Mayo - junio 2012
EJEMPLOS DE VIDA
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Libro: EJEMPLOS DE VIDA
El ermitaño Salvador Romaguera |
El ermitaño Salvador Romaguera
El hermano Romaguera ha sido un referente de fe y esperanza del siglo XXI. Lo ha conocido media España, aunque algunos ya lo han olvidado. Pudimos admirarlo en la televisión, en los comienzos de la década del dos mil, en el programa de Sardá, "Crónicas marcianas". He de confesar que me resultaba algo extraño; que incluso se me antojaba algo impropio de la santidad, el asomarse a un programa exotérico, sin ninguna altura espiritual, como aquel espectáculo de gancho para las masas, ávidas de novedades.
Algo sobre su conversión
Salvador Romaguera nació en el año 1932. Era un joven normal en aquellos tiempos; con fe, con amor al deporte, con esperanza de llegar a ser padre de familia. Tenía novia y proyecto de matrimonio. Jugaba al fútbol en el Sueca, buen equipo que aspiraba a la segunda división. Y precisamente su conversión le sobrevino en un partido contra el Villarreal.
Acostumbraba Romaguera a santiguarse cuando comenzaban los encuentros. También lo hizo en aquella ocasión. Era un día despejado, tranquilo. Y en esos primeros momentos del partido, notó que una voz desconocida le decía: "¡Aúpa!" La exclamación le produjo un sobresalto en el alma. Sin quedarse parado, seguía y seguía en el juego, con ímpetu, poniendo toda el alma. Y vio una cruz, y se encontró en los brazos de Jesús. Y a la vez, como en una copa superior, vio a un hombre vestido de saco, descalzo, con la cabeza rapada, andaba por encima de aliagas y espinos, llevaba un rosario, hacía cabañas y ermitas. Entonces le preguntó a Cristo que lo tenía en sus brazos: "¿Quién es ese hombre vestido de saco y que camina sobre espinos ? Tú mismo eres" - le contestó Jesús.
Algo notaron todos cuando acabó el partido. Él lo afirmaba de continuo: había escuchado la llamada de Dios. Tomó el Evangelio al pie de la letra, lo mismo que en su día hizo San Francisco de Asís. Vendió todo lo suyo; lo repartió entre los pobres. Se quedó sin nada. Dejó el fútbol, sus enseres y propiedades; y se despidió de la que pronto iba a ser su esposa, y es lo que más le costó. Pero había oído muy de cerca la llamada de Dios, sin antes haberlo sospechado. Un caso como del de Saulo de Tarso. No sabía qué hacer y se lanzó por el mundo, pidiendo limosna. Dios proveerá.
Nos cuenta de él José Manuel Almerich: "Fue jugador de fútbol y también albañil. Tuvo una novia a la que quiso, deambuló por Portugal, cuando comenzó su vida nueva de convertido. Dios le llamó, y el demonio le tentaba. Llegó más tarde, por casualidad, a Benigànim donde le cedieron una parcela apartada en la montaña para construirse su ermita, y por fin allí, alcanzó la paz. Nos agradeció muy emocionado la visita en una tarde como aquella, el 23 de diciembre. La noche siguiente, Nochebuena, la pasaría con los pobres, más pobres y solos que él, bajo alguno de los puentes del viejo cauce del Turia. Todos los años lo hacía, a pesar de las protestas de la iglesia que por fin le había reconocido y aceptado como miembro de la Orden Franciscana La oración y la meditación ocupaban la mayor parte de su tiempo, y el resto lo dedicaban al cuidado de pequeños huertos en las cercanías de alguna fuente para poder subsistir".
El día a día del ermitaño
Comenzaba de cero en aquel terreno; había de hacerlo todo, con paz, él solo. Dormía los primeros meses en el resguardo de un ribazo, hasta que consiguió construir su choza primitiva. Pedía limosna y recibía con frecuencia humillaciones. Logró al fin varias colmenas y una cabra para poder subsistir. Vendía cuando podía; daba cuando le alguien se acercaba. Resonaba en su mente siempre lo del Evangelio: "Vende cuanto tienes, dáselo a los pobres, ven y sígueme". Y las frases de Jesús estaban en su corazón no solo para meditarlas, sino para practicarlas: "Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura".
Después construyó la ermita. En la televisión vi en ella un Sagrario. Supongo que algún sacerdote de vez en cuando celebraría allí la Misa y podía mantener junto a sí mismo la Eucaristía.
Su vida de oración
Trabajo y oración era su quehacer diario. De vez en cuando subían a visitarle gente; al principio por curiosidad; después para recibir sus instrucciones.
En ocasiones organizaba un viacrucis en vivo: se colocaba en la cabeza una corona de espinas. Tomaba una cruz, y con los pies arrastraba una pesada cadena. Muchas personas se convertían en la procesión de seis kilómetros y medio. Penetraba en las almas la pasión de Jesús.
Unos conocidos suyos, le invitaron para que por medio de la televisión viese algún partido de fútbol (Satanás intentó tentarle, pero fracasó), y es que se había dado de lleno a la vida de oración, y contaba, que si viese tal partido de fútbol, no podría orar con recogimiento, por causa de las imágenes deportivas.
Este ermitaño franciscano, no fue reconocido por el arzobispado de Valencia, según me contaba. Pero el Catecismo de la Iglesia Católica, dice "920 Sin profesar siempre públicamente los tres consejos evangélicos, los ermitaños, "con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo" (CIC, can. 603 1)".
"Los eremitas presentan a los demás ese aspecto interior del misterio de la Iglesia que es la intimidad personal con Cristo. Oculta a los ojos de los hombres, la vida del eremita es predicación silenciosa de Aquél a quien ha entregado su vida; se trata de un llamamiento particular a encontrar en el desierto, en el combate espiritual, la gloria del Crucificado".
Y no nos extrañemos de que no se le admitiera en el obispado. En realidad, muchos santos, en un principio, no siempre fueron reconocidos, y tuvieron que pasar determinados años, hasta que por el Amor de Dios, quiso que la Iglesia Católica le reconociese como verdadero discípulos de Cristo.
En la televisión
Salvador Romaguera llevaba siempre en su alma encendida la idea de que Jesús, vino a salvar a los hombres. Ni corto ni perezoso acudió a distintos canales de televisión para predicar el mensaje del Evangelio. Su hablar era sincero, sencillo, lúcido, entrañable, desgarrado, con mucho énfasis, con pleno convencimiento y con gancho. Sus reflejos rápidos; sabía acomodarse. No era el clásico predicador de sermones. Calaba muy profundo, hasta los tuétanos. Seguía las conversaciones, y como él mismo lo proclamaba, "entre col y col, lechuga", y lanzaba la frase de Jesús, la palabra salvadora.
En ocasiones recibió ante la pequeña pantalla humillaciones y marginaciones. No se le dejaba desahogar su alma. Lo llamaban como a un ser extraño para ridiculizarlo. Pero en el programa de Sardá, "Crónicas marcianas", se le respetó para que pudiera decir todo lo que pretendía. Él estaba contento. Romaguera ponía "sus lechugas", entre aquellas coles de disipación y mundanidad. Pero sembraba, y muchas veces la semilla caía en tierra buena, y muchos corazones se regeneraban. Dios sabe el bien que hizo.
En el próximo número sacaremos alguna de sus ideas logradas de una entrevista
José María Lorenzo. Mi correo electrónico: mistica@jet.es
Nota: Con nuestros puntos de vista no queremos prevenir el juicio de la Santa Iglesia sobre esta persona. Unicamente nos fijamos en varias características de su vida por las que nos parece verdadero modelo de nuestros tiempos.
El PRÓXIMO NÚMERO APARECERÁ D. M. LA PRIMERA SEMANA EN MESES ALTERNOS