ALFONSO LORENZO GARCÍA,
TENIENTE DE LA GUARDIA CIVIL
Por José María Lorenzo Amelibia
e-mail: mistica@jet.es
INTRODUCCIÓN
Siempre he admirado a mi padre por su fuerza de voluntad, valentía, honor, actitud de servicio, humor sano y simpatía. Era solícito con todos, responsable. Tenía todas las virtudes propias del Guardia Civil. He admirado también su evolución psicológica en el terreno religioso. Fue lenta. Sin llegar a ser un místico, podemos considererarlo como un caballero cristiano. No tuvo la educación de una familia, ni de una escuela, ni de una catequesis. Fue autodidacta. He aquí su vida.
I
NOCHES DE INVIERNO
Silba el viento hiriendo los postigos del balcón que mira la calleja. La cocina se encuentra al rojo vivo. Mi madre acaba de rezar el Rosario. Los hijos llegan del "catecismo" de San Juan. Puede tratarse de cualquier día: un viernes; un 17 de diciembre; ocho de la noche. Comienza a nevar. Mi padre, Alfonso, con serrín bien prensado, enciende la lumbre acogedora. Pronto hierve un puchero rojo con alimento que va a servir de última comida del día. Remanso de aquel reducto familiar. ¡Oh las noches del invierno estellés! ! Dulce hechizo! Huele a Navidad. Memoria de dicha alegre en aquellos momentos de nuestra edad infantil. El padre ha cortado con afilado cuchillo un plato de pan para sopas.
- Ya habéis jugado bastante. Nunca os cansáis.
Y acaricia uno a uno a los tres retoños de su alma.
Al más pequeño, lo sienta en sus rodillas. Los pantalones se le rompían a la altura de los muslos, de tanto mecer a sus hijos sobre sus piernas.
- ¿ Os conté el otro día lo del "Jalbeguero"?;
- Sí.
- Yo debiera escribir la Historia de mi vida. Es como una novela. Sería interesante.
- Escríbela, padre, escríbela. (Decíamos los tres)
Tenían nuestros padres otra hija, Concha, que se había casado con Paco y vivían ambos muy lejos: en Canarias.
- Pero es la hora de la cena.- Vamos a preparar la mesa.
- Después os contaré como otras noches.
Mi padre, Alfonso, no escribió su vida. Mas nos habló tanto de ella, que hoy yo
la voy a relatar.
TRECE Y MARTES
No era supersticioso nuestro padre. No. Se reía de esas cosas y las toreaba con su buen humor madrileño. Él nunca supo por qué fue depositado en la inclusa su cuerpecillo recién nacido.
En frío día de marzo de 1893 vino al mundo, cuando el invierno castellano lucha par deshacerse de las escarchas y las brumas. Era el día l3 y contaba él que un martes acogió su primen suspiro.
- Por si fuera poco, afirmaba: hice yo el número 13 de mis hermanos. Por eso me echaron a la inclusa.
He tenido en mis manos su partida de Bautismo. En Santa María la Real de La Almudena de Madrid, las aguas sacramentales regeneraron, dos días más tarde, aquella alma en un nuevo nacimiento. Vivían sus padres en calle Santa Úrsula 9. Pedro era natural de Vezdemarbán, Zamora; Bárbara de Venialvo, también zamorana. Aquellos padres le impusieron: por nombre Alfonso Leandro. Abuelos paternos, José y Manuela. Maternos: Ildefonso y Jacinta. Todos naturales de Vezdemarbán, excepto Jacinta que 10 era de Venialvo. Fueron padrinos Francisco Lorenzo y Fernández y María del Barrio y González. Ministro Federico Martínez. Fue confirmado Estella el 11 de mayo de 1953. Este es el extracto de su partida de bautismo..
Nada más se sabe a ciencia cierta . Pedro era hombre duro, como su nombre de piedra lo indica. Fornido y de buena estatura. Avezado en el arte de guerrear contra los carlistas en el Norte de España, en nuestra tierra navarra. Perteneció durante muchos años al benemérito Instituto de la Guardiacivil. Era de aquellos hombres recios, con bigote reglamentario moreno. Tez curtida por el sol castellano. En sus años de servicio peregrinó con su familia por numerosos pueblos, hasta en el año 1902, sin haber ascendido mi abuelo Pedro ni un sólo peldaño en el escalafón. Guardia segundo; de ahí, nada hacia arriba. Su comportamiento, valentía y vigor fueron extraordinarios. Incluso obtuvo una felicitación oficial de la Reina Regente.
¿Mas por qué fue sólo nuestro padre, dentro de la pléyade hermanos el único que dio con sus huesos en un centro de beneficencia, como niño abandonado prácticamente?
A nadie convence el lance de buen humor con que Alfonso zanja la cuestión; ni a él mismo, por supuesto. Por eso siempre indagó preguntando a sus familiares y a la casa - cuna; y el silencio constituyó la única respuesta.
Cuando a mis 29 años, marché en motocicleta a visitar en Vezdemarbán (Zamora), acompañado de mi hermano Pedro Ángel, a Marcelino, el último vástago varón que sobrevivía de aquella inmensa familia", no era el último motivo en mi intención el indagar en el porqué de estos misterios.
Marcelino era un hombre pequeñín. Hablaba de nuestro padre como de un ser importante. - Alfonso era muy alto y fuerte. Se parecía a vosotros. -¿Y el abuelo Pedro?; - Ese era mayor. Muy duro y rígido guardiacivil de los de antaño. Peinaba bigote.
Marcelino, nuestro tío; el pequeñín; el de los pies grandes, el que había construido una casa de adobes sin patio ni agua corriente, sin servicios higiénicos ni alcantarillado, como la de las viviendas de Vezdemarbán,. Marcelino también se marchó al sepulcro con el secreto (si es que él la sabía) de por qué nuestro padre fue depositado, poco después de nacer, en Inclusa - Orfanato de La Paz.
La hipótesis más socorrida por miembros familiares de la línea afín es que se trató de un desliz por parte de la abuela Bárbara, mas esta hipótesis cae por su base. El temperamento duro del abuelo Pedro, su sentido del honor, machista cien por cien en aquellos tiempos, a buen seguro que no se hubiese satisfecho con mandar al asilo a un hijo adulterino. Salta a la vista.
Nuestro padre, Alfonso, pensaba con más objetividad: a él correspondía el número 13 de los hijos. En aquella época la economía de un guardia civil no era muy boyante que digamos. Imposible mantener familia tan numerosa con el sueldo de un militar sin graduación. Se trataba de un caso de extrema pobreza que con dolor del alma se solucionó de un modo inhumano, pero tal vez el único posible. Mas, ¿cómo explicar en este supuesto que nunca los padres se interesaran por el fruto de sus entrañas? ¿Incluso que jamás le visitaran ni siquiera para reconocerlo como hijo? El misterio sigue envolviendo nuestro enigma.
Con certeza sabemos que la abuela Bárbara lloraba por su hijo, siempre ausente del hogar. Así lo afirmaba Marcelino, el tío de estatura corta y pies largos; así lo aseguraba Sabina, la hermana de nuestro padre.
Murió Bárbara, nuestra abuela, la madre de Alfonso, mi padre, sin que la conociera el hijo Alfonso; y falleció tras larga y penosa enfermedad que la paralizaba brutalmente. ¿Tal vez un Parkinson como el que aqueja a nuestra hermana?
Para que la duda y el enigma siga formando nudo gordiano en nuestra historia, formulamos otra pregunta: ¿Por qué Alfonso fue el único hospiciano de la numerosa
Prole de Pedro - Bárbara? ¿ Por qué no corrieron la misma suerte los otros hermanos que le siguieron?
Alfonso, nuestro padre bueno, hablaba en las noches largas del invierno estellés.
- Necesitaba yo encontrar mis orígenes. Deseaba ser mayor. Anhelaba volver a aquella institución benéfica para rescatar mis verdaderos apellidos.
- ¿Cuándo lo hiciste, padre?
- Eso os lo contaré mañana.
- Ahora, ahora, padre.
- Ahora a dormir. Que son las once menos cuarto y mañana es día de escuela.
- Yo no voy, decía quien esto escribe, Josemari.
- Yo tampoco, exclamaban los hermanos
- Que me quito la correa...
Marchábamos todos a buen paso a la cama. Nuestra madre ya la había calentado con el braserillo, de cisco de sarmientos, encendido por la mañana.
- Mirad, mirad, se pegan las brasas a la alambrera. Va a nevar mucho.
Todos rezábamos las tres avemarías y "Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía".
- El cuento de María sarmiento. Que fue a c... y no encontró asiento. C... tres bolitas. Una pa' Juan , otra pa' Pedro y otra pa' quien hable el primero. Yo como tengo las llaves del cielo, puedo hablar todo lo que quiero.
- Uaaa...
- Pa' ti una.
- Uf...
- Pa' ti otra...
Y así el sueño cerraba nuestros ojos, momentos después de que el reloj de Lizarra desgranara las once de la noche.
II
LOS PADRES QUE ME CRIARON
Leyes trampa para niños. Leyes, apoyo de almas ruines, leyes beneficiosas para gente miserable, como las que denuncia Víctor Hugo en su famosa novela,. Alfonso fue víctima de estas disposiciones.
Ofrecían entonces a las personas que se comprometieran a criar a un niño cierta cantidad de dinero al mes. La golosina resultaba tentadora. La inspección que vigilaba los hogares de acogida resultaba del todo ineficaz.
Unos pobres hombres, matrimonio con varios hijos, del pueblo madrileño, San Martín de Valdeiglesias, se encontraban en penuria para mantener sus propios vástagos, pero se animaron a recoger a uno de nido ajeno.
- Mañana, dice el marido, debemos marchar a la Corte; hay que comprar un azadón y simientes de las que aquí no existen.
- ¿No te parece que pasemos por la inclusa?
- ¿Para qué?
- Nuestro hijo murió hace poco; todavía puedo criar. Nos vendrían bien unos durillos para ayudarnos; tú lo sabes...
- No es mala idea; me gusta; a fin de cuentas con poco dinero podemos alimentar a una criatura; y cuando sea mayor, ganará para nosotros.
Y así sacaron del hospicio a Alfonso de la Paz.
En San Martín de Valdeiglesias creció nuestro padre. Hace pocos años, pude visitar este pueblo. Hoy aparece limpio, con unos cuatro mil habitantes, lleno vitalidad , cual barco navegando en la feraz campiña. Me resultaba difícil imaginar las andanzas de Alfonsín por las calles del lugar, entonces cubiertas de polvo y barro, y asfaltadas hoy cual pequeña ciudad.
Subí a la Iglesia, atalaya del lugar, rodeada toda ella de coches y señales de tráfico. No pude penetrar en su interior.
Hablé Con un señor vendedor de revistas, helados y baratijas.
- ¿Ha crecido mucho el pueblo?- Sí bastante, pero ahora con eso del paro, se ha detenido.
- Parece que la iglesia está recién restaurada.
- Hace Pocos días han terminado. Ayer mismo; llevaron de la
cripta cientos de esqueletos al cementerio.
Tenía razón mi padre. Es verdad lo que ocurrió con aquel muerto; es verdad que debajo del templo existían tumbas. Es verdad. Pero yo no lograba formar mi composición de lugar. Aquellos pisos tan nuevos, calles tan agobiadas de tráfico, lugares tan prósperos, no rimaban bien con lo que sucedía a comienzos de siglo.
CRECER ENTRE GUIJARROS
Viviste, padre mío, una infancia sin amor. ¡Pobre! y tú cuánto cariño derramabas sobre tus hijos. Te nutrieron pechos mercenarios. Te faltó el afecto de tu madre, el dulce zarandeo en brazos de tu padre. De todo careciste. Dios te premió más tarde con el consuelo de una esposa fiel y amante, y de unos hijos que, años y años después de tu muerte, te siguen recordando y admirando, y bendicen la vida que en ellos derramaste.
Tus pies descalzos, tú lo decías, triscaban a los cinco años por ribazos y guijarros, sin sentir las punzantes espinas ni los rigores de la nieve. Tu alma fue grande desde niño. No te dejaste abatir por las fuerzas adversas que sobre ti se cernían. Ejemplo para tus hijos, nietos y descendencia!
"Los padres que me criaron", así hablabas tú de aquellos pobres mortales. En ellos depositaste tu cariño, no porque lo merecieran, sino porque tu espíritu generoso agradecía incluso las migajas duras que le ofrecían.
¿Recuerdas, padre, cómo narrabas a tus hijos una de aquellas comidas del hogar?
- Tenía yo cinco años. Todos los días preparaba una mesa sin manteles la madre que me crió.-¿ Erais muchos en la casa?- Muchos. Siete u ocho, yo el más pequeño.!
- A comer!, decía el "padre".
Cada uno tomaba asiento en silla tosca y sin respaldo. Una olla de patatas hirviendo presidía la escena. En el fondo del cocido yacía para dar sabor, que no alimento, la espina dorsal vergonzante de un bacalao. Unas cucharas de palo, el único utensilio.
- ¡Qué distinto de ahora en casa!
- Yo no podía seguir aquel ritmo de comida; quemaban mucho las patatas. Y me animaban: "Come, Alfonsín", que te vas a quedar sin nada.- ¿Y cómo te las arreglabas?- Meto la cuchara, se escalda mi lengua, y he de abandonar.
-¡Qué pobre!
- ¿ Ves?, ya no hay nada, decían. Rebaña la cazuela. Mi padre, el pobre Alfonsín, untaba dos o tres migas de pan en aquella "perola" que, incluso antes de intentar sacarle el último gusto, no necesitaba labores de limpieza.
Y así un día y otro día. Y creció Alfonsín con los pies descalzos, corriendo a los cinco años entre guijarros, rebañando con pan integral un recipiente que había contenido bazofia, sin grasa ni sustancia.
Aventura de los dos céntimos
No le fue mejor a nuestro protagonista la aventura de los dos céntimos. Deseaba, a los seis años, adquirir unos cromos o unas canicas, no lo sé, para jugar con los rapazuelos del barrio. ¡Esos anhelos de infancia, irresistibles! Jamás aparecía el tío bondadoso que le regalara unas monedas, y al fin, se presentó el diablo en forma pecuniaria.
- La madre que me crió guardaba en un pucherillo de barro, a gran altura, los escasos dineros que le devolvían en las compras diarias; todo pura calderilla
- Padre, ¿qué monedas existían entonces?- El real. No valía mucho (veinticinco céntimos); la perra gorda (diez céntimos); la perra chica ( cinco céntimos); y el ochavo (dos céntimos);.
- ¿Y tú cuánto le quitaste?
- Me subo a una silla, cojo el puchero, y se me cae.
- "¿ Qué pasa?", dice la madre que me crió. Yo, ¡a callar!, y apreté en mi mano izquierda el ochavo que me daría la ilusión de mi vida.
- ¿Y lo pudiste guardar?
- No. Entró ella y cogió la escoba. Salí yo más rápido que una flecha. Nuestra casa se encontraba cerca del campo. Apreté a correr y la madre me seguía, me seguía...Tropecé y caí junto un olivo.
- ¡Bueno te pondría la bruja!
- Yo no aflojaba aquel tesoro. Lo necesitaba. Cuando ella se dispuso a abrirme la mano izquierda, solté la moneda y la deposité en un pequeño agujero, abierto en el viejo tronco. Allí estará todavía. ¡Quién pudiera, padre bueno, hoy encontrar aquel olivo, descubrir en el fondo el tesoro, los dos céntimos, y guardarlo en museo de nuestro corazón! Porque tú, padre, necesitabas entonces la moneda que nadie supo darte, y tú ofreciste más tarde a raudales: el mimo y la ternura.
III
ZAGAL
Los padres que lo criaron ya habían consumido con él demasiado dinero. Pronto cumpliría siete años nuestro padre. Era necesario que trabajara aquel niño. ¡Por algo lo habían sacado de la inclusa! Conocían a un ganadero que necesitaba zagal. Marchó el "padre" a donde Mauricio, el pastor.
- He oído que precisas ayuda. Tienes mucho rebaño y no llegas a todo. Las mieses ya están segadas. Nuestro Alfonso haría buen papel sacando parte de tus ovejas por los rastrojos.
- Me gusta la idea pero no pienses que puedo pagar mucho. - ¿Qué pretendes?
- Me conformo con que lo tengas en casa, le des de comer y a nosotros, al finalizar cada semana, nos mandas tres reales.
- Ya está hecho. Mañana mismo traes al crío. Si se porta bien, podrá continuar; pero ya sabes que antes del invierno hemos de hablar de nuevo. En ese tiempo son menos horas de pastoreo y no te podré entregar tanto .- Ya hablaremos. Una por una... Y así comenzó nuestro padre su primera profesión remunerada, pastorcillo. En ella permaneció hasta sus diecisiete o dieciocho años, cuando abandonó definitivamente el "hogar".
Finalizaba el mes de agosto. El caluroso estío castellano amainaba sus rigores. ¡El zagal tomaba antes de salir el sol un minúsculo rebaño de ovejas. Los primeros días le acompañaba hasta el rastrojo el propio dueño, Mauricio. Pronto Alfonsín iba y venía él solo, sin ningún miedo .
No resultaba difícil el trabajo. Sentarse a la sombra de un arbolillo, arrancar alguna rama de mimbre, vigilar que no entre el ganado en terreno prohibido. Si a medio día arreciaba el calor, refugiaba la grey en la chopera del arroyo seco. A veces le cabía en suerte la presencia de algún muchacho mayor que él; normalmente jugaban a algo; Charlaban. Un día, un mozalbete de catorce años se acercó para reírse y hacerle daño.
-¿No quieres, he?- ¡Te digo que no!
El desgarbado chulo azuza por un lado y otro al rebaño y éste se espanta y se introduce en campos prohibidos. La ira de Alfonsín fue grande. Se lanza con el cayado, sobre el insensato y asienta un fuerte golpe en la cabeza del intruso del derribándolo en el suelo. El valentón jamás volvió a incordiar al pobre pastorcillo. Cuentan que incluso en lo sucesivo le prestó algún servicio
El Otoño y la Primavera resultaban más agradables,. El cielo azul de Castilla anima a los mismos guijarros. Rara vez se torna cárdeno salvo cuando se cierne la tormenta.
Alfonsín fraguó amistad con otros pastores y zagales. Ellos le animaban. Ellos le aconsejaban. Ellos le tenían simpatía; no en vano era el más joven de todos los del gremio.
El hablar de aquellos hombres rudos era muy elemental. Mi padre grabó en su memoria el diálogo que, a voces, traían dos compañeros, sitos en próximos altozanos.
-¿Te asustas. tú cuando relampampucia?- Yo no. ¿Y tú?- Yo me asusto mucho cuando hace: purrumpumpum.
¡Sonaba la tormenta!
Los días se suceden entre el mundo de quienes cuidan el ganado, con gran celeridad... Alfonso se cansaba de alisar cayados, construir silbatos mirar los nidos de los pájaros. Quedaba tiempo para todo.
Iba a cumplir los diez años y no había pisado la escuela. Ni la pisaría jamás. Alfonso veía que la hija del amo sabía leer. ¡Cuánto le gustaría descifrar aquellos signos tan raros! ¡Qué cosas más bonitas se ocultarían tras aquellos misteriosos garabatos! Nuestro padre le sugirió una noche a la hija del amo: " Me gustaría aprender a leer." Ella compró una cartilla y se la regaló a Alfonsín. - Mira: a, e, i, o, u...
- La eme con la a "ma" . La eme con la e "me"!. ..
- Es fácil juntar las letras.
- Y cuando tengas dificultad, por la noche te enseñaré yo.
- Dentro del morral meteré el "Catón" y cuando me siente bajo el árbol, le daré fuerte.
Y leía mi padre (son palabras suyas): "Pati tiesa. La pata. De pato". Cuando se le ofrecían sílabas inversas, más difíciles para el principiante, se acercaba al pastor vecino, y éste le descifraba el enigma.
Y aquí se acaba la escuela de Alfonso. Un autodidacta. La afición posterior a la lectura y al estudio, siempre sin maestros, le granjeó puestos de relativa importancia. Sus conocimientos de gramática, matemáticas y geografía, superaban a los de una persona normal con, la enseñanza básica. Escribía con letra de excelente caligrafía y ortografía; dominaba la mecanografía y redactaba con perfección toda clase de instancias y solicitudes. Diríamos que poseía un nivel equivalente al de la entonces llamada, carrera de Comercio.
Estos logros para una persona que vivió hasta sus dieciséis años rodeada de ovejas, incultura y miseria, podemos considerarlos como meta muy destacada. Hemos de concederle el honroso calificativo de AUTODIDACTA. Yo con mis dos carreras, me descubro ante él.
LOS TOROS DE GUISANDO
Cerca de San Martín de Valdeiglesias, se encuentra el monumento a los Toros de Guisando, de origen ibérico. Hasta allí marchó mi padre en una incursión llena de aventuras, en aras de descubridor. No sé a ciencia cierta si lo hizo acompañando a sus borregos, o más bien se trató de una escapada con sus amigos. Lo cierto es que durante los otoños e inviernos disponía de más tiempo para disfrutar de la amistad, al dedicar menos horas al pastoreo.
Aquel monumento venerable le impresionó mucho. Subía a lomo de los toros en ademán de jinete. Discurría con frecuencia sobre el problema que entonces más le ocupaba: el origen de aquellas piedras esculpidas, pero nadie le descifraba el enigma. A lo más, algún chaval espabilado aventuraba la hipótesis de que lo habían hecho los moros.
En los alrededores había una lápida. Durante largos minutos le servía a mi héroe de ejercicio de lectura. Lo repasaba una y otra vez pero nunca descifraba su contenido. Parecía un conglomerado de castellano y latín; como un epitafio de losa sepulcral. Así nos contaba que decía:
ACECINO METELLO
FILIO DEI GRAN POMPEIO
AIA EN LOS CAMPOS VATITANO POPLIS
No creo que fuera la leyenda tal y como nuestro padre la refería o como nosotros la oíamos de sus labios. Lo cierto parece que el tal METELLO era hijo de POMPEYO el grande, y que sucumbió en los campos de batalla.
Los inviernos resultaban largos, y durante algunos meses se veía precisado a abandonar la casa del amo, para regresar a la cocina de los padres que lo criaron. Allí siempre existía la tensión propia de la falta de recursos, la desazón ante el "intruso", por ellos elegido, a quien debían dar alimento. Durante aquellas jornadas interminables, nada cotizaba el hospiciano de ocho o diez años.
- Vete a la tienda de Alfredo, el de la Plaza, y dile a ver si tiene algo.
Marchaba Alfonsín todo decidido, mas con la humillación en el fondo de su ser. Se acercaba al mostrador, entre tímido y resuelto. El señor Alfredo le decía por saludo:
- Hola, "Pelamangos". ¿Qué quieres?
- Que me ha dicho mi madre a ver si tienen alguna cosa para nosotros.
El tendero revolvía en un espacioso cubo, y extraía diversos desperdicios.
Regresaba a casa donde le esperaba la familia postiza. El agua arrimada al fogón ya había comenzado a hervir.
Dos horas más tarde, se repetía la escena narrada en anteriores páginas. Ni su paladar, ni su lengua se acostumbraban a soportar alimentos a punto de ebullición. Había de resignarse a limpiar con trozos de pan los residuos que en una familia normal se eliminan por la fregadera.
Pronto oscurecía.
San Martín de Valdeiglesias no disponía entonces de locales para juegos de niños. Estamos en los años finales del siglo XIX. En aquella familia no acostumbraban a disfrutar del placer de las veladas nocturnas. Era muy distinta la casa del dueño del rebaño, donde nuestro padre podía por las noches repasar su libro de lecturas. Había que ahorrar aceite en el candil. El consuelo de todos era meterse en la cama, y allí esperar, calientes, que amaneciera el nuevo día.
Pero no todo era tristeza y miseria. Cuando llegaba la primavera, disfrutaba nuestro héroe infantil de la alegría de la vida, de las trastadas y aventuras juveniles.
Una vez cumplidos los once años, el panorama cambió para él.
LOS AMIGOS Y EL JEFE
Alfonso desde niño fue valiente. Ante el peligro nunca se amilanaba, sino que reaccionaba con reflejos rápidos de modo defensivo - agresivo. No dudo de que habría sentido en sus entrañas el roer del miedo, a pesar de su temperamento decidido, mas nunca manifestó al exterior la respuesta o sensación de pusilanimidad.
Desde muy pequeño supo enfrentarse al peligro, a la aventura, a lo nuevo, sin encogerse en su foro interno. Gustaba, como todos los niños, de la amistad y del juego callejero, y era siempre el más decidido en cualquier empresa juvenil. Pero no siempre había de disfrutar de estos goces, porque lo suyo era apacentar el rebaño por los campos, de sol a sol y un poco más. El otoño y parte del invierno eran los tiempos más adecuados para trotar por calles, plazas y pórticos.
Existían en San Martín de Valdeiglesias dos grupos juveniles: uno capitaneado por "El Jalbeguero", chaval de catorce años; era el hijo del albañil de la localidad; muchacho muy valiente y decidido. Líder del otro grupo fue designado por aclamación, Alfonso de la Paz, de doce años sin cumplir, nuestro padre.
Eran frecuentes entre los bandos rivales las reyertas y peleas, las paces definitivas en apariencia, la fusión de todos los niños, mientras los jefes guardaban entre sí las distancias. Nunca se llegaba a una convivencia pacífica, siempre existía tensión y desconfianza entre los líderes. La situación había de romperse. Así no se podía continuar. El mayor, "El Jalbeguero", habla:
Reunieron a todos los chavales en una era próxima. Se formó un círculo amplio. Los jefes se encontraban dispuestos. Ambos aparecían tranquilos y daban pequeños saltos para hallarse en forma. Dos muchachos, los mayores de cada grupo, representaban la función de árbitros.
"El Jalbeguero" y Alfonso se colocan frente a frente con los puños prietos. Se miran a los ojos sin odio, pero con agresividad.
La pelea comienza dura. Puñetazos, patadas... al fin se agarran cuerpo a cuerpo, y ambos ruedan por el suelo. De pronto "El Jalbeguero" se coloca sobre Alfonso y le pone el pie sobre el cuello. Poco duró la presión: un brusco movimiento de Alfonso logra que "El Jalbeguero" pierda el equilibrio. Ahora sucede lo contrario. Alfonso domina la pelea; mas por cortos instantes.
Quince largos minutos llevan en la reyerta, mientras los críos - testigos animan con gritos a uno u otro. Aprecian los árbitros que ambos contendientes se encuentran extenuados, y deciden separarlos. Jadeantes, marchan a puntos opuestos para recobrar fuerzas.
Mientras tanto, los árbitros hablan entre sí:
Los contendientes aceptan el veredicto y se abrazan. Desde entonces "El Jalbeguero" y Alfonso fueron los mejores amigos. Ya no existieron rivalidades entre los grupos de niños.
EN LA IGLESIA DEL PUEBLO
No era mi padre de los chavales que vivían a la sombra de la iglesia, ni al calor de las sacristías; jamás escurrió las vinajeras. Él no sabía qué era la Misa, ni la Comunión, ni el rezar.
Todo eso era ajeno a sus conocimientos infantiles. Nadie se ocupó de enseñarle quién era Jesús; qué es la Eucaristía; en qué consiste ser cristiano. Sus virtudes de aquél entonces eran solamente naturales. Es cierto y consta que fue bautizado en Madrid, en Santa María la Real de la Almudena, mas después, ni los padres que lo criaron ni el dueño del rebaño, se ocuparon de iluminar su alma con los misterios de la fe.
Él conocía la existencia de la Iglesia en la parte más alta del pueblo porque veía que en ella entraban los curas, oía el tañido de las campanas, y en algunas ocasiones, mucha gente de San Martín: ascendía a través de calles y escaleras hasta el interior del templo.
Su curiosidad, sin límites por ver lo que dentro se ocultaba. Sus juegos en ocasiones tenían lugar en los aledaños y pórtico. Furtivamente entreabría un poquitín la puerta, e intentaba divisar algo: santos, Cristos, misas, curas, gente, algo. Poco percibían sus ojos, no acostumbrados a la oscuridad. Experimentaba su rostro un airecillo de frescor, y su olfato quedaba gratamente impresionado por un aroma lejano de flores, humedad secular, cera líquida e incienso. No resultaba desagradable el interior parroquial. Pero, ¿cómo entrar, si él nunca lo había hecho? Su amigos íntimos jamás se aventuraron a traspasar el atrio del Señor.
"Jalbeguero", ¿Has estado alguna vez en la iglesia? - Sí, Alfonso, cuando hace dos años murió mi abuela y también cuando bautizaron a mi primo. - ¿Y qué hay dentro? - Pues, santos muy serios en los altares, una Virgen vestida de negro, un Cristo que da miedo cuando lo meten en la caja muerto, y también algunas veces está el cura que, dicen, se enfada cuando los niños corren, por la iglesia.
- Yo quiero entrar.
- Pero tenemos que hacer alguna trastada, y que no nos vea el cura.
- Primero yo quiero ver lo que hay dentro.
Se introdujo Alfonso en la iglesia una tarde del mes de julio, cuando las ovejas caloreaban en el aprisco. Todo el templo se encontraba en el silencio más profundo. Fuera, las golondrinas, a cientos trinaban y tachonaban de puntos negros el cielo azul de Castilla.
El corazón de nuestro padre comenzó a latir con mayor intensidad. Encontró una puerta cerrada que le produjo la sensación de misterio.
¿Qué habrá detrás de ella? Chirrió al abrirse. Unas telarañas empolvadas se rompieron. y la única respuesta fue pronunciada por las tinieblas y el silencio. ¡Aquello iba muy bien! ! Una aventura de las buenas! Se barruntaban unas escaleras de caracol hacia el abismo. Tomó nuestro padre, una vela de encima del altar, y la encendió. Una a una bajaba las escaleras con el aliento retenido. Al fin pisó suelo llano. Se percibía un olor extraño, como a siglos rancios. Coloca la vela por encima de su cabeza, y un pajarraco, murciélago tal vez, se desprende del techo y se lanza en vuelo forzado.
- Siento miedo; pero yo nunca me he acobardado. Seguiré adelante.
El corredor se ensancha en la penumbra y aparece una gran sala, como una iglesia más oscura. A derecha e izquierda se divisan unos nichos con lápidas. Los palpa y alumbra. El suelo, todo él, empedrado de losas rectangulares numeradas; en el centro de cada piedra, una gruesa ranura invita a levantarla.
Toma Alfonso en sus manos un hierro, que al azar encuentra, y piensa que en tiempos lo utilizarían como palanca para descubrir lo que, ya no dudaba, eran sepulcros funerarios.
- La soledad me acompaña; nadie me ve; he de ser valiente hasta el final. (Piensa en su interior).
Acerca entonces el hierro oxidado; lo introduce por la grieta; y levanta con suavidad la tapa del sepulcro. Su sorpresa es enorme. Aparece el cadáver de una persona intacto, no momificado, como si acabara de morir el día anterior. Parece un guardia civil, a juzgar por la vestimenta. La luz mortecina de la vela parpadea, y cada oscilación de la llama hace mover en la pared la sombra del muerto como si hubiera resucitado. Alfonso en aquellos momentos se asusta; toma el hierro otra vez en sus manos e intenta remover el cadáver intacto. Cuál no sería su asombro cuando comprueba que todo se desmorona; todo queda reducido a polvo y cenizas; el fantasma ha desaparecido.
La vela seguía luciendo; ya no aparecía muerto alguno, sino un montón informe de materia en polvo.
Así contaba nuestro padre, en las noches del invierno estellés, la aventura macabra de su primera visita a la cripta sepulcral de la iglesia de San Martín de Valdeiglesias. Yo no acierto a dar una explicación al suceso ¿Tal vez la quietud y falta de humedad mantuvo al difunto sin corromperse ni momificarse? ¿Quizás el calor fuerte de la sepultura, unido a residuos de cal, lo redujo a cenizas en combustión lenta, y el movimiento destruyó toda especie de figura humana?
Nuestro padre se familiarizó ya con la iglesia del pueblo. Él entonces no sabía qué era rezar, pero sí gastar bromas en el interior del templo.
Penetraron en una ocasión en momentos en que el sacerdote predicador enfervorizaba al pueblo. Un grupo de viejas, vestidas con sayas negras y largas, estilo rural de comienzos de siglo XX, miraba al sacerdote, que desde el púlpito peroraba.
- Ésta es la nuestra - dijo mi padre al oído de su compañero. Vamos a coserlas.
- ¿Has traído aguja e hilo?
- Sí. Yo siempre los llevo en el morral por si acaso. Voy a empezar.
"El Jalbeguero" levantaba suavemente la tela de las sayas que posaban en el último banco. Alfonso introducía la aguja, enhebrada con un larguísimo hilo. Una con otra, las seis del banco quedaban ensartadas. Al intentar abandonar el templo vino la tremenda.
- ¡Chica ¿qué pasa ¿qué es esto?!
- Señor, Señor, ¿qué diablo nos habrá atado de estas maneras?
Y puestos a jugar bromas a las inofensivas viejas del pueblo, derramaron en la pila de agua bendita un frasco entero de colorante o tinta. "El Jalbeguero" lo había sustraído de la escuela. Todas, como de costumbre, metían los dedos en el agua, para después, envaradamente signar sus rostros. En los primeros momentos nadie advertía la broma. Después una mujer exclama:
- Chica, ¿qué mancha tienes en la frente?
Pasa la interpelada de forma automática su mano para frotar el lugar afectado; ya su vez exclama.
- Pues tú también tienes un borrón de tinta. Mirad. Mirad.
En ese momento todas advirtieron que habían sido objeto de una broma pesada. Los chiquillos, abriendo con disimulo una puerta por donde se entraba y salía, reíanse a placer viendo la desazón y escuchando el zumbido de todas las viejas a coro que ya se disponían a avisar al párroco de la iglesia.
Entonces los protagonistas se dieron a la fuga, y nunca supieron el desenlace final del "inocente" chascarrillo.
IV
NO TENDRÁS PELO EN BARBA
Los años transcurrían felices por una parte, amargos por otra. Siempre angustiaba a Alfonso desconocer a sus progenitores.
Por estos soliloquios se paseaba Alfonso con frecuencia, absorto, en las muchas horas de soledad junto a su grey. Pero nunca encontraba respuesta adecuada. En su fuero interno deseaba ardientemente crecer, hacerse hombre, para investigar a fondo sus orígenes y encontrar, si era posible, a sus verdaderos padres.
Había cumplido Alfonso catorce años. Parecía que la niñez se resistía a abandonar su cuerpo. Su estatura se aproximaba a 165 centímetros, mas a sus labios apenas asomaba el bigote. Su cabello persistía en el tono rubio de sus años infantiles, y su rostro, ligeramente afeado por un conjunto no muy denso de pecas.
El dueño de la tienda, Alfredo, el que le apodaba "Pelamangos", le espetó:
Pasaba nuestro progenitor muchas veces la mano por su mentón, y lo encontraba lampiño y suave, incluso después de cumplir los quince.
Así comenzaron sus primeros deseos castrenses. Y no cesó en su empeño hasta llevarlos a la práctica.
Entretanto aprendió a nadar. Como todos sus saberes logró esta destreza por sí mismo; sin ayuda de personas. Arreciaban los calores del estío. Contemplaba con envidia cómo, a la hora de siesta, el rebaño de cerdos cercano se refocilaba en el río zambulléndose en sus aguas con placer. Observó en estos animales el modo de bracear y "pernear" para mantenerse a flote. Las aguas del remanso eran profundas. Alfonso asíase al rabo de un lechón y trataba de imitar sus movimientos. Todo resultaba fácil y sencillo. Al cabo de unos días se decidió y, él solo, atravesó el cauce por primera vez. ¡Ya había aprendido a nadar! Siempre conservó su estilo, "a lo jabalí"; no se trataba de un modelo deportivo ciertamente, mas la resistencia de nuestro padre en el líquido elemento, no tenía fin. En este sentido se le puede considerar como de excelente nadador.
Así, con el diploma de "marino" otorgado por él mismo, entró de lleno en la adolescencia.
Abandonó la niñez sin dejar nunca de ser niño: con corazón valiente e infantil; con su candor lleno de inteligencia; con el valor del héroe y el humor del sabio que ignora la mentira y la maldad; con un sentido pleno de la justicia, y la lealtad del hombre fiel a su conciencia y al cumplimiento del deber hasta los últimos días de su vida.
Antes de emanciparse de los padres que lo criaron, marchó repetidas veces a Madrid. Quería enterarse del nombre de sus progenitores.
Un caserón inmenso abre sus puertas.
Transcurrieron los días, y la ansiada conversación nunca llegaba. Entretanto tenía Alfonso que subsistir. Para ello realizaba labores humildes: limpiar cristales de escaparates, barrer tiendas... Por fin el gran Director le concedió audiencia.
La leyó con corrección: "Alfonso Lorenzo García. Hijo de Pedro Lorenzo y Ruiz y de Bárbara García Santamaría. Profesión del padre, guardia civil. Profesión de la madre, sus labores".
Se emocionó cuando leyó estos datos. Su padre era guardia civil.
Algo había conseguido Alfonso. Al menos podía solicitar ingreso en el cuerpo de Infantería.
Voluntario a África
El 11 de octubre de 1912 ingresaba en el Regimiento de Infantería de Melilla, número 59. Su estatura, 1,675; ni alto ni bajo para aquel entonces; más bien tirando a alto. Su complexión, fuerte. Su temperamento, jovial y cumplidor.
Melilla le recibió como soldado. Cuatro años de guerra fueron el escenario de su juventud.
En los anales de su actividad militar se citan decenas de lugares donde residió y objetivos que ocupó. Ahí va una letanía. La única de esta narración: Sagangan, Ihardumen, Tbuchaten, lomas de Ifritaxia, Ishafen, Monte Arruit, Zeluan, montes Tenia, Musalen, Ras-Sidi-Salen, Ben-Vahechina, Zoco el Arba, del Araig, Assel, Beni-bu-Bada, Draa occidental, ER-Gumia.
A mí esto me suena a chino; es árabe. Si alguna vez marchas por Marruecos, comprobarás que existen estos lugares. En aquellos parajes solitarios consumió nuestro padre su juventud.
Formuló ante todo el juramento a la bandera española, el 9 de noviembre de 1912. Aquel acto patriótico lo tomó muy en serio. Por eso siempre se distinguió por su amor a España.
Y marchó enseguida a Monte Arruit, el famoso en la guerra de África. Allí se combatía un día y otro. El vino sostenía la bravura de los hombres que vivían bajo el fuego enemigo en una semiconsciencia llena de audacias. La borrachera aportaba a veces a los soldados una sangre fría cuasi sobrenatural. Cuando no había vino, y el agua faltaba en el puesto, la locura izaba su estandarte al lado de la bandera nacional. Este signo supremo suplía cualquier entusiasmo artificial. Los soldados entonces no conocían el límite de su valentía. Costase lo que costase, buscaban al enemigo, trepaban al asalto con la boca seca, el sudor picándole los ojos, y la sangre agolpándosele en las sienes. Atravesaban el infierno de la sed desplegados, con una ametralladora a la espalda, dos granadas en las manos. Una bayoneta brillante resplandecía al sol. Las balas no silbaban, estallaban en el aire ligero, como vaso revienta al fuego. Se instalaba un cañón bajo la roca recalentada.
Decía nuestro padre en su exageración que los oídos reventaban ante el ruido de los cañones; sobre todo de uno de ellos, llamado "el abuelo"; era el cañón más grande. Los soldados, sordos por el estruendo repetido, pasaban el pañuelo de un oído al otro, cual si se tratara de limpiar el tubo de un fusil. ¡¡¡¡!!!!
En orden disperso se alcanzaba el picacho. No había en la cumbre más que plantas espinosas diseminadas, y piedras calcinadas por el sol. En este ambiente de calor y sol, un soldado tuvo la osadía de entrar en la tienda del general y vaciarle, para calmar su ardor, la cubeta de agua potable. La reacción no tardó. El Jefe supremo ordenó formar al regimiento y les dijo:
Silencio.
Silencio. Nadie se movía de su puesto. Mi padre nos daba la explicación:
Momentos después suena el toque de generala. Por el valle, las ametralladoras rociaban el terreno a ráfagas cortas, rápidas y rabiosas. El incidente del ladronzuelo pronto se olvidó.
Los veteranos enseñaban lo que sabían, pero los novatos siempre llevaban el signo del hurto. Un día le quitaron a nuestro padre el macuto. Era la primera semana después de ingresar. Minutos más tarde habían de formarse y podía costarle un arresto, si comprobaban que carecía de los útiles más elementales. A nadie podía denunciar su carencia.
Los soldados, provisionalmente sin patria, giran alrededor de las ciudades, alrededor de las casas y de las mujeres del país. Por la noche, cuando se sienten particularmente desalentados, piensan todos en su patria; es decir, en sus pueblos, en sus hogares, donde tenía derecho a entrar. Los que no lamentaban nada de lo que habían dejado, como nuestro padre, eran raros.
Mas él, que nunca había tenido familia, ansiaba crear la suya.
De veterano a paisano
No todo era pelearse, pasar hambre y sed, caminar por caminos y riscos. También quedan algunos días para el descanso en la ciudad de Melilla y sus alrededores.
La mañana de verano resultaba espléndida. Las gaviotas trazaban en el aire mensajes secretos de amor a su pareja. Los soldados apenas advertían la belleza ambiental. Las aguas serenas reflejaban la intensidad del color circundante. Todo aparentaba sosiego y soledad.
Se lanzan al agua. Mi padre bucea entre las rocas y extrae con ambas manos un enorme pulpo.
El compañero se encontraba alejado observando otras oquedades del acantilado. Cantaba Alfonso su victoria cuando el pulpo descomunal extiende sus ocho tentáculos y aplica sus ventosas sobre la piel del nadador, arrugada por su larga permanencia en el agua. Éste despega al animal un brazo y otro. Pero enseguida el molusco gigante vuelve a agarrarse. Aquello comenzaba a ser angustioso. Con sangre fría avanza unos metros hacia la orilla, sin que el monstruo afloje. Toma un cuchillo y va cortando uno a uno los tentáculos.
Amaneció el nuevo día lleno de luz. También el mar estaba en bonanza. Nuestro héroe no dudó. Se desnudó del todo. Introdujo los calzones en el agua y se hincharon ligeramente.
Y comenzó la proeza. Cuando se acercaba a la mitad del recorrido - cuatro horas habrían transcurrido - pensaba:
Atardecía cuando acabó la hazaña. En la otra parte le aguardaban diez compañeros que le vieron salir arrugado como una pasa, y tiritando de pies a cabeza, a pesar de los veinticinco grados de temperatura.
Se vistió como pudo; había llevado consigo el hato, pero se había mojado. No existían bolsas de plástico en aquellos tiempos. Cuánta conversación en las tertulias nocturnas sobre la hazaña del soldado Lorenzo. Un tema también de las conversaciones de los militares eran los moros.
Y desgranaba una letanía ininteligible para nosotros.
Los años transcurrieron, y por méritos propios - tenacidad y buen saber - fue promovido al grado de cabo de infantería.
Esto le grabó el alma. Siempre desde entonces le gustaba el mando, ser jefe. ¡Más vale ser cabeza de ratón que cola de león! - solía decir. Durante el tiempo que le quedaba en el Ejército, ya no volvería a ser un don nadie. El cabo Lorenzo asumía su primera función jerárquica. Mas no disfrutó de este pequeño poder muchos meses; nueve más tarde, pasó a la reserva. Su expediente dice: "Marchó a Madrid a residir en la Carretera de Toledo nº 38". Supongo que se trataría de un acuartelamiento ya que, al parecer, nunca perdió su condición militar. Era el mes de octubre de 1916. Había cumplido 23 años. Ardía en juventud; en ansias de continuar la vida castrense y de crear su propia familia: la única de su vida.
Y cantaba al salir:
"De la calle pasé a recluta,
de recluta a veterano,
y de veterano volví a paisano".
Superarse
Resultó Alfonso buen soldado bajo el mando del general Aizpuru Mondéjar en la campaña de África. Prueba de ello, la Cruz de Plata al mérito militar con distintivo rojo, con la que fue galardonado, y más adelante, la Medalla de la Paz de Marruecos. Pero estos triunfos no satisficieron sus aspiraciones. Deseaba más; quería superarse; no dormirse en los laureles.
El invierno pasado en Madrid le dio la oportunidad de encerrarse y dedicar largas horas al estudio. Él solo, como siempre. Sin profesor alguno.
Superó sin dificultad la prueba de admisión. El reglamento del Benemérito Cuerpo lo aprendió de memoria; con puntos y señales. Todavía lo recordada treinta años más tarde y nos recitaba: "El honor es la principal divisa del Guardia Civil; una vez perdido, no se recobra jamás..." Este principio primero y principal de la G.C. se grabó desde entonces en nuestras almas. El honor, la lealtad, la disciplina, la sinceridad eran virtudes fundamentales en nuestra casa. Nuestro progenitor supo transmitirlas de tal manera que los maestros decían a nuestros padres: "Se nota enseguida la educación en lealtad y disciplina que estos niños han recibido". Con frecuencia hacía alusión Alfonso a otros artículos de la Benemérita. El hogar que formó unos meses más tarde iba a ser reflejo amoroso del Instituto.
Y toda su vida la enfocó con honor, con gallardía, con un sentido ético que pasma en una persona que hasta casarse careció de toda formación religiosa.
Cuando los campos tomaban las galas verdes de la primavera, vestía él por vez primera el uniforme del mismo color. El primero de mayo de 1917 ingresó en las filas del Duque de Ahumada con la graduación elemental de guardia segundo. Él afirmaría a menudo en sus conversaciones: "Yo no me contento con la ínfima categoría. He de ascender. No me interesan la ciudades, donde resultas un subalterno para todos. Prefiero ser cabeza de ratón que cola de león".
Y fue destinado a la Comandancia de Álava. Con los criterios que él tenía no quiso permanecer durante mucho tiempo en Vitoria. Laguardia y Lanciego fueron sus primeros puestos rurales, donde de nuevo se enfrascaría en el estudio para ascender por concurso - oposición a cabo. Después, todo será cuestión de antigüedad, paso a paso conquistaría peldaños en los que, desde su época adolescente, había soñado.
Por otra parte, la Guardia Civil durante la primera mitad del siglo XX, y hasta bien entrada la segunda, fue muy respetada y apreciada por todas las personas de orden. Últimamente los nacionalismos fanáticos han querido quitarle prestigio. Los Guardias han sido y siguen siendo los defensores del oprimido, los perseguidores del injusto, del delincuente y del asesino.
Ciertas fuerzas políticas radicalizadas, y algunos miembros indignos del propio Cuerpo sin vocación, han intentado destruir la imagen bella de estos hombres, sembradores de paz y beneficencia en pueblos y ciudades. Los díscolos y fanáticos han ignorado que "el honor es la principal divisa del Guardia Civil".
V
QUIERE TENER UN HOGAR
Laguardia, villa elevada sobre un alcor. Villa edificada por el rey Sancho Abarca de Navarra, cuajada de arte y de racimos creadores del vino generoso, rodeada de murallas medievales, engastada cual perla fina toda ella, en la esmeralda de vides y trigales de mayo.
Solía decir mi abuelo Hilario, apodado "El Ingeniero":
"Páganos parece una cabra,
Laguardia parece un barco
Y la villa Navaridas,
Un embudo boca abajo".
Y es que asomándose al Collado, paseo ancestral de Laguardia, así se ven los pueblos desde el estribor de nuestra villa, subida en un barco sobre verde mar de cepas.
En esta población idílica, nuestro padre se encontró con la mujer, la compañera de su vida. ¡Había soñado tantas veces con un hogar propio donde sentirse a gusto, con unos hijos a quienes mimar, con una esposa partícipe de su vida entera...!
Un grupo de muchachas alegres, bonitas, algo coquetuelas, rondaban junto al cuartel, todos los días fiesta y sus vísperas por la tarde.
Habían salido de la iglesia.
Un cura muy severo, pero celoso él, las entretenía una o más horas con pláticas espirituales.
El guardia en cuestión era el mismísimo Alfonso vuelto de espaldas. Germana se queda mirándole largo a rato, a gusto, aprovechando la distracción del protagonista. En esto, nuestro futuro padre, se da media vuelta con la rapidez propia de la juventud; todavía no había cumplido veinticinco años.
Germana se puso colorada como un tomate y se echó a correr. Todas la siguieron. Pero Alfonso se fijó en ella. Le hizo "tilín" su corazón, y su pensamiento comenzó a detenerse morosamente en aquella chica que se ponía roja cuando un muchacho le dirigía la palabra.
Bajaba el Guardia nuevo todas las mañanas a la panadería para recoger el suministro propio y el de sus colegas solteros.
Cuando se dio la media vuelta para salir, las dos señoras de la tienda sonrieron. Y luego, en voz muy bajita:
Fuente aquella de agua limpia, reflejo de cielo sin nubes, donde las mozas riojanas llenaban el cántaro tres veces al día. Lugar de cita de pre enamorados, de guiños furtivos, de esperanzas de futuro.
Mi padre veía a todas. Sólo una le gustaba: ella, la de buena estatura, la de color sano de manzana sanjuanera.
Así comenzó el idilio. Ella, nuestra madre, mujer honesta, trabajadora, de carácter pacífico, seria y profundamente religiosa.
Diecinueve años había cumplido en la anterior primavera. Hija de labradores modestos, propietarios de no muchas tierras. Hilario era su padre. Le llamaban "El Ingeniero" porque había incentivado en toda la Rioja la planta de vid americana con total éxito. En 1910, la Diputación Foral de Álava le otorgó un premio con el correspondiente diploma. La madre se llamaba Lucía. Mujer sin letras, de genio vivo, muy solícita con todos. Modista en excedencia, aunque ella misma confeccionaba la ropa propia y de su numerosa prole.
En aquella familia nació la que sería nuestra madre.
Su infancia fue muy distinta de la de Alfonso: escuela, hasta los once años. Ayudar a su madre en las tareas de casa; echar una mano en las labores agrícolas, y vivir en un ambiente acogedor por una parte, y por otra, rígido.
Nuestra madre no contaba a sus hijos muchas anécdotas. Algunas, sí:
Su madre le propinó dos bofetadas. Postre "sabroso" a la tunda recibida minutos antes en clase.
Temperamento el nuestra madre algo tímido. No era ella triste. En un ambiente acogedor disfrutaba. Lo pasaba muy bien con las amigas en sus juegos o cuando, ya adolescente, acudía los domingos a la música de la plaza.
Muy de Iglesia, de las Hijas de María. Siempre asistió a las charlas o pláticas que el cura impartía a las jóvenes. A veces se quejaba con las compañeras:
Su amiga y prima, que más tarde había de meterse monja, Enriqueta, le decía:
Laguardia, pueblo artístico sí es, mas no disponía de excesivos alicientes para la juventud. Reuníanse en el invierno a jugar a la baraja en las casas; charlaban allí juntos miembros de familia con amigos.
Los domingos de cuaresma no había baile al atardecer. Nuestra madre decía que era peor; que las parejas se marchaban por el campo solitarias, y luego sucedía lo que nadie hubiese deseado.
Cuando encuñes
Enriqueta, la prima y amiga, la que se metió monja, era una muchacha de buen humor. Una tarde dice:
La señora Norberta era una mujer mayor. Vivía sola y disfrutaba de un genio insoportable.
En el momento de llegar al portal, lanzan la bombilla con fuerza contra el suelo, explota con mucho ruido, y la anciana se asusta. El efecto estaba conseguido, y las risas, también.
Las dos jóvenes se lanzan corriendo hasta encontrar refugio en la primera casa, a la vuelta de la esquina.
Alfonso se dio cuenta en el acto de que se trataba de una broma, cuando aquella mujer histérica acudió al cuartel. La calmó, le dijo que se tomarían las medidas oportunas, y marchó, libre ya de enojos, nuestra pobre anciana.
Aquella noche, como tantas otras, acude Alfonso a comprar un cuartillo de vino al cosechero Hilario.
Marchó Alfonso muy contento con su botella de vino a cenar. Él mismo se preparaba el condumio. Aquella noche soñó con ángeles.
Al atardecer del día siguiente, Alfonso, con el uniforme nuevo, la raya del pantalón bien planchada, paseaba en solitario de arriba abajo por la plaza Nueva.
Llegó al fin. Iba acompañada de una criatura delgada, pecosa y feúcha de unos once años; su hermana menor, Avelina. Alfonso, en parte contrariado por la presencia de la niña, le dice con tono madrileño:
Y se marchó a jugar.
Germana se quedó a solas con él. Aquellos momentos no los puedo describir; nunca nos los contaron. Nuestros padres no eran demasiado explícitos en estos asuntos.
Aquella misma noche acudió de nuevo a comprar un cuartillo de vino fresco el guardia joven a la cueva del cosechero Hilario. Por suerte se encontraba éste despachando. Alfonso, nada tímido, le espeta:
Subía en aquellos momentos Germana las escaleras de la cueva con un cántaro de vino. Había escuchado la conversación escondida en los peldaños más próximos, y se decidió aparecer en los últimos momentos.
Durante la noche, la mente de los enamorados veía arcángeles, cielos de luz y de sol, ramas tiernas de hojas verdes, amapolas campestres...
La Boda
Y fueron unas relaciones felices y cortas. Sólo seis meses permanecieron cortejando antes de casarse. Había que ir preparando el ajuar. La novia dedicaba todo el tiempo libre a bordar sábanas, manteles y servilletas. Iba a ser ella la primera de la familia que desfilara por los senderos del matrimonio.
Alfonso no sabía nada de religión; nada. A Germana, con su catolicismo tradicional, mamado ya desde la cuna, no le podía caber en su cabeza que aquel hombre tan bueno y recto no supiera confesarse.
Nuestro padre, aficionado a los libros, leyó y releyó en aquellos días el librito del padre Astete o el de Ripalda, no lo sé. Intentó retenerlo en la memoria, pero como no estaba familiarizado con la idea religiosa y era demasiado extenso para tan pocos días, poco aprendió.
El mes de enero iba bueno en aquel año 1918. Habían fijado la boda para el 11 de febrero, el día de la Virgen de Lourdes que ya empezaba a tomar fama. Unas fechas antes, acudieron, cada uno por su lado, al señor Cura para ser examinados de Doctrina Cristiana.
Pasados muchos años, cuando nuestro padre contaba todos estos sucesos en las veladas del invierno estellés, todavía nuestra madre seguía sin creerlo del todo.
Cuando varios años más tarde, siendo ya cabo de la Guardia Civil, asistió a un misión popular en un pueblecito, Bernedo, de la montaña alavesa, recibió un gran impacto en el alma. Entonces pensó en serio sobre la eternidad, y él mismo hizo una confesión general de toda su vida. Quedó después tranquilo y feliz. Desde entonces comenzó a conocer más a fondo lo que supone ser cristiano.
Y llegó la boda. Se celebró en la misma parroquia en que fue bautizada nuestra madre, Santa María de Laguardia. Mucha alegría, ilusión y vivas a los recién casados. No faltó nada. Y hubo después hasta viaje de novios. Marcharon en carro hasta Navarrete, pueblo de Logroño; a diez kilómetros de Laguardia. No caminaron solos los enamorados. El padre Hilario y sus hijos Pepe y Lucio, acompañaron a los recién desposados. Los dos hermanos prepararon la broma a aquellos tórtolos inexpertos.
Pronto la noche ocultó en sus sombras aquel pueblecito. Todos se refugiaron en casa de un pariente que gustoso cedió su habitación para que la inocente pareja pasara la luna de miel. Las estrellas candorosas hacían guiños, y la luna llena abría unos ojos enormes para contemplar la situación. Pero tropezaron con Alfonso, el hombre previsor, vigilante y precavido, el hombre solícito con todos, y más aún con quienes amaba.
Al subir a la cama, sonó una campanilla preparada bajo el jergón.
La cama, toda ella, albergaba entre las sábanas más de un kilo de sal. Las risotadas iban en aumento. Entre las de Lucio y Pepe se oían voces desconocidas. Mientras tanto, el abuelo Hilario y el dueño de la casa conversaban en la cocina sobre la vid americana, ajenos de toda aquella diversión juvenil.
Descabezada
En el álbum de piel marrón podemos ver una foto en que aparecen tres mujeres con una particularidad: la del centro está descabezada.
Con mucha rabia fue recortando la cabeza de aquella bribona criatura y la arrojó al fuego. En el álbum de piel marrón aparece la foto con la piojosa descabezada.
Toda su afectividad de esposos aparecía velada por el pudor, el respeto e incluso por el tabú. Ninguna persona podía ver ni sospechar cuándo besaba a su mujer. Ni siquiera los hijos. Nosotros veíamos besarse a nuestros padres cuando uno de los dos había de marcharse y permanecer varios días fuera del hogar, y a su regreso.
Cuando habían transcurrido treinta y cinco años de su matrimonio, le decía a Alfonso un compañero de Estella:
Conoció a su padre
Era ya un hombre y todavía no conocía a sus padres, a pesar de las gestiones realizadas con insistencia. Parecía que todos los genios absurdos se confabulaban contra él para que no pudiera realizar su mayor alegría.
En Hospitalet de Llobregat residía una hermana, Sabina, a quien visitó y conoció poco tiempo antes de casarse. Ésta le informó del hermano ciego, Cesáreo, compositor de versos; y de Marcelino, el pequeño pero de pies grandes. Nuestro padre tomó buena nota para tratar algún día de conocerlos.
El hermano ciego. Era poeta. De esos versificadores populares que componen cuartetas a los quintos que van a al mili. No nació invidente. El mal le sobrevino después; a causa de unas chispas de fragua que se le incrustaron en los ojos. Drama grande fue su vida entera. Primero, la ceguera. Después, la vecina. Su mujer discutía mucho con ella. No sabemos el porqué. Una mañana fatal fue mayor la reyerta, y la esposa avisó a su marido. El ciego, en un momento de ira, metió la navaja en el vientre de la enredadora. Días después, murió. En el juicio le cayeron diez años de cárcel. Cesáreo siguió escribiendo cuartetas.
Había nacido la primera hija, Concha. Fue alegría y gozo para nuestros padres. Creció con mimo, con gran solicitud, superprotegida, ya que tardaron ocho años en engendrar una nueva vida.
¡Cuánto sufrió Concha después de su emancipación! Las enfermedades del marido, primero, y más tarde el Parkinson de ella que la fue dejando inmóvil. Murió a los sesenta y siete años, después de treinta de calvario. ¡Ella, que había sido el mimo total de sus padres!
Escaso era el sueldo de aquella joven pareja: diecisiete duros mensuales, ochenta y cinco pesetas, como medio €. Con aquel capital había de hacer frente a todos los gastos de la casa y cubrir necesidades cotidianas. Pero en aquellos tiempos pocas personas ganaban más que ellos. La paga de un general no superaba las setecientas pesetas.
La mala suerte se cebó también en la familia: la terrible gripe del año 1918. Mi madre la superó con relativa facilidad, mi padre, en cambio, estuvo a las puertas de la muerte. Hacía pocos meses que se habían casado. Alfonso solía referir que en aquellos momentos de fiebre se le apareció la Virgen, y que desde entonces comenzó a sentirse mejor. Nosotros interpretábamos la aparición ya desde niños de una manera muy simple:
Cinco o seis meses permaneció en baja por enfermedad y convalecencia.
Llegó entonces el momento de marchar a Madrid y Vezdemarbán. Al fin, por medio de su hermana, consiguió informarse del domicilio paterno.
Alfonso no pudo aguantar más. Rompió a llorar con emoción.
Parecía ignorar aquel duro abuelo, Pedro, que el coraje de ánimo no está reñido con el corazón tierno. Pocos hombres de tal bizarría y ternura existirán en el mundo al estilo de nuestro padre.
Frío regresó Alfonso de aquella visita. La desilusión embargó su alma. Había conocido al autor de sus días, mas no era como él lo imaginaba.
¿Por qué a él lo habían echado a la inclusa?
El misterio seguía sin desvanecerse.
Y se desahogaba con su mujer.
- Tú eres mi única familia. Tú y la hija. Y tus padres son como si fueran los míos.
Avelina, la menor, tenía más confianza con ellos. Decía:
La dichosa tía Avelina se obsesionó con la idea de que su cuñado era feo. Y de eso, nada.
VI
LOS DÍAS DE UN GUARDIA VALIENTE
En informe que a todos los militares entregan como currículum en el momento de la jubilación se lee: "Comportamiento, bueno; aplicación, buena... Valentía, acreditada". Y sé que todo su expediente resulta intachable, pero destaca sobremanera su valentía. Tal vez porque tenía poco que perder en su juventud y se autoeducó de ese modo. Su temperamento era decidido, enérgico, prudente y tierno. Unas virtudes que, en una misma persona, resultan poco frecuentes. Si a estas cualidades unimos la simpatía y el sentido del humor, todo muy espontáneo, natural y sin afectación ninguna, nos encontraremos con el caballero perfecto, aunque sin pulir por la lima suave de nuestros convencionalismos. La educación de sus primeros años influye durante toda su vida. Por eso, aunque trabajó mucho por formarse, - no olvidemos que fue autodidacta - siempre se aprecian en él las lagunas producidas por una niñez vivida en la miseria.
Muchos pueblos de la Rioja Alavesa fueron su lugar de destino: Laguardia, Lanciego, Elciego, La Puebla, Oyón. Con motivo de su primer ascenso, marchó destinado a Irún. Permaneció allí tan sólo once meses. Pronto regresó a un pueblecito alavés.
Comentaba a su mujer:
Y comenzó a prepararse. No era suficiente el tiempo de que disponía en las horas diurnas; muchos días los servicios resultaban largos y penosos, hasta catorce horas, y no era posible abrir el libro en el campo, como en sus tiempos de pastor, y ponerse a estudiar. Había que quitar horas al sueño.
Cenar pronto, y acostarse cuando oscurece; levantarse a las dos o las tres de la madrugada, y en el dormitorio, con una luz tamizada para no despertar a su mujer y a la hija, pasar cinco o seis horas, enfrascado en aquellos estudios que le apasionaban.
Se presentó por primera vez al concurso - oposición. No iba mal preparado, mas no obtuvo plaza. Allí aprendió una lección práctica, al menos en aquellos tiempos: era muy importante la recomendación para lograr promocionarse.
Venía recomendado por un Excelentísimo Señor.
En la convocatoria siguiente, nuestro padre tuvo buen cuidado, después de estudiar a conciencia, de buscar recomendación "oficial". Los exámenes escritos los realizó con buenas calificaciones. Eran duros. El oral fue muy sencillo:
Y así fue constituido cabo de la Guardia Civil. Desde entonces nunca fue subalterno.
Siempre procuró un lugar donde pudiera ejercer de Comandante de Puesto, o de Jefe de Línea, cuando llegó a oficial. Nunca una ciudad, donde sólo sería "cola de león".
Así se sucedían las jornadas, bañadas de luz riojana, de ilusión compartida, del humor siempre fresco de nuestro padre.
Bernedo y Peñacerrada fueron los pueblos de comandante de puesto. Parecen ambos depositados por mano divina como vigilantes de la montañas, remansos de vida en la soledad del campo, bello ensueño de Navidad con nieve.
En aquellos parajes idílicos, en Peñacerrada, nació el primer hijo varón de aquel matrimonio todavía joven, Carmelo. La ilusión del padre fue inmensa. Ocho años con una sola hija, y al fin el Cielo los bendice con un niño. En él cifraba Alfonso todas sus esperanzas.
La Providencia dispuso de otra manera los sueños del padre. A los seis meses, cuando empezaba el bebé a sonreír, la debilidad y anorexia se apoderó de él. Falleció en pocos días, sin que el médico del pueblo supiera la causa de su muerte. Alfonso se retiró al dormitorio. Cerró la puerta por dentro, y permaneció sin salir ni siquiera a comer, más de veinticuatro horas. El hombre valiente se enfrentaba a una situación desconocida, y que ya no volvió a experimentar en el resto de su existencia.
¿Qué ocurriría en aquella cabeza noble durante el encierro voluntario en soledad? A nadie lo reveló. Tal vez llorase sin testigos a su lado; quizás sintiera desesperación. ¿O se vería impotente ante lo ocurrido y acudiría a Dios?
Belleza paisajística, sí, la de aquel lugar perdido en la montaña. Los inviernos eran duros en extremo. Situado al pie del puerto de Herrera, soportaba la intemperie cruel de nieves y tormentas, con la estoicidad espartana de un ser vivo durante siglos, en valle solitario. En él todo era silencio. Nada parecía capaz de perturbar la paz y armonía en las primaveras remansadas. Todo aparecía limpio, como el manantial de aguas cristalinas que brotan en murmullo junto al molino, en el nacimiento del río Inglares. Peces alegres adornan las aguas profundas y transparentes.
Todo aquel ambiente invita a la pureza. ¿Quién sería capaz de enturbiar el aire sin mácula, la hierba siempre virgen, la nieve nunca mancillada? Los hombres todos, llevamos en nuestro ser íntimo un algo que puede ennegrecer la nieve o cubrir de blanco el asfalto más empecinado.
Una mañana de otoño azul y fría, llaman a la puerta del cuartel. Es un vecino del pueblo de Payueta.
La puerta luego cedió. La sangre se escurría entre las rendijas. Apoyado sobre la mesa, con la garganta destrozada, se encontraba el cadáver del propietario, un hombre en plena juventud. Había atado una cuerda al gatillo de la escopeta, y con el pie tiró del cordel hasta que las postas enloquecidas salieron de aquel caño de muerte. Había un papel escrito sobre la mesa que decía más o menos: "No puedo soportar esta situación. Veo que mi mujer hace más caso que a mí, al cura, nuestro pupilo. Vengo del campo; es la mañana y ya los he visto solos por los caminos".
¡Oh el celibato de los clérigos! ¡Nidos de amor rotos en la historia de la humanidad! Lejos hubo de marchar aquel pobre párroco; dicen que a Andalucía. Tardó años en regresar. Yo lo conocí en mi adolescencia: flaco, huesudo, anciano, un verdadero simplón, algo loco. Murió el infortunado clérigo ahogado en una alcantarilla de los desagües de su último pueblo. Que Dios lo acoja en su misericordia. ¿Fue del todo culpable o más bien víctima de unas leyes? Yo no digo su nombre; pido una oración por su alma y por la del hombre, víctima de los celos.
Peñacerrada, el pueblo de aguas limpias; de bella portada - castillo medieval, de nacimiento del río Inglares junto al molino. Peñacerrada acogió en sus tierras el cuerpo sin vida del primer varón de aquel matrimonio de esperanza.
Largos años permanecieron allí. La juventud de nuestros padres se enterró entre estos montes de la Sierra Cantabria. Porque Bernedo también escuchó los cantos de nuestra madre y el tararear de nuestro padre. Allí tuvieron suerte.
La casa cuartel de la Guardia Civil amenazaba ruinas. Alfonso, siempre previsor, había colocado en distintas ocasiones papeles pegados en las grietas traidoras del inmueble. Él observaba que, al día siguiente, aparecían rasgados por el tirón de los muros.
No hubo necesidad de técnicos.
Una mañana, precisamente mientras celebraban en la parroquia los funerales por la Reina Madre, se desplomó el cuartel. Por fortuna no hubo víctimas. La casi totalidad de los inquilinos se encontraba en el templo.
Del Rey a la República
Alfonso XIII viajaba a menudo en ferrocarril. Las precauciones que se tomaban eran extraordinarias. Cada tramo de quinientos metros del recorrido había de estar cubierto por una pareja de la Guardia Civil. Esto suponía el desplazamientos de sus hogares de muchos centenares de funcionarios. Por eso no era difícil que nuestro padre tuviera que salir "concentrado" al paso del Rey. Horas y horas de aburrida espera. Varios días fuera del hogar. Nuestra madre lo sentía, pero no tenía más remedio que acostumbrarse.
En 1930, el mismo día que la madre cumplía 32, nacía el primer varón efectivo, en quien siempre Alfonso puso sus complacencias. De temperamento tranquilo, un tanto cerebral, con dominio para ocultar sus emociones, siempre lo hemos considerado como el "mayor". Su criterio en familia era tenido muy en cuenta; su seriedad, muy apreciada; su inteligencia hacía inclinar la balanza del hogar hacia la razón. A nuestro padre se le notaba cierta predilección por él, aunque fue bueno para todos y no nos podemos quejar. Nunca dio motivos de rivalidades esta predilección que más bien se intuía.
¡Cuántas horas veló su sueño y acunó al nuevo retoño! En las noches de estudio y trabajo urgente, amarraba una cuerda de la cuna a la pierna, y mientras realizaba su labor intelectual, tiraba rítmicamente del cordel, para que el niño se meciera en dulce balanceo.
Disfrutaba Alfonso en su función de Comandante de Puesto. ¡Qué grato el trabajo, cuando uno mismo lo programa sin tener delante al jefe!
La verdad es que nunca abusó de lo subalternos, y él se imponía los servicios más duros. Por eso no les gustaba a los guardias que el cabo los tomara como pareja. Sabían que aquel día habría mucho que trotar. Nuestra madre tenía que pagar las consecuencias de la rectitud de su marido. Vivían en el cuartel las cuatro o cinco familias. Las esposas de los guardias recriminaban a Germana a causa del servicio duro que el marido de ellas compartió con Alfonso. En ocasiones llegaban a negarle el saludo y a aciones más groseras. El cura le decía a nuestra madre cuando se confesaba:
Pero aquel consuelo no le resultaba demasiado acariciante.
La República destronó al Rey.
Mi padre, de ideas claramente monárquicas, acusó en su alma aquel golpe que él, como funcionario del Estado, no tenía más remedio que acatar. Tal vez se hubiera acostumbrado con relativa prontitud al cambio político, si no hubiera sido por la virulencia con que comenzó el nuevo régimen y continuó en los años sucesivos.
En aquellos meses volvió a cambiar de destino. Bajó de nuevo a la Rioja Alavesa, a La Puebla de la Barca. Pueblo sereno hoy, rincón alavés que sería del todo desconocido, a no ser por la generosidad de sus vinos de mesa.
En La Puebla fue concebido quien estas líneas escribe. Por eso quise, allá por los años sesenta, volver con mi madre, y tomarle una fotografía junto a la vieja casona - cuartel.
Femenino, "La Puebla", cual si de residencia coqueta se tratara, siendo así que las voces ásperas de los riojanos contrastan con el morfema mujeril, y nada digamos con el paisaje bronco, maltrecho, como si un capricho divino hubiera querido cubrir de olas verdes, aquel mar de vino en potencia.
La República se había impuesto. La democracia fue interpretada por gente absurda, descreída y faltona, como libertinaje para amedrentar al prójimo. No importa a quién, ni dónde, ni cómo se intimide. El caso es hacerse notar o ganar la apuesta de la taberna.
Un domingo se encontraba en Misa la feligresía del bendito pueblo. El cura, subido al púlpito, peroraba animando a la gente a vivir en amistad con Dios. De pronto irrumpe un hombrecillo en el recinto sagrado. Lleva cubierta su cara con una gabardina. - ¡Hay que defender el anonimato! - Y con voz estridente grita:
Por fortuna se encontraba en la iglesia nuestro Alfonso. Con reflejo instantáneo se dirigió al desconocido, le quitó la máscara y lo llevó al cuartel, donde se le aplicó la multa correspondiente.
El talante de Alfonso no era autoritario. Más bien, amigo del diálogo; y solamente aplicaba el "ordeno y mando" en momentos de insubordinación y rebeldía manifiesta. Respetaba la libertad de los demás, siempre y cuando no rompiera la armonía de la convivencia o los derechos del prójimo.
Iba a celebrarse la procesión del Corpus. El párroco se dirige la víspera al cuartel.
Efectivamente, al anochecer, acudió nuestro padre al lugar donde se reunía aquel grupo tenebroso, una bodega mal iluminada y repleta de cubas de vino
- Así lo espero.
Salió al día siguiente la procesión con toda solemnidad, mientras las campanas tañían ecos de amor a Jesús hecho alimento para nosotros, y los niños lanzaban pétalos de rosas al amor de los amores.
Mi padre, junto al sacerdote, fiel custodio del honor debido a Dios, allí presente. Al doblar la primera esquina, un hombre gordo, con un gran puro en los labios, se acercó a la procesión en plan de mofa. Alfonso cierra el puño, y le asesta uno bueno donde mordía el gordinflón su cigarro.
De La Puebla de la Barca, a Pobes
Semanas antes de mi nacimiento, 22 de Julio del 34, ascendió nuestro padre a sargento. Un grado más alto en el escalafón, y el consiguiente traslado, tan enojoso bajo muchos aspectos. Fue destinado a Villafranca de Oria, mas no le iban los valles guipuzcoanos, y sin mover a la familia, enseguida se situó en Álava, en Pobes.
Pobes, la capital diminuta del municipio de Ribera Alta, asomado en un promontorio, como guardián curioso, al río Bayas. Este pueblo apenas tenía entonces cincuenta habitantes. Allí pronto hizo amistad nuestro padre con el cura, Don José, y con el secretario, señor Corcuera. Tertulias y sartenadas a la luz de la luna en las tibias noches de agosto, en compañía de las autoridades, lo más selecto del pueblo. Alfonso gastaba entre los amigos sus mejores galas de humor.
Comienza su tarea, y a puñadas, caza varios lepidópteros. Los deglute cual otro Bautista en el desierto, y para postre, toma la de la copa.
Durante las horas vespertinas, habían pescado truchas en el río. Alfonso se zambullía en el agua y a veces sacaba en la mano algún pez que dormitaba en su cueva. Salía al exterior con una pieza en cada mano y otra en los dientes.
Las mujeres preparaban la suculenta cena. El postre de aquella noche, estuvo asegurado, al menos para el más "austero" de los contertulios.
Tiempos felices. Pueblos envueltos en paz. Sin ruidos de maquinarias. Sin prisas en los horarios. Años que no volverán. Es cierto que también acechaban miasmas de la naturaleza: mosquitos y más mosquitos; infecciones y mortalidad infantil... El hombre ha de pagar su tributo al dolor en todos los tiempo y circunstancias.
Y en Pobes nació el autor
Mi madre junto a las amigas del cuartel tomaba la "fresca" del 21 de Julio de 1934 en un banco de madera. Noche serena, con murmullo de río lejano y la única orquesta rural de media noche: los grillos.
Se rompe el encanto de la serenidad. Un toro anda suelto y se lanza por la calle. Las mujeres asustadas dejan el banco de madera. Ya no se oyen los grillos ni el murmullo del río. Los guardias tienen que salir del cuartel a defender a sus consortes del toro noctámbulo.
Fue el fulminante.
Fue el susto del parto.
Fue muy duro mi alumbramiento. Doce horas.
Un médico comunista ayudaba a que saliera mi gran cabeza.
- Somos de distintas ideas, le decía mi padre.
- No se preocupe. Una cosa es la política y otra cosa la profesión.
Y... aquel niño con cabeza grande comenzó a llorar.
- Otro guardia civil, dice el galeno.
Y se equivocó.
Pobes es el pueblo donde nací. Me gusta verlo.
Me bautizaron a la semana. Dicen que mojé la falda de mi madrina. Don José Garay me cristianizó. Muy sentimental yo, he tenido con él atenciones: invitarle a mi primera Misa, visitarle. Su actitud ha sido la de un profesional bueno y con cierta delicadeza. Nada más.
Nuestro padre era muy solícito con todos sus hijos. Extremaba esta cualidad con los recién nacidos; nos vigilaba con más constancia que cualquier varón a sus vástagos.
No sé cómo pasó aquel primer verano de mi vida. Era yo "bruto" de verdad. Lloraba con fuerza de trompetas bélicas. En un esfuerzo, el cordón umbilical se soltó. Fue el primer peligro de volver a las tinieblas. Mi padre se fijó y pudo remediar lo peor. En otra explosión musical me hernié. Todavía recuerdo que me quitaron el braguero a los cuatro años. Estiraba la patita hacia arriba y sentía frío en la ingle.
Pero no voy a hablar mucho de mí en esta biografía. Mis primeros cuarenta y cinco años ya están plasmados en el libro que escribí en el año 1979.
También tenían nuestros padres sus defectos. Tal vez el más significativo sería el genio pronto. Parecía él - como decía su esposa - "un pucherillo sobrado". Pegaba cuatro gritos, decía cinco tacos, ponía durante unos segundos los ojos saltones, y a los tres minutos, como máximo, había pasado la tormenta.
Ni uno ni otro eran rencorosos. Las posibles injurias pronto se olvidan; y jamás he oído en familia echarse en cara mutuamente acciones o hechos desagradables del pasado. Buena cualidad.
Por aquellos contornos existía una familia gitana que desolaba los gallineros, y un buen número de propiedades de los vecinos. Jamás se les cogía "in fraganti" porque era grande la habilidad de ellos en el arte del disimulo al apropiarse de lo ajeno.
Varios años hacía que se estudiaba la solución del caso y nadie lo conseguía. Alfonso preparó una treta.
Tomó consigo tres números de la benemérita, y se dirigió con ellos a la guarida de los calés.
Los guardias, previamente aleccionados, comenzaron a atar por los pies a los varones mayores de edad. Acto seguido los sujetaron a los árboles.
Les salió bien la treta. No era muy conforme con las maneras de "guante fino" con que hoy se trata a los maleantes, pero surtió efecto y nadie volvió a molestar a los sufridos habitantes de aquellos pueblos de montaña. Y ya no volvieron ni ellos ni otros de sus compañeros por aquellos contornos. Y cuentan que decían unos a otros: "No vayáis por ese pueblo, que hay allí un guardia muy malo que mandará quemar a los gitanos. ¡No vayáis!".
Una orden general del Instituto de la Guardia Civil daba a don Alfonso Lorenzo García la calificación honrosa de "Miembro distinguido" por lo sucesos de Labastida del 9 al 20 de diciembre de 1934. Mucho he pensado cuál pudo ser la causa o el motivo de tal suerte, y no logro dar con ella. Sé que nuestro padre era un hombre de honor, cumplidor de su deber, valiente, esforzado y con gran vocación militar. No sólo en Labastida, en todo lugar donde se encontrara trabajaría por favorecer al débil y perseguir al delincuente. Cuando imagino al Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, lo comparo con el idealismo de nuestro padre. Profesión ésta noble de la Guardia Civil que tantos Quijotes ha dado a luz.
Pobes: de pocos entretenimientos se podía disfrutar. Nuestra hermana Concha paseaba con las de los sacerdotes Don Jesús y Don José. Yo ni siquiera vi allí la luz. Cuando todavía no había cumplido dos meses, marchó Alfonso a un lugar más importante, Oyón.
VII
Y SE FUE A LA GUERRA
EL SARGENTO DE OYÓN
De esta forma se personaba ante el jefe aquel sujeto. - Nos lo contaba mi padre. -
Estos son los primeros recuerdos de las narraciones de nuestro padre, cuando en Oyón nos hablaba al calor de la lumbre. Tenía aquella cocina una puerta y media. La pieza mutilada se completaba en invierno con un saco de aspillera. La otra puerta de la cocina unía la estancia con la galería.
En este pueblo abrí la luz de mi inteligencia a los avatares de la vida. Gran parte de lo que desde ahora escriba será fruto de mi propia experiencia observadora que conservo fielmente en la memoria: sucesos por mí presenciados.
No fueron aquellos tiempos de comer perdices. Los desórdenes públicos resultaban el pan de cada día.
Veranos calientes y largos. Rioja Alavesa. Junto a la ciudad para mí modélica: Logroño. Moras, zarzas, ortigas, tapias de piedra y barro, pupas en la pierna, moscas, berros en los arroyos, postes de teléfonos, caminos polvorientos, sol, mucho sol, calor... Todo esto evoca mi imaginación en el caos cósmico de mis primeros años.
Pero la luz se hizo para mí. Se abrieron mis ojos. Se ordenó mi universo. Comenzó mi armonía.
Mi primer recuerdo.
¿Será porque me lo dijeron?. ¿Será de verdad?. Veo nubes de humo que suben hacia el cielo. Logroño arde. Tengo dos años. Dicen que los rojos están quemando las iglesias. Dicen que sacan a los santos y les prenden fuego en las hogueras. Sube mi hermana en bicicleta jadeante. Bajaba todas las tardes, junto con otras chicas, a aprender costura al convento de Adoratrices donde estaba la tía Enriqueta. Regresó llena de pavor. Alguien las acompañó para que salieran del convento de Adoratrices que iban a incendiar, para que no sufrieran daño.
- Están quemando el convento. ¿¡Que mal les haría!? - Y lloraba -.
Dicen que van a venir a matar a los guardias al cuartel. Mi padre, jefe de puesto, se consumía por dentro. Ayudado de otros compañeros sube a la terraza, atalaya de la carretera de la ciudad, grandes piedras y sacos de tierra para atrincherarse frente a posibles ataques.
Pero no llegaron. Ellos sabían que el sargento de Oyón no andaba en bromas. No hubo necesidad de atrincherarse junto a los sacos terreros y los pedruscos de las canteras.
Y estalló la guerra. Dieciocho de Julio. Hasta bien entrada la madrugada, se oían desde casa ruidos de camiones durante toda la noche por la carretera de Navarra. Está a mil quinientos metros de la casa. Van al frente. Atronaba el ruido de los motores. Los mozos cantaban, bien ajenos a las penalidades o tal vez la muerte, que pocos días más tarde encontrarían en las trincheras.
La guerra ha comenzado.
Aviones que bombardean.
Refugio en los sótanos del cuartel.
Oyón había caído en zona había caído en zona nacional, de derechas. Nuestro padre disfrutó al menos de ese consuelo, dentro de la amargura que suponía la guerra. Daba miedo bajar a Logroño durante los primeros días del movimiento. Los muros y puertas del cementerio se encontraban llenos de cadáveres, asesinados por hombres que se llamaban cristianos y gente de bien. ¡Hasta dónde llega la obcecación! Es horroroso.
Alfonso no podía ver aquello.
Fanáticos derechistas subieron de Logroño y confidencialmente susurran a nuestro padre:
Por fortuna, previamente se habían puesto de acuerdo las autoridades locales para no delatar a ningún vecino. ¡Allí todos eran buenos! Y nadie murió allí fusilado, al menos mientras estuvo allí Alfonso y aquellas buenas personas.
Alfonso, hombre prudente que sabía nadar y guardar la ropa, cuando marcharon los emisarios de la muerte, habría ido una por una a todas las casas de los rojillos y les habría dicho:
Y tal vez les enseñaría la pistola y les diría:
Lo cierto es que en aquel pueblo reinó la paz. Paz enturbiada bien pronto por los muertos que traían del campo de batalla, y eran enterrados con honores militares y banda de música. Si supiera trasladar al pentagrama la melodía de la banda de Oyón, mientras subía la cuesta del cementerio, lo haría. Recuerdo desde entonces y tengo en mi mente aquellas notas tristes y solemnes que entonaban los músicos.
En el cuartel guardaban algún aparato de radio de gente de izquierda para que no entraran en tentación de escuchar las consignas del enemigo. Pero a nadie se delató. Y cuando terminó la contienda les fueron devueltos aquello aparatos. No hubo en el pueblo enemistades ni odios después de la refriega.
Y se fue a la guerra
Voluntario, fue admitido en el campo de batalla. Trasladose a Vitoria, y con él nos arrastró. El domicilio provisional era una moderna casa junto al parque del prado. Cuando escribo estas líneas todavía existe enhiesta y solitaria, tocando el nuevo puente de Castilla.
¡Arlabán! ¡Cuántas veces marcho de excursión por ahí!
- Aquí hirieron a mi padre - les digo a mi esposa e hija -.
Abrupto, sombrío, árboles, zarzas...
Tuvo que ser terrible.
Se ató la pierna al cinturón. Se "enterró" bajo unos matorrales. Un carlista pasó después de la refriega y le puso la mano en la frente - como el sacerdote del "Buen Samaritano" - y huyó. Dando volteretas logra Alfonso la carretera. Un coche lo recoge. Una bala hace impacto en el cristal y le hiere la cara. El hospital fue su fin de guerra. Y el mío. Porque ¡qué a gusto comía yo mermelada en aquel refugio sanitario!
¡Con cuánto placer iba yo a ver a mi padre!
- Esos "rozos" son unos "tanallas" y unos criminales porque han herido a mi padre.
- "Reteté". -"Pelayo, cara payo". -"Balilla, cuánto más mayor más guindilla".
Y aquella cuchara y tenedor A. L. que usó en la clínica militar. Nos los disputábamos porque eran los más bonitos, los más relucientes, los mejores de nuestra casa.
Pero, sigamos en aquel diálogo sabroso del padre con sus hijos.
Media hora más tarde, había llegado al hospital de Vitoria.
Corta resultó la campaña de nuestro padre en la contienda civil. En la capital alavesa fue bien atendido. Todavía recuerdo le visitábamos en la clínica militar. Me parece que ha pasado una eternidad desde entonces.
La lucha continuaba por los montes y valles. Cuando gemían las sirenas, pregoneras del inminente bombardeo, nuestra madre me envolvía en un mantón y bajaba a los sótanos de la casa junto al puente de Castilla, en el Prado.
Mi hija Irene, cuando pasamos con el coche y paramos junto al semáforo, me dice siempre desde sus tres años:
Y vienen a mi mente aquellos recuerdos nebulosos de mi primera infancia, que no sé ya si son fruto de mi memoria o de conversaciones posteriores. También yo le cuento a mi hija todo lo que sucedió y ella me sigue con gran atención.
Mi hermano, con unos siete años, no se asustaba con los estallidos de las bombas. Se escapaba de las manos de nuestra madre. Luego contaba:
Alfonso pensó con acierto que se encontraría mejor en el Hospital Militar de Logroño. Solicitó, y el 26 de noviembre fue trasladado. Así, toda la familia continuó en Oyón. Allí jugábamos los niños mejor que en la capital. Aquellas Navidades, poco turrón pudimos comer.
Recuerdos de postguerra
Aunque salió Alfonso del hospital en febrero, cuatro meses después de caer herido, hubo de permanecer con muletas, convaleciente, hasta mayo. Por aquel entonces, el apéndice vermiforme comenzó a causarle molestias. Todo el año 1937 se le puede considerar hombre enfermo; aun después de operado volvió a recaer.
Afirmaba que le abrieron y por ninguna parte encontraron el apéndice, y por consiguiente no se lo pudieron extirpar. Aseguraba que en su caso no se encontraba en el lado derecho, sino en el izquierdo.
Se le concedió, al finalizar la contienda, el honor de caballero mutilado por la Patria, con la medalla de sufrimientos por la misma, otra medalla de campaña y la cruz roja por los méritos. Junto al nombramiento de "Distinguido", son seis las condecoraciones que adornaban a nuestro padre. Pero él, - con gran filosofía y gracejo - solía decir: "Don sin din, campana sin badajo. ¿De qué me sirve todo esto? De nada. La única condecoración que sirve de algo es la de sufrimientos por la Patria; todos los meses me abonan algo por ella.
Una vez con salud, en Oyón estaba a gusto. Disfrutaba en los ratos libres cultivando una pequeña huerta. Tuvo amistad con mucha gente del pueblo, sobre todo con el capataz. Catalina era la mujer del capataz. Delgada y fina. A mí me parecía vieja porque tendría unos treinta años. Un día que volvía de Logroño llegó asustada. Oía yo comentarios de que un hombre quiso abusar de ella. Yo no sabía qué significaba aquello, pero me parecía algo muy malo.
El marido era de lo más pintoresco. Amaba las merendolas y el buen beber. Yo no veía relación causa - efecto entre el vino y el bailar un taconeo encima de una larga mesa. Lo cierto es que a los niños nos divertía mucho y lo rodeábamos. Aquel señor que mandaba en los camineros y apisonadoras, ¡cuánto nos divertía!
En una acera, junto a casa, mi padre sorprendió un diálogo de niños de tres años e intervino a tiempo. Habían encontrado un clavo grandote en el suelo. El más espabilado decía al otro que estaba sentado:
- Primero te lo clavo yo a ti en la cabeza, y luego tú a mí. ¿Quieres?
- Sí.
Ya estaba preparado el listillo con un pedrusco en la mano y la punta junto al pelo de la víctima, cuando llega mi padre y le quita el clavo.
Fue un buen servicio de la Guardia Civil.
Nació el último hijo de la familia, Pedro Ángel, el 8 de febrero de 1938, en plena guerra, y vino al mundo a los siete meses, pero se mantuvo fuerte y sin problemas. Los padres lo acogieron con gran cariño; él era el benjamín; y parece que siempre hay una ternura especial hacia el hijo o hermano más joven de la casa.
Hacia el año 1940 conocimos a un primo carnal por parte de nuestro padre, llamado Aquilino. Me parece que era hijo del ciego Cesáreo, nacido en Arriondas, Asturias. Fue el caso que a este pariente desconocido le tocó en suerte cumplir el servicio militar en Logroño, y los días de permiso subía a nuestro pueblo para solazarse con nosotros y contemplar a su prima. Era bruto y fuerte como él solo.
"Aquilino fue a por vino.
Rompió en jarro en el camino.
Pobre jarro; pobre vino;
pobre culo de Aquilino".
Esta canción se nos ocurrió a los hermanos cuando presenciamos el suceso grotesco y divertido de nuestro primo.
No sé qué habrá sido de su vida. Para nosotros resultó un relámpago de gozo, vitalidad y fortaleza su estancia y sus visitas. El tiempo todo lo va difuminando y apenas queda ya la breve estela de un recuerdo.
Concha se casó. También en mañana de febrero llena de sol. Su marido, Francisco Madina, un cabo de la Guardia Civil. Los niños disfrutamos con aquella boda. Nuestros padres, en cambio, mostraban su preocupación. Lo cierto es que se trató de un matrimonio de amor. Los dos eran guapos, muy guapos, jóvenes y llenos de simpatía. Comenzaban una andadura difícil porque los tiempos así lo eran; las circunstancias, nada favorables.
La familia, sin Concha, quedó reducida. Nuestros padres, en la penuria de los años cuarenta de la postguerra, nos envolvían en cariño, mimo y ternura y en nuestra casa no se pasó hambre. Éramos ricos en amor; en lo demás, no.
Mi padre nos llevaba a la huerta. Una mañana mató allí una culebra grande, muy grande. Decía que había venido de otro país. Nosotros, por supuesto, no lo dudamos. Mi papá se apoyaba en un bastón tosco; en él estaba labrada la cara de un perro. - Todavía lo conserva mi hermano para apoyarse cuando va al monte. - A veces disfrutaba de otro cayado muy curioso: se convertía en espada al tirar de su empuñadura. Aquello era muy divertido, pero no nos lo dejaba tocar.
Hablaba en tertulias de café y en la calle con Nicolás Santander que era el alcalde; con Bermejo; con los curas don Jesús y don José, a quienes conoció en Pobes, y ahora se encontraban aquí sirviendo a la parroquia. Observaba yo, todavía de menos de siete años, que mantenía muchas amistades. El capataz de camineros era otro buen amigo, muy adicto al vino, se alegraba en exceso en las merendolas, y luego bailaba sobre una mesa. Lo repito de nuevo porque era para nosotros al casi consustancial. Aquel espectáculo medio circense nos encantaba a los pequeños.
Alfonso disfrutaba mucho con todo. Sabía vivir. Era solícito con su mujer. Cuarenta veces subía a casa para hablar unas palabras con ella o hacerle un pequeño servicio; para darle a entender que ella era lo más importante de su vida. Siempre atendía con mimo a los hijos más pequeños, los acariciaba y montaba sobre sus rodillas para que anduvieran "a caballito".
Varias compañías de italianos se habían acuartelado junto a nuestra casa. Gustaban los oficiales de hablar con mi hermana Concha, entonces soltera, y mostrarle su admiración.
Puntualmente fue depositado en nuestro pabellón el obsequio de los extranjeros. Y muchos años ha formado parte de nuestro hogar. Incluso después permaneció en despachos parroquiales y sacristías. Por fin me deshice de ella por ser demasiado incómoda para un piso de ciudad y la deposité en la oficina de cineforum. No sé si todavía existirá, porque hace unos años reformaron aquella vivienda, y no he indagado nada. Se le toma cariño a un mueble y prefiere uno desentenderse de él antes que presenciar su destrucción o abandono. ¿Habrá desaparecido ya convertido en cenizas?
Por aquellos tiempos condujeron el agua corriente a todas las casas del pueblo. Subirla a los pisos hubiera constituido en el comienzo de la década de los cuarenta un lujo innecesario. ¡Bastaba trasladar la fuente al portal! ¡Menuda comodidad! Recuerdo todavía la canilla, de color oro, y la pila, junto a la sala de armas. ¡Qué gozo contemplar el chorro gratificante al servicio de aquella comunidad!
A mi memoria acude la galería del piso, iluminada alegre por el sol de mediodía. En ella quedó situado de forma definitiva el escritorio y despacho particular de mi padre. Todo rezumaba orden y limpieza. Y todo resultaba varonil, sobrio, sin remilgos: carpetas rojas distribuidas en la estantería, atadas con cintas azul marino, y en el reverso de las tapas, unas jóvenes muy bonitas, bien vestidas, flamencas, como era la moda de entonces; el sello oficial y los tampones, tinteros y plumillas; la estilográfica, por nadie manejada, excepto por su propietario exclusivo. La pluma y el arma reglamentaria, nadie debiera jamás tocarlas.
Todo aquello despertaba nuestra curiosidad infantil, pero nada habíamos de tocar ni curiosear. Todo era muy importante, como sagrado, y nuestra manos lo podían echar a perder. ¡"Echar a perder"!: expresión muy pronunciada y querida por nuestro padre. ¡Cómo cuidaba aquel sargento de la Guardia Civil lo relacionado con su profesión y su familia! Limpieza y orden en todo: en las armas, en los libros, en los cuadernos y papeles.
Alfonso a pesar de sus buenas cualidades no era jactancioso. Más bien todo lo contrario. Su sencillez, total. Su espíritu de servicio, siempre desinteresado. Aquel hombre autodidacta jamás presumía de nada; sólo de ser de la Guardia Civil. Era su vida.
Pocos días más tarde, sin darle importancia al asunto, y tomando todas las precauciones y seguridades, Alfonso limpió el pozo ciego, labor que ni pagando quería hacer nadie. Así era nuestro padre, hombre servicial, sacrificado, sin complejos ni ínfulas.
Se acerca el ascenso
Sin moverlo de Oyón ascendió a brigada; pero no fueron muchos los años de aquel puesto intermedio entre tropa y oficialidad. Fue más importante, algo que conmovió positivamente a toda la familia, la proximidad de las estrellas. Mi padre iba a ascender. Subiría de categoría. Tras unos meses en otro destino llegaría a oficial. Había que marcharse. Una temporada permaneció en cursillos en Madrid. No fue larga. Amante de su familia hizo lo posible por volver pronto. - Padre, le decía yo, vas a ser pronto Alfonso XIV. -¿Llevarás una estrella en la frente cuando asciendas? Era una ilusión, la única ilusión que podía tener yo en aquellos momentos, porque marchar de aquel pueblo bendito, Oyón, donde comencé a ver la luz, me resultaba muy triste.
Yo le decía convencido que sería Alfonso XIV. Es que para mí no existía otra persona con mayor prestigio en el mundo que mi padre. Él era el hombre bueno que mandaba con autoridad; a la vez estaba dotado de excelente humor, sencillez y acercamiento a todos. Su genio pronto, pero sin malas consecuencias, le hacía parecer más humano.
De mal humor, tal vez porque le molestaba el traslado, o por las circunstancias del ascenso, me respondió:
Él se merecía más. Había sido siempre ejemplo para todos; valiente y cumplidor cayó herido en la guerra. Debieran haberlo ascendido antes, sin requisitorias ni escalafones eternos. Creo que esto le dolería en aquellos momentos.
Mas su manera habitual de tratarnos era muy tierna, ruda y campechana. Aún recuerdo al "nene" en sus rodillas sonriente y feliz, cabalgando cual pequeño jinete.
No sólo con sus hijos. También su cariño lo mostraba a otros chavales, y a todos dirigía la palabra.
A todos nos abrazaba y besaba. No era besucón él; pero en estas ocasiones, cuando había de salir de casa para mucho tiempo...
Había transcurrido un mes y regresó.
Otra vez la sala de armas. El lugar donde no podíamos entrar los chavales. Allí es donde recibía a la gente y pasaba las revistas reglamentarias. Allí cursaba partes, oficios y denuncias. Resultaba un sitio demasiado serio.
No sé por qué, al fin llegó el ascenso y el traslado. ¡Cuánto sentimos los hermanos mayores abandonar Oyón! Pero la vida se impone. También nuestros padres lo sintieron. Aquel pueblo era cómodo. Se encontraba junto a la ciudad. Se vivía en él muy a gusto.
El traslado se realizó dentro de la misma provincia, pero ¡qué lejos! Había que tomar el ferrocarril; transbordo en Miranda, y continuar muchos kilómetros en dirección Bilbao. Pasamos por Pobes, donde yo nací. Nos aguardaba un pueblo sombrío, envuelto en paño gris de nubes densas, verde por todas las partes, demasiado verde; pinares enteros con el color de Vizcaya. Habría que acostumbrarse después de vivir el gozo del sol en La Rioja alavesa.
Mi padre nos acompañó al colegio de los frailes a los hermanos. ¡Qué escuela más antipática! Recuerdos grises de un pueblo verde: Llodio. Sitio de estación de primera; lugar de marqueses insignes.
Poco tiempo habitamos en aquel lugar de zozobra: cuatro meses. En ellos nuestro padre tuvo que sufrir mucho, aunque nunca se quejó.
Comentaba mi padre que existían escuelas clandestinas de aprendiz para esta clase de especialistas: colocaban los del hampa un maniquí repleto de billeteros y baratijas, y adornado con una cantidad de cascabeles. El candidato a ladrón había de amañarse para ir vaciando todos los bolsillos, sin que se escuchara el más ligero sonido metálico. Era preciso aquilatar la destreza y dominar a la perfección el sistema nervioso.
Difícil suprimir el robo. Los guardias vigilaban; y cuando veían que algún sospechoso se acercaba al grupo, le invitaban a retroceder para que no cayera en la tentación. Pero muchas veces eran sorprendidos con las manos en la masa, y entonces pasaban la noche en la sala de armas. Posteriormente eran puestos a disposición judicial.
Una de las operaciones suaves que correspondió a nuestro progenitor fue la de cambiar las monedas de bronce por las nuevas de aluminio. Pronto desaparecieron las "perragordas" y las "perrachicas", de diez y cinco céntimos respectivamente, para ocupar su lugar aquellas chapas blanquecinas sin color ni valor. En columnas de veinte sostenían los bronces. Cada "escuadrilla" estaba valorada en cien pesetas. A los niños nos gustaba contemplar aquellos montones numismáticos, dispuestos en orden y armonía. Con la retirada de aquel dinero parecía que se introducía en la Historia una etapa de nuestra vida familiar.
Los Maquis
Varios años permanecieron en las montañas estos hombres que habían perdido en la contienda civil. Muchos de ellos no se resignaron. Por otra parte, tampoco deseaban vivir en España, porque se les juzgaría por delitos de guerra. Algunos eran gente culta, un tanto románticos; otros, unos pobres diablos. Todos conocían la inutilidad de sus escaramuzas, pero nunca perdían la esperanza.
Cundo se multiplicaban los asaltos de los caseríos, y el número de los maquis en el monte provocaba un peligro, subía la Guardia Civil e incluso el ejército a combatirlos y capturarlos si les era posible.
Aquella primavera se mostró lluviosa en exceso. Alfonso hubo de abandonar la comodidad del cuartel, y lanzarse a hollar helechos por las brumosas cumbres de los montes vascos. Siempre caminaban las fuerzas del orden en grupos al menos de cinco personas. Rara vez se escuchaba tiroteo en aquellos parajes. La huida solía ser lo más normal en los hombres que, aunque tenían poco que perder, menos aún que ganar.
Elevado en lo alto de una roca, un guerrillero se disponía a lanzar su granada de mano sobre el grupo de la benemérita, sito exactamente bajo sus pies. Uno de los compañeros de nuestro padre, con una ráfaga abatió a aquel hombre. Herido, fue trasladado al hospital más próximo. No podían confiarse; había que caminar con precaución. Por suerte, las incursiones en las montañas no acontecían a diario.
Más amena era para Alfonso la huerta, donde entretenía sus cortos ocios plantando lechugas o recogiendo hortalizas. Sus dos hijos mayores enfermaron de ictericia, enfermedad causada por la aparición de la bilis en la sangre; se quedaron amarillos como figuras de cera. Quince días en cama fueron suficientes para curarlos. Comentaba la gente que las aguas ferruginosas eran la causa de aquella enfermedad. Ahora lo pongo muy en duda. De todos los modos entonces se le daba a este mal poca importancia. Hoy en cambio, en medicina se considera de gravedad y cuidado.
¡El cuartel de Llodio! ¡Qué serio y sombrío me parecía! Lo habían construido comiendo terreno al monte. Poco tiempo absorbería nuestra atención este edificio. A finales del mes de julio, le comunicaron el ascenso a oficial de la Guardia Civil. Por fin podría lucir las estrellas. Y también hubo de nuevo que preparar baúles y maletas, deshacer las camas, recoger enseres, organizar el traslado y transportar todo "en gran velocidad" al puesto de destino.
A ella qué poco le gustaban los traslados. Hubiese preferido que su marido no ascendiera. ¡Qué distintos eran los dos! Él, aventurero, decidido, valiente, de iniciativa. Ella, tímida, estable, casera, silenciosa, de respuesta. Siempre se complementaron a la perfección.
VIII
Y AHORA, ESTELLA
En Vitoria se realizó el segundo transbordo. La familia entera nos acomodamos en un tren pequeño, de vía estrecha. ¡Y en primera clase! El ascenso de mi padre le daba opción a desplazarse en esta categoría. Era un departamento cómodo, reducido, en él viajábamos solos.
Por primera vez en mi historia íbamos a vivir en un piso que no era pabellón cuartelario. Y por primera vez en una ciudad, pequeña, sí, pero cargada de esencia medieval, Estella. Tarde llegamos en una noche de agosto. Todavía no habían retirado los tablones del encierro de las fiestas.
¡Fiestas de mi pequeña ciudad! Al año siguiente Alfonso tomaría parte en la procesión de San Andrés junto a las autoridades locales y al Gobernador Civil de la provincia. Y así iría en todas las manifestaciones religiosas del año. En la del Corpus sostendría en su mano derecha un cirio, todo pintado, y haría la escolta a Jesús hecho pan de amor por nosotros. Recuerdo cómo el guante blanco que cubría su mano, llegó a casa pintado con los mismos colores de la vela.
Allí él sería autoridad.
Una casa sin luz nos esperaba. Había que acomodarse; no había sido posible la conexión con la red general, a causa de las fiestas patronales en que todo el mundo estaba de vacación. No importa. Este lugar es digno. Se puede vivir sin maquis, sin montes amenazantes, sin cielos encapotados, sin chirimiri eterno, con el fluir suave del río Ega que abraza a la ciudad y la cubre de frescor en el estío.
Amaneció un día lleno de luz. ¡En el verano no suele llover en países normales! El sol esparcía sus rayos tibios en nuestra primera mañana llena de ilusión. Nos asomamos a las ventanas y balcones; una plaza alegre, llena de tilos, acogió nuestra mirada. Aparecieron los primeros niños con quienes habíamos de compartir los juegos infantiles durante muchos años.
Las doce en Estella. Tiempo de una sinfonía de campanas. De todas la torres y conventos brotaba la oración de mediodía, transportada en suaves ruidos de metal. ¡Qué romántico y agradable todo el entorno! - A veces subía yo, años más tarde, al pinar próximo y permanecía envuelto en la paz de los bronces que saludan a la Virgen en la mitad del día -.
Mientras tanto nuestros padres ordenaban la casa, armaban las camas, hacían gestiones para empalmar la luz eléctrica, limpiaban el piso. El encargado de la electricidad llegó. Y la noche siguiente pudimos cenar todo en una mansión casi ordenada; las bombillas incandescentes iluminaban por primera vez nuestro hogar estellés. La cocina pequeña, donde en contacto con nuestros padres maduró nuestra existencia. ¡Cuántos recuerdos! Era comedor, oratorio, cuarto de estar, y sala de audiciones de radio. En un rincón, frente a la puerta se encontraba el aparato nuevo, recién estrenado. En silencio y con atención escuchábamos las canciones solicitadas en radio Andorra. "Aquí, radio Andorra; emisora del principado de Andorra..." Y oíamos las charlas del padre Mena y de Venancio Marcos, y las peticiones del primero para los enfermos... Sobre todo nos gustaba un programa que hacía furor: "Fiesta en el Aire".
Alfonso se acomodaba en la silla con cierta frecuencia y con atención total escuchaba el relato de cuentos infantiles. Disfrutaba con aquello. Me suelo ahora preguntar: ¿Por qué nuestro padre disfrutaría tanto con algo tan sencillo? Me parece que no es demasiado difícil responder. A fin de cuentas, no tuvo niñez. No gozó de la caricia de unos padres que le relataran con mimo los pormenores de una narración entretenida. ¡Justa compensación!
Nos reuníamos en la "sala de usos múltiples" - la cocina era entonces - al calorcillo del brasero. Jugábamos a la brisca, al mus, al parchís, mientras nuestra madre preparaba la cena. ¡Cuántas horas escuchando anécdotas de la vida de nuestro padre! Él cautivaba nuestro interés y admiración. Sólo disfrutábamos de un asiento cómodo de mimbre, pero nada echábamos en falta. Casi ignorábamos la existencia de las mullidas butacas. En casa de algunos ricos suponemos que existirían por los años cuarenta del siglo XX.
Pronto, el nene, llegó a tener altura suficiente para abrir el grifo del agua de la fregadera. Ya podía valerse por sí mismo. Hoy no existe aquella casa del número 68 de la Plaza Santiago, que después figuraba con el 62. Mantenemos su fotografía. Hacia 1980 la demolieron para construir otra nueva. Ha desaparecido en enclave de la madurez de nuestros padres. Todo pasa. Sólo Dios permanece.
Cuando hoy entramos en la pequeña Ciudad del Ega, miramos llenos de añoranza la plaza de Santiago; levantamos la vista hacia el nuevo edificio. También el nuestro fue estrenado, y ya ha desaparecido. El río Ega, en su fluir sin descanso, sigue abrazando la ciudad, cubriéndola de suave brisa en el estío.
ENVUELTO EN SU CAPA
Alférez, con una estrella en la frente durante pocos meses, teniente más tarde y Jefe de Línea, disfrutaba de la ayuda de un ordenanza, - Emérico se llamaba - que dedicaba su servicio a acompañar al Jefe de una manera oficial.
Regresaba nuestro padre con una "cascaraña" blanca, oculta bajo la capa. ¡Ya podíamos comer aquel alimento, verdadero lujo en la postguerra! ¡Suerte la nuestra!
Las visitas a puestos rurales se repetían; no siempre con el pan blanco al regreso, pero sí con la alegría de recibir al padre y esposo que tanto había de abandonar el hogar por su profesión.
El Teniente disfrutaba del uso de una butaca en el cine público. Aquellos tiempos eran muy obsequiosos para la autoridad.
A veces le acompañábamos los tres hermanos. Él nos ocultaba en broma bajo la capa, para darnos la impresión de que nos "colaba" en la sala de cine. Allí vimos las primeras películas del sonoro: "Lobos del Norte", "Los tambores Fu Man Chu", "Blanca Nieves". Los domingos nos mandaban al Oratorio Festivo, donde disfrutábamos mucho jugando y contemplando más tarde una película de cine mudo.
Pero la moto no llegó. Tal vez porque ninguno del cuartel conocía el manejo de la misma. Continuó Alfonso utilizando los autobuses y el ferrocarril para visitar los pueblos. Así un día y otro. Invierno y verano. Todos los puestos de la demarcación, una vez al mes.
Las tardes domingueras de verano salíamos la familia entera a pasear por los caminos que circundan Estella. Cogíamos moras, y nuestro padre alcanzaba para nosotros las más gordas e inaccesibles.
El hermano mayor era fino y delgado; el pequeño había crecido mucho. Éste y yo, siempre estábamos juntos en casa, y muchas veces en la calle. Organizábamos "conciertos", sirviéndonos de instrumentos unas perchas de alambre, verdaderos clarinetes de la imaginación. Aquello era fácil y divertido. El nene quería ser músico. A mí también me daba respeto la profesión. Un paseo favorito del padre con los hijos era el pinar. En esos días la madre se quedaba en casa. Para ella resultaba duro la andanza por el monte. Todos llegamos cansados menos el padre. Él era infatigable, nuestro hombre fuerte.
Muchas personas visitaban al teniente en su domicilio; no todas despachaban con él en su residencia oficial. Recuerdo al anciano sacerdote don Benito San Miguel, que mientras charlaba con nuestro padre dejaba en el perchero su sombrero de teja. ¡Cómo disfrutábamos los tres poniéndolo en la cabeza y haciendo "ceremonias" con él. Mi madre nos decía: - "Dejadla, que va a salir". No seáis chapuceros.
En aquellos años comenzábamos a darnos cuenta de lo que supone el poder. En una pequeña ciudad, ser jefe de la Guardia Civil significaba mucho. Un número considerable de gente rica le ofrecía su amistad, como abejorros zánganos que esperan chupar el néctar de las flores, donde no existen. Ellos consiguieron, a fuerza de rogar, que se inscribiera como socio del casino. Alfonso no era partidario de tanta "distinción". Por eso en rara ocasión acudiría. Solía decir un refrán por él mismo inventado:
Y mientras repetía esta frase lapidaria, aludiendo a las visitas al casino que estaba en la plaza, rebaña con fruición la salsa de tomate adherida a la sartén. Un hombre con esta filosofía poco iba a disfrutar en el casino con los señoritos del pueblo. Por eso pocos meses debió de permanecer afiliado a tan "distinguida" asociación. Sí que gozaba cuando nosotros le acompañábamos por fiestas a la terraza de aquel bar, y pedíamos un vaso grande de grosella.
Yo observaba que a nuestra madre no le desagradaba haber subido un poco en la escala social. No sé quién nos decía - y parecía documentado -: "Cuando uno llega a oficial de la Guardia Civil tiene el tratamiento de Don, y no sólo él, sino también su mujer y sus hijos, aunque no hayan estudiado bachiller". ¡Ahí queda eso! Por arte de magia, todos con Don. Pero nuestro padre, sabio en filosofía práctica, aseguraba: "Don sin din, campana sin badajo".
Y cuando algún "pelota" - que de todo había en la viña del Señor - se acercaba a lisonjearle, con el fin de alcanzar algún supuesto benefició, le trataba de don Alfonso por arriba, don Alfonso por abajo, él aguantaba todo riéndose por dentro. Al salir de la casa el afectado visitante, se acercaba a nosotros y con cierta sorna y desdén profería: "Don Alfonso, Don Alfonso... Don "Leches", le diría yo. ¿Se cree que con esas razones me va a convencer?"
Así era él: mitad Quijote, mitad Sancho. Parecía al final la síntesis de la gran obra de Cervantes. Pronto dejó de acercarse al "cini" - así llamaba al salón donde se proyectaban películas -. No quería perder por un plato de lentejas su libertad interior.
Parientes y amigos
Nuestra hermana Concha, había dado a luz a su primer hijo, Paquito, en Canarias. Después de la boda emigraron al archipiélago en afán de aventuras. Pero a ellos las islas de la felicidad no les produjeron demasiada suerte. Tías, en Lanzarote, fue el pueblo asignado para que mi cuñado Paco ejerciera de comandante de puesto. Entonces no existía el turismo en aquella isla. Todo era muy atrasado, como tercermundista. Hoy ha cambiado sustancialmente. Tías es un pueblo grande, con el barrio más turístico de la Isla, Puerto del Carmen. Entonces nosotros, niños, hablábamos con cierto desdén de aquel lugar desconocido, pero de bellísimo paisaje, dentro de una gran aridez, que cautiva con su embrujo. Regresaron con hambre. ¡Oh aquellos tiempos de la postguerra!. Y en casa encontraron alivio y cobijo en los dos meses de permiso que disfrutó Paco, el marido de Concha. Había que nutrir al pequeño - el primer nieto de los abuelos - que languideció en la travesía de los mares. ¡Cuánta solicitud en nuestros padres para atenderlos!
Más tarde marcharon a Llodio, "puesto" que había dejado nuestro padre el año anterior. Un segundo hijo, Cruz Mari vio la luz en Estella, al año justo del nacimiento de su hermano. ¡Cómo se hacía querer este niño tan dócil y delicado! Nuestra madre se sentía joven y exclamaba: "¡Y pensar que con cuarenta y cinco años soy abuela! ¿Por qué me habría casado tan joven?". Y así era.
Aquellos muchachos fueron creciendo. Nosotros los tratábamos como hermanos. ¡Cuánto tiempo pasaban en casa! No acertaban a llamar a sus abuelos más que con el nombre de "padre" o "madre", tal vez por puro mimetismo de lo que a nosotros oían.
Tiempos de racionamiento, de escasez. Lo que abundaba en nuestra casa era la hospitalidad. En ella se refugiaban de los rigores del invierno, en jueves de mercado, parientes, amigos y conocidos de los pueblos que acudían a la feria. Recibían calor y confianza por parte de nuestra madre que les preparaba algo caliente y atendía con solicitud. Ella nunca protestaba de las visitas, aunque fuesen por la mañana y se quedasen a comer. La verdad es que siempre los huéspedes se sentían generosos. Unos traían pan blanco, otros huevos o perrechicos, otros - esto muy rara vez - un pollo, plato entonces de verdadero lujo.
Recuerdo las visitas del sacerdote don Julio Coca y Oraá, el cura a quien más tarde elevaron al rango de Prelado Doméstico de Su Santidad; el que salvó la vida al entonces presidente de las Cortes Españolas, don Esteban Bilbao, en tiempos de la guerra civil; el primo carnal de mi abuela Lucía; el que examinó a nuestro padre para la boda; el que visitó su pueblo natal, Laguardia, vestido de obispo, porque tenía derecho, y viajó así con los capisayos en una furgoneta de pescado; el que murió de repente, poco después de pronunciar las palabras de la introducción de la Misa: "Me acercaré al Altar de Dios, al Dios que llena de alegría mi juventud". Este hombre bueno nos visitó en Estella, no sé con qué motivo. Lo cierto es que Alfonso lo recibió con delicadeza y alegría. Le honraba mucho aquella visita, y le regaló un libro que mucho me hubiera gustado conservar: "Leyendas y tradiciones estellesas" de Julio Campos.
Se fue don Julio Coca.
Llegaron otros.
En nuestra casa se practicó día a día la hospitalidad. Por desgracia, el nivel económico de hoy nos hace a todos ser más "nuestros"; menos acogedores. Por desgracia vamos perdiendo una gran virtud de nuestros abuelos: la hospitalidad.
También, aunque no con exceso, nuestros padres visitaban a nuevos amigos: Garagarza, un artesano que fabricaba pelotas; Martínez, un harinero; un señor de Bearin que tenía una granja con muchas aves y animales. Quien esto escribe practicó allí un "deporte" original: perseguir a unos patos para que se zambulleran en el estanque. ¡Menuda bronca me echaron después tanto mi padre como mi madre!
Hasta llegó un matrimonio joven a convivir varios meses en nuestro hogar. Ella era de Arriondas y se llamaba Yolanda. Él, un sargento del Ejército, Félix Carrasco Santana. No encontraban piso, tarea muy difícil en los años inmediatos a la postguerra, y permanecieron con nosotros, hasta que se les ofreció la oportunidad de alquilar la propia vivienda. Decía mi padre: "¿Cómo no les voy a prestar habitación, además siendo ella de Arriondas, donde tengo un hermano?". Recuerdo que el trato con ellos era cordial y a la vez distante. Estaban recién casados y no les apetecía salir de la habitación.
Gustaba Alfonso del buen vino en las comidas, pero nunca iba por tabernas a chiquitear.
Recuerdo de mi padre con emoción que de todo se desprendía para nosotros: postres, golosinas, cualquier alimento de capricho. Si el postre nos apetecía mucho, repartía el suyo entre los tres hijos. Dejaba para nosotros y para su mujer los mejores bocados, para él siempre lo peor, lo que a nadie gustaba; lo que aborrecían los demás. En cambio jamás permitía que nadie bebiera el último trago de vino. Era su única debilidad en las horas de comer. A veces troceaba un melocotón, de aquellos grandes y dulces. Colocaba en un vaso de vino los fragmentos.
Y bebía el último trago teñido del color de la fruta.
Acabada la cena se iniciabas siempre una conversación animada. Desfilaban en ella toda clase de temas; todas las vivencias de la jornada. Todos nos conocíamos muy bien y nuestro padre siempre se mostraba con total sinceridad y nobleza. Creo que aprendimos, sin que quizás él se lo propusiera, estas virtudes tan de hombre, tan ancestrales.
¿Padecería Alfonso daltonismo? Cuando el tema trataba sobre colores, él siempre parecía ignorante. Nos daba la impresión de que bromeaba.
Como no sólo confundía el rojo con el verde, sino todos los matices en cuestión de colores, pienso que no se trataba de un caso clínico, sino muy probablemente de una deficiencia de educación en su niñez en el aspecto cromático. Hemos de pensar que es precisamente en los años de la infancia cuando se aprende con facilidad lo relativo a colores, y él fue, en el estricto sentido de la palabra, un autodidacta.
Pasaron unos pocos años desde el regreso de Paco y Concha a tierras peninsulares. Malos sucesos afectaron a nuestro cuñado. Hubo de pedir la jubilación de la Guardia Civil por enfermedad. El retiro que le quedó era muy exiguo, insuficiente para mantener la familia. Además hubo de ingresar en el hospital; no se encontraba bien de salud. Concha trabajó fuera del hogar. Los abuelos recibieron en casa a los dos nietecillos, y el desaliento cundió sobre todo en nuestra madre; adelgazó al menos veinte kilos. Se encontraba impotente para solucionar el problema de aquella familia, prolongación de la suya propia.
El tiempo, con lentitud, todo fue resolviendo. Aprendió Paco a conducir con los señores Pinillos y Sebastián, hombres que se dedicaban en pequeña escala al estraperlo. La suerte le acompañó, y su decisión. Pudo colocarse como conductor oficial, funcionario del Estado en San Sebastián donde residen desde entonces.
Enseñando a volar
Manantiales cercanos a nuestra pequeña ciudad acogían las meriendas familiares veraniegas.
Pero la mayor parte del tiempo cargaba nuestro padre con ella. Con meticulosidad, nada más llegar, colocaba la botella de vino bajo el chorro de agua fresca.
La vida de nuestro hogar rezumaba siempre el calor de la oración, de las ideas religiosas. El espíritu que nuestra madre supo imprimir en los acontecimientos todos de nuestra vida. Ella influía de continuo en su marido en el aspecto religioso, de tal modo que paulatinamente fue cambiando Alfonso, de ser prácticamente un descreído a un ferviente caballero cristiano.
Entre merienda y merienda, entre tardes de verano a la sombra de los pinos o acacias, y muchas de invierno al dulce calor de la lumbre, los tres hijos que quedábamos en familia comenzamos a volar.
Cuarenta años llevo trabajando. - Comentaba ayer el hermano.Siempre fue su labor en oficina: números, contabilidad, proyectos, facturas...
Los frailes visitaban periódicamente nuestra familia. Era su misión: pescar. Para hacer del "pescado" un nuevo pescador.
Y por su parte no se acabó. No ingresó en las filas de los religiosos maristas. Tampoco consiguieron nada del otro hermano, aunque a éste le asediaron más.
Conmigo, sí.
Y me apunté en las listas misioneras de estos religiosos: el primero de España. La pena para ellos que nunca llegué a ingresar. El seminario de Pamplona les sustrajo aquella primera pieza.
Mientras el hermano mayor trabajaba, los dos pequeños acudíamos a la escuela; jugábamos con los amigos, disfrutando de una infancia feliz.
¿Chica de servicio en casa? Habitación para ella ya había, mas no llegaba el presupuesto. Trabajo, sí; mucho trabajo el de nuestra madre: lavar la ropa, planchar, remendar y coser lo de uno y otro. Horas y horas de costura. Confeccionaba ella misma la mayor parte de las prendas de vestir. Y hubiese venido bien una criada en casa, mas sólo existió una pequeña niñera en los tiempos de infancia de nuestros sobrinos.
Las primeras comuniones de los hermanos pequeños se celebraron con toda solemnidad, dentro de las limitaciones de entonces. Los dos vestimos trajes de marinero, color azul. Los tíos acudían a los acontecimientos, mas no los abuelos. Se sentían ya muy ancianos. Recuerdo que se lamentó durante mucho tiempo nuestra madre de no haber conseguido fotografiar al hermano menor, por falta de recursos económicos. Así eran los tiempos de la postguerra.
Yo preguntaba: "¿Por qué en ese día nos besa todo el mundo? ¡Hasta los hombres!" No podía comprenderlo. Nuestros padres se sentían felices, huecos, importantes de tener unos hijos tan buenos y creciditos. ¡Y qué guapos!
Hasta los catorce años continuó el menor de los hermanos estudiando. Más tarde aprendió el oficio de pastelero. No se consiguió para él un puesto de oficina.
Alfonso solía decir: "Un pájaro con cien plumas apenas puede comer, y un escribano con una mantiene hijos y mujer".
Yo marché al Seminario de Pamplona. Doce largos años. La carrera parecía interminable. Durante los siete primeros cursos disfruté de tres cuartos de beca. En Teología y parte de la Filosofía fue total. La carga a mis padres sólo existió durante el período de vacaciones, aunque colaboraba yo a mis gastos impartiendo clases particulares.
Alfonso disfrutó mucho durante los años de oficial. Mas lo bueno suele durar poco tiempo. Por una absurda ley habían de jubilarse a los 51 años los tenientes. En plena madurez de persona. Tan sólo un mes le faltaba para el ascenso a capitán. Celebró por última vez el día de la patrona, la Virgen del Pilar, con orgullo y amor. Él lo organizó todo al detalle: Misa con sermón en la Parroquia de San Miguel. Uniforme de gala con su estolín cruzado sobre el hombro. ¡Qué elegante nuestro padre! Al salir del templo pronunció un breve discurso, exhortando a la alegría y unión y a disfrutar en la fiesta. Por la tarde y noche en el cuartel hubo verbena. ¡Y él no sabía bailar!
Una tarde trajeron a casa un paracaídas y un artefacto colgando en él .
Nosotros nos entretuvimos a gusto. No sería mucho mayor que una caja de cincuenta puros. Pensábamos que, hablando a través del micrófono en forma de espiral, alguien contestaría. Pero todos nuestros sueños se desvanecieron. Aquello no servía para nada, al menos en nuestras manos. La tela impermeable del paracaídas, material ya de desecho, tuvo una utilidad en casa: servir de meadera para la cuna del sobrino pequeño.
También se impuso la precaución en otro momento. Entregaron en casa una gran caja de madera. Sobre ella se leía esta inscripción: "¡Cuidado; armas!"
Mi padre fue eliminando uno a uno los clavos. Retiró la tapa y unos papeles protectores.
Nunca lo supimos. Pero no pasamos hambre aquel invierno. Fue nuestra gran solución.
Cumquibus, cumquibus...
¿Era religioso nuestro padre?
Yo diría que el contacto con su mujer y las circunstancias que vivió después de casado fueron haciéndole profundamente religioso. Pero esto se le notó sobre todo durante los últimos años de su vida.
Se refería al prefacio de la Misa en el que decía el sacerdote: "Cum quibus et nostras voces..." La palabra "Cum quibus" es una preposición con el relativo, que significa "con los cuales". El antecedente era "Los Ángeles", y la oración por consiguiente quedaría así traducida: "Te suplicamos que nos permitas unir nuestras voces a la de los Ángeles para cantarte: Santo, Santo, Santo..." Mi padre no entendía de las lindezas del latín. Pero sabía muy bien la interpretación que la gente daba a este vocablo. "Dinero, dinero..." Más tarde lo he comprobado que efectivamente en lenguaje vulgar tiene este significado; hoy ya arcaico.
Se refería a la oración de la Misa que terminaba así: "... Et fructus terrae dare et conservare digneris". Que quiere decir: "Dígnate, Señor, dar y conservar los frutos de la tierra". Pero no estaba el horno entonces para latines.
Gustaba él, a veces, de recitar algún dicho cachondo. Y así te desconcertaba cuando decía: "Estudiantes que estudiáis: ¿Por qué el burro que tiene el c... redondo c... cuadrao?" Y no había ser humano capaz de dar solución al arcano enigma.
O aquel otro de curas: "Fue un monaguillo a un recado, de parte del cura de su pueblo, a un párroco de la aldea próxima. El sacerdote a visitar se preciaba de ser autor de lenguas extrañas. El niño hubo de pernoctar en casa de aquel clérigo, y en la sobremesa escuchó un tema lleno de filosofía barata y del léxico del arcano lenguaje.
A eso de media noche, el niño despertó asustado. Vio que al gato, dormido junto al hogar, comenzó a arderle el rabo y huyó hacia los desvanes, sin que el monaguillo pudiera darle alcance. Entonces el muchacho, iniciado ya en el idioma clerical, mientras se dirigía a la habitación del cura, entonó con la salmodia del prefacio gregoriano:
"Baje el señor del alto san sebastiani. Deje la página nostra; que aquel que caza los ratis lleva la alegría en el rabo; si no le echan la abundancia, se quema la chiviritaina"".
Aquello nos hacía mucha gracia. Cuando he sido mayor me he puesto a traducir el chascarrillo, y he comprobado la ingenuidad chistosa de tal salmodia. No será difícil a quien esto lea dar con la clave, no precisamente celibataria.
Hubo mucho tiempo en que el asunto religioso lo entendía Alfonso como algo relacionado con el negocio lucrativo, sin que por eso negara la realidad dogmática de los misterios; los respetaba en su totalidad. Pero con el correr de los años se fue dando cuenta de que convenía distinguir en esta materia:
Nuestra madre con su ejemplo, con su recia fe, influyó en él, y la gracia de Dios encontró terreno abonado en aquella alma tan sana, a pesar de haber sufrido una infancia desgraciada. El cambio fue lento. No llegaba a comprender que su hijo seminarista había de colaborar en los actos de culto, revestido de sotana negra y sobrepelliz. Y es que a todos los conventos e iglesias nos llamaban, sin que nadie se sintiera obligado a pagar aquellos servicios. Al observar él la tacañería solía decirme:
EL MERCADO DE LOS JUEVES
Estella, lugar de reunión de los agricultores de la merindad. El día de cita semanal, el jueves. Decenas de carros, la noche anterior, aparcaban en nuestra plaza de Santiago. Una aurora estridente despertaba a niños y mayores: el gruñido de los cerdos que protestaban a su modo ante el forzoso traslado a las cochiqueras de exposición y venta.
¡Qué rica su carne! Asados en el horno de la panadería "La Basa" , no existe manjar más exquisito. Alguna vez, no muchas, nuestro padre disfrutaba de tan sabroso banquete. Le agradaba desde el principio acudir a la plaza del mercado y constatar los precios para, si los juzgaba asequibles, comprar alguna pieza delicada al paladar.
¡La plaza del mercado! Había dos: en la de "Los fueros", se vendían verduras y hortalizas, productos derivados de la leche, huevos, aves, frutas y pocas cosas más. En la de Santiago, la nuestra, el mercado era de cerdos. Y los jueves primeros de mes de ganado mayor.
Así comenzaban siempre las discusiones hogareñas. El único motivo siempre el gasto. Alfonso cuando se enfadaba ponía siempre los ojos saltones, como Spencer Tracy, como si fuesen proyectiles a punto de explotar. Pronto se pasaba el enfado. A mi madre le duraba unos minutos más. Pero ninguno era rencoroso.
El conejo constituía el segundo manjar predilecto. También estos callados roedores fueron objeto de alguna pequeña trifulca. El animal, antes de ser sacrificado había de aguardar dos días en los desvanes. Cuando le llegaba el turno, Alfonso lo bajaba a la cocina. Y comenzaba el rito un tanto macabro. Decía mi padre:
Pero el conejillo nada decía, nada pensaba. Se limitaba a mover el hocico, pero ese rictus es propio de toda la especie.
Mientras tanto, se arremangaba y ponía un gancho en la parte inferior del calderín de agua caliente.
Bebía un trago de la bota.
Pronto terminaba la operación. Un solo golpe, y el conejo quedaba fuera de combate. Mi padre, sólo él, ejecutaba hasta el último detalle este penoso servicio a la familia.
"Jueves, buen día para las mujeres", decían en Estella.
No se contentaba nuestro padre con preparar la despensa para el domingo. Vigilaba también el mercado, como guardián del orden público, para que no se cometieran abusos en ningún sentido.
Le faltaba poco tiempo para la jubilación, cuando sucedió el episodio que en parte amargó los últimos meses de militar.
Algunas personas adineradas, de lugar desconocido, acaparaban la dotación de huevos de minoristas. Después, al escasear la mercancía, automáticamente subía el precio. Poco a poco iban apareciendo en el mercado los huevos que el especulador tuvo retenidos. En tres horas el género experimentaba un alza del veinticinco por ciento. Siempre procuraba Alfonso disuadir a los especuladores para que las amas de casa pudieran obtener productos más baratos. Pero tropezó en esta ocasión con hueso duro; con un tal Getulio Herrero, de origen desconocido. Nuestro padre le exhortó con palabras muy serias a abandonar su actitud, pero el presunto no hizo caso alguno. Además denunció a nuestro padre por malos tratos verbales. Se hizo justicia en Burgos a favor del teniente Lorenzo.
Yo, la verdad, le hubiese condecorado, con la medalla del mérito civil.
NO LO CONOCÍAMOS
Siempre se sintió muy orgulloso de su esposa. Ella era buena cocinera, limpia, esmerada, guapa. Nunca hubo una crisis matrimonial.
Nuestra madre tomó afición a marchar a diario a la peluquería para que la peinaran.
Y llegó el momento de decir adiós a la Guardia Civil.
Germana hubo de acompañarle al sastre para que le confeccionaran su primer traje de paisano. Jamás durante nuestra vida había vestido así. Él no se encontraba cómodo ni a gusto sino con el uniforme militar. Se había identificado con el verde y el tricornio, y no lograba reaccionar. Mas en ningún momento se le vio ceder a la tristeza.
Y semitonaba, ya que nunca fue cantor:
"De la calle pasé a recluta;
de recluta a veterano;
y de veterano a paisano".
El problema no le arredró. El despojo de lo oficial no le causó ningún complejo. Supo reaccionar y no desdeñó los trabajos más humildes.
Por la mañana subía al monte y traía a casa una gavilla de leña para encender el fuego. El resto del día hablaba con unos y con otros para encontrar algún trabajo. En los comienzos, durante varios meses, representó a una fábrica de embutidos. Tenía que viajar mucho por Vizcaya y Guipúzcoa para vender unos kilos. Había de alejarse de la familia jornadas enteras, y esto no le gustaba.
Y abandonó aquel trabajo; el siguiente fue mucho peor. Durante el día, sin ver la luz del sol, pasaba quince horas sumergido en una cueva - bodega de vino de cosechero -, esperando a que "La Picaraza", mujer que lo vendía, llamara con un
un grito desde la puerta:
Él subía un cántaro para retornar enseguida a su escondrijo y vender allí el vino generoso en garrafones.
Muchos sufrimos todos con aquel puesto de trabajo tan duro y humillante para un hombre que ostentó en Estella función de autoridad. ¡Él vendiendo el vino de chiquiteo! Y no le causaba sonrojo. Para él una labor humilde no hace perder dignidad a nadie. Con lo misma dignidad y humor hubiese sostenido la corona real.
Poco tomaba de ella. El tufillo de la bodega menguaba su apetito. Temimos que llegara a enfermar. Hasta la noche, después de larga jornada de trabajo en la oscuridad, no aparcería en casa. ¡Él tan amante de la vida al aire libre!
Años más tarde pudo acceder a otra profesión que, aunque desagradable, al menos estaba más en consonancia con la que anteriormente disfrutó: inspector de Arbitrios Municipales. Una especie de policía secreta para exigir recibo de la cuota de entrada de alimentos en la ciudad. Tenía que imponer una multa a cuantos infringían la norma de abonar el impuesto arancelario. Hará, cuando esto escribo, veinte años que desapareció en España este impuesto municipal.
Cuando llegó a la edad definitiva de jubilación, pudo beneficiarse de dos pensiones que, después de su muerte, fueron transferidas a su viuda.
Cazar, su distracción preferida. Disfrutaba a perpetuidad licencia de armas de caza. Su dotación, una antigua escopeta.
Caminamos por el pinar silencioso. Se percibían nuestras pisadas sobre las hojas del suelo, verdadera trama de mullido tapiz. De pronto mi padre se pone rígido; lleva la escopeta al hombro derecho; dispara y dice:
Gustaba salir al campo y a las colinas cuando se levantaba la veda. Los paisajes amarillos, verdes, rojizos del otoño, le fascinaban. En realidad, aunque se nos antoje melancólica, la naturaleza viste entonces sus mejores galas. Los árboles además se encuentran preñados de frutos. Alfonso tomaba algún racimo de uva o unos pocos higos o alguna manzana como refrigerio. Su mujer le reprendía:
ANDAR EN BICI
Cincuenta y un años cuando se jubiló nuestro padre; en plenitud de vida. Entonces deseó aprender a andar en bicicleta.
En pocas sesiones caminó solo. Era la bicicleta verde. Paco la utilizaba para ir a vender pescado por los pueblos. Todos disfrutábamos con aquel juguete grande, pero nuestro padre lo usaba para buscar en las aldeas artículos de primera necesidad. Eran tiempos de escasez y había dejado en los pueblos próximos simpatía y amistad de la buena, la de aquellos que le apreciaban. Conseguía traer a buen precio pan y zacutos de harina.
Tardaba mucho en volver a casa aquel día. Nuestra madre comenzó a sentir miedo.
- ¿Qué le habrá pasado?
Él entró riéndose. Traía la cara herida y ensangrentada.
Casi pedía excusas.
Así era. A todo quitaba importancia.
Se curó con rapidez.
Peor resultado tuvo el accidente que sufrió años después. Estaba yo en el Seminario. Era el mes de noviembre. Había marchado Alfonso a la serrería a coger un pequeño saco de serrín. Lo había colocado sobre su hombro. Cerca ya de las monjas Recoletas oye voces.
Cuando quiso darse cuenta se encontró bajo las ruedas del carro. Le rozó la vena femoral. El ganado se asustó con algún vehículo que pasaba, y mi padre fue la víctima. Y bromeaba:
Llegué yo a casa por vacaciones de Navidad. Todavía estaba en cama y le practicaban curas. La herida fue muy profunda. Aquel año trasladamos la cena de Noche Buena a la habitación del herido. Allí nos encontramos todos como una piña. Mi hermano compró unas copas nuevas. ¡Todavía nos queda una de recuerdo! ¡Con qué gozo las estrenamos! Eran pequeñas. Casi como la de antes de la guerra; el pie negro. Las estrenamos con anís.
Tenía mi hermano una bandurria. Su buen oído le facilitaba el uso del instrumento. Como si fuera hoy, recuerdo la emoción con que, al ritmo de la música de cuerda, entonábamos la canción romántica "Santa Lucía".
En casa rarísima vez se cantaba en común. Cada uno por separado sí tarareaba algo. Eso era más normal. Villancicos, no recuerdo. Ahora sí que los cantamos. Turrón, abundante. No en vano el hermano menor trabajaba en pastelería.
Algunos años nos acompañaban los hermanos y sobrinos de San Sebastián. Disfrutábamos mucho con ellos; los sobrinos eran muy amigos con nosotros. Vimos que Concha iba de nuevo a ser madre. Y nació la última de sus hijas, grácil, cariñosa, educada, Mari Lourdes; encantadora desde pequeña. Siempre se le llamó "la Nena". Ella cuidaría de su madre enferma; desde los diez años llevó prácticamente la casa.
Los pequeños, felices en Estella. Algunas veces hacían renegar al abuelo. Querían mucho a nuestros padres. A Cruz Mari le salvó la vida el abuelo. Se había atragantado con algo y se ahogaba. La madre se ponía nerviosa. Nosotros, muy niños todavía, no sabíamos qué hacer. Cruz Mari tomaba ya un color morado. Entraba entonces Alfonso; con calma, pero sin perder ni un segundo de tiempo, introdujo sus dedos en la garganta y así eliminó aquel estorbo. .
La anécdota se conservó años en la memoria de todos.
Hijos y nietos caminábamos con el padre y abuelo Alfonso al río Urederra a coger cangrejos.
Hubo retel que en una sola vez sacaba cuatro docenas. Llevábamos a casa varios zacutos. Mi padre regalaba. No quería vender.
Algunas noches nuestra madre, Germana, preparaba tortilla de colas de cangrejo. ¡Exquisito bocado! ¡Quién diría entonces que desaparecerían del todo de nuestros ríos aquellos crustáceos. Poco a poco hoy se van reponiendo.
IX
DESDE 1946
Desde 1946 al 58 el autor de este relato se internó en el Seminario Diocesano de Pamplona. Durante el largo paréntesis el contacto con la familia se limitó a los períodos de vacaciones, cuatro meses al año. Las pocas visitas y las cartas mantenían nuestra unión. A pesar de estas circunstancias, mi impresión subjetiva era de intensa comunicación con padres y hermanos. Alfonso, mi padre, me visitaba con relativa frecuencia, aprovechando asuntos a resolver en la ciudad; la madre, muy pocas veces. Los viajes suponían gasto considerable para nuestra economía, y ella, por otra parte, trabajaba demasiado en el hogar. Era del todo imprescindible.
En las vacaciones navideñas celebramos una gran fiesta familiar: entronizar al Corazón de Jesús. Acudió a casa el párroco: don Miguel Rázquin. Por cierto, pocas visitas de curas tuvimos en nuestro domicilio, a pesar de que yo me preparaba para sacerdote. La ceremonia, sencilla y emotiva. Nuestro padre recitó la consagración de toda la familia, y él mismo colocó en el lugar más distinguido de la casa la imagen del Sagrado Corazón.
Un problema de tipo religioso tenía que solucionar Alfonso: no había recibido el sacramento de la Confirmación. Yo le animé que lo hiciera. Cuando llegó el señor Obispo a Estella se lo administró en medio de centenares de niños. Pero él no pasó ningún apuro. Era un hombre sin complejos de ninguna clase.
Su vida espiritual se afianzaba cada día más. Con su mujer asistía al Rosario todas las noches, y por la mañana, a la Misa de ocho y media. Aunque, eso sí, dentro del templo cada uno tomaba asiento en distinto lugar: las mujeres a la derecha, los hombres a la izquierda.
Alfonso participaba con mucha atención y devoción en las misiones populares, organizadas cada diez años en la Ciudad del Ega. Vivía a fondo aquellas semanas. Su conversación en estos días era casi de un solo tema: la predicación del misionero. Preparaba su confesión general. Después, el gozo más puro cubría su alma y aumentaba muchos quilates su relación con Dios. Mas el humor nunca desaparecía en aquella naturaleza noble.
No entendía demasiado de curiales, pero nunca se opuso a la formación que daban a su hijo; al contrario. Llegó a decirme:
¡Y lo hubiera hecho! Pero a la vez comentaba con su esposa:
No criticaba el sistema. Él era ajeno. Pero temía.
CARLÍN
Con todos háblala Alfonso. Más aún con la gente sencilla. Carlín era su principal contertulio en esta época de su vida. Este hombre siempre iba tocado con boina roja; era un carlista fino, de los antiguos. Era de oficio, sillero. En sus tiempos mozos tenía colocado un cartel en la puerta de su tienda que decía así:
"SE HACEN SILLAS Y
SE PONE CULO A LAS VIEJAS"
Carlín era muy célebre. Su nombre de pila, Enrique, pero todo el mundo le nombraba por el apodo. A pesar de ser muy requeté, no era demasiado religioso. Frisaba entre los sesenta y setenta y cinco años, pero era difícil averiguar su edad. Grueso, coloradote, excelente comedor y bebedor.
Consumía horas enteras hablando con nuestro padre en aquel tugurio del siglo diecinueve.
Y así iniciaban un diálogo entre bromas y veras.
Carlín siempre coloradote. Su tono del mismo color de la boina de su cabeza.
Alfonso trataba con todo el mundo.
Chichán era un cojo pintoresco y hombre de no muy buena fama. Chichán parecía eterno. Siempre lo conocimos de la misma edad. Decía de si mismo que en sus años mozos jugaba muy bien a la pelota y que perdió la pierna cuando regresaba de un partido, en un accidente de furgoneta. Era asiduo visitante de todas las tascas. En ellas se saciaba de vino y pedía limosna para más beber. Contaban de Chichán anécdotas chocantes: comía setas venenosas y no le hacían daño... En una apuesta deglutió docena y media de albóndigas de serrín... Los niños nos lo creíamos todo. Era un hombre pintoresco y querido de todos.
A nuestro padre un día le espetó:
Y no entró mi padre en la apuesta. Barruntaba que Chichán podía realizar las mayores salvajadas gastronómicas.
También dialogaba Alfonso con el famoso pintor Gustavo de Maeztu: hombre bohemio, de inspiración alcohólica - al menos así comentaba la gente - componía cuadros cuando junto a él descansaba la botella de coñac. En la cantina de Oría se juntaba Gustavo con un grupo de amigos. Allí, en la puerta misma en el buen tiempo les veíamos beber unos vasos muy grandes llenos de vino; no eran los famosos chiquitos, sino los "comandantes" reservados para ocasiones.
Alfonso repartía buen humor por todos los rincones y también en el hogar. Una muchachita guapa de unos veinte años, llevaba la leche a casa todas las mañanas. Cuando pulsaba la campanilla de nuestra puerta, si era nuestro padre quien la atendía, la piropeaba así:
Calladita, bajaba las escaleras, roja como las amapolas del campo. A buen seguro que nadie le regalaría tales lindezas.
Nuestra madre aclaraba.
Bebía Alfonso el vino de cosechero. Nunca lo hacía por las tascas o en contadísimas ocasiones y sin pasarse ni un ápice. Consumíamos un litro diario en casa entre toda la familia. Él en la bota. Los demás, en vaso.
Fumaba muy poco. Él mismo liaba los cigarros; con aquellos paquetes de "cuarterón", y echaba todo el humo sin tragarlo. Por eso no le costó dejar el tabaco en los últimos años de su vida.
Entre bocanada de humo y trago, al aire de la bota, derrochaba su simpatía madrileña. A veces se le caía una gota de vino sobre la camisa.
Y todo quedaba en una risa común. Luego, como es natural, hacía caso a su consorte.
Con donaire conseguía muchas veces dirigir la atención hacia otros derroteros. Así se limaban asperezas y se evitaban discusiones inútiles.
Genio y figura
Podemos considerar a Alfonso, condescendiente; no gustaba imponer su voluntad. Amaba la libertad. Disfrutaba consumiendo largas horas en el campo dedicado a la caza, o simplemente al paseo solitario, acompañado de su espingarda. Esto no le impedía atender a su mujer e hijos; a ellos también dedicaba su tiempo lleno de alegría y paz.
Su virtud familiar más distinguida era la solicitud por todos y por cada uno de los miembros del hogar. Atendía a su esposa con ternura, pero sin muestras externas especiales de cariño. Entraba y salía de casa con mucha frecuencia, para volver con su mujer otras tantas veces y contarle todas sus impresiones o entrevistas. Compartía con ella su vida entera. La madre consagraba el día íntegro al hogar, fuera de tres medias horas de peluquería, misa y rosario.
Solicitud con sus hijos: nos prevenía de los peligros y aconsejaba hasta el detalle nuestro comportamiento en lugares en que nuestra integridad pudiera sufrir menoscabo. El sol, la lluvia, el viento, el agua, los deportes, todo constituía materia de su consejo.
Acusaba siempre su carencia de niñez. ¡Qué emoción le daba escuchar los cuentos por la radio! Disfrutaba igual que un chiquillo. Su humor también aparecía casi siempre envuelto en clima infantil.
En los crepúsculos veraniegos permanecía largos ratos sentado en el alféizar interior del balconcillo. Parecía meditar. ¿En qué pensaría? Tal vez en Dios, en la caducidad de la vida; en su pasada existencia azarosa; en el más allá; en los amigos y conocidos que habían dado ya el paso hacia la eternidad. Y es que su vida se fue transformando en los últimos años. Cada vez más piadoso; más relacionado con Dios. disfrutaba de que su hijo se fuera aproximando hacia el sacerdocio.
No se le oía hablar ahora en tono jocoso del clero. Ni siquiera contaba ya aquellos chistes que nos hacían reír. Comulgaba casi a diario; y admiraba a su hijo que, después del servicio militar, había dado un cambio en su vida religiosa totalmente positivo.
El hermano pequeño trabajaba concienzudamente en su profesión. En los tiempos libres dedicaba horas enteras a la lectura y al estudio de Física y Química, y al revelado de fotografías. En aquel hogar reinaba la alegría serena de una familia en la madurez. El buen humor de mi padre nunca faltó.
Pero en el tono de esta conversación había algo difícil de describir: una mezcla de confianza y ternura; de humor e incluso de alegría. De hecho, todos nos reíamos. También él.
En las vacaciones de verano sudaba mucho, sobre todo a la hora de cenar. Yo me colocaba junto a su silla. Le soplaba en la frente, le acariciaba. Su pelo era ya más blanco que negro; las entradas de las sienes se le iban ensanchando con el paso de los años. Él disfrutaba con estos arrumacos. Pero al rato decía con inmensa complacencia:
Pero yo continuaba un poco más.
De temperamento emotivo y tierno, pero acostumbrado a reprimir sus sentimientos, se contenía. Nunca de tal manera que pudiera aparecer como insensible al dolor y al amor, a la compasión o a cualquier sentimiento humano. Con frecuencia, al hablar de algún tema, al escuchar otro, brotaban lágrimas de sus ojos que él intentaba disimular.
Leyó en su vida mucho. Sobre todo temas de estudio y de cultura. Pero en los últimos años se quedaba dormido nada más coger el libro.
Nunca se quejaba, ni deprimía su alma, ni mostraba aprensión o temor. Sin embargo era muy consciente de que el médico había acertado en el diagnóstico: soplo al corazón en estado terminal. Su vida peligraba en todos los segundos del día. No tenía más remedio que cuidarse. Pero él era amigo del campo y de la libertad pastoril desde sus tiempos de infancia. ¿Cómo iba a abandonar su escopeta de caza, su espingarda como él la llamaba, las nueces del suelo y los racimos de la viña de su amigo?
Tal vez a los nietos les pareciera que su abuelo era un poco gruñón. Pero se trataba de la solicitud con que acogía a cada uno de ellos, junto al cansancio y la enfermedad que le iban minando. Hombre fuerte y decidido supo enfrentarse con serenidad total con aquella dolencia irremediable que nunca le obligó a guardar cama.
A pesar de ser hombre sincero y comunicativo, estoy seguro de que llevó a la tumba el secreto de sus malos ratos. ¿Qué pensaría cuando, en silencio, contemplaba el crepúsculo veraniego, sentado en el alféizar del balconcillo?
GRANDES ACONTECIMIENTOS
Paseaba yo por el Andén, junto al domicilio del doctor Simón Blasco Salas. Se encontraba junto a la puerta de su dispensario. Me llama.
Junio de 1958 llegaba a su fin.
Las azucenas habían florecido.
Ni un mes quedaba para mi primera Misa y la boda del hermano mayor. A mi hermano se le veía feliz. Yo también lo estaba.
Llegaron los días grandes. El 20 de julio mi ordenación sacerdotal, en la parroquia, donde quince años antes había recibido por vez primera la primera Comunión. Alfonso llevó todo con serena alegría. Dos jornadas más tarde celebraba yo mi primera Misa, y el hermano mayor en la misma ceremonia contraía matrimonio. Volteo de campanas, cohetes, órgano y luz, ornamentos de blanco y oro, incienso, vestido nupcial de novia, marcha de Meldhenson. Nuestra madre fue madrina de boda. Y el matrimonio anciano apadrinó la Misa; subieron padre y madre al presbiterio en el momento del lavabo y besamanos. Había llegado el día grande. Alfonso entonó el "Nunc dimittis".
Un día mi padre me ayudó a Misa. Había sido la ilusión de sus últimos años. Lo vi feliz. Me emocionó sobre todo su gran fe: aquel hombre valiente, recio y maduro, arrodillado junto a la Eucaristía, junto al Altar, cerca del hijo a quien engendró.
Entretanto a mí me habían entregado el nombramiento, ecónomo de Arboniés, un pueblecito, distante unos cien kilómetros de Estella. Allí me presenté en septiembre; todavía en las canículas de un largo verano. Necesitaba aderezar la casa parroquial. Se trataba de un inmueble vetusto pero bien conservado. Eran necesarios una mesa de estudio, silla y algunos muebles.
En la plazuela de tierra y marga del villorrio penetró la camioneta. Mis padres venían con el encargo. Alfonso había dejado a su esposa el mejor lugar, junto al conductor. Él se acomodó entre los muebles; de mala forma. Me sentí feliz y dichoso al verlos junto a mí; al recibirlos en el seno de mi primera parroquia. ¡Qué a gusto los hubiese retenido allí conmigo!
Les enseñé todo.
Nuestro padre hablaba a cuantos encontraba, niños y mayores. Para todos tenía palabras de simpatía. Nos invitaron a merendar en casa de la patrona.
Ya el día declinaba. El sol se escondía, y la campana grande del ángelus tañía su plegaria vespertina.
El motor arranca.
Alfonso se asoma a la ventanilla y dice a la gente que rodea la furgoneta:
Estas fueron las últimas palabras que escuché de sus labios; la última vez que pude verlo con vida. Así creo recordarlo.
En una nubecilla de polvo, la furgoneta se fue difuminando.
CON CRISTO REINARÁ
Hombre luchador.
Su última batalla la libró con la muerte. Su corazón estaba seriamente vulnerado. Cayó, mas no fue vencido.
Mañana suave de otoño. Sol limpio; naturaleza vestida de galas y belleza; fiesta de Cristo Rey. Había yo madrugado para distribuir el pan eucarístico entre los fieles. Era la primera vez que predicaba sobre la realeza de Jesús. A mediodía me avisa el compañero y amigo Ciriaco Asín:
Subí en la parte trasera de su motocicleta y nos dirigimos hacia nuestra pequeña ciudad. El día tibio calentaba nuestros cuerpos. Mi corazón se helaba al pensar que a mi padre no podría abrazarlo vivo.
Él yacía con uniforme de servicio de la Guardia Civil; como en sus buenos tiempos militares. Sus sienes fueron por mi acariciadas. Como en las noches veraniegas. La última vez.
Y llegó Don Miguel Sola. El párroco con fama de santo. Y todavía alentaba cuando le dio la santa Unción.
Así, sin causar molestias, como sin darle importancia al asunto, dejó nuestro padre este mundo. Había vivido para cumplir su deber, para amar a los suyos, para defender al débil desde su puesto responsable en la Guardia Civil, para cumplir y hacer cumplir la ley. Su gran fuerza de voluntad y constancia le hizo vencer todas las dificultades.
Murió sin estridencias, sin apenas quejarse fuera del momento atroz final. El día de Cristo Rey entregó su alma al Creador. Con Cristo reinará. Fueron muchos los curas que asistieron a sus entierro y funerales. No en vano su hijo pertenecía al gremio. En su panteón, prestado por la familia Salvatierra, ha descansado hasta que construimos en nuestro, poco después del fallecimiento de su esposa, en el año 1985.
La prensa, "Hoja del lunes", del día siguiente decía así:
"En Estella falleció ayer, y causó su muerte honda pena, el Teniente de la Guardia Civil retirado, caballero mutilado de guerra por la Patria, Don Afanoso Lorenzo García. Todo el vecindario de aquella ciudad mostró su condolencia, así que la triste nueva fue conocida, ya que don Alfonso Lorenzo era estimadísimo y querido por todos cuantos le conocieron, uniendo a sus grandes virtudes una ejemplaridad y una caballerosidad verdaderamente admirables"
"A su esposa, doña Germana Amelibia, a sus hijos y familiares todos, presentamos el testimonio de nuestra condolencia; al mismo tiempo que elevamos nuestras oraciones y las pedimos a nuestros lectores, por el eterno descanso de su alma. E.p.d. Don Alfonso Lorenzo".
Sesenta y cinco años había cumplido. Vida dura y ejemplar la suya para todos sus hijos y nietos. Difícil igualarle en su tesón, empeño y voluntad. Casi imposible superarle. Amaba mucho la vida, mas en cualquier momento estaba dispuesto a entregarla por una causa grande.
Tal vez porque hasta que se casó no tenía familia, apreciaba más que nadie lo que significa un hogar. Por eso quería con tanta ternura a los suyos. Y por eso nadie le era ajeno. No era demasiado explícito en mostrar sus sentimientos. Pero, a través de sus hechos se veía hasta qué punto amaba a aquel reducto que con su fiel esposa había creado. Y resonaba en mi mente aquello que me dijo en cierta ocasión:
Aquí terminaría ya el relato de la vida de nuestro padre, Alfonso Lorenzo García.
Nos dejó.
Ni siquiera llegó a conocer a la mayor parte de sus nietos: Ana Isabel, Ignacio, Belén, Cristina, Marta e Irene, nuestra hija. Ellos han escuchado de sus padres quién era su abuelo; y lo quieren y aprecian sin haberlo conocido. Queda en el epílogo algún capítulo más: los últimos años de su esposa, fiel amante que le sobrevivió veintisiete años.
EPÍLOGO
ELLA VIVIÓ EN EL SILENCIO
El hermano menor, después de la muerte paterna es el único que permaneció en casa con la madre. La acompañó más que ningún otro en aquellos meses. Al fin también hubo de salir, cuando le reclamó el servicio militar. Entonces se pensó en dar solución al problema de soledad de nuestro madre. Parecía que el hermano menor seguiría la vocación el padre, la Guardia Civil. Aquella familia se deshizo en un año.
Germana, nuestra madre y viuda de Alfonso, temía la soledad. Su hijo Josemari, por otra parte, disponía en el pueblo de una amplia casa parroquial. La solución parecía clara y se decidió en familia. El piso antiguo lo ocuparía el recién casado. Él dejaría una habitación para la utilidad de su madre. La casa cural sería desde ahora su nuevo hogar.
Amante de la familia, el deseo de nuestra madre fue siempre conservar cerca de ella a sus hijos, y aunque no lo consiguió por las circunstancias de la vida, sí con mucha frecuencia todos la visitaban, e incluso pasaban alguna temporada con ella, respirando los aires incontaminados de pequeñas aldeas.
Nuestra madre solía decir:
Se acostumbró nuestra madre a vivir en la soledad de la casa cural. Yo le servía de compañía silenciosa, pues siempre estaba ocupado con libros y preparación de temas distintos. Gustábamos del silencio y de la oración. No obstante mi solicitud por ella ha sido continua. No es necesario sentarse alrededor del vídeo para lograr compenetración en la familia. Son distintas las maneras de concebir y enfocar la vida entera unas personas y otras. Yo he optado por ésta y me siento feliz. Nuestra madre también sentíase contenta, pero añoraba la visita de sus hijos. Es natural. Aprovechaba el tiempo con instinto: confeccionar prendas de punto, ganchillo, coser a máquina, limpiar a fondo la casa. Todo menos andar en corrillos con vecinas. Apenas salía de casa, a no ser acompañada de mí. Alguna vez ya iba sola de paseo o a visitar a hijos o familiares.
Con ilusión recibía a todos. Una de sus grandes virtudes era la hospitalidad sentida y apreciada. Creo que por nuestra casa desfilaron y hospedaron no solo hermanos y sobrinos, sino todos los parientes que eran numerosos, amigos y compañeros. Apreciaban a Germana como buena cocinera. Pernoctaron en la abadía curas, frailes, monjas, maestros, mendigos, amigos y conocidos. Se nos caía el alma viendo al atardecer del invierno a algún anciano indigente que aderezaba sus sacos para dormir en el lavadero. Le invitábamos a cenar y después pernoctaba en el salón, pero ninguno quiso deshacer una cama. Preferían el duro suelo al que estaban acostumbrados. El calor de la estufa ya apagada les era suficiente.
En una ocasión, un grupo de tres mendigos pasaron noche en la sala de televisión de Galbarra, en los bajos de la Casa Parroquial. A los tres les servimos sabrosa cena y un vaso grande de vino. Nosotros nos sentíamos satisfechos de hospedar en un lugar confortable a unas personas desafortunadas. Mas el sentir de ellos iba por otros derroteros:
Se percibía en el momento de la siesta invariablemente una sinfonía de vasos, tazas y platos que chocaban, mientras eran regados generosamente por el agua. A mí me producía melancolía aquella labor monótona de todas las tardes dentro del silencio y soledad del pueblo. Nuestra madre jamás se quejó de su quehacer.
Diez años de peregrinar: fijó su morada en Viloria de Navarra; después en Galbarra y por fin en Lorca. Levantar la casa y trasladarse es muy incómodo en la edad muy adulta.
Pero nos aproximábamos a Estella y eso era bueno. Lorca era pueblo cómodo, cercano también a Pamplona.
El hijo menor, se casó con una chica castellana, muy sencilla y atenta.
Y allí acudía los fines de semana mientras estuvo soltero, con la confianza del hijo y del hermano y nos regalaba con su presencia el gozo de su juventud y la esperanza de su futuro matrimonio.
Belén fue su primera hija; muy guapa la chiquilla y alegría para todos. Más tarde vinieron al mundo Cristina y Marta. La primera nos cautivó con su simpatía; la segunda con su mansedumbre, era una niña tranquila y bondadosa.
La abuela ya tenía una pléyade de nietos.
Y DESPUÉS, A VITORIA
En Vitoria vivió quince años nuestra madre. Y allí envejeció. Fue grande su angustia al constatar que perdía movimiento. Hubo de aceptar muchos servicios a su persona. ¡Ella que durante su vida había servido a todos!
No logró asimilar la muerte de su marido.
También añoraba el piso que dejó en Estella.
No consiguió tampoco asimilar mi salida de la clerecía. Se vio entonces un poco en el aire; como sin apoyo, pero nunca le faltó mi ayuda y cariño. Nunca la abandoné. Y de esto era muy consciente.
Contraje matrimonio con María Ángeles Izco Arrarás, chica navarra que terminó aquel año la carrera de Filología Clásica. Trabajé en la ciudad de profesor de básica; ella en enseñanzas medias, explicaba latín, griego, arte y literatura.
Nuestra hija, la última nieta, Irene, muy sensible y delicada, ha hecho las delicias de nuestra madre en los últimos años: bálsamo y paño de lágrimas de ella. No podía ver triste a su abuela. Pasaba ratos consolándola y contándoles chascarrillos para que se distrajera.
Así, poco a poco, fueron consumiéndose sus días hasta la edad muy avanzada. Sus ochenta y siete años los celebró con gozo en la clínica, rodeada de hijos, nietos y sobrinos. Aquel día se encontraba feliz. La bajé a la peluquería.
Pero agosto nunca llegó.
No podía hablar.
No conseguía deglutir los alimentos.
Su pulso de aceleró hasta ciento noventa por minuto.
Recibió la Eucaristía con fe. La santa Unción, consciente. Todos estuvimos junto a ella en la última enfermedad. No pudo resistir más aquel corazón que tanto había latido. Y al día siguiente del Corpus Christi, siete de junio de 1985, en el mes dedicado al Corazón de Jesús, en primer viernes, entregó su alma al Señor.
No pudo articular palabra desde el lunes. Lo último que de ella escuché: "No tengo ganas de hablar. Luego en la capilla, sobre una silla de ruedas, recitó conmigo en balbuceo: "Mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos".
Su vida fue sencilla.
Su fe, grande.
Su labor, humilde.
Día a día atendiendo sus quehaceres domésticos.
Su hospitalidad, generosa.
Tal vez, si hubiera que elegir una virtud característica, sería: la facilidad para perdonar, la total ausencia de rencor. Llegaba a tanto que olvidaba por completo cualquier injuria que en el pasado se le hubiera inferido.
Peregrina en la tierra: Laguardia, Vitoria, Lanciego, Elciego, Irún, Bernedo, Peñacerrada, La Puebla de la Barca, Pobes, Oyón, Llodio, Estella, Viloria, Galbarra, Lorca, Vitoria. ¡Dieciséis lugares de residencia! Descanse ahora en la casa del Padre.
LOS ABUELOS VISTOS POR SU NIETA IRENE
MI ABUELO ALFONSO
Mi abuelo en esos tiempos tenía trece años. Por problemas de familia, desde su más tierna edad hubo de trabajar y vivir lejos de sus padres. Era un niño fuerte y muy maduro a pesar de sus pocos años, pero aún no sabía leer ni escribir. La hija de un pastor le dejó una cartilla y él, con su propio esfuerzo aprendió lo más elemental.
Las tierras de Castilla estaban inundadas por el sol, pero el viento soplaba gélido. Los árboles desnudos, las hojas amarillentas alfombraban el camino. Tibio olor a heno. Todo esto percibía mi abuelo mientras cuidaba el rebaño. Su grácil pecho respiraba alborotado; su boca entreabierta y sus mejillas enrojecidas por el frío reinante. Buscó algo en su remendado zurrón, y por fin en el fondo encontró su adorada cartilla. Comenzó a leer:
"Mamá pata nada por el lago".
Y pensó: yo no voy a ser menos que un pato. Y también sabré nadar.
Ni corto ni perezoso se adentró en el río cercano. Para no resbalar tuvo que asirse con fuerza a las ramas de un arbusto, y poco a poco se fue soltando. Muchas veces había visto nadar a los jabalíes, así que por la orilla empezó a hacer lo mismo que ellos.
De esta forma un niño totalmente desamparado pudo abrirse camino por la vida. Y ¿quién lo hubiera dicho? Aquel muchacho llegó a ser un gran jefe militar y un buen padre. Hacia nadie he sentido tal reverencia.
El viejo retrato colgado en el cuarto de mi abuela deja ver cómo era él a los treinta y cinco años; muchas veces me he quedado allí contemplándolo y diciendo: "Abuelo, te quiero y admiro".
21 de febrero de 1985. Irene Lorenzo Izco. 12 años.
RAÍCES DE MI VIDA,
VOSOTRAS ME HABÉIS DADO LA EXISTENCIA.
CERRAD NUESTRAS HERIDAS,
ABRID NUESTRAS CONCIENCIAS
A UNA AMABLE Y GRATA CONVIVENCIA
FIN DE LA BIOGRAFÍA: ALFONSO LORENZO GARCÍA, TENIENTE DE LA GURDIA CIVIL
EL RECUERDO DE UNA NIÑA
En el 87º cumpleaños de la abuela Germana
Pequeña niña, tímida, delgada, de profundos ojos oscuros como el azabache, en su cara se veía ese gesto que denotaba temor y angustia. Creció como un capullo en primavera. Y sus pétalos se fueron abriendo, cubiertos todavía por el rocío.
A la vista de la gente era una muchacha vivaz y alegre, pero en lo más hondo de su alma existía un lago de dudas y temores que, con la guerra, se fue agrandando. Pero le cupo la suerte de tener un maravilloso marido y unos hijos que le quisieron. ¡Cuántas Navidades pasó! ¡Cuántas horas dulces! ¡Y cuántas amarguras! El tierno capullo comenzó a tornarse blanco. En ese tiempo sus pétalos se desprendían. Los ojos, antes brillantes, aparecían ahora como dos estrellas de azabache, ya con menos luz. Pero bien sé yo que ahora en su alma no hay ya un lago de dudas, sino una antorcha viva de amor a Jesús, a sus hijos, a sus nietos.
Aquella joven planta se ha convertido en roble añoso, en corona de esta familia que la quiere y recuerda. Su blanquísimo pelo adorna una sonrisa de alegría serena. Aunque su cuerpo ha decaído, sus ojos siguen llenos de regocijo.
Y yo le digo: "Abuela, nunca dejes de sonreír, nunca permitas que ese soplo de dulzura se te escape en un suspiro de angustia".
Vitoria, 28 de mayo de 1985. Irene Lorenzo Izco
ANEXO
DATOS BIOGRÁFICOS
Nace Alfonso Lorenzo García el 13 de marzo de 1893 en Madrid.
Nace Germana Amelibia Cadarso el 28 de mayo de 1898 en Laguardia (Álava).
11 de octubre de 1912, soldado de infantería.
1 diciembre 1915, cabo de infantería.
15 octubre 1916, situación de reserva.
1 mayo 1917, guardia segundo de infantería.
1 diciembre 1923, cabo de la Guardia Civil; infantería.
1 diciembre 1934, sargento.
18 agosto 1936, brigada.
13 marzo 1941, alférez.
1 septiembre 1942, teniente.
El 27 de agosto de 1942, marcha a vivir a Estella como alférez, pero le dieron antigüedad de 13 de marzo del 41.
31 de marzo de 1944, a los cincuenta y un años recién cumplidos.
Contrajo matrimonio en la parroquia de Santa María de Laguardia el 11 de febrero de 1918.
Padres de Alfonso Lorenzo García:
Pedro Lorenzo Ruiz, de Vezdemarbán, Zamora. Bárbara García Santa María, de Venialbo, Zamora. Abuelos paternos, José y Manuela, ambos de Vezdemarbán. Maternos, Ildefonso y Jacinta, de Vezdemarbán y Venialbo respectivamente.
Hermanos que recuerdo de Alfonso: Sabina, que tuvo dos hijos; conocí a una, Montserrat. Marcelino, tuvo dos hijos: Rufino, que vive en Vezdemarbán y está casado, y Matías, en Mondragón, también casado. He conocido a los dos.
Cesáreo. También tuvo dos hijos. Conocí a Aquilino. Viven en Arriondas, Asturias.