilusión de su juventud, de su luna de miel sacerdotal, labrada con tanta oración, sacrificio y cariño. Pero en aquella noche de invierno heladora, el Señor le tocó el alma y no lo dudó. Marchar hacia lo desconocido, hacia lo difícil. Y salió con el corazón sangrando, pero muy alegre porque sabía que acertaba cumpliendo la voluntad de Dios.
La despedida de Aibar fue con lágrimas por parte de todos. Allí, les aseguró, reposaría su cuerpo para siempre; en aquel cementerio en el que había dado la última bendición a tantos feligreses queridos, donde tanto había orado. Y con este deseo abandonó su primera parroquia.
II
DON MIGUEL SOLA EN ESTELLA
La estancia de Don Miguel Sola en Estella fue de dos décadas largas pero como en dos turnos; porque hubo de abandonarla por enfermedad, durante unos dos años, y después volvió. Él llegó a esta pequeña ciudad casi a la fuerza. Y siempre recordó con nostalgia su primera parroquia. Pero sabía sufrir sus pruebas sin quejarse jamás. Desde el primer momento cayó muy bien en la Ciudad. En aquellos primeros días se le apodaba con el cariñoso calificativo de una película, "Siguiendo mi camino". Y es que sustituyó a don Pedro Alfaro en dos ocasiones: en la parroquia de Aibar, y ahora en la de Estella. De ahí el apelativo de "Siguiendo mi camino". A don Pedro lo habían llevado a Pamplona como rector del Seminario Conciliar, un cargo muy importante. Y todos pensaban: "Pasará lo mismo con don Miguel". Pero aquí hubo error. El nuevo "Vicario", iba a estar vinculado a la parroquia de San Juan hasta los comienzos de su ancianidad. Y también sufrió mucho al dejarla...
En la Estella de la posguerra todo eran dificultades económicas. El nuevo cura se convirtió en el gran limosnero, y hubo de valerse de todos los medios para recabar fondos con este fin. Ya tenía experiencia en estos asuntos, pero todo le hizo falta.
Tuvo suerte don Miguel; siempre permaneció en el candelero de la diócesis, a pesar de que no intentaba medrar; su ilusión era una parroquia de pueblo pequeño, pero supo asumir la realidad. Y entró en la ciudad del Ega en el año 1946, en los tiempos del racionamiento y del hambre de la postguerra civil. Pronto se centró del todo en el ministerio, y pronto se ganó a toda la feligresía.
Estella era ya una ciudad de mucho culto, de muchos sacramentos; y Don Miguel lo fomentó al máximo. Se encontraba muy centrado entre sus feligreses, pero alrededor de sus cuarenta años sufrió una afección de estómago que le impedía su trabajo normal y hubo de abandonar su ministerio en Estella. "Enfermó del estómago - dice su sobrino Ángel - y llegó a estar tan grave que sufrió una perforación. Después hubo de internarse en una clínica de Madrid. Se repuso con lentitud y en esa época volvió durante dos años a Aibar, su parroquia primera. Pasaba parte de la semana en la casa nativa de Sangüesa, y su padre le llevaba a Aibar, a siete kilómetros, en una tartana o coche de caballos, eso se me quedó muy grabado desde mi infancia".
Enviaron a Estella a otro sacerdote, muy celoso por cierto, para sustituirle, pero no tenía el carisma de don Miguel en la predicación, ni gozaba del don de gentes. El pueblo quería a su anterior párroco a pesar de que el nuevo no le andaba a la zaga en cualidades.
Transcurrieron dos años y regresó el P. Sola a la parroquia de San Juan en olor de multitudes. Ahora no era ya el "regente", como en el primer nombramiento, sino el párroco propietario. Todos estaban contentos en Estella por el regreso de "su Pastor Bueno". Por entonces se le hizo aquel homenaje popular, en el Domingo del Buen Pastor, en el salón de cine "Teatral Estellesa". Abarrotado estaba el local, de tal manera que muchos se quedaron sin poder entrar en él. En su honor un grupo de niñas, ensayadas por sus profesoras, interpretaron la lindísima zarzuela "Lentejita". Recuerdo todavía cómo comenzaba: "El hada Tragaflor en ti no cabe error; sabed que Lentejita es un trasto enredador..." Le regalaron en aquella ocasión un cáliz precioso y mucho lo agradeció don Miguel, pero él, a su vez, pasado algún tiempo, lo donó a un antiguo feligrés misionero en la India, Manuel Díaz Gárriz.
Siempre Trabajando
"Siempre está trabajando; no para Don Miguel", decía mi padre refiriéndose al sacerdote más celoso por las cosas de Dios que quizás hayamos conocido en Estella. Eso sí, cuando iba por la calle de un lugar a otro, él mismo se detenía con muchos feligreses, no para charlas inútiles, sino para hablar con cada uno sobre algún asunto pendiente; otros aprovechaban la ocasión para exponerle algún problema o sugerir su presencia en casa para visitar a algún enfermo. ¡La visita de enfermos! Este ministerio lo amaba don Miguel sobremanera. ¡Siempre trabajando!: del convento de clausura, a las escuelas; del despacho parroquial, a oír confesiones; del Asilo de Ancianos, a la Casa de Misericordia o al Hospital.
"En el verano, varias veces le veía cerca del monasterio de Santa Clara a las seis de la mañana haciendo oración - me dice Miguel Ángel Pérez de Zabalza -. Yo creo que los días que le tocaba confesar a esas horas a las monjas, llegaba con tiempo y aprovechaba para seguir su "conversación con Dios", que había iniciado en casa muy temprano, antes de amanecer".
Su descanso mayor, el paseo en los domingos de verano al atardecer, hasta el Santuario del Puy con los seminaristas y coadjutores jóvenes.
Gran Mansedumbre
No le gustaba llamar la atención ni reñir a nadie. Lo veía yo sufrir al cerciorarse del mal estado de las cosas, pero si podía solucionarlo por sí mismo con disimulo, así lo hacía. Los curas de los pueblos iban mucho a San Juan a celebrar Misa, sobre todo los jueves, día de mercado. Por eso había en la parroquia como diez juegos de vinajeras. Del mucho usarlas, no siempre su estado de limpieza era digno. En ocasiones vi a Don Miguel llevarse en los grandes bolsillos de la sotana las vinajeras de las misas.
Así era don Miguel Sola; en vez de echar la reprimendas ni recordar a nadie el olvido, trabajaba él, y se acabó.
Una mañana siendo yo estudiante, le encontré muy preocupado y triste, tanto que le pregunté: "Qué le pasa, don Miguel? ¿Le han dado algún disgusto?" Él, acostumbrado a sufrir sin quejarse, me contestó: "Un clavo quita a otro clavo; así ocurre en la vida". No hizo más comentario. Acto seguido me dijo: "Vamos a rezar el Rosario paseando por la sacristía". Lo rezamos y con gran devoción. Al finalizar la oración a la Virgen María ya no se le notaba el disgusto que había sufrido.
La gran sacristía de San Juan era lugar de breves encuentros, pero nunca se levantaba allí la voz; la conversación era muy suave, porque don Miguel con mucha paciencia nos lo recordaba. Algunas veces llegaba tarde nuestro párroco a la función eucarística, por haber ido a visitar con urgencia a un enfermo. Entraba en la sacristía y me veía ventear el incensario. Me decía enseguida: "Vamos a rezar los dos el Rosario". Y paseando de una lado a otro del recinto, contestaba yo en latín a las avemarías que muy pausadamente pronunciaba don Miguel. Daba gusto rezar con él. Con calma y con gran consciencia.
Hombre puro, ingenuo pero circunspecto, "prudente como serpiente y sencillo como paloma", coherente, aparecía siempre sereno y ecuánime, lleno de paz, como un lago en calma. Una relación buenísima de afecto, comprensión y estima hacia todos. Lo considerábamos siempre como hombre contento porque estaba lleno de paz; y a la vez todos estaban contentos con él.
Catequesis
Delegaba don Miguel en veinticinco o treinta catequistas la formación religiosa de los niños; y se preocupaba de que fueran personas muy bien formadas en dogma y moral. Varios coadjutores mantenían el orden y dirigían todo en aquella casa grande a la que llamábamos "El Centro Parroquial". Nunca podré olvidar aquellas horas de enseñanza de catecismo; eran tan selectos las señoritas y jóvenes encargados de impartirla que, gracias a su estímulo, muchos niños asistían a Misa y visitaban por la tarde a Jesús todos los días; nos confesábamos invariablemente los sábados.
"La catequesis la organizó muy bien don Pedro Alfaro, antes de que llegara a Estella su sucesor el padre Sola - refiere Rosario Goicoechea -. En el Centro Parroquial, disponíamos de un salón grande donde estaba ubicado el "Centro de Estudios para Catequistas". Allí don Miguel, ayudado de sus coadjutores completaba nuestra formación doctrinal y pedagógica para que fuéramos catequistas eficaces. Disponíamos de una biblioteca con muchos libros, de los que echábamos mano para prepararnos. Las reuniones se celebraban, después de realizados los cursillos iniciales, una vez por semana. Creo que en aquellos años contribuimos a formar una buena juventud. Ya sabes que el acto de catequesis para todos duraba una hora diaria de lunes a viernes".
La Novenica Del Niño
Don Miguel organizaba la novenica del Niño junto con los coadjutores por todo lo alto. No bajaban de seiscientos los chavales que a diario acudían en Navidad, a las 4,30, al templo de San Juan para rezar a Jesús recién nacido. Todos los niños de entonces recordarán esta canción: "En Belén tocan a fuego; desde aquí se ven las llamas; es el Hijo de María que nació de sus entrañas; vámonos corriendo, vámonos saltando, a ver al Niño que estará llorando; muerto de frío y titiritando..." Allí los pequeños apoyaban su fe, todavía débil en la de aquel párroco de total convicción; allí se alegraban todos, reunidos con otros compañeros de la Ciudad. Daba gusto estar en aquellos encuentros llenos de fe sencilla, profundamente religiosa. ¡Seiscientos niños rezando; seiscientas voces cantando, y mil doscientos piececillos en movimiento, incensando desde el asiento al Niño Jesús que ha nacido en Belén! Sin enfadarse nunca por las pequeñas irreverencias de algún muchacho, conseguía nuestro párroco centrar a los pequeños en el misterio de Navidad.
A todos se les daba cada día un boleto para la gran rifa que se celebraría en la fiesta de los Reyes Magos. Ni un solo niño se quedaría sin premio. Más tarde se desvirtuó un poco la idea y se llegó a sustituir el reparto de juguetes por el sorteo de dos corderos. Algunos pastoralistas, llegados los nuevos tiempos, próximos al Concilio, criticaron el sistema de premios y rifas. No recuerdo en qué terminó todo; para entonces yo había concluido mi estancia en Estella. Durante muchos años disfruté, primero siendo niño, en aquellas veladas alegres de oración y villancicos; después, ya seminarista, entraba en el grupo de los organizadores. Estoy seguro de que todas las personas mayores de Estella recuerdan con gozo aquellas fechas de Navidad. Y más de uno todavía rezará: "Jesús Divino, mi Creador, mi amado Padre, mi Salvador, que nacisteis en Belén para salvar a todos los hombres..."
Me parece ahora ver a nuestro párroco celebrar Misa el día de Nochebuena: revestido con los mejores ornamentos - blanco y oro - de la Iglesia de San Juan, aparecía a la vista de los fieles como transfigurado. Ya en el momento de la incensación del altar se mostraba envuelto como en una nube de eternidad; su atención era casi extática, nada le distraía; la devoción emanaba de aquella figura alta y llena de vigor. Cuando subía al púlpito, a todos nos contagiaba del fervor de su gran fe. Su voz era firme y segura, con cierta pausa, pero no como de quien se escucha a sí mismo, sino como de quien pronuncia la palabra con gran devoción; transmitía su vivencia interior, que es lo importante en el mensajero del Evangelio.
Misiones
La parroquia de San Juan fue pionera en la ayuda a la misión diocesana de Ruanda. La apoyó de lleno nuestro sacerdote, y concienció a los feligreses para que ayudaran espiritual y materialmente a este bien eclesial. Las misiones no son tan solo problema de los curas; también de todos los cristianos, que han de colaborar cada uno según sus fuerzas. En aquellas décadas lució siempre en San Juan el espíritu misionero. Fueron bastantes vocaciones las promovidas por nuestro pastor para marchar a tierras de misión.
"Tenía don Miguel - dice el señor Martinena - una visión muy global de la pastoral, sin centrase tan solo en su parroquia. No se metió en la topera de San Juan, sino que proyectaba su acción y su visión a otras partes, entre ellas, éstas relacionadas con la educación que son interparroquiales e incluso de merindad. En este sentido no le eran indiferentes las misiones ni se limitaba a enviar las colectas. Procuró que su parroquia fuera misionera. Invitaba a misioneros a dar charlas a la gente y estimulaba en el amor a la misión a todos".
Un señor ya de edad madura, propietario de una droguería, se encaminó, seglar él, a ayudar a la misión de la Iglesia en tierras de América. Abundó en aquel entonces la más generosa entrega al Reino de Dios: leproserías, asilos, hospitales en tierras lejanas; todavía seguirán poblados por gente mayor oriunda de Estella. Nuestro gran párroco, desde la sede del confesonario sabía alentar la generosidad de tantas personas llenas de fe y caridad. También florecieron en vocaciones estellesas muchos conventos de clausura de la provincia y de otras zonas lejanas.
En la Ciudad, durante la estancia de nuestro párroco, se celebraron también las misiones populares, creo que en tres ocasiones. En la preparación, en la realización y en la perseverancia se desbordaba don Miguel. Se conseguía un clima de oración y de conversión. En aquellos días nadie hablaba de otra cosa sino de la predicación de los frailes. El fervor colectivo era impresionante, y las conversiones, numerosas. Hoy ha caído en desuso aquel estilo misiones populares. Tal vez vuelvan de nuevo alguna vez; su eficacia era evidente.
Siempre Los Ejercicios
Gustaba, sí, mucho don Miguel de las misiones populares, pero lo que de verdad le encantaban eran los Ejercicios Espirituales. Los había él practicado con el Padre Nieto; los había impartido en todos los conventos de la Ciudad, los llevaba muy en el alma. Por eso organizó la parroquia de tal manera que, a poder ser, todos pudieran gozar de esta maravilla de la misericordia de Dios que es la conversión; los ejercicios en completo retiro constituía la ocasión más propicia. Era imposible llegar a todos los feligreses, pero mucho se hizo. Tuvo una buen colaboradora que se expresa así:
"Durante muchos años - cuenta Rosario Goicoechea - he sido propagandista de Ejercicios Espirituales. Don Miguel tenía gran ilusión por este apostolado porque era consciente del gran bien que hacía a las almas. Organizamos numerosas tandas, sobre todo para Burlada, más tarde también, cuando se fundó, para la casa de Estella. Era emocionante cuando regresaban de ejercicios aquellos chicos y chicas: venía felices y muy agradecidos por el bien tan grande que habían recibido en sus almas".
La Virgen María, La Virgen Del Puy
Nuestra pequeña ciudad ha sido siempre muy devota de la Virgen, y por supuesto en su advocación de Nuestra Señora del Puy. La real basílica ha permanecido y permanece abierta desde la mañana hasta la noche durante todo el año, y a cualquier hora que uno se acerque a aquel templo, encontrará a algún fiel visitando a María y a Jesús en el Sagrario y un celoso capellán velando por el culto a la Virgen . Don Miguel fomentó desde los inicios de su estancia en Estella esta devoción muy querida para él junto con la de la Eucaristía. Nuestros paseos de verano, en unión seminaristas y sacerdotes, eran invariablemente al santuario del Puy.
Recuerdo principalmente dos grandes acontecimientos marianos, organizados por nuestro Pastor Bueno: la concentración de imágenes de la Virgen de toda la merindad, con ocasión del año mariano, y la Coronación de la Virgen del Puy. Ambas efemérides fueron inigualables e insuperables con una preparación y catequesis previa, para que constituyeran como un empuje grande de la devoción común a María. Alma de todo era el párroco de San Juan siempre en unión con los sacerdotes del entorno. La concentración de imágenes del año mariano fue, sí, multitudinaria, pero como más familiar. La Coronación de la Virgen del Puy constituyó el "no va más" de una explosión de amor a la Virgen. Asistieron a ella el Nuncio de Su Santidad, varios obispos y algunos ministros del Estado, periodistas y los corresponsales del Noticiario Nodo. Una avioneta sobrevoló el espacio y derramó una lluvia de pétalos de rosa en el momento de la coronación.
Los Enfermos
Aunque la gran mayoría de los sacerdotes de Estella eran muy buenos y celosos, las preferencias de los fieles para la atención a los enfermos eran por don Miguel. De él aprendí muchas prácticas santas para ayudar a los cristianos a dar el paso hacia la eternidad.
Durante mis años de estudiante en Estella, acompañé en distintas ocasiones a mi párroco en sus visitas a enfermos. Celoso de su misión sacerdotal, era imposible que se le escapara nadie a la vida eterna sin recibir los santos sacramentos, fuera de los casos repentinos. Y uno de aquellos casos repentinos se grabó de una manera especial en mi memoria. Una noche fría de enero, alrededor de las 11, escuchábamos lamentos de dolor en casa de la vecina del primero; eran muy tristes y prolongados y decidimos bajar para cerciorarnos de lo que ocurría por si podíamos prestar ayuda. El señor de ese piso había muerto repentinamente. Su esposa pedía la asistencia de don Miguel Sola, a quien llamamos, y se presentó en pocos minutos. Administró bajo condición la santa unción y la absolución de los pecados, y después se quedó largo rato, hasta que fueron llegando los familiares. Él escuchaba receptivo y compungido, y consolaba a la viuda con palabras que no tenían nada de convencional, frases llenas de amor y confianza en Dios y de solidaridad humana. Y la alentaba con esperanza cristiana. Es algo que se grabó para siempre en mi alma: a la hora de la verdad lo único que puede consolar es la esperanza del Cielo.
En cuanto tenía conocimiento de algún enfermo grave o crónico, no le faltaban sus visitas. Sin forzar situaciones, bien pronto le pedían confesión, viático y santa unción. Era suma la solicitud de este sacerdote, cuando la enfermedad llegaba a gravedad extrema. Para asegurar bien el paso a la vida eterna, impartía al paciente después, a diario, la absolución de sus pecados.
Las jaculatorias que más sugería al moribundo eran éstas: "Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí"; "Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte". "San José, ruega por mí". "Dios mío, te amo con todo mi corazón". "Señor, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal".
A todos los enfermos vi con gran paz en los últimos momentos. Todos los familiares asumían la despedida de este mundo del ser querido con una resignación próxima a la alegría, porque nuestro sacerdote, con la sinceridad de su vivencia en fe y esperanza, sabía transmitir el verdadero consuelo.
"Estaba mi madre enferma de gravedad, aunque no se esperaba de manera inminente el fallecimiento - nos cuenta mi catequista y maestra nacional -. Nuestro querido párroco la atendía con solicitud de Pastor Bueno y generoso. Una noche vino a las dos de la madrugada y después, de nuevo, a la seis. Nosotros nos llenábamos de admiración y sabíamos que con todos sus enfermos se desvivía de manera semejante".
Algo similar nos refiere Prudencio Silvestre, coadjutor de don Miguel: "...Aquellos días estaba yo muy preocupado por la gravedad que iba tomando la enfermedad de mi madre; por otra parte, no me decidía yo a administrarle los últimos sacramentos por tratarse de mi madre. Se lo dije a nuestro párroco y enseguida lo solucionó. Tomamos un taxi desde Estella y fuimos a Lorca, el pueblo donde mi familia vivía. La atendió con gran piedad y cariño. Le pareció oportuno administrarle la santa Unción y todos nos quedamos tranquilos. No vivió mucho tiempo. Siempre he recordado esto con honda emoción".
Fue precisamente el día de mi ordenación sacerdotal cuando me dio una lección de pastoral que se grabó para toda mi vida. Por la tarde había que administrar el santo viático a un hombre anciano. Don Miguel lo visitaba a diario y le había prometido que le llevaría al Señor el nuevo sacerdote. Cincuenta o más personas portando cirios encendidos acompañaron el santo Viático. Yo llevaba el Santísimo Sacramento con la devoción aprendida de don Miguel. A mi derecha venía él, mi párroco, en un profundo recogimiento. Al llegar a la habitación del enfermo, me orientaba en algunas dudas prácticas. En todo momento apareció el fervor por todas partes, la fe y la esperanza en lo único que permanece cuando las cosas de este mundo llegan a su fin.
Quedaron grabadas en mí - insisto en ello - las jaculatorias aprendidas del santo párroco, porque un acto de amor puro a Dios, puede suplir en caso de necesidad incluso a la misma confesión. Practicar respiración artificial, consigue salvar vidas. Y el acto de amor puro a Dios es la verdadera "respiración artificial" para quien no puede confesarse. ¡"Señor, te amo porque eres Bueno!"
"A los enfermos los visitaba a todos. - dice Prudencio Silvestre -. Para la confesión y últimos sacramentos respetaba totalmente la libertad del paciente, pero creemos que ninguno dio el paso a la otra vida sin recibirlos. Era siempre el gran consolador en la enfermedad y en cualquier otra circunstancia. Su casa era el paño de lágrimas. En la última fase de su estancia estaba ya organizada Cáritas. A pesar de todo, cuántos seguían acudiendo a él para buscar ayuda en asuntos demasiado íntimos para ir a Cáritas".
En Las Fiestas De Estella
"En las fiestas de Estella le preocupaba a don Miguel la cuestión de tantos pecados como se suelen cometer en esas circunstancias. Alentadas por él, un grupo numeroso de amigas nos quedábamos en oración varias noches enteras en la iglesia de Recoletas hasta después del encierro - dice Rosario Goicoechea -. Eran verdaderos actos de penitencia y reparación por las ofensas cometidas contra Dios. Siempre recuerdo esto gran emoción y alegría".
El aspecto de reparación lo tenía siempre muy presente. Lo recordaba en los primeros viernes de mes. En Estella era una bendición ver cómo la gente acudía a comulgar después de haberse confesado. A todos los sacerdotes celosos preocupa la salvación de su grey; por eso durante tantos años se ha dado gran importancia a la comunión de los primeros viernes. Ciertamente es una revelación particular, pero muy en consonancia con el Evangelio: "Quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna". Comuniones reparadoras también en el triduo de carnaval, con exposición permanente del Santísimo Sacramento a la que acudían los fieles con gran devoción.
III
SACERDOTES Y MOVIMIENTOS PARROQUIALES
Desde que entró en Estella Don Miguel Sola, todo el mundo se dio cuenta de su valía. Tenía gran prestigio. En la cuestión pastoral era un águila, que desde la altura podía otear el horizonte. Le interesó mucho rodearse de sacerdotes trabajadores, capaces de vivir a tope su sacerdocio. En aquellos años en el Seminario de Vitoria había un gran movimiento sacerdotal iniciado por Rufino Aldabalde, Joaquín Goicoecheaundía y otros tres compañeros. Don Miguel lo asimiló a la perfección. Se trataba de crear pequeños grupos de amistad sacerdotal con el fin de que vivieran a tope su espiritualidad, y el apostolado fuera fecundo de verdad.
Y comenzó a funcionar uno en Estella, creo que fue el primero de Navarra. Allí estaban los jóvenes clérigos Lino Otano, Jesús Del Castillo, José María Osés y Prudencio Silvestre más tarde, que formaban verdadera comunidad. José María Conget y José Cruz San Juan vivían aparte, pero del todo integrados en aquel equipo apostólico. Para don Miguel, ya con cuarenta y cinco años, eran la niña de sus ojos: los alentaba, animaba, estimulaba, y en cierto sentido los cuidaba. Supo crear comunidad de espíritu dentro de una libertad plena evangélica. Esto es muy importante. Nunca se vio entre ellos rivalidad ni celotipias. Cada uno con sus cualidades se lanzó al mundo del apostolado en el campo que más rimaba con su carácter.
Fue éste un gran mérito por parte de Don Miguel Sola. Tenían tal confianza con su párroco que casi todos los coadjutores se confesaban con él. Esto es muy significativo; podemos apreciar por ello verdadera escuela espiritual y pastoral. Por otra parte cuidaba mucho de que todo el equipo parroquial comiera junto una vez por semana. Él pagaba los gastos y era un momento de comunicación y de intimidad. No iban a restaurante; en la misma casa parroquial se reunían todos los sacerdote: los que convivían y los demás.
Puso empeño en facilitar a sus curas un clima no solo espiritual, sino también de formación pastoral y teológica. Para ello procuraba que disfrutaran de revistas y libros bien escogidos. Todos se mantenían muy abiertos a la línea renovadora que entonces era sana bajo todos los aspectos, sin reticencias. Todo esto nos lo recuerda Lino Otano con cierta nostalgia.
Se Dedicaba En Cuerpo Y Alma
Personalmente estoy convencido de que nuestro párroco era un santo; por eso me he puesto a escribir sobre él; pero me da un gozo especial visitar a distintos compañeros que lo han tratado para conversar sobre nuestro hombre de Dios. Don Prudencio Silvestre es uno de ellos. Vive en un pueblecito navarro, próximo a Estella, con ilusión sacerdotal y con bastantes años encima. Con voz pausada, llena de mesura y ponderación me dice esto del P. Sola:
"Se dedicó en cuerpo y alma a la Parroquia y a todas las instituciones eclesiales que había en la Feligresía. Como sacerdote, en el contacto con los coadjutores era un verdadero padre ".
"Cuando yo llevaba dos años de coadjutor suyo, un compañero me preguntó: "¿Qué tal estás con don Miguel? Le dije: "Extraordinariamente bien". Porque nuestro párroco era atípico: cuando había que trabajar y sufrir, primero iba él. En donde hubiera que lucirse, nosotros. Cuando había alguna compensación económica, en aquellos tiempos en que la necesitábamos bastante, entonces nos buscaba; si le regalaban alguna cosa, siempre la compartía con nosotros. Si alguno tenía alguna pena, era el padre que le acompañaba y le consolaba. Estar con él suponía el encuentro con una gran persona, con un sacerdote santo".
"Me ayudó en el trabajo y en mi vida personal también; incluso en la oración. Esto es muy importante y definía su manera de ser: a la hora del trabajo, el primero; a la hora del triunfo, el último. En las fotos no le gustaba salir, eso para nosotros. Y hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos la figura del párroco era como muy mayestática, si se comparaba con los coadjutores. Nuestro sacerdote era al revés; jamás buscaba el sitio de honor; lo suyo era el trabajo duro, lo que no daba brillantez".
"A veces, dado el trabajo que teníamos, no podía yo llegar a todo: la vida parroquial más veintiséis o veintiocho clases semanales. Él siempre nos estimulaba a la oración, pero a la vez era muy comprensivo. Una noche le dije: "Don Miguel, hoy no he rezado nada del breviario". Era la víspera de un primer viernes, cuando afluía a Estella mucha gente de la comarca a confesarse. Toda la tarde confesando, unas diez horas. Nuestro párroco me dijo: "No te preocupes; ni abras el breviario; vete a dormir. ¿Cómo vas a rezar ahora el "Ya amanece el sol", si está acabando el día? Estás rendido por el cansancio. No tienes ninguna obligación; vete a dormir".
"Sentía un gran cariño por todos nosotros sus coadjutores; y creo que supimos responderle en ese sentido porque ¿quién no seguiría el camino que nos marcaba? Íbamos a la iglesia todos a las seis y media de la mañana. Él se levantaba a las cinco y para cuando llegaba a la parroquia ya había hecho en su casa una hora de oración mental. Una vez en el templo, rezábamos todos la hora de "Prima", y después al confesonario. Los pocos días que no acudía, ya lo sabíamos: estaba confesando a las monjas. Primero rezaba él; luego con sus coadjutores y los atendía como hubiera atendido a sus propios hijos. Si por algo sobresalía era por su humildad".
Los sacerdotes fueron para don Miguel sus amigos, lo más importante de su vida; y esto no solo cuando desempeñó el cargo de párroco o vicario, sino durante toda su larga vida. Y siempre estuvo a gusto con ellos, con todos. De sus tiempos de retiro en la casa de Ejercicios Espirituales de Burlada nos recuerda la religiosa Asunción Ursúa: "Venían muchos sacerdotes a visitarle; algo emanaba de él que llamaba la atención. Pienso que era su prudencia y su profunda vida interior. Además lo veíamos muy seguro en la doctrina. Esto constituye un verdadero estímulo más aún en tiempos en que todo parece tambalear".
"San Juan" Irradia Fuerza A Tierra Estella
No se contentó don Miguel con la parroquia de San Juan. Estuvo muy atento a toda la zona, a la merindad de Estella. La renovación litúrgica con los monjes de Leyre y con el padre Franquesa fue como el inicio de formación de la gran comunidad pastoral de toda la zona con la que soñaba don Miguel. Culminó con la semana Litúrgica de Estella, celebrada en el convento del Verbo Divino en el año 1957 ó 58. La influencia de don Miguel Sola con la ayuda de los coadjutores y de otros sacerdotes había pasado primero a toda la Ciudad del Ega; después, a toda la totalidad de "Tierra Estella". Mas en ningún momento apreciamos en Don Miguel afán de protagonismo. Las cosas "se hacían", detrás de todo estaba el gran párroco, pero como en la sombra, como "sin querer", vivo pero oculto. Era labor de equipo bien coordinado por el alma del mismo, Don Miguel.
Muchas de estas ideas me las sugiere Lino Otano en entrevista sabrosa mantenida con él. "Se fomentó - dice - desde San Juan la Cuaresma bien sentida, como preparación de la Pascua y tiempo de oración y penitencia, en multitud de pueblos de la zona. Distintos curas salían de sus núcleos parroquiales o se intercambiaban con otros para potenciar los Ejercicios Leves de San Ignacio, que culminaban en el cumplimiento pascual. Esto era una verdadera novedad potenciada por don Miguel. Porque hasta entonces los únicos que marchaban por los pueblos eran los frailes, principalmente capuchinos. Ahora ya los mismos párrocos rurales asumieron esta función de predicador extraordinario, con la enorme ventaja que esto suponía para mantener en ilusión sacerdotal a todos y cada uno de los curas del entorno. La parroquia de San Juan irradiaba ideas y realidades de pastoral de zona".
"En el aspecto social también fue pionera esta parroquia. Trajo don Miguel de Vitoria a Abaitua, Alberdi y a otros elementos que fueron los encargados de celebrar semanas sociales. José María Osés, coadjutor entonces, más tarde profesor de Sociología del León XIII de Madrid, fue después quien siguió todo el movimiento social en la Ciudad, donde funcionaban la HOAC y la JOC en total plenitud". Luego veremos más al detalle lo relativo al Colegio del Puy y a la Escuela de Formación Profesional.
"La HOAC en concreto - nos dice un testigo "hoacista" - era algo muy querido por Don Miguel. Él sabía que quienes organizaban las reuniones y la vida del grupo eran los mismos obreros. Algunas veces, siendo presidente de esta rama católica en Estella Emeterio Valentín, asistía nuestro párroco con gran interés; callaba, observaba y aprendía. El presidente le invitaba a hablar y decía siempre: "Yo no hablo, prefiero escucharos a vosotros, porque esto es cosa del todo vuestra". Sabía estar en su sitio nuestro párroco".
Porque fue don Miguel gran renovador pastoral de la ciudad y de la zona, durante bastantes años desempeñó la función de Arcipreste de Estella; cargo que nunca podía ser ejercido por nadie más a propósito, porque su visión global de la pastoral le hacía vivirlo incluso antes de su nombramiento.
También fue fundador de la Casa de Ejercicios Espirituales. Precisamente desde ella se irradiaría vida cristiana a toda la zona. Aquello que parecía una utopía, bien pronto resultó realidad. Desde el Santuario del Puy, un gran edificio sería el que durante años llenaría de fervor a tantos y tantos hombres, mujeres y jóvenes de toda la merindad. Don José María Conget fue el primer Director de la Casa. De él brotó la feliz iniciativa de los "Coloquios" que luego se extendieron por gran parte de la geografía hispana.
Supo rodearse el P. Sola de buenos coadjutores, y también aprovechó la influencia de los sacerdotes ancianos anteriores a su venida. Entre todos hago mención especial de don José María Conget, después obispo de Jaca, y que falleció a comienzos del siglo XXI. En el ardor de su juventud y animado por don Miguel Sola era para Estella como un huracán de celo apostólico. Otro, muy distinto, el anciano D. Alejandro Zuza, el gran predicador de la Virgen María que a todos nos subyugaba; era también el cura de los niños. Supo imbuirnos el amor a nuestra Madre del Cielo y el amor a la Eucaristía.
Los Grupos Parroquiales
Los grupos parroquiales de San Juan Bautista llegaron a tomar fama gracias a aquella pastoral guiada por nuestro gran sacerdote. El catecismo escolar era bien atendido por los maestros, pero acudían de vez en cuando los curas a echar una mano. Con ocasión de los primeros viernes todos los niños íbamos a confesarnos a la iglesia. San Juan era en aquellos tiempos una parroquia pionera en Navarra. Sí, la de San Juan Bautista gozaba de gran prestigio en toda la provincia: el fervor religioso y la organización pastoral perfecta hacían de ella espejo donde se reflejaba el fervor católico. Los jóvenes coadjutores estaban llenos de entusiasmo. Reflejaban ellos el cenit de formación sacerdotal a que había llegado el Seminario de Pamplona. La catequesis, la música, los equipos diversos de Acción Católica y un largo etcétera funcionaban a la perfección en aquel reducto sagrado.
No sé si conseguiré enumerar todas las obras, equipos e instituciones de la parroquia: la Conferencia de San Vicente de Paúl, los Jueves Eucarísticos, los grupos de Cursillos de Cristiandad, la Juventud Obrera de Acción Católica, Los Hombres Obreros de Acción Católica y las cuatro ramas generales de la misma organización AC. Empleadas de hogar. Ropero parroquial. Todas las secciones de Catecismo diario, de lunes a viernes. Varias cofradías vivas. Los maestros católicos colaboraban tanto para la educación religiosa de los niños como para otras activadas relacionadas con la parroquia. A la sombra de la Iglesia de San Juan nacieron diversas cooperativas, como compromiso, algunas de ellas, de los equipos HOAC. La Asociación festiva Peña Urbasa. Hijas de María. Propagandistas de Ejercicios Espirituales. Cine Parroquial y Oratorio Festivo. Nuevo Cine Lux. Orfeón parroquial. Auroros. Y seguro que me olvidaré de algo.
Servicio Doméstico
En la Plaza de Santiago hay un convento vetusto del que todo el mundo sabe, pero muchos ignoran la gran actividad que allí hubo en los tiempos de nuestro celoso párroco. Supo colaborar con las religiosas; consiguió unir la labor parroquial con aquel reducto que tanto bien ha hecho a lo largo de los años.
Lo refiere Rosario Goicoechea, maestra, catequista y gran colaboradora de la parroquia: "Don Miguel supo dedicarse con gran celo a la ayuda de las chicas de servicio a las que hoy llamamos "empleadas de hogar". Se reunían en "El Servicio Doméstico", y allí les dirigía pláticas de formación cristiana; se desvivía por encontrarles trabajo; muchas, al cabo del tiempo nos mostraban su agradecimiento. Nosotras ayudábamos en lo que podíamos y les dábamos clases de labores, dibujo y otras materias. En las fiestas organizábamos veladas y teatro".
Cuando abandonaron Estella los frailes Escolapios, se solucionó el problema de la educación cultural con la creación del Colegio Diocesano, que provisionalmente funcionó en el Centro Parroquial y posteriormente cuajó en un gran edificio en la subida del Puy. Junto a él, una escuela de formación profesional. De toda la problemática en torno a esta nueva creación nos ocuparemos más adelante. Ambas entidades siguen en el día de hoy en plena actividad.
Hizo Don Miguel un esfuerzo por unir a todo el clero de la ciudad, no solo al secular sino también al regular. Fue a raíz del movimiento "Por un mundo mejor". Eran frecuentes sus visitas al Verbo Divino y a los Capuchinos, con quienes mantuvo siempre una relación no solo cordial, sino también práctica en orden a la evangelización. También era buena la relación con los Escolapios y en ningún momento se enturbió por su parte. Después de que acudió a La Granja de San Ildefonso para practicar las Ejercitaciones del P. Lombardi, lo que allí aprendió lo llevó cuanto pudo a la práctica, y se consiguió que se respirara un clima de unidad y de buen hacer pastoral en la Ciudad. Pronto comenzamos todos a ver al Párroco de San Juan como el gran líder religioso de toda la merindad de Estella.
La vida entera de Don Miguel llevaba el sello del apostolado. Vivía solamente para hacer el bien, para evangelizar, para ejercitar el amor al prójimo, para Dios.
IV
El Colegio Del Puy Y La Escuela Profesional
Resulta difícil confiar a la memoria los detalles del inicio en Estella de la Escuela de Formación Profesional y del Colegio Diocesano del Puy. Nos ilustran sobre estas dos importantes fundaciones dos personas que lo han vivido muy de cerca y un documento de la Escuela de Oficialía.
Testimonio De Prudencio Silvestre
Prudencio Silvestre fue un sacerdote que estuvo presente y activo desde los comienzos. En conversación sostenida con él al respecto, me habla de la dedicación de don Miguel no solo al pastoreo espiritual, sino también a cuestiones sociales. Así lo expresa: "Tenía una preocupación inmensa por lo social. Y en concreto me fijo ahora en la enseñanza, la educación. También, se preocupó de los obreros, de los necesitados y de los que sufrían; en todos los problemas sociales que había entonces en la Ciudad. Veía la necesidad en Estella de que existiera formación profesional. Le llegaba al alma que los jóvenes, una vez terminada la escuela primaria, tuvieran que meterse en el mundo del trabajo sin ninguna preparación. Sería una forma de promocionarlos crear una escuela para ellos. Y sería también la manera de que la Iglesia pudiera influir en el sector humano de la juventud".
"Y todo comenzó de una forma muy simple: un local pequeño en una bajera. Los hermanos Alén fueron los primeros maestros de aquel taller. Lo llamábamos entonces "Escuela de Oficialía"; hoy se denomina Enseñanza Profesional. Pronto entró como asesor el sacerdote ingeniero Antonio Sagaseta de Ilurdoz. Poco a poco siguió la cosa adelante. Pero llegaron los conflictos".
El Documento
Entre los papeles que guardaba don Miguel en su carpeta de asuntos personales, que no son muchos, hay unos cuantos folios relacionados con el Colegio del Puy - en concreto la memoria del curso 1966 - 67; y otro, cuyo membrete dice: "Escuela de Oficialía. Estella". Es un resumen de los inicios de aquella iniciativa creada por Jesús Alén, y apoyada y potenciada por Miguel Sola y Francisco Beruete. Por eso pienso que los tres son los creadores; y el ingeniero Doria, por parte de la Diputación de Navarra, quien le dio "oficialidad". Copio lo siguiente del documento en cuestión:
"La Escuela de Oficialía Industrial comenzó a tener realidad en Estella, gracias a la iniciativa particular de Jesús Alén Sánchez, antiguo alumno de las Escuelas Salesianas de Pamplona, en octubre de 1955. Su primera localización, en una bajera arrendada al señor Alén. En los comienzos este taller contaba con las siguientes instalaciones: torno, electro - esmeril, taladradora, soldadura autógena y fragua portátil.
A estas primeras realizaciones prestan su entusiasmo el señor párroco de San Juan,
don Miguel Sola Galarza y don Francisco Beruete, secretario del Ayuntamiento de Estella. A la par que su entusiasmo ofrecen también prestaciones económicas.
El señor diputado por la zona de Estella, don Ambrosio Velasco y el ingeniero don Luis Doria de Pamplona tienen, al poco tiempo, entusiasta conocimiento de este noble esfuerzo inicial y prometen reiteradamente gestiones de aceptación ante el Patronato de Formación Profesional de Navarra, dependientes de la Exma. Diputación Foral.
Después de casi tres años de tentativas privadas por dar realidad y prestigio a esta iniciativa, el Patronato acuerda intervenir directamente en la Escuela, haciéndose cargo de la misma. Se da cumplimiento a esta decisión extendiendo el acta correspondiente en Estella a las diecisiete horas del día treinta de diciembre de 1957, siendo los firmantes: Luis Doria, delegado del Patronato, Jesús Alén y Miguel Sola. Asiste también Antonio Sagaseta de Ilurdoz que posteriormente ostentará el cargo de Inspector de las Escuelas dependientes del Patronato.
En marzo de 1958, se contrata legalmente al personal de la Escuela, con los derechos y obligaciones. Es nombrado director el sacerdote José María Osés Ganuza, y Jesús Alén Sánchez subdirector.
Así comenzó todo y poco a poco se fueron ampliando los servicios. De todos los pueblos de la Tierra Estella hubo alumnos; pero también aparecen de otros lugares de Navarra e incluso de otras provincias.
Nos Lo Dice El Segundo Director Del Colegio Del Puy
Ignacio Martinena fue director de este Centro durante dos décadas. Nos ilustra sobre el inicio del Colegio Nuestra Señora del Puy: "El Colegio de primera y segunda Enseñanza de los padres Escolapios cerró sus aulas en el verano de 1959. Urgía llenar el vacío. Ninguna Orden ni Congregación religiosa ni entidad seglar pública ni privada quiso o pudo tomar el relevo. Un grupo entusiasta de sacerdotes, capitaneado por Don Miguel Sola Galarza, párroco de San Juan y Arcipreste de Estella, se brindó generosamente a salvar la situación. El secretario del Ayuntamiento de Estella, Francisco Beruete, recogiendo el clamor de los padres y de los párrocos, presionó al Señor Arzobispo, Enrique Delgado Gómez, para que respondiera al desafío del nuevo estado de cosas. El prelado se resistía a embarcarse en aventuras. Por fin se dejó convencer y firmó el decreto de erección de un nuevo colegio (13-9-59)".
"Prudencio Silvestre fue un poco la solución práctica en la puesta en marcha del Colegio del Puy. Había acabado la carrera de magisterio; lo que don Miguel necesitaba. Pidieron al Arzobispo un sacerdote que pilotara la realización del proyecto y fue enviado con este fin José San Julián. Estamos en el año 1959, en septiembre. Es el clímax de las obras más importantes de Estella en cuestión social educativa. La Escuela profesional comienza bajo la dirección de José María Osés. La casa de Ejercicios Espirituales con José María Conget. El colegio diocesano con José San Julián y Prudencio Silvestre. Todo está ya en marcha. Y desde la sombra, echando una mano donde hiciera falta, don Miguel, el Pastor Bueno que nunca buscó figurar. No daba ninguna clase, pero a todos animaba, era como el motor de todo, el alma verdadera en la penumbra. ¡Cuánto bien hicieron estas obras en Estella y en la comarca! Gracias a don Miguel Sola muchos jóvenes empezaron su formación profesional, su bachillerato y recibieron a la vez educación cristiana".
"José San Julián, en carta del 15 de mayo de 1967 al Señor Arzobispo de Pamplona, le decía: "Quiero cerrar estas líneas... haciéndole constar el comportamiento nobilísimo y desprendimiento ejemplar y raro de todos y cada uno de los sacerdotes, y muy en especial del señor Arcipreste, Don Miguel Sola, que ha compartido o vienen compartiendo conmigo la tarea del Colegio Diocesano"".
No fueron fáciles los principios: en el pueblo hubo división. Unos eran partidarios de la permanencia de los PP. Escolapios, accediendo incluso a la Escuela Profesional. Las Escuelas Nacionales deseaban suceder a los religiosos en el nuevo bachillerato. La oferta del Colegio Diocesano no trataba de desbancar ni competir con nadie. Sólo venía a solucionar un vacío que por diversas razones no se llenaba, pero no todos lo entendían así.
"Desde el primer momento el Colegio se vio respaldado por el Arzobispado de Pamplona y el Ayuntamiento de Estella, los cuales pactaron un convenio, en el que se fijaban las condiciones de creación y subsistencia del Colegio" (4-1-61)
Don Miguel tuvo que sufrir bastante durante todo aquel tiempo. Hasta hubo manifestaciones públicas, aunque no contra su persona. Pero él representaba la nueva oferta, controvertida en aquellos momentos. Tras no pocos esfuerzos se calmaron los ánimos y se encarriló el asunto. Recuerdo que nuestro párroco, por aquellos años, había practicado las Ejercitaciones por un Mundo Mejor. Con esas ideas sanas acudía a las reuniones. Él en ningún momento buscó protagonismo; tan solo deseaba el bien de la Ciudad y de la Merindad; buscar lo más conveniente para todos.
Yo era entonces muy joven, recién terminada la carrera, y no mantenía ya una gran relación con el ambiente que en mis años de estudiante había vivido. Sé que don Miguel se movió mucho, y fue el alma que lideró la creación del colegio diocesano y colaboró en la promoción profesional. Había que rellenar el hueco que los PP. Escolapios dejaban, y era preciso actuar con urgencia. Cedió para ello el edificio llamado "Centro parroquial", el lugar donde se celebraban las catequesis, las reuniones de grupos parroquiales, los ensayos del coro parroquial, la vida activa de la comunidad eclesial. Todo el inmueble fue habilitado para aulas de enseñanza. Después del horario docente, comenzaban las actividades parroquiales específicas.
Tres años más tarde se construiría el primer edificio del Colegio. A continuación, la residencia. En los años 70-71, por convenio con la Diputación Foral, el segundo edificio.
El Fundador
Don Miguel fue el fundador del Colegio Diocesano de Nuestra Señora del Puy para enseñanza general, y colaborador eficaz en el desarrollo de la Escuela Profesional hacia su nueva andadura.
En conversación con Ignacio Martinena, el segundo director del Centro docente, voy recordando detalles que ya tenía olvidados. "Don Miguel - dice Martinena - siempre se ha sentido ligado al colegio y subía con frecuencia a confesar, a celebraciones litúrgicas y fiestas del Centro. Era más fácil y había más personal para las parroquias".
"Después de salir de Estella nuestro antiguo párroco constantemente preguntaba por el Colegio. Incluso, siendo Vicario General, ante la duda de nombrar a un sacerdote para una parroquia o mantenerlo en el Centro, prefirió esto último. Era más fácil y por otra parte había más personal para las parroquias.
"Le preocupaba, incluso en su retiro, saber cómo se sostenía el Colegio, si tenía dificultades. Le interesaba todo: el ambiente interno y cristiano del mismo, la situación laboral y económica; personal y familiar. Con antenas siempre desplegadas estaba al tanto y sugería posibles candidatos a contratar para el colegio, así eclesiásticos como seglares. Pero nunca se metió en cuestiones internas. En esto siempre fue extremadamente discreto. Sentía y vivía los problemas del Colegio, apoyaba y animaba, pero la libertad y autonomía de los dirigentes nunca fue coaccionada por el fundador".
"Era alentador de todos. En el Colegio, cuando llegó el cambio político, les animaba. Sabía que no habían de fracasar. Ocasión de gran alegría fue para don Miguel el ejemplo del colegio diocesano para la promoción del laicado. Porque en 1991 el nombramiento de director del Centro recayó sobre un seglar, y con plena garantía de diocesaneidad teórica y práctica. Además el nuevo director era antigua alumno. En la gestación de este cambio don Miguel estuvo siempre al tanto".
V
Don Miguel Y Los Seminaristas
La sacristía de San Juan de Estella parecía en el verano un pequeño seminario: hasta veinticuatro estudiantes para el clero secular. - "¡Oh tiempos, oh costumbres!" - En los comienzos de las vacaciones gustaba nuestro párroco de recibirnos uno a uno para mostrarnos las calificaciones obtenidas y hacernos un pequeño comentario. Cuando a mí me llamaba, en mi primera adolescencia, me parecía que me encontraba ante un santo del Cielo; tal era el respeto y veneración que me inspiraba ya a mis trece o catorce años. Con calor nos felicitaba si las notas eran buenas. Aquella alabanza producía en mí gran estímulo y me daba la impresión de que ganaba su confianza con mi esfuerzo durante el curso.
Los seminaristas, al igual que los sacerdotes, éramos la niña de los ojos de don Miguel Sola: nos quería, nos estimulaba, gustaba sobremanera pasar con nosotros los cortos ratos libres de que disponía. Cuando llegaban las vacaciones de verano, se le veía sonriente y condescendía gozoso en algún solaz con sus queridos estudiantes.
"La parroquia de San Juan - afirma Rosario Goicoechea - era fuente de vocaciones. Se desvivía nuestro párroco por fomentarlas. Siempre le vi ilusionado cuando surgía un nuevo candidato al sacerdocio".
La fiesta de su cumpleaños, el 28 de julio, solía celebrarla con nosotros, sus seminaristas. Un señor de la parroquia le prestaba una pequeña finca con estanque y buenas sombras. Allí pasábamos la tarde felices junto a él. Organizaba también una o dos excursiones de todo el día con sus seminaristas durante el verano. Casi siempre era a algún santuario o monasterio no lejos de la Ciudad. Siempre comenzábamos con la Misa y meditación, y al atardecer, ya de regreso, el Rosario. Jamás podíamos dispensarnos del encuentro diario con el Señor. Así pudo contemplar don Miguel que la mayor parte de sus seminaristas llegaran al sacerdocio.
Supo fomentar las vocaciones sacerdotales y religiosas, y consiguió becas para los niños aspirantes que necesitaban ayuda económica. Parece que lo estoy viendo lleno de satisfacción, cuando logró aconsejar a un feligrés generoso que destinara una no pequeña cantidad de dinero con el fin de costear los estudios a varios seminaristas de la feligresía.
Un estudiante de los cursos superiores, nombrado por el párroco, hacía de jefe o líder del grupo. Hasta comienzos de la década de los sesenta vestíamos de negro y corbata. Solamente para practicar el deporte nos poníamos de color. A las 4,30 de la tarde nos reuníamos en la Parroquia, rezábamos el rosario y practicábamos un cuarto de hora de lectura espiritual en común. Después, a bañarnos al río. La meditación, todos juntos reunidos en el coro, pero cada uno con su libro, de 8,30 a 9 de la mañana. También juntos, desde el coro participábamos en la Misa. Nuestras vacaciones eran un poco seminario de verano, aunque con más libertad.
Los domingos, por supuesto, cantábamos y oficiábamos en la Misa mayor celebrada por don Miguel Sola. El culto en San Juan tenía mucho parecido al del mismo Seminario; llamaba la atención su solemnidad. Nos animaba nuestro pastor a preparar con mimo las ceremonias y los cantos; todo salía bordado.
Las homilías de don Miguel Sola eran magistrales; no porque fuera un orador de campanillas, sino porque las preparaba con perfección y hablaba desde su experiencia de fe. Esto siempre cautiva la atención y cala en las almas. Yo diría que su preparación inmediata era la oración; sentía y vivía todo cuanto predicaba. Todo el mundo le entendía y venían ganas de ser mejor al oírle predicar.
La tarde de los domingos, siempre con función eucarística y rosario. Aquel acto nos infundía fervor y adoración a Jesús hecho alimento y compañía. La custodia gigantesca - hoy la criticarían como barroquismo - parecía brotar de la profundidad; como sol radiante, brillaba y se abría en enorme abanico de oro y luz; mientras tanto el pueblo entonaba el "Cantemos al amor de los amores". Siempre sugería aquella ceremonia algo nuevo que encendía en fervor a las almas amantes del Santísimo.
Después de aquel acto de adoración a Jesús Sacramentado subíamos con el párroco y algunos de los coadjutores a saludar a la Virgen del Puy en su santuario. En estas visitas animadas por don Miguel, se afianzaba nuestra devoción a la Virgen María.
Y llegaba el final de las vacaciones y el regreso a la Casa Grande, al Seminario. La misión de nuestro párroco no terminaba con relación a sus seminaristas. Seguía preocupándose por nosotros como un padre por sus hijos. Al menos una o dos veces durante el curso escolar acudía a visitarnos, se interesaba por cada uno de nosotros, preguntaba a prefectos y profesores por sus queridos seminaristas. Siempre podíamos contar con él.
Con los seminaristas de los años sesenta seguía la misma tónica de afecto y preocupación paternal de los veinte o treinta años anteriores. Ramón Sánchez celebró su primera Misa el año 67. Así es su testimonio: "A los seminaristas nos atendía de maravilla. Varios nos confesábamos con él y tengo recuerdos de aquellos tiempos muy grabados. Era confesor de las monjas cistercienses de Alloz y de vez en cuando acudía allí para dirigirles un retiro. Nosotros en el verano íbamos con él por aquellos parajes a pasar el día. Comenzábamos con un rato de oración en la iglesia del monasterio y, mientras nuestro párroco atendía allí su ministerio, los estudiantes nos bañábamos en el pantano, comíamos y pasábamos el día en campo. Al atardecer volvíamos al convento y rezábamos con las monjas y con él las Vísperas. Después marchábamos juntos a Estella".
Cuando Llegaba El Fin De La Carrera
Cuando llegaba el fin de carrera de algún compañero, nuestro párroco lo apadrinaba en el día gozoso de la primera Misa, pero nunca imponía sus padrinazgo, siempre lo dejaba a elección del misacantano; para todos fue un gran honor tener a don Miguel a la derecha en aquel día grande y feliz. Y nunca, después de emanciparnos de su custodia, nos echaba en olvido, siempre preocupado por aquellos sus hijos espirituales. Y en la primera ocasión propicia invitaba a sus antiguos seminaristas a predicar en la parroquia en la fiesta de San Juan o en alguna otra solemnidad.
Miguel Ángel Pérez de Zabalza recuerda la solicitud que con los seminaristas tenía en los días posteriores a la primera Misa: "Me ofreció, en aquellas pequeñas vacaciones anteriores al primer destino, un confesonario que había frente al suyo. Me hacía ver la importancia de sentarse en el tribunal de la penitencia. Luego me preguntaba qué tal me había ido; - por supuesto nada relativo al sigilo sino sobre mi estado de ánimo -; para que tomara afición a este santo ministerio. Cuando venía del pueblo a pasar unos días a casa, siempre se interesaba por mi apostolado y cómo me encontraba".
"Después de ordenado sacerdote - afirma Ramón Sánchez quince años después del anterior testimonio - tuve que estar en casa varios meses por encontrarme enfermo. Fue grande la solicitud que tuvo conmigo don Miguel, pendiente de mi salud como un padre. Además me introdujo en la vida pastoral hasta que recibí el primer nombramiento, teniéndome como auxiliar en una de las parroquias, siempre pendiente de mí".
Las Vocaciones Siempre Le Importaron
No solo en sus tiempos de párroco se preocupó de los seminaristas. Algo tenía nuestro celoso pastor cuando acudían a su retiro varios candidatos al sacerdocio para pedirle consejo o una beca. "Hizo mucho por el Seminario; esta labor posterior de don Miguel es poco conocida - dice una religiosa - pero es así. Conseguía ayudas económicas para los seminaristas necesitados. Bastantes sacerdotes jóvenes, hoy en activo, agradecen esta ayuda prestada por don Miguel. Nunca dijo ni de quién logró el dinero ni cuánto necesitó. Y no hablamos de hace cuarenta años. Siempre ha sido el mismo en torno a las vocaciones sacerdotales; ahora también. Y nunca jamás dijo que un seminarista había salido adelante porque él le hubiera conseguido la beca".
Le importaba mucho no sólo el sacerdocio, también las vocaciones a la vida consagrada tanto en hombres como en mujeres. Y siempre ayudaba a discernir la propia vocación a cuantos se acercaban a él como director espiritual; nunca imponía ni coaccionaba con su propio criterio para encauzar al clero diocesano o a congregaciones religiosas determinadas.
VI
EL ARCIPRESTE
Fue nombrado con muy buen criterio Arcipreste y se consiguió un ambiente de unidad dentro del clero de la zona. Tenía cuidado de que ningún sacerdote quedara marginado, y creo que a todos nos encomendó alguna labor o participar en algún cursillo de formación, para luego aprovechar todas las fuerzas con el fin de que el Reino de Dios fuera en toda la zona una realidad.
Durante muchos años desempeñó el cargo de Arcipreste en Estella, al menos durante toda la década de los sesenta, precisamente poco antes de comenzar el período de los grandes cambios eclesiales, y no podemos decir de él que fuera un conservador hasta la médula; mucho menos un progresista; y tampoco centrista. Don Miguel era él mismo. El enamorado de la verdad, del Evangelio, del fervor sacerdotal. Nadie pensaba en catalogarlo. Hizo un esfuerzo por asimilar el Concilio Vaticano II y creo que lo logró, sin adherirse a tanta escoria entonces de moda. Huía del progresismo y asimismo nunca se enquistó en un pasado que jamás volverá a repetirse. Durante su tiempo de arcipreste se celebró el Concilio Vaticano II. Costaba mucho aclimatarse a los cambios y él dio ejemplo de ponerse al día en todo, pero no cayó ni por un momento en extravíos.
Reciclajes
Supo contratar conferenciantes idóneos para reciclar a los sacerdotes de su arciprestazgo y él mismo acudía, como es natural, a todas las sesiones que se celebraban con este fin.
Pronto dispuso el altar de cara al pueblo y mandó quitar los púlpitos por ser en los tiempos modernos un anacronismo, cuando ya disponíamos de megafonía. Personalmente no me agradó que eliminara la custodia mecánica; aquella de mis fervores juveniles que tanta devoción nos inspiraba. Y se lo dije. Él, poniendo el dedo en los labios, me replicó... "No manifiestes por ahí tu opinión, que se puede armar una pequeña revuelta... " Estoy seguro de que a él mismo le costó tomar esta determinación, pero la realizó en aras de una mayor pureza en la liturgia. No obstante, para mí, lo de la custodia no fue un logro; lo digo como lo siento, porque un detalle de tanta devoción popular podía haberse conservado, aun después de colocar el altar de cara al pueblo. Pero me resigné. Por algo lo habría hecho nuestro párroco.
En tiempos anteriores se actualizó participando en las Ejercitaciones por un Mundo Mejor, obra del Padre Lombardi. Procuró aplicar aquellas iniciativas al terreno pastoral, y a mi juicio, lo consiguió. Porque la parroquia de San Juan supo unirse a otras de la Ciudad; se organizó el arciprestazgo de una forma perfecta: Cursillos de Cristiandad, Coloquios, Ejercicios Espirituales, Cursillos prematrimoniales... Nunca brilló el Pueblo y la Merindad en fervor eucarístico y cristiano como al comienzo de la década de los sesenta.
Pero llegó la avalancha en los últimos años de Don Miguel en Estella. Varios "teólogos" iban minando poco a poco el ambiente tradicional de aquel Pueblo de Dios. Nuestro Párroco se enteraba de todo, pero de momento no consiguió cortar de raíz las charlas o conferencias que impartían aquellos "profetas". Al final de su estancia en Estella, según me informan, logró que no volvieran los monitores de reuniones semanales. Todo esto permanece todavía en un cierto misterio. No queremos entrar en juicios de valor.
El Último Coadjutor De Don Miguel
He podido dialogar unos minutos con Eugenio Lecumberri, sacerdote lleno de vida, que estuvo en la Parroquia de San Juan Bautista en la última etapa del mandato de nuestro arcipreste y párroco. Estas son las ideas que entresaco de la conversación:
"Fui el último coadjutor que tuvo don Miguel Sola en Estella, el número veintitrés de la saga; el de la última hornada junto con Antonio Isaba, Federico Villanueva y Miguel Ibáñez. Éramos ya de los tiempos postconciliares, allá por el año 67. Nuestra mentalidad iba cambiando. Yo tenía veintiocho años entonces, y era consciente de que la Iglesia había de actualizarse. Encontré en don Miguel Sola un párroco abierto, comprensivo, acogedor sin reservas. Con él estábamos a gusto. Era un verdadero padre. La apertura de nuestro sacerdote no era indiscriminada; sabía moderar nuestra tendencias jóvenes con acierto. Jamás sirvió de rémora, pero sí actuó con prudencia. El cambio litúrgico lo había aplicado a la parroquia con diligencia y oportunidad. Es cierto que entre él y nosotros hubo alguna diferencia de criterio, pero sabía discernir con perfección, admitía un sano pluralismo y en ningún momento se produjo el conflicto".
"Yo quise mucho a don Miguel. Es verdad que nos exigía y controlaba; todo con mucho cariño y humanidad, pero a la vez era él quien más se sacrificaba; siempre estaba al pie del cañón".
"En aquellos tiempos comenzaba la idea pastoral de la confesión comunitaria con absolución individual. Quisimos organizar una por todo lo alto. Se darían en el Cine Lux una serie de conferencias preparatorias. Aquello parecía el "no va más"; el salón lleno hasta los topes, sus mil localidades; a todos nos daba la impresión de un éxito total. El último día dispusimos en la parroquia la jornada de las confesiones con abundancia de sacerdotes para que todos pudieran recibir con facilidad el sacramento; pero nos quedamos descuajados cuando comprobamos que no se cumplían nuestras esperanzas en cuanto al número de penitentes. Don Miguel sufrió al constatar que aquello no era como antes".
"Estamos en los últimos meses de la estancia del Pastor Bueno en Estella. Un día nos anunció que iba a dejar la parroquia por mandato del señor Arzobispo don Arturo Tabera, que le había designado para desempeñar el cargo de Vicario General. Yo me alegré por la diócesis, porque veía en él la persona ideal para una función tan delicada, pero lo sentía por nosotros, por la parroquia. Don Miguel era aceptado por todos; nos quitaban de Estella una joya, pero lo iba a ganar la diócesis. Y nos quedábamos con el problema y la incógnita: ¿quién será su sucesor? Porque cubrir aquel puesto resultaba muy difícil; a muchos parecía una persona insustituible".
"Yo continué en Estella un año más; no perdí el contacto con él. Marché más tarde a Burlada a la parroquia de San Blas, cerca de la casa de Ejercicios donde habitaba nuestro antiguo párroco. Seguimos manteniendo relaciones muy cordiales y de vez en cuando paseábamos juntos por aquel entorno, cuando ya usaba él su bastón inseparable por la hemiplejía que sufría".
La Despedida Del Pastor Bueno
"La Ciudad se volcó cuando tocó despedir a don Miguel; era el mes de noviembre de 1968; fue aquello apoteósico y multitudinario; acudieron al acto todos coadjutores que había tenido. Fue un homenaje popular, íntimo y cercano a la vez. Recuerdo todavía a varios de los que intervinieron con entusiasmo" - dice Eugenio Lecumberri.
En la despedida de Estella cuando fue promovido a Vicario General, la Ciudad entera se volcó para acompañarle y decirle un adiós triste, porque aquel sacerdote que se iba era el nuestro y parecía insustituible. El Ayuntamiento en corporación acudió a la iglesia de San Juan con este fin y le hizo sus honores; el cine Lux no daba posibilidad a que todos acudieran, dado el impacto que produjo en la Ciudad la salida de aquel hombre santo. Todo el mundo decía: Imposible volver a tener un párroco de la categoría de Don Miguel Sola.
"El día que se despidió de Estella, cuando le hicieron Vicario General, acudimos al Cine Lux, donde se celebró el acto de homenaje popular, muchísimas personas - se expresa mi antigua catequista -. A todos nos llamó la atención lo que dijo un conferenciante del pueblo con gran amor y humor: "Señor Obispo, dispense, pero ha sido usted "ladrón" al quitarnos la joya más preciosa de la Ciudad que es don Miguel"".
Estella se quedó sin su joya, pero la ganó la diócesis con un Vicario General, a quien Dios destinaba, por cierto, para otras misiones, muy poco conocidas de muchos.
VII
VICARIO GENERAL
Se fijó en el sacerdote Sola el nuevo Arzobispo. Mons. Tabera, y lo "arrancó" del vergel donde se había llegado ya al clímax de la perfección. Estamos en los años 68 - 69. Ya empezaban a intentar echar raíces algunas malas simientes de una reforma postconcilar mal entendida. En aquellos momentos salió de la parroquia don Miguel para tomar posesión de su nuevo cargo, Vicario General de la Diócesis de San Fermín.
Le felicité en tal ocasión. El señor Arzobispo le invitó a que asumiera la responsabilidad pastoral de ser el segundo de a bordo en la archidiócesis. Don Miguel Sola se resistía; no quería aceptar. Muchos años después me contaba en tono festivo y a la vez doloroso cómo accedió al fin. Éste fue el diálogo:
No se resistió más, y aceptó el cargo. Lo llevó, sí, con gallardía; mas no consiguió detener el huracán que se cernía sobre la Iglesia navarra. Eran tiempos muy difíciles. El clero se dividió en dos grandes sectores: progresistas y conservadores. Hubo un tercer género de sacerdotes, los llamados centristas o moderados que se esforzaban por equidistar de ambos extremos. Éstos eran mal vistos por los otros dos grupos mayoritarios. Fueron ganando terreno los progresistas. Se amañaban con prudencia los centristas por dar "una de cal y otra de arena" para evitar la ruptura total. Así es mi visión particular, pero creo que objetiva, de aquellos eventos.
Algunos Testimonios
"Cuando marché a Echauri como párroco, seguía en contacto muy directo con don Miguel Sola. - dice Prudencio Silvestre, su amigo y fiel colaborador durante su estancia en Estella -. Al serle propuesta la Vicaría General, me llamó enseguida y me citó en Recoletas para mantener una conversación. Yo le dije que debía aceptar, que sería un bien para la diócesis. Después seguimos en contacto. Alguna vez vino por Echauri, mi nuevo pueblo. En una ocasión acudió a la consagración de un altar. Estuvimos cenando juntos varios sacerdotes. Mi trato con él no ha sido muy frecuente, pero sí muy cordial. Siempre recordaba con calor los comienzos del colegio del Puy".
"Él no era proclive a desahogarse, pero se le veía sufrir mucho. Cuando lo nombraron Vicario General, se centró en la parte administrativa; pues esa era su misión principal. Los movimientos diocesanos en su enorme eclosión no los llevaba él; iban a través del Vicario de Pastoral".
Algunos opinaban que al ser Vicario debiera haberse opuesto diametralmente a las corrientes modernas, que parecían imparables. Por supuesto que también había muchos que pensaban todo lo contrario: pulsar fuerte el acelerador y despejar de una vez tendencias anquilosadas que no debieran volver. Las consignas pluralistas del Arzobispo, por otra parte, le impedían actuar abiertamente en contra de ambas corrientes. Y siempre don Miguel ha sido fiel al Obispo a quien prometió obediencia. Lo suyo era orientar entre tanto desconcierto que había entre los sacerdotes, animar a seguir fieles a sus compromisos, ayudar a quienes veía en necesidad o peligro. Lo suyo era alentar hacia la santidad. No veía claro el horizonte ni siquiera podía sentirse optimista, pero en medio de aquella tormenta intentó ser un poco faro de esperanza.
"Llegó a Pamplona como Vicario y se encontró con una avalancha social muy fuerte - nos - explica Lino Otano -. Por una parte los inicios postconciliares y por otra el régimen franquista en su agonía. Aquello era totalmente desconocido para él y para todos. Vinieron los curas contestatarios, las secularizaciones masivas, las huelgas... ¿qué podía hacer? Fueron momentos muy duros. Él oraba y esperaba; él personalmente no podía aprobar aquellos maridajes que, con buena voluntad tal vez, hacían muchos clérigos de cristianismo - marxismo..."
"Pamplona estaba cambiando de arriba abajo. Y en esos tiempos le toca desempeñar el cargo de Vicario. Llego a pensar que la enfermedad tan grave que sufrió, el infarto cerebral, pudo ser un desahogo de su naturaleza, incapaz de aguantar las presiones de un lado y de otro, con íntimos deseos de dejarlo todo y quedarse no en el relumbrón de un alto cargo eclesial, sino en la capellanía de un convento haciendo oración, confesando y visitando enfermos. Don Miguel en su cargo de Vicario General pasó la noche oscura del alma más profunda y entró en una etapa mística muy interesante. Esta es la visión concreta de aquellos momentos de otro testigo, involucrado en lo que llamábamos "progresismo"".
Estoy seguro de que muchos no le comprendieron ni adivinaron siquiera el drama que, en el fondo de su alma, llevaba. ¿Le faltó energía para oponerse a la avalancha progresista? Sufrió mucho. ¿No pudo orientar al Arzobispo hacia una línea más segura? Para mí, teniendo en cuenta la enorme bruma que lo envolvía todo, sigue permaneciendo en el misterio. Porque una cosa es clara: don Miguel no era arribista; no quería medrar. El Arzobispo Tabera era bien considerado en el Vaticano; prueba de ello que lo crearon cardenal de la Iglesia y más tarde prefecto de la Congregación de Sacramentos. Don Miguel seguía con las añoranzas de su pueblo primero, Aibar. Y amaba a la Iglesia Católica como los más santos. Se esforzó lo que pudo y quiso sembrar armonía y esperanza en aquellos días de cambio; sembró lo que más llevaba en el corazón: vida de entrega a Jesucristo, caridad y amor hacia todos, fidelidad a la doctrina revelada. Sembró, sembró... Fue su gran tarea. Es cierto que la semilla no siempre fructifica, pero también es verdad que puede dar su incremento al cabo de los años.
El Vicario De Pastoral
Javier Azagra, obispo emérito de Cartagena - Murcia, coincidió en la curia de Pamplona con nuestro sacerdote. Ambos ejercían el cargo de Vicarios del Arzobispado: el primero de Pastoral, el segundo, General. Mons. Azagra nos dice en charla mantenida con él esta opinión sobre don Miguel Sola en aquellos tiempos:
"Todos en la curia le admirábamos mucho. Alguno, cuando los problemas acuciaban en vicaría, solía decir refiriéndose a D. Miguel: "Así cualquiera puede aguantar. Antes de venir aquí ya ha hecho una hora de oración". Y en realidad a él llegaban los asuntos más graves o delicados, los referentes a sacerdotes. También se veía obligado a hacer de pararrayos de todas las quejas que en el obispado descargaban, Yo, como Vicario de Pastoral, lo tenía más fácil. Era lo mío el promover y ayudar en los movimientos diocesanos; a mi despacho afluían las cosas nuevas. Don Miguel era bueno a carta cabal. Destacaban en él de una manera especial su paciencia sin límites y su calidad humana. Y luego era admirable cómo en su obrar aparecía siempre el sentido evangélico como algo instintivo".
"Había oído hablar muy bien de don Miguel Sola desde mucho antes, desde mis años de coadjutor de Caparroso - añade Azagra -; yo era cura joven, y ya me contaban que nunca dejaba la oración; que siempre iba a la iglesia con su hora de meditación bien hecha; todos los curas de su entorno le admiraban. Su sentido de Dios y vida interior los llevaba metidos hasta el fondo del alma".
Estilo Muy Humano
El Vicario siguió siendo él mismo, Pastor Bueno; por supuesto, no se le subieron los humos ni le gustó imponerse. Su estilo siempre era amable, dialogante; buscaba que en cuestión de nombramientos quedaran todos a gusto. Me lo cuenta Miguel Ángel Pérez de Zabalza: "Llevaba yo en Olite varios años de coadjutor en Santa María; mi párroco don Julio Berdún estaba delicado de salud y era mayor. Un día bajó de Pamplona el vicario, don Miguel, y nos reunimos los tres. Hablamos con calma y en clima de amistad. Allí pareció que lo conveniente era darle el descanso a don Julio y que yo me encargara como párroco de aquella feligresía. Todos quedamos contentos; a mi antiguo "jefe" le resultó más suave dejar la parroquia en mis manos. ¡Qué bueno es hacer las cosas con tanta humanidad, aunque se invierta más tiempo!"
"Una sola vez he tratado con este sacerdote - dice otro testigo - y de forma casual; en una ocasión que fui por Vicaría a algunas gestiones que ni siquiera recuerdo. Pero sí me llamó la atención la amabilidad de don Miguel; la cordialidad sencilla con que me acogió."
No Aceptó La Mitra
¿Fue entonces cuando le ofrecieron una mitra?; porque quisieron hacerlo obispo. Ignoro si se trataba de auxiliar de Pamplona o titular de alguna otra diócesis. Él no la aceptó de ninguna manera. Si tan difícil y enojosa le resultaba la vicaría general ¿qué no sería la sede episcopal? La rehusó tajantemente. "¡De ninguna manera!" - le dijo a quien le propuso ser obispo. Lo suyo era el pastoreo directo con las almas. El padre Nieto, el Cura de Ars eran su paradigma de imitación.
Me comentaba todo esto en uno de sus pocos desahogos de la edad superadulta, paseando una mañana de verano por la huerta de la Casa de Ejercicios Espirituales, cuando yo le inicié este diálogo:
A mí se me hacía raro esta manera de hablar. Conozco al clero y sé que desempeñar cargos importantes halaga a gran parte de este colectivo; no a todos, ciertamente. Don Miguel era uno de esos curas sencillos que, sin pretenderlo, estuvo muchos años en el candelero, y sin ilusión alguna por suponer algo delante de los demás. Aborrecía los cargos de relumbrón. Y seguía así nuestro diálogo:
Y en ese mismo encuentro en que yo le "reprochaba" su buena suerte clerical, apoyado ya en dos muletas, me dijo, muy confidencialmente para explicarme lo difícil y duro de la función episcopal, que habían querido hacerle obispo; que él no quiso aceptar de ninguna manera.
Ahora, después de que don Miguel ha dado el paso a la otra vida, me creo desvinculado de la obligación de guardar aquel secreto, porque pienso que este testimonio de humildad y desprendimiento debe ser conocido. Cuando tantas personas, clérigos y seglares, van detrás del poder eclesial o político, es siempre digno de encomio el testimonio de un cura de pro que no quiso saber nada de honores ni dignidades, aunque la vida se los iba ofreciendo en bandeja.
Así Terminó Su Vicaría
"Despachando un día con el Arzobispo - nos dice su sobrino Ángel - se dio cuenta de que andaba mal para meter un papel en el sobre correspondiente. Y enseguida intuyó que algo malo le pasaba. Incluso le dijo al obispo: "Me está dando una trombosis o algo así".
Este fue el final de su mandato de Vicario. Le llegó, de manera inesperada, la liberación de aquel cargo nada apetecible para él, en una mañana de un día cualquiera, el cinco de septiembre de 1971, mientras desempeñaba la parte burocrática de su profesión distinguida. Y fue en forma de trombosis cerebral que le puso de repente a las puertas de la muerte en plena actividad. Lo colocaron casi agonizante en la misma cama del Arzobispo, quien le administró la santa Unción.
Y me contaba años más tarde, también en el tono de humor, que tanto le gustaba.
Pero se equivocó. Todavía le quedaban casi treinta años de vida. En ellos ya no volvería a disfrutar de libertad de movimientos: quedó paralizado de medio cuerpo, pero su constancia heroica le ayudó a avanzar mucho en la recuperación, de tal manera que continuó siendo persona útil y sacerdote trabajador en el Reino de Dios, aunque ya dejó para siempre las altas esferas diocesanas que nunca había apetecido.
Uno de los testigos de la primera parte de la vida de Don Miguel Sola, pensaba que había entrado con su enfermedad en una verdadera noche oscura del alma:
"Pasar de ser el sacerdote más importante de la diócesis, a un mero capellán con dificultad de moverse debe de ser muy duro. Para un hombre de la actividad del gran párroco de San Juan, contentarse con decir Misa ayudado de un bastón y escuchar las confesiones de ejercitantes, sería lo mismo que para un recluso la condena a cadena perpetua".
Pero tal vez se equivoque nuestro amigo. No lo sé. Yo siempre he visto a mi antiguo párroco lleno de paz . Y es que vivía del todo la alegría de la fe. Sin ella, nada. ¿Por qué no amamos más a Dios? Porque nuestra fe es lánguida. ¡Si fuese nuestra fe como la del P. Nieto, como la de su discípulo don Miguel! A ellos nada se les hacía difícil, porque amaban mucho. La fe grande viene como consecuencia del amor grande. Pienso, pues, que no pasó por una tremenda noche oscura; al menos la causa de una posible noche del espíritu no fue ni la enfermedad, ni mucho menos haber dejado la vicaría.
"¡Qué bien estoy ahora! - me repetía con frecuencia -. No tengo dolores, mi cabeza funciona bien, dispongo de tiempo para orar y puedo hacer también algo de provecho para la Iglesia. ¿Qué más puedo desear?" De una forma sencilla, día a día, cumplía la voluntad del Señor. "No me puedo permitir el lujo de perder el tiempo" - solía repetirme -". Con esta santa y pacífica inquietud perseveró hasta el fin.
VIII
En La Casa De Ejercicios Espirituales De Burlada
Se encontraba bien, sí, pero su vida había entrado en un desierto; en un largo peregrinar con bastón o con muletas, en una soledad relativamente acompañada, donde tanta gente de sus tiempos de vicario o de párroco, se fue olvidando de él. Es normal cuando se entra en una circunstancia de retiro forzoso. Ahora es preciso ir a Dios en fe desnuda; ponerse ante Jesús como un pobre desvalido. Él, que tantas veces había aconsejado a los enfermos cosas bellas y de pura fe, ahora había de aplicarlas a su alma. Y las tuvo muy en cuenta. En la vida cotidiana no siempre podemos dedicar largos espacios a la oración, a pesar de nuestros deseos. Ahora, sí. Horas largas de estar a solas con Dios. Don Miguel era y siguió siendo un apóstol de Jesús; ahora se dio aún más cuenta de que el apostolado es una fuerza que Dios despliega en la debilidad del hombre. Y siguió siendo apóstol desde su debilidad.
Poco después de mejorar de su grave enfermedad, que le privó parcialmente de movimientos, comenzó la tarea interminable de rehabilitación. Su constancia era admirada por todos. Horas y horas, mientras mantenía contacto con Dios, por todos los medios a su alcance, practicaba los movimientos que el médico le había prescrito. Le servía aquello de mortificación y lo aprovechaba para unirse, en una oración de jaculatorias, con el Señor.
Fue entonces, cuando se le encomendó la misión que nunca había imaginado para él: capellán de la Casa de Ejercicios Espirituales, "Esclavas de Cristo Rey" en Burlada. Uno de sus amigos piensa que, dada la formación jesuítica del P. Sola, difícilmente le podían haber encomendado una tarea mejor que ésta de capellán de una comunidad, cuyo principal objetivo era facilitar los Ejercicios Espirituales ignacianos.
En aquel lugar iba a permanecer durante casi treinta años. Para mejor recuperarse compró una bicicleta estática; y allí, sentado largos ratos, ejercitaba sus piernas que tanto se resistían, hasta que consiguió trasladarse por la casa e incluso por la ciudad, aunque con el apoyo de un bastón. ¿Quién iba a imaginar a don Miguel de "ciclista" a una edad tan madura? Junto a su lecho permanecía siempre aquel aparato no muy estético. Para él fue como unas disciplinas o cilicio, una penitencia impuesta que practicó hasta edad muy avanzada, cuando ya no le era posible subir a aquella "cruz" con pedales.
Esta vida para don Miguel era muy feliz. Por eso me decía: "Sigo muy contento en remanso tan tranquilo; no podía tener mejor jubilación para preparar el gran viaje". Y me añadía en otra ocasión: En el día de mi santo me he acordado del salmo 89. En septiembre u octubre pienso retirarme ocho días a Javier. Ahí comencé mi formación sacerdotal hace setenta años, y en mi querido Javier quisiera prepararme para el fin de la jornada. Oh, si viviera el padre Nieto... sin duda hubiera hecho lo imposible para convivir unos días con él. He tenido buenos directores de Ejercicios Espirituales en mi vida sacerdotal, pero el padre Nieto ha sido caso único. Su ejemplo... vivía lo que decía".
Con Las Religiosas De La Casa De Ejercicios
Pedí una entrevista con alguna religiosa en la Casa de Ejercicios Espirituales de Burlada para que me informara un poco de Don Miguel Sola. Él había estado vinculado a aquel sitio de oración durante más de veinticinco años. Desde que entró como capellán, al comienzo de la década de los setenta, hasta pocos meses antes de su muerte. Resultó el diálogo de lo más gratificante. Cuatro religiosas bajaron para desgranar sus recuerdos sobre nuestro querido don Miguel; las madres: María Pilar Dávila, María Vázquez, Nieves López y María Jesús Errazquin. Todas ellas estaban contentas de poder hablar un poco de aquel hombre de Dios que durante tanto tiempo había sido su guía y pastor. Se nos pasó a todos el rato sin darnos cuenta... Sigo fielmente cuanto me contaron e incluso en ocasiones con las mismas palabras:
"Las homilías y pláticas que nos daba eran siempre fervorosísimas; y con aplicaciones al momento actual que estábamos viviendo; pero nunca eran muy largas y siempre asequibles, aunque de espiritualidad alta. Sabía acomodarse. Muy celoso y santo en todo".
"Degustaba a fondo cada uno de los ciclos litúrgicos; los vivía y manifestaba sus sentimientos a cuantos participaban en el culto. Siempre recordaré - afirma una de las religiosas entrevistadas - el adviento. Aquello del canto del Rorate: "Oh Cielos, dadnos vuestro rocío; lloved oh nubes al justo". Nos lo repetía con unción, con voz serena, una y otra vez. Calaba en nosotras hasta el fondo del alma. Y así llegaba la Navidad que todas vivíamos con extraordinario gozo, fe y amor".
"Don Miguel era un santo; de eso estoy convencida - decía otra religiosa con voz muy débil a causa de sus años -. Era un santo de los grandes que contagiaba santidad. Recuerdo que una vez, en conversación con Don José María Conget, él mismo lo afirmaba: "Don Miguel es un santo". Lo hemos sentido siempre como sacerdote íntegro; como verdadero sacerdote en su modo de ser y en su conversación. Jamás hablaba de política. El celo apostólico es lo que aparecía en todo momento: apoyaba cuanto estaba relacionado con el Reino de Dios. Esto es lo que le inquietaba de verdad. A medio día nunca le faltaba un rato dedicado a examen particular. Su vida de piedad era total, sentida, y vivida a lo largo de las horas. Se le notaba ese espíritu de recogimiento que tanto falla hoy en día. Se advertía en su piedad un estilo ignaciano, seguramente por la influencia que recibió del santo padre Nieto desde su estancia de seminarista en Comillas, a quien admiraba y recordaba con mucha frecuencia".
Humor, Cumplidor, Madrugador
El fluir de la conversación de las religiosas, en torno a nuestro Pastor Bueno, era de lo más animado e interesante:
"Y era un santo lleno de humor, porque en él también era característico el humor lleno de inteligencia, pero que nunca hería a nadie en sus bromas. Cuando, ya muy mayor, se le olvidaba alguna cosa, solía decir con cierto énfasis: "¡No se puede con esta juventud de ahora!" Es que para todo momento embarazoso tenía alguna salida llena de ingeniosidad que distendía la situación desagradable".
"Era un hombre sumamente cumplidor. Jamás, a pesar de sus achaques faltó ni un sólo día a la Misa, ni a ninguna de sus obligaciones espirituales. Siempre estaba muy puntual, antes de la hora para atender cualquier demanda y celebrar después la Eucaristía o exponer el Santísimo. En el altar se transfiguraba, se notaba que vivía el misterio que celebraba".
"Todos cuantos le conocieron a fondo insisten invariablemente en afirmar de Don Miguel Sola que era el eterno madrugador. Madrugaba en Aibar, en Estella, en la casa de Ejercicios Espirituales como capellán, en su último retiro de El Amor Misericordioso. Y madrugaba para lo mismo en todas las partes, para encontrarse con Dios desde primeras horas de la mañana. Estaba enamorado de Dios; eso era todo. Sacerdote enamorado de Dios, y desde esa perspectiva enfocaba su vida a primera hora de la mañana. Las cinco de la mañana era su hora. Los últimos años de su vida madrugó un poco menos, las cinco y media, pero nunca le pillaba el sol envuelto en sábanas; a la luz de las estrellas elevaba ya por primera vez su corazón a Dios".
Todo Un Caballero
Insistían nuestras religiosas no solo en las cualidades espirituales del P. Sola, también mencionaban una y otra vez sus virtudes humanas:
"Como persona era sumamente educado. Siempre que veía a alguna hermana, la saludaba, le decía algo con humor y amabilidad. Si había algún acontecimiento importante lo comentaba con ella. A veces en tono de humor. Recuerdo que había una hermana de otra provincia. Cuando el equipo de Pamplona ganaba al de la ciudad de la religiosa, le decía don Miguel: "Le acompaño en el sentimiento; ayer perdieron contra Osasuna; qué le vamos a hacer; hay que tener humildad para llevarlo". Cuando perdía Osasuna, y se lo recordaba alguna hermana, hacía una señal de negación y añadía: "De eso no hablemos, de eso no hablemos". Algunas veces las monjas, para celebrar que el Osasuna ganaba, le sacaban una copita de pacharán que él aceptaba".
"Era todo un caballero. Jamás le vimos ninguna incorrección con ninguna hermana, ni con ninguna persona de la casa. Nunca se enfadó. Jamás se entrometió en ningún asunto de la Comunidad. Era un hombre sumamente prudente. Además, aunque se diera cuenta de algún defecto, jamás lo manifestó; su delicadeza era total. Siempre echaba a buena parte todo lo que veía en las hermanas. Y todo con gracia, gracejo espiritual y de manera agradable. No solo como sacerdote era un santo, sino como persona era encantador y todo un caballero. Además, invariablemente, cualquier acontecimiento que refería, solía aprovecharlo para sacar alguna consideración de alcance espiritual".
Sabía Acomodarse
"En la nueva liturgia - añade otra religiosa - nunca se permitió nada de lo antiguo. Se acomodaba muy pronto, y decía: "Hay que hacerlo, sí, hay que hacerlo". No se adelantaba, pero tampoco se retrasaba en aplicar las reformas. ¿Era algo que mandaba la Iglesia?, pues a obedecer. Leía mucho y estaba muy al día en todo. No solo de las reformas conciliares, también en libros de espiritualidad y teológicos, siempre lo encontramos muy al día".
"Intimaba con todos los padres que venían a dirigir Ejercicios Espirituales; con todos. Comía con ellos; les ayudaba en las confesiones y en cualquier cosa que le insinuaran. Todos los directores que han pasado por aquí recuerdan a don Miguel como un gran sacerdote. Y es de notar que cada padre tiene su mentalidad, y don Miguel sabía convivir con todos y con ninguno discutía ni intentaba imponer sus ideas. Respetaba mucho. La humildad, sencillez y caballerosidad eran virtudes humanas características en él".
"Se interesaba mucho por las tandas de Ejercicios: qué tipo de ejercitantes; cuál podría ser la problemática... y ayudaba siempre a las confesiones. En las tandas de religiosas en particular colaboraba muchísimo en este ministerio. Los directores con frecuencia le consultaban a él".
"Además muchas tandas llegaron a la casa organizadas por él mismo cuando estaba en Estella. La señorita Rosario Goicoechea de esta ciudad era su brazo derecho para preparar tandas de Ejercicios Espirituales. El P. Sola se las amañaba para buscar becas a las personas que no podían pagar la estancia. ¡Por eso estaba tan contento don Miguel en esta casa, porque sabía que esta obra de Ejercicios hacía mucho bien a las almas!"
¿Accidente O Agresión?
En los tiempos de capellán de la casa de Ejercicios Espirituales de Burlada, ocurrió un suceso que ni él mismo sabe la importancia que tuvo. Lo encontraron tendido en la carretera; él no se enteró de nada. Apareció después en el hospital y Don Miguel siempre creyó que todo fue un desvanecimiento y que un policía - buen samaritano - lo recogió y lo llevó a la clínica. Su agradecimiento era grande. Quiso regalarle algo pero, como es natural, el agente no lo aceptó, porque era su deber asistir a un herido. Lo que se divulgó fue distinto. Alguien que por allí pasaba, de una forma intencionada le empujó, lo tiró al suelo y lo dejó, y luego se dio a la fuga. Todo por odio a la religión, pues don Miguel siempre usó la sotana. ¿Qué ocurrió? Dios lo sabe. Nuestro sacerdote siempre me lo contó de una manera sencilla, como un mero accidente de desvanecimiento y como una lección que le dio la vida para no alejarse demasiado, en sus paseos, de la huerta de la Casa de Ejercicios. Nunca sospechó que nadie conscientemente intentara hacerle daño.
Este otro caso sí fue auténtica agresión por su condición sacerdotal, pues don Miguel nunca abandonó la clásica sotana: "En cierta ocasión - cuenta una religiosa - cuando venía hacia la casa de Ejercicios, uno que pasaba en moto por allí le dio un golpe y lo tiró al suelo. Fue un acto de violencia, no un accidente involuntario. Al día siguiente tenía disgusto porque había perdido el rosario, y fuimos luego a buscarlo. En ningún momento lanzó denuestos contra los agresores, ni tomó ojeriza a la juventud. Y a pesar de este atentado no dejó su costumbre de venir a celebrar a las doce cuando estaba en la otra casa; en tiempo de calor y de nieve; siempre. Nunca se quejaba del frío ni de las altas temperaturas; nunca supimos si estaba bien o si tenía dolores, que los tenía que tener".
Se Le Quería Mucho
"A don Miguel en la casa de Ejercicios se le quería mucho y por parte de todos: religiosas, ejercitantes, directores de tanda. Resultaba imprescindible e insustituible. Procurábamos todo lo mejor para él. Ahora hay que acostumbrarse a no verlo. Desde el Cielo nos bendice, estamos seguras. Don Miguel vivía muy pobremente y daba mucho. Era muy pulcro, pero la ropa la gastaba hasta el máximo. Limpio y austero; para él necesitaba muy poco".
"En cuanto se enteraba de que había alguna enferma de importancia en la casa, subía, la animaba, la reconfortaba, rezaba con ella, la ayudaba. Y no esperaba a la extrema gravedad para ayudarle a rezar; le insinuaba oraciones con jaculatorias. Sabía tratar bien a las personas enfermas. Los santos sacramentos los administraba con una unción impresionante. Y era consolador no solo para los enfermos; también para cuantos tenían algún problema o disgusto. En una palabra: un sacerdote de una valía extraordinaria, además de su gran inteligencia".
Algunas veces le decía alguna monja: Usted tenía que haber sigo obispo, porque hubiera sido el obispo ideal en estos cambios. Hubiese sabido orientar en tanto desconcierto que hay entre los sacerdotes. Él callaba. ¡Si las monjas supieran! Don Miguel estaba muy a gusto en aquel retiro. Nunca ansió puestos de relumbrón.
¿Qué Hacía En La Casa De Ejercicios?
Servir en todo lo que podía y orar. Uno de los servicios que prestaba era apoyar a cuantos iban a pasar unos días de retiro en particular. Siempre con discreción, pero en el momento en que solicitaban su ayuda, allí estaba solícito. Dice un señor, cuyo nombre no indicamos: "En dos ocasiones hice Ejercicios Espirituales por mi cuenta en la casa de Burlada, y con él hablaba todos los días un rato y me iba dando a veces por escrito sus consejos. Aquí tengo, de su puño y letra, algunas advertencias para aprovecharlas bien". Son todas ellas muy atinadas y escogidas del libro de San Ignacio de Loyola. Sabía hilar fino; y dentro de estas "advertencias" está lo de "dar cuenta sobre la marcha de los ejercicios: estado del alma, facilidad o dificultad de la meditación, distracciones y agitaciones, consolaciones e ilustraciones, dudas".
La persona que junto a él practicaba unas jornadas de retiro, no se aburría, oraba con insistencia y tenía un guía experto. ¡Cuánto bien hizo don Miguel con este asistencia discreta y sencilla, pero altamente eficaz!
A su residencia de la Casa de Ejercicios Espirituales de Burlada, acudían personas muy selectas que se dirigieron espiritualmente con él. También le visitaba gente de Estella y de otros lugares en agradecimiento de tanto que había hecho por unos o por otros. Él mismo marchaba por casas de personas impedidas, con quienes había mantenido algún contacto espiritual, para confesarlas en su enfermedad y ayudarlas en su relación con Dios. Esto lo hacía en lugares próximos, puesto que, dada su dificultad de movimientos, rara vez viajaba a sitios distantes; incluso subir a Pamplona le costaba gran esfuerzo.
Ante todo se dedicaba a la oración. En distintas ocasiones hemos hablado de su vida de oración. Eran varias las horas que cada día consagraba a la conversación amorosa con el Señor: meditación mañanera, siempre antes de la salida del sol, breviario, santa Misa, examen particular, ratos de adoración junto al Santísimo tanto en soledad como en adoración comunitaria, visitas al Señor, rosario en la capilla y por la huerta paseando, lectura espiritual. No es fácil calcular el tiempo dedicado a la oración. Creemos que menos de cinco horas no podían ser. Porque nunca estaba viendo la televisión, ni en plan de tertulia. Lo suyo era: orar y atender con gran solicitud en lo que pudiera: ahí estaba su entretenimiento, su trabajo, su vida de retiro.
Por supuesto que una de las tareas más importantes de don Miguel en sus años de retiro fue la de director espiritual. Así me dice uno de sus dirigidos: "Sabía aconsejarme sabiamente. Conmigo así lo ha hecho y siempre me ha llenado de amor a Cristo, a su Iglesia, y me ha ayudado a trabajar por ella. Antes de partir a la casa del Padre quiso orientarme sobre cuál era mi sitio en la Iglesia, mi misión y cómo llevarla a cabo. Y esto lo hacía como director espiritual desde ese conocimiento que tenía de mí. Nadie como él ha ido conociendo la acción de Dios en mi vida... parece que el Señor estaba esperando a que yo madurara para que por fin él pudiera partir. Yo así lo veo y doy muchas gracias a Dios por ello. He experimentado una gran soledad cuando él se ha ido; pero no hay amargura porque sé que está gozando de la presencia de Cristo".
Dejó La Capellanía
"Últimamente, como estaba tan torpe, a veces se le iba a buscar con el coche para celebrar la Misa. Pero a la vuelta, nunca permitió que lo lleváramos - dice una religiosa -. Prefería siempre acercarse solo".
¿Cómo dejó la capellanía?, pregunté: "Fue cosa de él: - me responden casi al unísono -. Aquí lo sentimos muchísimo. Con la dificultad de movimientos cada vez mayor pensó que no iba a ser más que un obstáculo, y decidió marchar a la residencia del Amor Misericordioso. Por otra parte pensaba que si caía postrado definitivamente iba a ser un grave problema para las hermanas y decidió por su propia cuenta dejarlo. Cuando nosotras le "reprochamos" por qué se había marchado nos dijo: "De verdad; yo creía que no iba a conseguir ser útil por más tiempo; pero ahora me doy cuenta de que podía haber resistido un poco más". Pero nunca nos abandonó; hasta el final acudió a celebrar la Eucaristía".
IX
El MOVIMIENTO DE SANTA MARÍA, DE LOS CRUZADOS Y COSPLAN
Había oído algunas veces mencionar que don Miguel Sola estuvo muy vinculado en los años de su retiro con los Cruzados de Santa María y su movimiento. He tenido la ocasión de hablar con un miembro cualificado de ellos; se trata de José María Echeverri. Él me dice en qué consistía esa vinculación de nuestro sacerdote con ellos.
"¿Qué son los Cruzados de Santa María? Se trata de un instituto secular, de una forma de consagrarse a Dios en medio del mundo. Está fundado por un jesuita: el padre Tomás Morales (1) Este hombre creó en Madrid en la década de los cincuenta "El Hogar del Empleado". Una obra apostólica de los empleados de Madrid, en la que todos tenían un objetivo común: la recristianización de las estructuras en que viven entusiasmando con Cristo a todos los compañeros. Se ofrecían los Ejercicios Espirituales como medio extraordinario para una verdadera conversión y se ayudaba a vivir con gran ilusión su vida cristiana mediante la formación humana y apostólica así como desde la dirección espiritual. Entre algunos de estos jóvenes brotó la inquietud de entregar su vida entera al Señor con una dedicación preferencial a la ayuda de los jóvenes y familias. Es así como el Espíritu Santo fue suscitando en el P. Morales la necesidad de fundar un instituto secular formado por personas que deseaban consagrase a Dios en medio del mundo con el fin de acoger, educar y acompañar a jóvenes y sus familias (......). Esto es la Cruzada de Santa María, que junto con los jóvenes y familias que participan del mismo carisma forman el Movimiento de Santa María.
Muchos desconocen por completo la labor que don Miguel Sola ha realizado en esta institución de la Iglesia, los "Cruzados de Santa María". Para mí ha sido un descubrimiento en este sentido hablar con Josemari Echeverri. Es un hombre joven, médico, que entró en contacto con don Miguel en el año 1984, y con la misma fidelidad con que nuestro sacerdote le ha atendido espiritualmente, él ha sabido corresponderle hasta el final. Moraba este joven en sus años de estudiante en la residencia que tiene el Movimiento de Santa María para ayudar a jóvenes que vienen a estudiar a Pamplona. Es entonces cuando conoció el grupo de jóvenes del movimiento y en el cual fue recibiendo una óptima educación cristiana. Fue precisamente a raíz de los Ejercicios Espirituales que se organizaban periódicamente en la casa de Burlada como contactaron con nuestro sacerdote.
Director Y Padre
"Don Miguel - nos dice Josemari Echeverri - fue para mí un padre, un director espiritual y amigo que me ayudó mucho a discernir mi vocación, que no fue precisamente hacia el sacerdocio, a lo que el estaba acostumbrado a orientar, sino hacia Los Cruzados de Santa María. Y, a través de mí, contactó D. Miguel Sola con la Institución y su movimiento. Íbamos con frecuencia a la casa de Ejercicios, nos alentaba y atendía a algunos. Cuando le manifestaba la situación en general de la Sociedad y la de nuestra Institución en concreto, él mantenía el criterio recto y cristiano y nos ayudó mucho a seguir por los senderos de auténtica renovación, según la mentalidad del Concilio Vaticano II. Valoraba mucho la dimensión eclesial de la Institución y fue verdadero alentador de la misma. Don Miguel apoyaba, ayudaba, se interesaba por nosotros. Era acompañante, padre y consejero. Con su palabra acertada y llena de sabiduría, yo he ido dando pasos que han tenido gran repercusión en el gobierno de la Institución y en la configuración de esta realidad apasionante que es el Movimiento de Santa María".
Pero no solo recibía nuestro sacerdote a los jóvenes del Movimiento de Santa María; también orientaba a otros muchos, presbíteros, religiosas y seglares; estudiaba su problemática y procuraba ayudarles a discernir en medio de aquel caos ideológico postconciliar. Fue don Miguel - en expresión de Echeverri - un hombre de una sabiduría y de un conocimiento de la Iglesia impresionantes".
Del trabajo de los Cruzados de Santa María en su residencia han ido surgiendo jóvenes con vocación sacerdotal; pues bien, don Miguel fue guiando y siguiendo a varios de estos chicos hasta que se encauzaron en el Seminario. Pero siempre era muy desprendido en todo. Los ha guiado en su discernimiento en la vocación, ha facilitado a quienes lo necesitaban ayudas económicas, pero una vez ya en el seminario les ha dejado seguir su camino. También había otros jóvenes que acudían a don Miguel, aparte de los relacionados con la Cruzada.
COSPLAN
"COSPLAN" - seguimos de la mano de Echeverri - es una obra diocesana entre cuyos fines destaca el ayudar a descubrir y vivir la paternidad responsable según la moral católica. Las siglas significan "Centro Orientación Sexual y Planificación Familiar Natural" y reflejan la labor desarrollada de educación en el amor y la sexualidad , así como la enseñanza de la regulación natural de la fertilidad desde una paternidad responsable, tal y como se concibe desde la Iglesia católica. Comenzó a funcionar al finalizar el año 1996; y se creó como una nueva sección del COF diocesano ya existente. Por lo tanto, ha sido una obra diocesana desde el principio.
Teniendo en cuenta la diversidad de criterios que existen dentro del mundo católico, don Miguel Sola influyó con su consejo tanto en la creación como en la orientación de esta obra tan importante en la Iglesia navarra, que dirige José María Echeverri y que depende de la delegación de pastoral familiar: "En este mundo de la regulación natural de la natalidad, y de la paternidad responsable, quien me asesoró fue don Miguel, cuando estudiaba tercero de carrera. Luego me fui enterando de cómo estaban las cosas, y junto a este santo sacerdote se gestó la inquietud de ofrecer una solución digna de la persona y del amor en estos temas tan delicados".
"En una de las últimas conversaciones que mantuve con Don Miguel - dice Echeverri - él me aconsejó tres cosas, como si fuera su testamento para mi vida: " Fidelidad y disponibilidad en la Cruzada, servicio a la diócesis desde COSPLAN, y vivir todo desde la caridad". Don Miguel vibraba con esta obra y la sentía muy suya. En este encuentro postrero me preguntó qué llevábamos entre manos, y se alegró por toda esta misión tan necesaria en la Iglesia actual. Estaba agonizando - antes de veinticuatro horas se encontraría en los brazos del Padre - y continuaba pensando en "lo suyo": la Iglesia y sus obras.
Le preocupaba mucho la situación de los matrimonios en relación con la vivencia de la paternidad responsable, de la fidelidad conyugal y de las familias. El entonces estudiante de medicina, José María Echeverri, le consultaba a don Miguel sobre el criterio de la Iglesia en cuestiones de moral familiar y regulación de la fertilidad.
Ante la situación de la sociedad y de los mismos católicos en todos estos campos, y una vez maduro su dirigido, le impulsó a emprender esta obra tan necesaria para la pastoral familiar, sugiriendo el plantearla al arzobispado. Fue D. Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona y Tudela, quien la acogió y ha ido dando los pasos necesarios para su creación y desarrollo.
Por eso podemos asegurar que don Miguel Sola ha jugado un papel muy importante en el nacimiento de COSPLAN y que ha velado por el mantenimiento espiritual en los Cruzados de Santa María.
Una Fotografía Con "Historia"
Entrevisto a José Javier Anaut en una sala de visitas del Seminario de Pamplona. Es allí profesor de Teología y hasta el año pasado ha desempeñado el cargo de formador de los alumnos. Es un hombre joven; lo veo, incluso en su manera de hablar, serena y ponderada, muy a la hechura don Miguel: con una personalidad abierta, sencilla y mesurada. Me da la impresión de encontrarme junto a mi antiguo párroco en los primeros años de su estancia en Estella.
Me enseña José Javier una foto que me llena el alma: aparece en ella en un primer plano don Miguel Sola con sotana y dulleta, con su porte de sacerdote venerable, en el momento en que impone las manos, en el rito de la ordenación sacerdotal, al joven Anaut profundamente inclinado. "Sí, - me explica - es una foto con historia. El día en que me ordené sacerdote en la parroquia del Corazón de Jesús de Pamplona acudió allí nuestro director vocacional don Miguel; en aquellos tiempos apenas salía a ningún acto; y vino en el día que ha marcado mi vida para siempre al servicio de Dios; fue el último que nos impuso las manos. Esa fotografía se la regalé después de mi ordenación, y la conservó como oro en paño, siempre en su habitación, bien enmarcada. Incluso cuando subió, para ya no volver, a la residencia del Buen Pastor, le dijo a Josemari Echeverri: "Por favor, llévame esta foto y ponla en mi cabecera". Cuando murió don Miguel me la devolvió este amigo. Es pues no solo un recuerdo; también una reliquia y un testimonio del amor al sacerdocio que nuestro hombre tenía. La he colocado desde entonces en mi despacho con todo el cariño del mundo".
Amaba A La Juventud
"Una de las cualidades que aprecio en don Miguel Sola en los años la década de los ochenta es su amor a la juventud. Atendía - añade José Javier - con celo y amor a los jóvenes, desde que comenzamos a bajar a la casa de Ejercicios Espirituales de Burlada. Allí nos acogía de maravilla; nos ayudaba a entrar en contacto con el Señor. Parece increíble que un hombre de más de setenta y cinco años pudiera conectar tan admirablemente con la juventud. Y conectó de verdad. En aquellos años dirigía espiritualmente a más de veinte chicos. Procedíamos del movimiento de Santa María, una consecuencia o realización de los Cruzados. Esta institución fue desde entonces muy querida por don Miguel, tal vez porque la vio muy fundamentada en la espiritualidad de San Ignacio de Loyola y en la carmelitana. Le encantaba como movimiento seglar consagrado, como fuente de vocaciones sacerdotales, como manantial de espiritualidad".
"Mi vocación en gran parte la debo a don Miguel. Él era un hombre santo, muy preparado en todo lo relativo a la ascética y mística. Sin violentar nada iba conduciéndonos a todos, con el gran don de consejo que Dios le había dado, hacia los caminos que el Señor nos destinaba. Nunca violentaba nuestras decisiones; era un gran director de espíritu. Con su ayuda llegamos al sacerdocio cinco o seis chavales. La espiritualidad de don Miguel era muy clásica: ¡Bueno, como debe ser la espiritualidad, fundamentada en el Evangelio, en Jesús, en la liturgia, en la Teología, en la Virgen María!"
"Uno de aquellos sacerdotes guiados por don Miguel murió siendo párroco de Ochagavía, con 31 años. Tuvo nuestro Pastor Bueno un gran sentimiento por aquella muerte prematura".
"Pero hay algo muy importante: don Miguel no solo nos acompañaba en nuestra vocación, también nos buscaba becas para nuestra estancia en el seminario. Había un señor, que falleció hace unos dos años, Miguel Olaechea, que era adorador nocturno y gran catequista de la zona de Basaburúa, y cubría los gastos de estudios de cuantos don Miguel le indicaba. Aquellas becas se transmitían de generación en generación, según se iban necesitando".
"Pero quiero hacer hincapié en un detalle muy importante. Don Miguel Sola era fundamentalmente un hombre de Iglesia, de la Iglesia universal y, por supuesto de la diocesana. Aquellos años en que nos tocó dilucidar nuestra vocación, eran tiempos en que a muy pocos se les hubiera ocurrido aconsejar el ingreso en el seminario de Pamplona; había prejuicios hondos; así estaban las cosas. Y don Miguel apostó por nosotros y por el seminario de Pamplona. Él amaba a la diócesis profundamente y se fiaba de que todo iría mejor. Sé que cuando nos internamos en el seminario, habló con el entonces Arzobispo don José María Cirarda".
"No era absorbente don Miguel; no quería "adueñarse de sus dirigidos". En el momento en que iba a ingresar en el Seminario me dijo: "Ahora te aconsejo que allí dirijas tu alma con alguno de los sacerdotes puestos por la jerarquía para este fin. En este aspecto mejor que te "olvides" de mí". Seguimos siendo amigos, seguí visitándole de vez en cuando en su retiro, pero me pareció acertado el consejo de don Miguel".
"Somos aproximadamente cuarenta los sacerdotes jóvenes de la diócesis. Quedamos cinco, orientados y encauzados por don Miguel Sola. Buen porcentaje."
En conversación posterior con José Javier Anaut me habla con optimismo sencillo y esperanza de que el clero joven de Navarra mantiene el espíritu de piedad propio del sacerdote, la frecuencia del sacramento de la penitencia, la dirección espiritual. Don Miguel sabía todo esto; y podemos decir que de alguna manera "anticipó" lo que es ahora el seminario de Pamplona. Él siempre nos animó a vivir de lleno nuestra espiritualidad. Y no veo hoy ninguna ruptura entre lo que viví con él y lo que hoy vivimos. Hay una vuelta a la verdadera espiritualidad. Intentamos incluso plasmarla entre los jóvenes. Por eso, a pesar de la dificultad de acomodación a los nuevos tiempos que todo el mundo aprecia en nuestra Iglesia local, podemos mantener una esperanza de que las aguas van volviendo a su cauce. Así sea, así desde el Cielo nos lo vaya concediendo don Miguel del Altísimo junto con otros sacerdotes buenos que han partido hacia las moradas eternas.
Y añade Anaut: "Después, de sacerdote, también he mantenido contacto con don Miguel, aunque de forma esporádica, porque he estado en distintos pueblos relativamente alejados de su residencia e incluso en el extranjero en comisión de estudios. Pero tuve encuentros muy importantes sobre todo en mi etapa de formador de seminaristas; a él acudía a pedir consejo. Su gran preocupación era el seminario de Pamplona. Veía con mucha ilusión todos los proyectos educativos que estamos llevando ahora en el Seminario".
Siguió don Miguel, después de llegados al sacerdocio sus jóvenes dirigidos, alentando a otros chicos para que entraran en el seminario, hasta en sus últimos años de vida. Incluso ahora, cuando redactamos estas líneas, hay algunos seminaristas que han madurado un poco su vocación al regazo de este gran padre y pastor de las almas.
El P. Sola en todas las épocas de su vida fue un verdadero apóstol; lo mismo en su juventud que en su ancianidad; y grande fue su fecundidad espiritual, porque grande era su íntima unión con Dios. A Dios se entregaba sin reservas con una vida de oración continua, de sacrificio, de renuncias, pero sobre todo de amor; al Señor y a todos cuantos se acercaban a él o cuantos él se acercaba.
X
EN LA RESIDENCIA DEL AMOR MISERICORDIOSO
En 1988, poco antes de Navidad, próximo a cumplir los ochenta años, cambia de domicilio; deja la capellanía de la casa de Ejercicios Espirituales de Burlada y se traslada a la residencia próxima, "Virgen de la Esperanza" de Villava, donde se preparará para dar el paso de esta vida. Siempre fue muy consciente de nuestra dimensión escatológica y miraba con gran paz el problema de la muerte. Su deseo de prepararse bien para la eternidad era constante; lo vivía a diario. Tanto en sus cartas, como en las visitas que yo le hacía, me lo repetía en muchas ocasiones.
Pero no por el cambio de domicilio perdió el contacto con su querida casa de Ejercicios Espirituales. Distan entre sí unos trescientos metros los dos edificios, a pesar de pertenecer a distintas localidades. Y Don Miguel Sola marchaba todas las mañanas a su "oasis". Allí pasaba horas leyendo y meditando; realizaba su paseo por la huerta, mientras rezaba el santo rosario. Su vida en los últimos años se parecía a la de un monje. Siempre con paz, con alegría serena y muy agradecido y contento con todos.
En la residencia del Amor Misericordioso Don Miguel Sola tenía ambiente. Era un poco, sin pretenderlo, el alma del grupo. Siempre buscaba la conversación con todos, no por pasar el rato; él iba "a lo suyo", ser útil de alguna manera al hermano sacerdote. Los compañeros de mesa eran los mismos, pero no se ceñía su amistad a ellos solos; con todos se relacionaba. Cuando, al final de su vida, ya no podía salir de la habitación, todos le visitaban, para interesarse por él. También se preocupaba por los más jóvenes; por los que estaban estudiando en el seminario, por las hermanas, por todos. Él se comunicaba mucho con la gente. Acudían muchos a verle: sacerdotes, seglares, y también algún seminarista.
Testimonio De Dos Compañeros De Residencia
Antonio Mezquíriz
nos informa de varios detalles de Don Miguel durante el tiempo de su permanencia en el "Amor Misericordioso":"No tenía ni veía televisión fuera de casos excepcionales. Llamaba la atención la fidelidad a los horarios: paseos, oración. No se movía por las ganas, sino por la caridad, la fe, la razón y la voluntad. En su habitación lo encontrabas siempre leyendo algún libro de espiritualidad o haciendo oración. Se había desprendido de otros libros. El periódico leía, por necesidad. Aunque trataba con todos, nunca andaba en corrillos; el cotilleo era ajeno a su manera de ser y de obrar. Don Miguel iba a lo suyo: oración, recogimiento y estudio, paseos abundantes, porque para subsistir le eran tan necesarios como el alimento. Pienso que para él fue una fuente de mortificación y penitencia tener que dedicar tanto tiempo a este menester. Es verdad que lo aprovechaba sobremanera para rezar rosarios y unirse con Dios de otra manera pero con toda realidad, porque sus paseos normalmente los hacía solo".
"Pero no abandona su misión sacerdotal. Y, con su bastón, despacio, todos los días marcha a celebrar la Misa a las religiosas a las doce y media; ayuda a los directores de Ejercicios a confesar; atiende a los clérigos y seglares que acuden para pedirle consejo o confesión. Se siente sacerdote y jamás se le oye quejarse de sus males; muy al contrario, dice que su enfermedad es una ventaja. Que no tiene dolores sino algunas molestias al no poder andar sin el apoyo del bastón. Con el tiempo se fue deteriorando su movilidad y no tuvo más remedio que caminar ayudado de dos muletas".
"Él iba siempre que podía a los actos de oración de la Comunidad de religiosas, aunque
e no tenía ninguna obligación; y procuraba estar allí un buen rato antes, orando, y salir más tarde. Rezaba el Rosario y las Vísperas en común; después cuarenta minutos de oración en silencio. Un día a la semana teníamos - dice Mezquíriz - la adoración eucarística de varias horas y no faltaba. Su vida era una continua oración; su paseo por el jardín, rezo del Rosario. Nunca perdió la costumbre de ser un gran madrugador; sobre las cinco de la mañana. Y aquellas horas hasta salir, las dedicaba a la oración dentro de su propio cuarto. Antes de la comida asistía a la "Hora Intermedia"; después de la refección, otra vez iba a la capilla, pienso que para dedicar unos minutos al examen particular. Su vida de piedad era la de un monje contemplativo. Y esto, no solo durante los años de permanencia en el Amor Misericordioso, sino durante todo el tiempo de capellán en Burlada".
Por las tardes estaba en su cuarto, leía, rezaba, recibía visitas frecuentes. Era una persona muy comunicativa con todos y se preocupaba de todos. De su vida contaba anécdotas curiosas y siempre con buen humor.
Y añade el señor Mezquíriz: "Siempre que he estado con él ha sido o para preguntarme por los demás, o para consultarle alguna duda mía; nunca te hacía una pregunta en plan de curiosidad o de cotilleo, siempre era para ver si podía ayudar en algo. Su conversación preferida era sobre los sacerdotes a quienes mucho quería y de quienes jamás criticaba. Si alguien comenzaba una crítica, él se callaba. Decía que había que escuchar mucho a los curas y ser muy cordial con ellos. Esto parece que se propuso de una manera
a especial ya en sus tiempos de Vicario General".
"No buscaba don Miguel a la gente para pasar el rato; si coincidías con él, bien. Pero no apetecía compañía por encontrarse en soledad; más bien al contrario; quería ayudar a otros en su soledad, en sus problemas, en cualquier cosa. Era muy libre; no tenía dependencia de ninguno, pero estaba a gusto con todos".
"En los últimos meses de residencia en el Amor Misericordioso, bajaron algo las visitas. Tal vez porque se dieron cuenta de que se encontraba el Pastor Bueno muy fatigado".
"A los estudiantes, a los sacerdotes, a todos que entraban en su radio de acción recomendaba leer la biografía del P. Manuel García Nieto, su director espiritual en tiempos
de estudiante en Comillas y con quien nunca perdió el contacto. La conversación sobre el P. Nieto siempre la tenía don Miguel en sus labios. Creo que era el mejor modo de entrar en tema espiritual. De la misma manera que Nieto estaba absorto en Dios, así también su fiel discípulo seguía esta trayectoria".
Su Amigo José María Iraburu
durante varios años permaneció en la misma mesa de comedor con don Miguel. Resulta agradable sobremanera escuchar su testimonio: "En sus conversaciones no hablaba de la vida parroquial ni de cómo organizaba su pastoral. Lo suyo era hablar de casos concretos; de personas, pero en buen plan; de lo de cada día. Gozaba de una memoria prodigiosa que a todos admiraba. Cuando le visitaba alguien de sus antiguas parroquias de Aibar o Estella, él mismo les recordaba asuntos familiares: bodas, bautizos, acontecimientos, incluso con fechas; con tal lujo de detalles, que ni siquiera los propios interesados se acordaban de ellos. Esto agradaba mucho a cuantos a él acudían"."En la casa del Amor Misericordioso, con todos era muy atento, servicial, amable, pero lo que llamamos normalmente "trato de amistad", apenas tenía con nadie. Yo era amigo antes de que ambos estuviéramos en la residencia; desde los tiempos de la casa de Ejercicios, y por eso continuó ese trato amistoso después. Iba por la habitación de don Miguel con frecuencia y le contaba las noticias que ocurrían; en fin, lo que llamamos normalmente amistad. Pero nuestro sacerdote no se quedaba en largas conversaciones con nadie. Él estaba como muy retirado de todo. Una vida "escondida con Cristo en Dios". Lo suyo era recibir visitas pero no de pasatiempo sino del tipo de dirección o acompañamiento espiritual".
"Era muy delicado en sus comentarios - concluye Iraburu -; rara vez los hacía; en muy pocas ocasiones manifestó alguno conmigo; prefería guardar silencio. Podemos decir que en él la fe actuaba por la caridad; de manera que vivía en fe, razón, caridad, voluntad. No hablaba a merced de sus impulsos o apetencias: me agrada o me desagrada. Lo suyo era muy distinto, autodominio, caridad, prudencia".
XI
DON MIGUEL, PASTOR BUENO
Conocí y traté a Don Miguel Sola desde mis trece años hasta el final de su vida, durante más de cincuenta. Este santo párroco ha supuesto mucho para mí y para cuantos han tenido la suerte de comunicarme con él. Pero mi relación no ha sido de convivencia, sino de una cierta amistad espiritual que con el transcurso del tiempo se ha ido intensificando. Tampoco ha sido una relación siempre continua. En mis tiempos de estudiante tan solo le veía en el período de vacaciones. Después, le he visitado una, dos o tres veces todos los años y he mantenido correspondencia epistolar también dos o tres veces cada año, cuando me encontraba a cierta distancia de su residencia. Por eso mi visión del padre Sola forzosamente ha de ser parcial, pero lo suficiente para percibir la altura espiritual de que estaba dotado. Ha sido una de las personas más santas de mi relación; una hombre que ha influido en mi vida como verdadero padre en la fe. Por eso estas páginas revelarán junto con mi admiración hacia el hombre bueno, mi reconocimiento y profundo afecto.
Refiere una maestra de Estella y catequista: "Don Miguel Sola estaba dotado de una diligencia impresionante. En la iglesia de San Juan entraba el primero, en cuanto el sacristán la abría, pero antes ya había hecho mucho rato de oración en su casa porque era muy madrugador. Ha sido un santo extraordinario y a la vez dotado de una amabilidad que a todos encantaba. La vida de piedad se reflejaba en todas sus obras. Sus homilías rezumaban amor a Dios intimidad con Él; yo lo veía como "endiosado", como envuelto en Dios; Inspiraba veneración. No pensaba en sí mismo, sino en los demás. Lo suyo era darse, preocuparse por que todos estuvieran bien relacionados. Arreglaba gentes distanciadas entre sí; era el gran conciliador. Dotado de un humor suave y a la vez de gran seriedad, y con extrema humildad. Pienso que era muy parecido a Jesús".
Buen pastor era don Miguel Sola; formado bajo la santa dirección del P. García Nieto. Y, como buen pastor, estaba enamorado del supremo Pastor, Cristo. De Él sacaba la fuerza, la ilusión y la alegría en su actuación sacerdotal.
Aparecía ya en el templo de San Juan de Estella en el mismo momento en que el sacristán abría las puertas, las seis y media, y a las siete de la mañana comenzaban las misas. Cada media hora continuaba el turno del santo sacrificio; la última Eucaristía de los días laborables era a las nueve, y a las 12, los festivos. Durante todas estas horas, don Miguel estaba invariablemente en el confesonario, menos en el momento en que le correspondía celebrar a él. A su sede penitencial acudían las almas más selectas. Algunas de ellas han muerto en olor de santidad. Vi arrodillados ante el tribunal de reconciliación de nuestro párroco a muchos sacerdotes. Cuando éstos llegaban, abría la puerta de su confesonario y los acogía no como a un fiel más, sino como a un hermano en el ministerio; con la puerta abierta.
Las Misas de los domingos, por la década de los cuarenta - cincuenta, eran muy distintas a las de ahora, después de la reforma litúrgica. Entonces, durante la celebración, un sacerdote predicaba; y una vez llegada la consagración, salían varios a distribuir la Eucaristía; otros continuaban impartiendo absoluciones. Eran seis los coadjutores de San Juan.
Don Miguel Sola celebraba la Misa Mayor a las 10,30 todos los domingos y festivos. En ella procuraba desplegar su fervor de buen pastor; en la predicación echaba el resto. Todo el mundo le atendía, y las aplicaciones a la vida cristiana siempre resultaban enjundiosas. En las grandes solemnidades nuestro párroco se transformaba, casi se transfiguraba. Cuando estaban los estudiantes procuraba que el esplendor fuera parecido al del mismo Seminario. Recuerdo mis años de seminarista mayor: Entonces me sugería que preparase al detalle toda la liturgia como verdadero maestro. Ensayaba yo con parsimonia a todos los estudiantes. Los más pequeños formaban el grupo de pirulos, portadores de velas en el momento de la consagración, cual si fueran ángeles adoradores.
Don Miguel Sola era el alma de todos los movimientos parroquiales. Y nunca me cansaría de repetir lo bien que atendía el confesonario; varias horas todos los días. Procuraba nuestro vicario, así muchos le solían llamar, cuando con él nos confesábamos, elevar nuestras almas hacia las alturas, no solo perdonar los pecados. Poco a poco iba encaminando a sus dirigidos hacia la santidad.
"Fue una gran inteligencia pastoral y práctica - señala Ignacio Martinena -. Enseguida se hacía cargo de todo. Disfrutaba de un sentido común enorme. Siempre estaba dispuesto a escuchar; nunca se cerraba en sí mismo. ¡Persona prudente y muy ponderada! Y estas virtudes las mantuvo desde los años de su juventud hasta los últimos momentos de su vida. Era tenaz, constante, decidido. Pensaba las cosas y luego las llevaba a la práctica. Nunca se quedaba a medio camino. Era para todos: gran corazón, gran sacerdote, gran amigo de todos, aunque, como es natural no fue de todos querido. - ¿Y quién los es, siendo así que el mismo Jesús no lo fue? - Pero él a todos trató bien. Todos lo reconocen como el gran conciliador. Era metódico y puntual. Cuando acudía a una refección de hermandad nunca hacía esperar a nadie, porque la puntualidad es delicadeza, amor y estima del prójimo. Comía con mesura. No prolongaba nunca la sobremesa porque siempre tenía algo que hacer. Era muy celoso y de gran altura, sin encajonarse en planes preconcebidos".
Discípulo Del Padre Nieto
Tuvo Don Miguel Sola un gran maestro de vida espiritual: el Padre García Nieto, pero a diferencia de otros discípulos, nuestro gran párroco, permaneció fiel a la doctrina del santo jesuita y fiel también en visitarle para estímulo de su vida interior. Mencionaba muchas veces en su conversación a su gran director el P. Nieto. Con él practicó en distintas ocasiones los Ejercicios Espirituales. Cuando yo visitaba a don Miguel Sola en los últimos años de su vida, eran muy frecuentes las alusiones a este gran maestro de sacerdotes. "¡Echo de menos la ayuda y apoyo del padre Nieto! - solía repetir -. ¡Qué bien me vendría en esta etapa de mi vida!" Contagiaba a todos nuestro sacerdote aquella admiración y devoción que tenía por el santo jesuita. Nos mantuvo con expectación por su biografía hasta que vio la luz la primera edición. Invariablemente nos recordaba todas las posteriores obras que sobre él se publicaban. Razón llevaba don Miguel cuando mostraba tal respeto y entusiasmo por aquel hombre de Dios.
Pero ¿Quién Era El Padre Nieto?
Según frase de don Miguel: "Uno de los grandes santos de la Iglesia de todos los tiempos". Tenía el amor de San Juan de la Cruz, la penitencia de San Pedro de Alcántara, la caridad de San Vicente de Paúl. El concepto de nuestro párroco era compartido por cuantos fueron dirigidos del padre Nieto. Primero fue cura secular; después entró en la Compañía de Jesús. Dedicó su vida a los seminaristas y a los sacerdotes, desde su puesto de director espiritual en la facultad de Teología de Comillas. Realmente era un fuera de serie en la santidad. No he tenido la suerte de conocer y tratar a este hombre de Dios; lo conozco principalmente por medio de Don Miguel y de compañeros míos del seminario que estudiaron en Comillas. A pesar de ello, me parece que lo he tratado; se me hace un ser querido, un familiar en la fe, un verdadero padre. Pienso que sin un milagro especial de la gracia de Dios, resultará imposible imitarle. Uno de sus principales seguidores era nuestro párroco.
Leyendo la biografía de Nieto aumenta uno en el amor a Dios, a Cristo Eucaristía, fuente de todo el obrar del Padre Nieto. Era un enamorado de Jesús, de su pasión... ¡y del Sagrario! De él aprendió Don Miguel Sola su amor al Santísimo Sacramento, a la cruz y el celo por la salvación de las almas. "Dios me ha creado para ser santo, - solía decir aquel ferviente jesuita -; Cristo me ha redimido para que yo sea santo; el Espíritu Santo mora en mí para que yo sea santo; no moriré sin ser santo." Impresiona leer en la biografía de Nieto cómo día a día mantuvo siempre, y en aumento, su fervor. Y arrastraba a cuantos le rodeaban. Permanecía horas y horas de rodillas ante el Sagrario. Brilló en el mundo como un sol; iluminó, arrastró...
Me confirmo en que el don supremo de Dios a la Iglesia ha sido el sacerdocio y la Eucaristía: los dos juntos, puesto que no puede existir el uno sin el otro. Nieto lo vivió a tope, su discípulo don Miguel no le anduvo muy a la zaga. Emociona y extraña el carisma de penitencia del P. Nieto. A todos admira las horas de oración junto al Sagrario verdadero ejemplo para que al menos, dediquemos una hora cada día al trato más íntimo con Dios. La biografía del padre Nieto anima a seguir al Señor. Fue un modelo de virtudes.
El padre Manuel García Nieto, director espiritual de don Miguel en Comillas, fue el gran estímulo que le ayudó a mantenerse firme en la fe, confiado en la esperanza, activo en el amor. Con él practicó varias veces los Ejercicios Espirituales de mes o de ocho días. En mis conversaciones con don Miguel invariablemente hacía mención a aquel santo que le ayudó a transformar su vida. "Dos santos han influido mucho en toda mi existencia sacerdotal - me aseguraba -, el padre Nazario Pérez y Nieto. A los dos he tratado; más al segundo, por supuesto". Gracias a mi gran párroco de Estella la biografía del P. Nieto cayó en mis manos, y se alegraba de que hubiera hecho tanto bien en mi alma; reconoce que está bien escrita, pero cuantos convivieron con aquel hombre de Dios, pueden decir que el mejor biógrafo se queda corto.
Penitencia
Y nuestro Pastor Bueno le imitó en la penitencia, aunque de forma distinta. El sacrificio diario del padre Sola no sé si consistiría en cilicios, pero sí sometió su cuerpo a una disciplina heroica. Con fortaleza de verdadero mártir durante su tiempo de párroco y Vicario tuvo un control total de su carácter, jamás hablaba u obraba guiado por su instinto primario; siempre cogía para sí lo más ingrato y menos lucido y dejaba lo más agradable a los demás. Nunca se permitía asumir el placer por el placer; nunca fumó ni bebió; todo esto supone un dominio de sí mismo de gran penitencia y espíritu de sacrificio. No hemos podido observarle si usaba disciplinas y cilicios al modo de su maestro, probablemente lo haría, dado el total dominio que tenía de sí. Y cuando le llegó el tiempo de la larga prueba de casi treinta años, se entregó horas y horas al ejercicio físico, nada apetecible para su temperamento, con el fin de dominar su enfermedad y ser útil para el Reino. Esa fue una de las penitencias de nuestro sacerdote, con las que imitaba, de forma distinta pero con el mismo espíritu a su maestro espiritual, Nieto.
"Veía a don Miguel Sola como una persona muy espiritual - me aseguraba un sacerdote residente en la misma casa que don Miguel - ; nunca se quejaba de nada. Era muy normal, por lo demás; muy piadoso, bueno y muy perseverante en todo. Merecía nuestro aprecio y simpatía. Totalmente positiva mi impresión sobre él. Jamás se quejaba de nada - insiste; - tenía mucho dominio. Era muy suave con todos; jamás hablaba mal de nadie. Llegar a esa edad con un dominio total de sí mismo no es nada fácil; supone mucho a su favor; muy positivo; muy piadoso. Se adaptaba a los sacerdotes".
"No aparentaba a primera vista don Miguel ser un asceta - nos dice Josemari Echeverri - porque su trato era tan amable, tan natural, tan suave... y sin embargo era un asceta y un místico. Sus costumbres austeras; a pesar de los años que tenía y de su penosa enfermedad llamaban la atención por su constancia, capacidad de trabajo y su eterna costumbre de madrugar. No se tenía compasión: invierno y verano, en sus años de retiro, a las cinco y media se levantaba y enseguida comenzaba su oración, su ejercicio físico, su labor pastoral en la casa de Ejercicios, sus visitas, sus cartas... Toda esta vida austera y sacrificada provenía de su gran fe y amor a Dios".
Y vivía la pobreza.
"Vivía la pobreza - afirma una religiosa - ¿Detalles? Nunca usaba el ascensor mientras pudo subir a pie. Y hay que tener en cuenta que durante los casi treinta años que por aquí estuvo, siempre necesitó usar bastón o muletas por la hemiplejía que sufrió. La sotana, muy limpia, pero muy desgastada. No pensaba más que en dar. Tampoco se quejó nunca de la comida, ni compraba caprichos, ni marchaba de vacaciones, como no fuera unos días a su pueblo. Y lo daba todo. Vivía con austeridad para poder dar más. En cuanto tenía algún dinero lo "gastaba" en donativos".
XII
VIRTUDES CONSTANTES
Hombre De Fe
Estando junto a don Miguel se hacía más fácil creer; todo parecía evidente. Desde la mañana hasta la noche organizaba su jornada con perspectiva sobrenatural. Nunca vi en su intencionalidad miras humanas, a pesar de ser una persona profundamente comprensiva y humanitaria.
Su fe la revalidó en la fidelidad a la oración; a Dios daba el primer lugar en su intención y en su jornada. Y a todos trataba con el cariño mismo de Jesús; todos, cuando estaban junto a él se sentían personas un poco mejores.
Fe profunda en la práctica pastoral de nuestro gran párroco. El sepelio de sus fieles difuntos también era para este santo cura una manifestación de su plena convicción. En mi juventud - un tanto contestatario - le dije un día ex abrupto: "Don Miguel, ¿por qué celebra así los entierros? Resulta macabro este "paseo" por las calles; en este mes ya van diez". Él me contestó con mansedumbre: "No sería bueno cambiarlo por el coche fúnebre; de esa manera se disimula la muerte. Esta clase de entierros es una predicación a los que vienen a la iglesia y a los que no vienen: la vida se acaba, es breve; y existe el más allá. Y hay que estar preparados. Continuaremos así". Estas ideas las vivía don Miguel con gran paz.
En una ocasión le acompañé a visitar a don Corpus Garín, un sacerdote mayor que estaba en el asilo de San Jerónimo. También don Corpus era hombre de gran fe; él había sido el organizador en Estella del Oratorio Festivo para los niños. Don Miguel le dijo:
Y el anciano sacerdote le contestó:
En una de nuestras charlas de verano en la huerta de la casa de Ejercicios le expresé esta queja:
Yo pensaba que me iba a consolar, ¡qué se yo!, que me diría: no es para tanto; la crisis se te pasará. Pero, nada de eso. Y me dice como solución:
Muchas veces he pensado en estas palabras; y me doy perfecta cuenta de que tiene razón. ¡Señor, yo creo, pero aumenta mi fe!
Lleno De Amor A Sus Semejantes
Se desvivía don Miguel por atender en las necesidades a todos sus feligreses y a cuantos a él acudían. Trataba de solucionar cuantas dificultades llegaban ante él. Nunca podré saber qué asuntos se trataban en su despacho, pero algo, sí. Más parecía su casa consultorio médico o antesala de obispo que despacho parroquial. En diversas ocasiones hube de ir allí por distintos asuntos. Una habitación de unos veinticinco metros cuadrados era la sala de espera; la rodeaban diez o doce sillas. A veces había que aguardar turno durante una hora o más. Allí estaban personas en paro, pobres de solemnidad, necesitados de cualquier cosa; a todos atendía, para todos buscaba solución y solía encontrarla. En sus ratos "libres" pateaba fábricas, despachos, talleres para conseguir un puesto de trabajo o una recomendación para el feligrés en apuro. Muchos deben a él la colocación que les ha servido para sustentar a su familia durante toda la vida. También acudían otros a pedir consejo, a ofrecer donativos para los necesitados o a consultar algún problema moral o humano. Era el consejero de todos y el gran limosnero.
Yo no sé de dónde sacaba don Miguel tanto dinero. Todos cuantos tenían alguna penuria económica a él acudían. Y en tiempos en que no existía la institución de Cáritas, él era socorro de los pobres, no solo de mendigos, sino de personas con pocos ingresos por familia numerosa, enfermedad o paro laboral.
Con Sacerdotes Y Seminaristas
Muchos niños que sentían la vocación del sacerdocio, a él deben haber podido sufragar en todo o en parte la estancia en el seminario. Se amañaba para ayudar a los muchos necesitados en aquellos años difíciles de la postguerra en los que abundaban solamente el hambre y la miseria. Era sumamente discreto y con nadie comentaba detalles de las personas a quienes atendía. Cuando caminaba de un lugar a otro por la calle, con muchos se había de parar unos segundos y es que cantidad de personas tenían algún problema pendiente conocido por él.
Se desvivía de una manera especial por favorecer a los sacerdotes con problemas económicos o crisis personales; hablo ya de mis tiempos de clérigo. En varios casos, y como a posteriori, pude comprobar el porqué de sus desvelos: se encontraban ellos en profunda crisis y don Miguel entonces se esforzaba por ayudarles con el mismo cariño que un padre hacia el hijo que peligra. No puedo descender a detalles en este terreno por razones obvias, pero hay algunos casos, cuyo conocimiento podía conmover hasta las lágrimas al contemplar la delicadeza y bondad de este sacerdote santo.
En sus largos años de ministerio hubo de atender a varios compañeros en el problema de la secularización. Él hizo todo cuanto pudo para conservar dentro del seno clerical a aquellos curas que había formado o aconsejado, pero cuando vio con claridad que la decisión del amigo sacerdote era irreversible, le apoyaba de lleno para buscar una salida digna e incluso indagaba para facilitarles un puesto de trabajo. Protegió el secreto de éstos y los trató antes y después de salir como amigos y como verdadero padre de espíritu. Jamás un reproche ni una crítica para ellos.
Conmigo tuvo un detalle que jamás podré olvidar. Ni el amigo más íntimo hubiese hecho algo igual; se dejó llevar demasiado del corazón. En mi feligresía ocurrían unos problemas de mal comportamiento en la iglesia por parte de un grupo de jóvenes; se repetían todos los sábados y no había modo de acabar con aquel abuso absurdo. Acudí a él y pensamos juntos que lo mejor sería dar un ultimátum; era entonces don Miguel Vicario General de la diócesis. Éste fue el veredicto: se suprimiría la Misa dominical hasta que las autoridades locales pusieran orden ante aquellas bromas nada dignas en la Casa del Señor. Para ello me entregó un folio sellado y firmado por él, pero en blanco; yo habría de rellenarlo. Hasta este punto llegó a fiarse de mí. Y aquel problema quedó zanjado; antes de suprimir la Eucaristía, los que regían el pueblo pusieron remedio. En toda la vida he tenido yo una muestra tan grande de total confianza en mí. Una persona que se fía de esta manera jamás puede ser traicionada, a no ser por alguien que sea un delincuente nato. Hasta este punto sabía don Miguel querer a la gente.
Un día - ya en su retiro - me pidió por favor que lo llevara en coche para visitar a un compañero suyo de curso que se encontraba enfermo en un pueblo. La verdad es que don Miguel no se sentía mejor, más bien al contrario. Y allí lo llevé. Y tuvo la delicadeza de llevarle unos dulces. Su costumbre era pensar dónde podía hacer un favor, siempre solícito.
Humildad
Es ahora agosto del 85; lo recuerdo porque se trataba del verano posterior a la muerte de mi madre. Le mandé una cinta casete laudatoria de su vida pastoral en Estella y me dice en carta posterior: "La escuché como un crío dos veces seguidas. Me ocurría como cuando a estas alturas te dicen que estás muy bien conservado; ya sabes que no es verdad, pero te gusta que te lo aseguren. Creo firmemente que cuanto expresas con tanto cariño de tu antiguo párroco es del todo sincero de tu parte. Y qué más quisiera yo que fuera cierto... mas "el hombre ve en la superficie, pero Dios escruta el corazón". O aquel otro salmo: "Tú me sondeas y me conoces..." Queda uno avergonzado, conociéndose a sí mismo de que otros como tú le tengan en alta estima. ¡Nada de nada! Y al final de una vida que ya va siendo larga, no queda más que acogerse a la infinita misericordia del Señor". Me insiste después en que siga perseverante en la fe, la lectura espiritual y el apostolado y que le hago bien con mi ejemplo. ¡Siempre animando!
La trombosis cerebral, que sufrió veinticinco años antes, le producía, además de problemas serios en el movimiento, dificultad para escribir; a pesar de todo, nunca dejó de contestar a una sola carta. Es más, incluso él mismo anticipaba su misiva, si veía que yo tardaba demasiado. Mi carta era una gracia actual para él, me lo afirmaba con humilde sencillez. La hizo tema de oración. "Mira - dice - en qué opinión me tienen; pero "Tú, Señor, me sondeas y me conoces y sabes que no es así; concédeme tu gracia para que sea de verdad lo que creen que soy". Hablas con sinceridad, crees en lo que dices, pero desgraciadamente no estás en lo cierto. Es una virtud juzgar favorablemente las relaciones con los demás. Cumplí los ochenta y estoy repitiendo el salmo 89: "Aunque uno viva setenta años y el más robusto ochenta, la mayor parte son testigo inútil porque pasan a prisa y vuelan".
Escribí un artículo en "La Verdad" en junio del 93 en el que hablaba de "un amigo anciano", y sin nombrarlo para nada, me refería a él. Se dio cuenta de ello y me dijo: "Siempre me has mirado con buenos ojos y todo es del color del cristal con que se mira. Afortunadamente no dices que ese viejo amigo tuyo sea sacerdote, y hasta la fecha nadie se ha dado cuenta de quién se trata. Te ruego encarecidamente que no me descubras ni al más íntimo de tus amigos. Me llena de rubor y vergüenza. Haces una descripción tan viva y presentas a un santo tan atractivo que parece que se trata algo así como de un San Francisco de Sales en pequeño. Delante de Dios tengo que decirte que estás equivocado por desgracia. Pide por este pecador que no quiere bajar al sepulcro tan lleno de miserias y defectos. ¡De verdad!"
Como detalle de humildad, dice una de las religiosas entrevistadas: "Somos humanos, y alguna vez alguien le ha dicho alguna inconveniencia. Don Miguel se ha callado; ha bajado discretamente la cabeza y no ha respondido nada e incluso ha dicho en otras ocasiones una pequeña broma sonriente, como si nada fuera con él o como si no se hubiera dado cuenta, siendo así que era muy listo y conocía perfectamente el alcance de cada uno".
También otro detalle de humildad refiere otra de las religiosas: "Cuando últimamente se encontraba peor de movimientos y de salud, una noche lo pasó muy mal; el día anterior había sufrido un mal trato de alguien. Y en vez de quejarse, nada. Como si no hubiera ocurrido; por él no nos enteramos. Y otro sacerdote nos contó lo que había sucedido. Luego, al recordárselo, dijo estas palabras: "Que le vamos a hacer; son cosas que pasan; son cosas que pasan. Ese fue todo su comentario".
Cuando una persona llega a un cargo importante, normalmente después de algunas semanas o meses, va tomando conciencia de su autoridad y no permite ninguna impertinencia ni insubordinación; normal. Esta anécdota nos da a entender el talante de nuestro querido sacerdote:
"De su tiempo de Vicario General - dice un testigo - apenas recuerdo nada. Me encontraba entonces en el polo opuesto a don Miguel. Estaba yo muy metido en la Iglesia de los barrios, la de los encierros, huelgas y multas. Sin ninguna animadversión a su persona en un encuentro que tuve con él le dije: "Don Miguel, su época ha terminado ya". Y como era tan humilde no me dijo nada; no se enfadó ni inquietó. Era un hombre bueno, con unos carismas especiales, pero había pasado su época. Esa era mi opinión".
Prudencio Silvestre me explicaba que si por algo se distinguía don Miguel, era por la humildad generosa. Para sí mismo siempre lo último, lo más ingrato, lo que a nadie podía agradar. Basta recordar cómo rehuía los cargos; y no era por comodidad; siempre pensaba que otros lo podían hacer mejor .
Su Centro, La Eucaristía
Disfrutaba mucho con la lectura de temas eucarísticos o sacerdotales. El padre Nieto supo imbuirle esta tendencia tan espiritual desde sus años de formación. Y en este sentido me decía:
"Fui en mis años de seminarista y primeros de sacerdote lector asiduo de todas las obras que iba publicando el entonces arcipreste de Huelva, y luego obispo de Málaga y Palencia, don Manuel González. Aún las tengo, por lo menos en su mayor parte. Por esos caminos hemos de ir. Para mí el recuerdo y la semblanza que haces en tu carta, de este gran obispo, ha sido un aldabonazo. Tengo que eucaristizar mi vida y la de los que encuentre a mi paso, sobre todo los sacerdotes y así llegar a la verdadera renovación de la vida cristiana. Es también para mí una preocupación que las iglesias estén cerradas. Muy bien dicho: "No es solo cuestión de robo; es, sobre todo, cuestión de fe"".
Pero estas ideas que, con humildad, parece atribuirme a mí, él las vivía siempre a tope. Cuando yo le escribía, solamente evocaba algo de lo que tanto le había afectado durante toda su vida.
Cuánta ilusión le daba cualquier adelanto, cualquier iniciativa en que apareciera un mayor aprecio a la Eucaristía: "Me alegró mucho - aseguraba - que nuestro arzobispo dijera a los sacerdotes: "Tenemos que ir abriendo nuestros templos a la adoración eucarística". Ojalá que no se quede sólo en buenos propósitos. Se pueden tomar precauciones para evitar robos y al mismo tiempo facilitar las visitas, poniendo un poco de su parte los obispos y los sacerdotes. Todo, menos que se pierda la vida eucarística. Recuerdo, y tú también, aquella afluencia casi masiva al Sagrario de San Juan de Estella todas las noches antes de cerrar el templo. ¡Cuántas parejas de novios!"
No le gustaba criticar; nunca le oí hacerlo. Cuando le informé de que la Parroquia de San Juan de Estella también se había cerrado, y solo se abría a las horas de culto, movió con pena la cabeza, se entristeció y no recuerdo ningún reproche a los sacerdotes que le siguieron en el pastoreo espiritual.
Sacerdocio
Todo lo relativo al sacerdocio era interesante para don Miguel. Amaba su sacerdocio y amaba a sus compañeros de ministerio por serlo. Cuando don Félix Beltrán me entregó varios ejemplares de su obra "El Sacerdote de hoy y de siempre", le ofrecí enseguida uno a mi querido párroco. Y me decía: "Estoy leyendo con fruición la obra de Félix Beltrán que me regalaste y recomendaste. No es corriente encontrar autores que escriban tan en línea sobre el sacerdocio, y menos con esa competencia y profundidad. Una gozada. Pienso dejarlo para su lectura a algunos de los buenos compañeros de residencia... " Y unos meses más tarde me dice: "Efectivamente me escribió D. Félix Beltrán ofreciéndome algún ejemplar de su magnífica obra para regalarla entre los amigos. Me dice que me entienda contigo. Quisiera tres ejemplares."
Cuánto nos estimuló para la campaña a favor de la santidad de los sacerdotes y almas consagradas. No se unió con su firma a este movimiento, pero le encantaba y, y de una manera simbólica, cooperó con ayuda monetaria en varias ocasiones. Decía: "Mi firma no sirve para nada, pero deseo estar con vosotros". Leía con gozo y nos estimulaba a Don Félix Beltrán y a mí en esta campaña de santidad sacerdotal. Me decía: "La lectura de todas tus cartas la hago de un tirón, y siempre las vuelvo a leer. Están escritas con mucho espíritu sacerdotal, y a mí y a algunos otros, nos hacen mucho bien".
Para nuestro gran párroco todo cuanto se relacionaba con el sacerdocio era tema de su predilección. Él siempre deseaba una clerecía santa. Por eso, desde que por primera vez le anuncié nuestra campaña a favor de la santidad de los sacerdotes y personas consagradas, me animó sin reservas. Así me decía: "Creo firme y sinceramente que lo que estás haciendo en todos los campos, y escribiendo, procede del buen espíritu, y admiro en ti la Providencia de Dios. Sigue en este año 96 cada día, pase lo que pase, más de cerca al Señor y abierto a sus designios, reconociendo de verdad que somos los siervos inútiles. No sé qué pensarán los destinatarios. Me gustaría preguntarle al Arzobispo, pero no tengo ocasión de hablar con él. Desde luego trataré sobre el particular con nuestro obispo de Jaca, José María Conget. En la Iglesia - añade - nos encontramos a sacerdotes y también a seglares que hicieron mucho bien urgiendo a Papas y a obispos ciertas reformas que eran necesarias".
Otros Opinan Sobre Su Fervor Eucarístico Y Celo Sacerdotal
"A don Miguel se le notaba un fervor especial con relación a la Eucaristía, - nos dice Antonio Mezquíriz, religioso de la residencia del Amor Misericordioso -. Se le veía acudir con frecuencia a la capilla mientras pudo y hacía numerosas visitas al Santísimo. Además, siempre que entraba y salía de la casa, pasaba por el oratorio para saludar al Señor. Marchaba todos los días con ilusión desde la nuestra, a la Casa de Ejercicios a celebrar la Misa. Están cerca ambos edificios, unos trescientos metros, pero dada la dificultad que tenía para andar y el tráfico de la carretera, suponía mucho amor el ir allí. Celebraba hacia las 12, y a aquella Misa acudían las monjas mayores".
"En la capilla, ante Jesús Eucaristía parecía un Serafín - así lo afirman varias religiosas Esclavas de Cristo Rey que durante muchos años le observaron -: su vista permanecía fija, serenamente fija en la Sagrada Hostia consagrada; tomaba la custodia con delicadeza, consciente de que en sus manos tenía el único tesoro; aquel tesoro a quien consagró por entero su vida; Jesucristo. ¡Con cuánto respeto, atención y amor llevaba la custodia y trataba al Señor! ¡Con cuánta devoción!"
"Se le notaba como algo característico - añade otra religiosa - su amor a la Eucaristía. Todas las tardes tenemos exposición; él colocaba a Jesús en la custodia, pero no se marchaba nunca, a no ser que le esperase una visita; allí permanecía adorando al Señor. Y cuántas veces, en la capilla de ejercitantes lo encontrabas rato y rato en visita a Jesús; unas veces estaba solo, otras había también algún ejercitante. Era un lugar donde se le podía buscar a don Miguel. Rezaba el rosario en la capilla y luego rezaba más misterios paseando por la huerta. También solía practicar el ejercicio del viacrucis, sobre todo en la cuaresma".
"En el cuidado de la Eucaristía era exquisito. Había una capilla en la que estaba reservado el Santísimo para bien de la Comunidad y solía recordarnos: "Hemos de celebrar Misa allí de vez en cuando, porque la Eucaristía del Sagrario tiene relación con la Misa - Sacrificio del Altar". Hilaba en fino don Miguel en todo".
Me comunica en una carta que celebró sus bodas de Oro sacerdotales con sus condiscípulos y privadamente con las monjas. Pidió por los feligreses antiguos de Aibar y Estella. Me exhorta a seguir con el apostolado. Comparte mi preocupación por las iglesias cerradas, y dice que hay que solucionar este problema.
Su fe se extendía a todo cuanto está revelado, pero destacaba aún más en la Eucaristía, en el gran Misterio del Amor. Daba la impresión de que en lugar de servirle de prueba en la fe el divino Sacramento, se le iba convirtiendo cada vez más en una evidencia tan poderosa que trascendía a toda su persona. Su alma gozaba en este tesoro escondido. Ante estos velos que ocultan a Cristo ¡Dios y Hombre verdadero!, como María Magdalena, lo buscaba con afán y permanecía largo rato contemplando. Nunca se acostumbró a ello, como no se acostumbra el hombre enamorado a su esposa.
Por aquellos años de mi juventud los viáticos se llevaban cuando anochecía, en procesión por las calles. Casi siempre era don Miguel quien los administraba. Rodeado por cincuenta o sesenta hombres, portadores de cirios encendidos, caminaba él, cubierto por el paño humeral y con la pixis eucarística sobre su pecho; su andar era pausado, su vista baja, mirando el santo envoltorio que llevaba en sus manos; la atención entera en el gran misterio escondido junto a su corazón. Un ángel no podía andar con mayor compostura, atención y devoción. Se traducía en todo su semblante la fe total en aquello que hacía. Llevar a Jesús a Quien sostenía con unción. Le acompañé muchas veces en este santo ministerio, y en todas las ocasiones me cautivó. Por su fervor siempre nuevo, parecía un sacerdote recién ordenado al celebrar Misa, dar la Comunión o administrar un sacramento.
"La espiritualidad de don Miguel Sola, era netamente ignaciana, - asegura Echeverri -. Tenía claros como referentes siempre muy vivos: el P. Nieto en Comillas y como consecuencia, el amor a Cristo y el amor a la Eucaristía; esto lo llevaba muy en el alma. El otro referente era don Manuel González; y como consecuencia también el amor a la Eucaristía. ¡Por todas las partes aparece en nuestro sacerdote la vida eucarística! Y de tal manera era este amor que, cuando subió a la residencia del Buen Pastor, su última morada en este mundo, entre los pocos libros que se llevó fueron éstos: La biografía del padre Nieto y la del Obispo del Sagrario Abandonado, don Manuel González. Los tenía como un tesoro.
Su vida se alimentaba de Jesús. Don Miguel era muy eucarístico y estaba dotado de una amor al sacerdocio impresionante".
Celo
El celo de nuestro sacerdote por la salvación de las almas siempre lo tenía activado; vivía con los ojos bien abiertos para ser consciente de la causa o el lugar donde debía actuar. Ni siquiera juzgaba necesario conocer a la persona que se hallaba en necesidad espiritual. Jesucristo vino a salvar a todos; por eso él había de seguir la misma norma.
Su celo sacerdotal lo demostraba en todo; parece, sin embargo, que en sus últimos años lo más suyo era el acompañamiento en el caminar hacia Dios. Unas veces tomaba un poco la formalidad de "Director espiritual"; otras, de "Amigo en la fe"; siempre desembocaba en lo mismo: el mutuo estímulo para avanzar por los caminos de Dios: eso era lo importante. Él beneficiaba a otros sobremanera porque poseía bastante más para dar que el común de los mortales, pero a la vez, en esta su generosidad, también salía beneficiado, porque así ocurre cuando uno se desborda en hacer el bien. Parecía decir a todos, aun sin proponérselo: "Abrid las compuertas del corazón para que el Señor entre". Y una vez en tema ¡qué a gusto y qué fácil era con él dialogar de esto tan necesario, nuestra relación con Dios!
"Como director espiritual - dice Josemari Echeverri - era atento, familiar, un verdadero amigo. Y a la vez de un total desprendimiento, a pesar de que podía estar necesitado de relación. No quería sujetar a uno dentro de su "dominio". Desde el principio hacía ver a sus dirigidos que tal vez necesitaran a otra persona como director; se le veía totalmente desprendido, a la vez que atendía como verdadero padre".
"Yo he perdido un padre - dice también Echeverri -. Esa fue mi sensación cuando murió don Miguel. He conocido sacerdotes santos, pero en su forma, en su manera de ver las cosas han tenido como una falta de adaptación o de flexibilidad. Don Miguel sabía adaptarse a los tiempos constantemente. Ha estado trabajando y estudiando hasta el final de sus días, y me decía: "Todas esas cosas que preguntas me vienen muy bien, porque así estudio". Y le consultaba problemas de moral de lo más actual y delicado; él los estudiaba y me daba después la solución. Siempre al día en todos los sentidos y además un hombre con un gran equilibrio y gran capacidad de adaptación".
Aseguraba humildemente que mis cartas eran para él un estímulo: "Hay mucha bazofia en este mundo - decía - pero también hay ejemplos que te animan. He encontrado dos en menos de una semana: uno, un sacerdote sencillo que trabaja en una parroquia y lleva una intensa vida espiritual y vive su sacerdocio a tope; otro, un seglar que acaba de jubilarse y que hace todos los días su hora de oración, y vive con auténtico espíritu evangélico. Conoce a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa a fondo. Ha escrito un trabajo sobre ellos que merecía su publicación".
Después, se "mete" conmigo y me echa unas cuantas flores por lo que le digo en mis cartas. Y ciertamente su testimonio y aliento me han ayudado mucho en todos estos años de mi profesión docente. Y añade: "Lo principal es vivir nuestro bautismo. Está bien que pienses y aun trabajes en debida forma por ejercer tu sacerdocio, pero lo principal es que conserves el espíritu, como tratas de hacerlo. Da gracias a Dios con mucha humildad. Sigamos los dos ese gran ejemplo del padre Nieto que está muy por encima de lo corriente".
Don Miguel lo fue para muchos; también para mí, un hermoso caso de paternidad en el espíritu; un verdadero padre en la fe.
Los conventos de monjas eran lugar de sus preferencias. En las primeras horas de la tarde, cuando la actividad parroquial está más paralizada, se veía a don Miguel en días alternos, recorrer los distintos cenobios de Estella. Allí dirigía a las monjas pláticas espirituales o escuchaba sus confesiones; allí les pedía a ellas que fueran el motor de su apostolado. Y de verdad se notaba el fruto: florecía en aquel pueblo el interés por Jesucristo. Hasta veinticuatro seminaristas llegó a tener la parroquia, sin contar las decenas de niños y niñas que ingresaban en colegios apostólicos.
Gustaba nuestro párroco de que en el templo se guardara el verdadero respeto. No toleraba las conversaciones o murmullo en la iglesia ni siquiera a los niños; se ponía muy serio cuando se faltaba al silencio. Tampoco cedía a la moda que se iba imponiendo en las mujeres de ir a la iglesia - hablo ahora de los años cincuenta - sin cubrirse la cabeza con el velo o mantilla. Fomentó mucho las visitas al Santísimo Sacramento, mas, para que ninguna señora o señorita entrara a practicar este piadoso acto sin cubrirse la cabeza, colocó junto a la puerta unos casilleros de madera que contuvieran sus correspondientes mantillas. A las horas del atardecer siempre encontrabas en el templo veinte o treinta personas visitando a Jesús; y todas las mujeres tocadas del velo litúrgico.
En el tiempo de su retiro en Burlada y Villava, aunque no seguía al detalle todos los movimientos actuales de Teología y no se entretenía en leer a los teólogos de moda, sí conocía a la perfección toda la situación eclesial. Lo suyo era estar escondido con Cristo en Dios, pero ayudando con todas sus fuerzas, y eran muchas, a cuantos podían entrar en su campo de acción: directores de ejercicios, religiosas, sacerdotes, ejercitantes... Se daba cuenta de lo que estaba pasando, pero vivía "en lo más importante; en lo único necesario"; era un contemplativo; lo suyo era orar, estar con Dios y ayudar a cuantos pudiera. Lo suyo era hablar a Dios y pedir por aquellos sobre quienes había influido en su vida pastoral; lo suyo era actuar siempre y en todo momento en que se presentara ocasión propicia, y esto sucedía todos los días. Y su testimonio era evidente para cuantos querían asimilarlo. Si ejemplar fue su vida de ministerio activo, no menos ejemplar fue su largo y necesario retiro vivido en auténtica contemplación de lo divino. Si contemplativa fue su vida activa, activa fue también su época contemplativa, porque quien está lleno de Dios, a la fuerza ha de "estallar en fervor".
Le preocupaba el caso del compañero mío que había perdido la fe; no le conocía personalmente, pero daba igual; era un alma a salvar y me exhortaba: "Creo que estás llamado a atenderlo por los detalles que me das en tu carta. Tienes con él buenas relaciones. Te ha confesado seriamente su problema; él mismo te pide que le sigas escribiendo. No estará al principio en condiciones de responder como fuera de desear, pero tus cartas de amigo, como tal vez no lo encuentre en su ambiente, no caerán en el vacío. Puedes ser un instrumento escogido por la Providencia de Dios. Os encomendaré muy de veras ".
Era consciente en su larga última etapa de que lo suyo era dar testimonio de vida retirada pero muy fecunda dentro de la Comunión de los Santos. Su misión era influir en el mundo por la oración y el don de consejo que el Señor le había concedido a raudales.
A Través De Su Correspondencia
Mi trato con don Miguel Sola no fue nunca interrumpido; él siempre era mi padre en la fe, el consejero, el amigo superior, la persona a la que podía acudir en cualquier momento. Don Miguel era el corazón de todos: sacerdotes o religiosos, seglares, necesitados. Lo que fue en sus tiempos de párroco de Estella, siguió siéndolo a lo largo de su vida.
Las Primeras Cartas
Las primeras cartas que mantuve con don Miguel datan de los años 70 - 71, en circunstancias bien delicadas. Él era entonces Vicario General de la diócesis de Pamplona. Estaba sin duda muy afectado porque yo, uno de los seminaristas en quien había puesto tanta esperanza de sacerdocio, iba a dejar el estado clerical. Tal vez por eso o por el trabajo burocrático que se le acumulaba, sus primeras cartas aparecen como de funcionario un poco "informal", es decir, sin términos jurídicos; como quien conoce desde niño al interesado. No se ve en ellas cordialidad, pero tampoco la distancia del profesional. Son algo intermedio.
En el año setenta y dos, después ya de casado quien esto redacta, acudí a Don Miguel en consulta sobre asuntos familiares. Entonces mi antiguo párroco, aparece en su carta como pastor: "Esas dificultades de que me hablas, te podrán preocupar y hacer sufrir, pero son extrínsecas a vuestro matrimonio. Lo que interesa es que en éste te halles feliz, y así lo veo. Veo también que en tu nuevo estado de vida continúas colaborando en el apostolado de la Iglesia con la misma ilusión que antes, ¡magnífico! Y que no te canses aunque te parezca que las jerarquías no están acertadas al negaros el ministerio sacerdotal. Mucho me gustaría pasar un largo rato contigo y agradezco tu invitación personal a marchar por Vitoria, pero no estoy en condiciones para largos desplazamientos por ahora. Ya tendremos ocasión de vernos en otro sitio".
Contesta después a mi carta en que le pido dirección de dos antiguos amigos que también salieron del clero. Él ignora las señas de ambos, pero me asegura que el primero está militando por la izquierda política. Me da la dirección del lugar donde trabaja, pero sospecha que no le interesarán los planes de tipo espiritual que yo tengo. Termina aquella carta con un deseo de buen pastor: "¡Que mantengas tus rectos criterios!". Siempre estaba preocupado por la cuestión de la fidelidad a la doctrina de la Iglesia.
Siempre con la única idea de que el Reino de Dios fuera por sus cauces. En cuanto veía un resquicio por donde pudiera influir para animar, estimular, potenciar cualquier obra de apostolado, fuera quien fuera el organizador, a todos apoyaba. Ese motor vivo era don Miguel.
Su última carta me la escribió en agosto del 99. Las líneas finales de ella me decían: He cumplido 90 años, porque nací el 1909. Pronto llegará La gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo. Una oración por este nonagenario. Siempre vivió con fe; con esperanza y amor a Dios.
Animaba En El Fervor Y Apostolado
Desde los primeros años de su sacerdocio, don Miguel animaba todo movimiento de apostolado y a toda persona que deseaba encaminarse por los senderos del bien. Nunca se le vio con celotipias en estas cuestiones. Para él sólo contaba la gloria de Dios y el provecho de las almas. Conmigo siguió esa misma norma: alabar mis pasos balbucientes en cualquier campo de apostolado en que me veía, y así me decía en una de sus cartas:
"He seguido tus actividades a través de "Ecclesia". Mientras no se abran las puertas, tú sigue trabajando en los apostolados que están a tu alcance, como lo estás haciendo. Y el primer campo de tus operaciones sea tu propio colegio en el que encuentras mejor ambiente".
En Navidad del 83 da gracias conmigo a Dios por los beneficios y santas mociones que de Él recibo. Mi carta - dice - ha sido un estímulo para su vida sacerdotal. Y en abril del 84 se congratula de mi serenidad y me dice que mi carta rezuma paz, gozo y los otros dones del Espíritu Santo. Se alegra de que me encuentre sereno y centrado.
Su estilo de actuar conmigo era habitual en él hacia todos cuantos se acercaban a su despacho o a su residencia cuando ya llegó a edad superadulta. Era el sacerdote P. Sola el gran animador. Su talante, siempre positivo. Cuando consideraba necesario corregir, lo hacía siempre con humildad y sencillez; sin tonos de superior, como un amigo que advierte con discreción delicada a otro amigo; y enseguida alentaba recordando el buen concepto que tenía de la persona. A veces terminaba con un rasgo de humor, tan típico en él, por si pudiera quedar el mínimo resabio de amargura.
Alentaba a todos. Incluso se encargaba de entregar donativos para animar a obras buenas. Cuando él no podía ya ir al banco, le daba a su amigo José María Iraburu una lista de personas a quienes había de enviar algún donativo. No tenía mucho dinero, pero sí era generosísimo para dar. Disponía de un pequeño remanente para una eventualidad pero lo sangraba con frecuencia para entregar su colaboración a distintas causas. Lo suyo era dar; mejor aún, era darse.
Invariablemente en todas sus cartas, a partir del año 93, en que comencé a escribir en "La Verdad" artículos para los enfermos, me animaba mucho. Siempre lo he visto muy positivo para estimular todo cuanto veía como bueno para el Reino de Dios.
XIII
En Su Familia
"La relación con los hermanos era muy buena - nos dice Ángel Sola, su sobrino -. Venía con mucha frecuencia a la casa nativa, normalmente una vez al mes, aunque mientras permaneció en Estella tardaba más. Las visitas eran generalmente rápidas, aunque en el verano sí solía pasar varios días".
"Cuando estaba con la familia se preocupaba por todos los asuntos de la casa, y daba grandes paseos por los campos. Le ilusionaba mucho ver cómo maduraba la cosecha. El ir a la ermita de la Magdalena era imprescindible para él. En los últimos años, cuando todos sus hermanos habían ya fallecido, solía decir: "Soy la única persona del globo terráqueo que ha nacido en esta casa y está vivo". Siempre tenía buen humor, mucha chispa. No conocía a mucha gente de Sangüesa; porque desde niño había estado fuera, pero se interesaba por todos con quienes hablaba".
A comienzos del año 1994 marcha a Sangüesa, y de una manera providencial llega cuando su hermana se encuentra en suma gravedad. Él mismo durante dos días le celebra Misa y da la Comunión. Llama a su confesor y con gran cariño la acompaña durante los últimos momentos. Don Miguel sabía hacerlo con todos de tal manera que siempre recibían consuelo al advertir su gran espíritu de fe. Después de la muerte del ser querido se recordaba durante mucho tiempo la actuación de aquel sacerdote lleno de fe y amor.
Con su hermana lo hizo con el mismo amor y espíritu de fe, más la emoción de que se trataba de una persona tan ligada a su vida por los lazos de la sangre. Y después del funeral escribía: "Moría mi hermana a los 90 años bien cumplidos y quedo yo solo entre los siete hermanos que hemos convivido. De entre los 27 condiscípulos de Comillas solo vivimos tres. Y entre los 24 de Pamplona, solo dos. Una buena meditación: "Dentro de poco ya no podéis luchar". No habrá ya talentos con que negociar. Lo que seamos a la hora de la muerte seremos toda la eternidad. Pide por mí para que mis últimos días sean verdaderamente sacerdotales".
"Don Miguel no tenía dinero - dice una religiosa -. En cuanto al patrimonio que le quedaba de los padres había renunciado a favor del resto de la familia. Pero la realidad es que los suyos, con los que mantenía una perfecta relación, siempre pretendían complacerle en cualquier deseo que en él veían. Se sentían todos muy unidos. A veces las dudas "económicas" de nuestro sacerdote eran de este tenor: si este poco dinero que tengo lo invierto en ayudar a la conservación de la casa familiar o en potenciar más los donativos a distintos estamentos. Don Miguel el único dinero propio que manejaba era el de su pensión; de ello algún pequeño ahorro, muy poco, para una eventualidad; lo demás todo lo daba".
La casa nativa de los Sola siempre estaba al servicio de don Miguel y de sus obras de apostolado. Allí iban a parar muchas personas relacionadas las parroquias o posteriormente con el Pastor Bueno, nuestro querido sacerdote.
Cuenta al respecto Ramón Sánchez: "Todos los años, cuando llegaba la javierada, íbamos de Estella a Javier y pasaban los peregrinos la noche en la casa nativa de don Miguel; allí nos acogían con cordialidad y simpatía". A lo largo de la existencia de nuestro párroco su familia de Sangüesa ha sido colaboradora directa e indirecta en las iniciativas espirituales del hijo, hermano o tío sacerdote. Por eso no es extraño que, cuando pensaba don Miguel en cómo distribuir sus escasos ahorros tuviera en la mente el deber de colaboración con su casa nativa.
Pedro Sola ha sido sacerdote y párroco durante más de veinte años en Sangüesa. Así nos informa sobre nuestro Pastor Bueno:
"Mi trato con Don Miguel Sola ha sido principalmente en el tiempo en que he sido sacerdote y párroco de Sangüesa. De vez en cuando venía por su pueblo a pasar algunos días. Su estancia era recoleta, se ceñía principalmente al reducto de los Sola, "La Magdalena"; en aquel retiro estaban sus delicias, su pasado y su presente. Normalmente en aquella ermita practicaba su oración y Misa, aunque a veces también acudía a Santa María para celebrar e incluso era frecuente verlo asistir a la Eucaristía como simple fiel".
"Siempre lo encontré amable, cercano, lleno de simpatía y con suave humor. Estaba muy bien relacionado con su familia: primero con sus hermanos; los ha querido mucho; lo mismo he de decir de los sobrinos a quienes también quería de verdad".
"Lo veía yo muy espiritual y de gran talla humana, de una gran delicadeza. Fui a visitarlo en su última enfermedad y tuvo una muerte de esas ejemplares y que reconfortan a quienes le acompañan, por su fe entera y entrega al Señor".
XIV
¡Para El Gran Viaje!
En la Casa de Ejercicios Espirituales de Burlada se encontraba muy bien nuestro Pastor Bueno, atendido con mimo, y se sentía útil. Pero cuando intuyó que podía ser, más que una ayuda un estorbo, marchó a la residencia del Amor Misericordioso. Él mismo preparó la entrada con la gestión del Vicario General, José Luis Zugasti. Ahora, en el otoño del año 1999, se trataba de algo muy distinto: necesitaba ayuda hasta para lo más elemental o íntimo. Por eso optó por internarse en la residencia sacerdotal del Buen Pastor, donde tenían enfermería. El 12 de noviembre lo trasladaron allí.
Había pasado el último verano de su existencia terrena; Don Miguel Sola acababa de cumplir noventa años. A pesar de su ánimo, de su optimismo pacífico y de sus deseos de ser útil, notó en él la imposibilidad de llevar una vida normal. Siempre había sostenido que los sacerdotes necesitaban, cuando llega la decrepitud, una residencia con enfermería; sobre todo si ya no pueden valerse por sí mismos.
Un santo, según dicen los místicos, es un hombre que vela a la espera de la vuelta del Esposo. La escatología es una dimensión fundamental del camino espiritual. Siempre, pero sobre todo durante los veinticinco últimos años de la existencia de don Miguel Sola, hemos comprobado continuamente el aspecto escatológico de su espiritualidad. Se acerca la hora de la verdad; el momento supremo de entregar su vida al Señor.
Testamento de don Miguel
Eran escasos sus ahorros; lo indispensable para hacer frente a una situación de emergencia sin verse obligado a pedir limosna. No necesitaba un testamento formal, porque sus pocos fondos estaban también a nombre de un familiar suyo de toda confianza, quien dispondría de ellos según la voluntad del propietario. He aquí su decisión última con relación a los escasos bienes de fortuna que poseía.
"JHS. Villava 23 de abril 1997. Querido Ángel: Ya te he dicho alguna vez el destino que quiero que des a la cantidad de dinero que puede quedar a mi nombre, después de mi fallecimiento, en la cartilla de la Caja de Ahorros de Navarra o en el Banco Atlántico, o en la habitación de mi residencia de Villava.
Siempre he pensado que el dinero o los bienes que pueda tener el sacerdote no deben ser para sus familiares, a no ser que estén necesitados, en cuyo caso serían los primeros beneficiarios. Deben ser para los pobres o causas pías.
Afortunadamente ni tú, ni ninguno de mis sobrinos carnales estáis necesitados; vivís parcamente con vuestro honrado trabajo, pero desahogadamente.
Quiero, pues, que después de unos días distribuyas el remanente que puede quedar de mis bienes, que no será mucho, por este orden:
1º.- Si hubiera alguna deuda mía sin saldar, sea lo primero que abones.
2º.- Encarga quince o veinte misas en sufragio de mi alma y de la de todos nuestros familiares difuntos.
3º.- Lo que puede quedar, después de haber cumplido los dos anteriores encargos, lo destinas a obras benéficas, v. g. Cáritas, campaña contra el hambre, obras misionales pontificias, etc., como a ti te parezca. Te agradezco desde ahora este póstumo favor que me harás.
Esta es mi voluntad y la firmo en Villava a 23 de abril de 1997. Miguel Sola".
El Pastor Bueno hacia "El Buen Pastor"
De la residencia de Villava salió por propia voluntad. Se dio cuenta de que necesitaba mucha atención, y se le trasladó a la del Buen Pastor, en Pamplona, cerca del palacio Arzobispal; era el día 12 de noviembre del año 99 cuando ingresó en el nuevo lugar dotado de enfermería.
Lo recibió la hermana enfermera sor Esperanza Astiz Areopagita. Nuestro sacerdote la saludó y le dijo:
Nuestro Pastor Bueno se iluminó al oírle que era de su querida Estella. Le preguntó enseguida por la familia y le habló de los Areopagita, de los peluqueros de la calle Mayor. Para él fue ilusionante, al entrar con tanta edad a un lugar desconocido, darse cuenta de que le iba a atender una religiosa de Estella, aunque previamente no se habían conocido, porque ella salió muy pronto a vivir a otro lugar. Se creó un clima de confianza bien pronto. Estuvo hospedado en la habitación número 30. Nos dice su enfermera que apenas se podía desplazar de la cama al sillón, dada su extrema debilidad. "Era muy buen enfermo - añade - muy buen carácter y muy agradecido a cualquier cosa que se le hiciera. Venían a verle todos los curas y les daba consejos. Siempre estaba con cara sonriente, de tal manera que en broma le decía sor Esperanza: "¿Cuándo me va a reñir a mí?" Y don Miguel le contestaba en el mismo tono: "Ya te reñiré, ya te reñiré".
Los sobrinos se portaron de maravilla; siempre estuvo atendido por ellos, que no se apartaban de su lado. El médico, amigo y dirigido, José María Echeverri, le asistía también con solicitud total. Don Miguel Sola era consciente de que su fin estaba próximo, pero no se ponía solemne. La sencillez que mantuvo durante toda su vida, también la conservó para el trance definitivo. No hacía confidencias de su interioridad espiritual; pero, "aunque nunca se quejó de nada y se mostró contento y agradecido, - observa José María Iraburu - se notaba en él como una descompensación psicológica al cambiar de ambiente, de compañeros, de costumbres. Todo aquello era muy distinto, y a una edad tan avanzada, noventa años, es normal. Lo pasó muy mal; pero a la vez, cuando le preguntaban qué tal estaba, siempre decía que bien; que le atendían de maravilla".
Antonio Mezquíriz es un joven estudiante de Teología miembro de la Congregación masculina del Amor Misericordioso. Él nos guía un poco en lo relativo a los últimos días del P. Sola. "Efectivamente; yo no sé cuál fue el motivo - nos dice - de que subiera don Miguel a pasar los últimos días de su vida a la Residencia del Buen Pastor, pero me parece lógico que tomara él mismo la decisión, porque nosotros, la casa, no fuimos; aquí se le atendía con gusto, porque aparte de todo era una persona sumamente delicada, amable, encantadora. Cuando le visité en la nueva residencia, creo que ya no veía, pero enseguida me reconoció por la voz. Fue una conversación corta, bastante sencilla. Él se encontraba muy fatigado y una religiosa que estaba a su cuidado y un familiar con el que coincidí me dijeron, ya antes, que procurase no cansarlo. Le dije a Don Miguel quién era y parecía como que se iluminaba su mirada. Me preguntó por los sacerdotes. Le respondí que estaban todos bien; que tenían ganas de visitarle. Yo me interesaba por él, y me decía que se encontraba bien cuidado. Enseguida volvió a preguntar por los sacerdotes de la residencia. Lo suyo no le importaba".
"Me dio mucha pena cuando se tuvo que marchar de casa; - insiste Antonio Mezquíriz -. Me pareció horroroso; parecía que faltaba aquí la vida; él me daba mucho apoyo. Noté además que esta ausencia la sufrieron la mayoría. A mi parecer no estaba para cambiar de sitio. Por eso pienso que fue una decisión suya".
Don Miguel Sola nunca daba importancia a lo suyo; ni siquiera cuando estaba en la última enfermedad. Su única preocupación era el bienestar de los demás; poder ayudarles; poder ser útil. Esa había sido su vida entera, de Pastor Bueno; de la misma manera le iba a llegar el final de su existencia terrena: con el interés por los demás. No vivió para sí, sino para el Señor y todos los hijos de Dios. Cual es la vida, así suele ser la muerte.
Los últimos días de don Miguel fueron ciertamente duros, aunque él nunca lo manifestaba; todo lo contrario, cuando alguien se acercaba a su habitación, se olvidaba de sí mismo y se preocupaba por quienes le visitaban. En este sentido la religiosa que estaba a su cuidado, sor Esperanza, ya lo decía de una manera expresiva: "Cuando acudían a visitarle los compañeros, enseguida les preguntaba por todos; se interesaba por la salud y bienestar de ellos. Y aprovechaba la ocasión para darles un buen consejo y una palabra de ánimo para sus empresas pastorales".
"En algunos ratos le veía angustiado, aunque nada decía; pero de forma indirecta nos dábamos cuenta de que estaba mal; con las dolencias previas a la muerte y con una sensación psicológica dura, muy dura tenía que ser en él, como de oración del Huerto. El único paseo que hacía era a la capilla. El último mes de su vida fue muy doloroso".
"En una ocasión - atestigua Echeverri - me dijo: "Josemari: Dios está en silencio; no me dice nada..." Fue en él una sensación de soledad y de silencio de Dios que nos recuerda aquello de la Cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Eran los días próximos a la Navidad. Aquello era la prueba final". Su amigo y dirigido le dijo: "Lo que pasa es que Dios se ha hecho tan Niño y tan pequeño que no sabe hablar, pero está en el corazón" Y este consejo tan sencillo le valió una ligera sonrisa y su rostro se iluminó. Y ya no se le volvió a ver en oscuridad.
"En cuanto a su última enfermedad - añade Echeverri - por supuesto que no se trataba de un cáncer. Yo diría que era la misma edad en su debilitamiento general que se agudizó al no poder moverse como era su costumbre. De ahí vinieron todos los problemas. Un desgaste general, diríamos".
"Me sugirió que cuando muriera le pusiéramos la casulla morada y que no quería flores en su funeral, porque son como algo inútil", - dice su sobrino Ángel Sola.
Nos informa Jesús Abaurrea, el sacerdote que le atendió en su paso hacia el Señor, que siempre Don Miguel fue él mismo, lleno de paz, serenidad, verdadero ejemplo. Recibió los últimos sacramentos con sencilla devoción.
Una vez recibida la santa Unción dijo: "¡Qué bien me he quedado después de esto; muchas gracias". Una idea que repetía cuando estaba semiconsciente era ésta: "Vamos todos hacia nuestro destino", "Vamos todos hacia nuestro destino".
La noche del 14 de enero, víspera de su fallecimiento, se le acercó José María Echeverri y le vio con lucidez plena, distinto de los días anteriores, y estaba comunicativo como era su costumbre, y le preguntaba cómo seguían sus proyectos apostólicos, y además con alegría. ¡Genio y figura hasta la sepultura! Se le veía con ilusión.
Entregó su alma al Señor a las 12 de mediodía del 15 de enero del año 2000
Los funerales se celebraron en Sangüesa; allí descansa su cuerpo, en el mismo pueblo que le vio nacer.
Cuando La Primavera Es Verde Y Hermosa
Unos meses después del fallecimiento de don Miguel Sola, se celebró en la ermita de la familia una Misa en sufragio de su alma. Estas palabras pronunciaba un sobrino como monición de entrada: "De nuevo nos vemos en familia en la Magdalena, o en el templo de San Adrián. Hoy ocho de abril, cuando la primavera es verde y hermosa, hacemos su celebración. Queríamos participar en una Misa aquí, en su casa, en su iglesia, donde él nació, vivió y celebró tantas veces... Al fin y a la postre era su lugar, su casa, no lo olvidemos. Que sea esta Misa Eucaristía, un canto de acción de gracias a Dios, que un día nos dio la vida, y otro la llevará de este mundo. Que sea un gesto de petición... Y que esta Eucaristía sea un canto de esperanza y alegría..."
Y añadía el sacerdote Pedro Sola, anterior párroco de Sangüesa un bello memento en honor y súplica por don Miguel; así rezan algunas de sus estrofas:
"Todavía suenan, resuenan campanas que gritan al Cielo, que llaman convocadas a dos santos, San Adrián el Romano, Magdalena, mujer santa y en pecado.
"¿Y por qué?, preguntaréis. Por algo muy sencillo: hoy llueve el cielo, hoy baila el cielo y se aureola con la dulce llegada a los Cielos del bueno y sacerdote don Miguel. Alguien supo los medios de anunciarlo..."
"Porque aquí nació, aquí, entre arbustales, junto al pozo real, junto a sus ríos... "
"Aquí creció, desarrolló sus dones, su clara inteligencia, y desde aquí, sacerdote, fue a dar su ministerio en Aibar y Estella, en el palacio Arzobispal siendo vicario. Hasta que otro día, uno entre tantos, tuvo que hacerse y abrazarse a la cruz de una embolia con signos de hemiplejía".
"Aquí volvió una y muchas veces, junto al Santo y la Santa, de nombre Adrián y Magdalena... Y dedicó a ellos tiempo y oraciones, silencio y luz de atardeceres... su exquisitez más linda, más nueva y humana. Y todo - que así fue - preparando el volteo de campanas, las que por fin anunciaran que él, Miguel Sola, había volado de este nido a otro nido, al Cielo de los bienaventurados."
"¡Sigue sonando, regia campana de San Adrián...! ¡Sigue sonando! Y si te cansas, piensa que habrá un campanero, campanero mayor, que irá en su empuje dándote ánimos, diciéndote solo una cosa: que más allá de las estrellas que escriben un nombre: Miguel!"
Su familia estaba llena de emoción. Eran conscientes de que tenían que suplicar al Dios de la misericordia que acogiera en el Seno del Padre a aquel hijo privilegiado, cuya existencia había sido de sacerdote ejemplar, pero hombre a fin de cuentas, también necesitaba del perdón de Dios. Mas eran también conscientes de que "el tío Miguel" no era un ser corriente. Ellos sabían de su prestigio sacerdotal fuera de serie; ellos conocían mucho de su gran virtud y deseaban que su ejemplo cundiera en todos los lugares posibles. Lo sabían, aunque nunca se lo formulaban. En la ciudad que le vio nacer, descansan sus restos. El rincón de la Magdalena - San Adrián sigue y seguirá siempre como protegido por el cayado del Pastor Bueno. Desde el Cielo vigila el terruño que escuchó su primer llanto, sus risas de niño.
Hago mías las palabras de mi amigo Prudencio Silvestre: "Don Miguel para mí es un santo: le he rezado a él; me encomiendo a él", sin por ello intentar prevenir el juicio de la Santa Iglesia sobre su persona.
Epílogo
En la hoja parroquial "La Verdad", apareció un artículo en la sección "Reflexiones desde la debilidad" sobre don Miguel Sola que decía así:
" El 15 de enero del año 2000 abandonaba este mundo hacia la eternidad Don Miguel Sola. Escribir sobre él llenaría muchos folios, porque Don Miguel ha sido un sacerdote de categoría excepcional. De esos que merecen caminar hacia la gloria de Bernini, pero él no fundó nada y lo va a tener más difícil.
El prestigio de este santo sacerdote como párroco de Estella, difícilmente podrá ser emulado. Pero hoy me fijo en su debilidad, porque, si en su vida pastoral escaló peldaños de líder de primera, en su reclusión forzosa de casi treinta años, se ha encaramado por la escala de la santidad. ¡Ejemplo de pastores, ejemplo magno de enfermos!
Cuando a uno le ataca una enfermedad irreversible en la plenitud de su vida, corre el peligro de encerrarse en ostracismo egoísta y convertirse en un amargado. A nuestro santo sacerdote ni siquiera le pasó por la mente esta tentación; fue útil hasta la última hora. Y fue valioso por su oración, pero también por su trabajo constante. El paseo por la huerta de la Casa de Ejercicios lo aprovechaba para rezar. Por prescripción médica había de caminar varias horas durante el día para combatir su progresiva paralización, y aquellos largos paseos los convertía en pausada contemplación de los quince misterios del rosario todos los días. Sus delicias eran permanecer horas junto al Señor; unas veces en lectura espiritual, otras en adoración y petición constante.
"No me puedo permitir el lujo de perder el tiempo", me decía cuando cumplió los ochenta años. Y con su andar dificultoso visitaba enfermos, atendía a las religiosas, estaba a punto siempre para entregarse al ministerio de la confesión. Eso mismo le repetía a Ángel, su sobrino; él me lo recuerda: "Tengo que aprovechar el tiempo".
Eran muchas personas las que seguían acudiendo a él como padre y consejero espiritual. Lejos quedaban los años de Párroco y de Vicario General de la Diócesis, pero pocos saben que él se encontraba más feliz en su retiro activo: "No me puedo quejar de nada; el Señor ha sido bueno conmigo. Todavía puedo ser útil; además no tengo ningún dolor; sólo me muevo con dificultad. Me encuentro muy feliz".
Y entre Rosarios y Misas seguía atendiendo a su "feligresía" por escrito y de palabra y ejemplo. Porque Don Miguel Sola escribió muchas cartas durante esta larga época de su vida. Y todas ellas eran de aliento espiritual, de sabio consejo.
Don Miguel, que el Señor dé fruto ahora desde el Cielo a todo el bien que has hecho en tus noventa años de vida terrena; que cunda tu ejemplo en cuantos padecemos las limitaciones de la enfermedad o de la edad".
Jesús Arraiza, antiguo coadjutor suyo en Estella, escribe, a raíz de la muerte de don Miguel Sola, en el Diario de Navarra:
"Murió don Miguel. Todos lo conocíamos así, como don Miguel. Un sacerdote que vivió intensamente la realidad de la Iglesia concretada en estas diócesis de Pamplona y Tudela, a las que sirvió con una entrega total [... ] Su época de Estella se vio marcada por la gran extensión de los movimientos apostólicos, especialmente de la HOAC, de los Cursillos de Cristiandad y de los coloquios femeninos. Tuvo don Miguel una decisiva influencia en el desarrollo cultural de la Ciudad del Ega, de manera especial en la creación de la Escuela de Oficialía y en el nacimiento del Colegio Diocesano de Nuestra Señora del Puy. Con ello contribuyó a solucionar el problema que se planteó en aquellos años, cuando Estella parecía que se quedaba sin centros de enseñanza media... Con el cese de Monseñor Delgado Gómez y la llegada del cardenal Tabera, fue llamado a ocupar la Vicaría General del Arzobispado, en unos años de postconcilio, de transición que tantos sobresaltos trajeron a la Iglesia de Navarra. Los problemas y disgustos de aquellos días le acarrearon una grave enfermedad", cuyas secuelas le acompañaron hasta el fin de sus días.
En el Boletín Oficial de la Diócesis del mes siguiente a su fallecimiento pone la siguiente necrológica:
"Don Miguel Sola Galarza. Nació en Sangüesa hace 90 años. Tras estudiar en Javier, Pamplona y Comillas fue ordenado sacerdote en 1932. Llegó a Pamplona con el doctorado en Teología y sirvió en las parroquias de Orbaiz y Ezcay. Del año 1933 a 1968 fue coadjutor de Aibar y después párroco, regente de San Juan Bautista de Estella y después párroco. Su época de Estella estuvo marcada por la fecundidad de movimientos apostólicos, especialmente la HOAC, los Cursillos de Cristiandad y los Coloquios femeninos. Su influencia fue decisiva en la creación de centros culturales, como la Escuela de Oficialía y el Colegio Diocesano de Nuestra Señora del Puy. Entre los años 1968 - 71, siendo Obispo de Pamplona el Cardenal Tabera, ejerció el cargo de Vicario General de la Diócesis. Los últimos años de su vida ha sido capellán de la Casa de Ejercicios Espirituales de Burlada. ¡Que descanse de sus fatigas, pues sus obras le acompañan!"
Últimas palabras en esta semblanza:
Supo vivir en profundo recogimiento, como un monje, y en constante relación espiritual con las personas, como un pastor.
Eran en él característicos su gran espíritu de oración, la aceptación generosa de las cruces cotidianas y una constante y delicada atención a los otros.
Fijándonos en su larga etapa final podíamos aplicar con total propiedad a nuestro querido sacerdote la frase de Pablo (Col. 3,3) "Vosotros habéis muerto; y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios". Durante casi treinta años su vida estuvo del todo escondida con Cristo en Dios y fue tan productiva, o tal vez más, como en sus días numerosos de salud corporal.
Cuando una persona tomaba contacto con este sacerdote, le venían ganas de ser mejor, como un aumento de fe y una decisión firme de continuar en la práctica religiosa. Ojalá a lo largo de esta narración hayamos descubierto, al menos en parte, el secreto de donde le provenía a este hombre santo esa fuerza que irradiaba amor al bien.
Sé que no hemos hecho aflorar todos sus grandes valores. Era don Miguel muy reservado de su intimidad espiritual. No quería que su mano derecha supiera lo que hiciera la izquierda. Por eso poco hemos podido decir de él. Pero ya se vislumbra lo mucho de su vida interior. Don Miguel, que tu ejemplo cunda en nuestro presbiterio, en nuestro Pueblo, en nuestra Iglesia. Esa es nuestra petición al Señor. Este es el único deseo que nos ha movido a escribir estas líneas. ¡Qué bien vienen en las diócesis sacerdotes de esta talla espiritual!
Terminado de escribir día 19 de marzo del año 2002, fiesta de San José.
Josemari Lorenzo y Amelibia. -
Correo electrónico: jmla@jet.esHan colaborado para esta semblanza con su testimonio o con su escrito las siguientes personas:
Ángel Beroiz.
Ángel Sola.
Antonio Mezquíriz.
Asunción Ursúa.
Catequista y maestra de Estella
Esperanza (María Puy) Astiz.
Eugenio Lecumberri.
Hoacista
Ignacio Martinena.
Javier Azagra.
Jesús Abaurrea.
Jesús Arraiza.
José Javier Anaut.
José María Echeverri.
José María Iraburu.
Lino Otano.
María Jesús Errazquin.
María Pilar Dávila.
María Vázquez.
Miguel Ángel Pérez de Zabalza.
Nieves López.
Pedro Sola.
Profesor de Instituto
Prudencio Silvestre.
Ramón Sánchez.
Rosario Goicoechea.
Fechas
La ficha del Arzobispado de Pamplona dice lo siguiente:
Nació en Sangüesa el 28- 7- 1909.
Padres, Francisco y Elvira.
Enseñanza media en Javier. Filosofía en Pamplona. Teología en Comillas. Ingresó en el Seminario de Javier en 1922. En Pamplona, 1924, en Comillas, 1927.
Incardinado en la diócesis de Pamplona.
Estudios especiales, doctorado en Teología.
Hoja de servicios:
--- Ecónomo de Orbaiz, 1932 a 10-32.
--- Comillas: 10-32 a 6-33. (Para el doctorado en Teología)
--- Coadjutor de Aibar: 6-1933 a 5-37.
--- Ecónomo de Aibar (Párroco desde 5-41) 5-37 a 11-46.
--- Regente de San Juan de Estella: 4-12-1946 a 1-1-49
--- Vuelve a su parroquia de Aibar: 1-1949 a 1-1952
--- Párroco de San Juan de Estella: 2-1-1952 a 1968
--- Vicario General del Arzobispado / Damas Apostólicas: 21-10-68 a 1971.
--- Enfermo, jubilado en Pamplona: 1971 a 19-1-73.
--- Capellán casa Ejercicios Espirituales de Burlada: 20-1-73 a 1-12-88.
--- Retirado: R. sacerdotal Virgen de la Esperanza: 1-12-88 a 12-11-99.
--- Jubilado, residencia sacerdotal Buen Pastor: 12--11-99.
ÍNDICE
Introducción...................................................................
I.- Los comienzos.............................................................
Al seminario.- Sacerdocio - primeros años.- La guerra civil y Párroco de Aibar.
II.- Don Miguel Sola en Estella........................................
Siempre trabajando.- Gran mansedumbre.- Catequesis.-
La novenica del Niño.- Misiones.- Siempre los Ejercicios.-
La Virgen María, La Virgen del Puy.- Los enfermos.
III.- Sacerdotes y Movimientos Parroquiales........................
Se dedicaba en cuerpo y alma.- S. Juan irradia
fuerza en Tierra Estella.- Los grupos Parroquiales.
IV.- El Colegio del Puy y la Escuela Profesional................
Testimonio de Prudencio Silvestre.- El documento.-
Nos lo dice el segundo Director.- El Fundador.
V.- Don Miguel y los seminaristas......................................
Cuando llegaba el fin de la carrera
VI.- El Arcipreste..................................................................
Reciclajes.- El último coadjutor de don Miguel .-
La despedida del Pastor Bueno.
VII.- Vicario General.............................................................
Algunos testimonios.- El Vicario de Pastoral
No aceptó la mitra.- Estilo muy humano.-
Así terminó su vicaría.
VIII.- En la casa de Ejercicios Espirituales de Burlada.......
Con las religiosas de la Casa de Ejercicios.-
Humor, cumplidor, madrugador.- Todo un caballero.-
Sabía comportarse.- ¿Accidente o agresión?.-
Se le quería mucho.- ¿Qué hacía en la casa de Ejercicios? .-
Deja la capellanía.
IX.- El movimiento de Santa María, de los Cruzados y COSPLAN ....................
Director y padre.- COSPLAN.- Una fotografía con
historia.- Amaba a la juventud.
X.- En la residencia del Amor Misericordioso...................
Testimonio de compañeros.
XI.- Don Miguel, Pastor Bueno................................
Discípulo del P. Nieto.- Pero ¿Quién era el
Padre Nieto?.- Penitencia.
XII.- Virtudes constantes..........................................
Hombre de fe.- Lleno de amor a sus semejantes.-
Con sacerdotes y seminaristas.- Humildad.-
Su centro la Eucaristía.- Otros opinan sobres su
fervor eucarístico y celo sacerdotal.- Celo.- A través
de su correspondencia.- Animaba al fervor y al
apostolado.
XIII.- En su familia..............................................
XIV.- ¡Para el gran viaje!......................................
Testamento de don Miguel.- El Pastor Bueno
en el "Buen Pastor". - Cuando la primavera es verde y
hermosa.- Fechas.- Hoja de servicios.
Epílogo..............................................................
Últimas palabras de nuestra semblanza.-
Índice...................................................................