APARICIÓN DE JESÚS A SAN PEDRO

 

4ª Semana. Día 4º

1ª meditación

 

Esta aparición de Jesús a Pedro no aparece clara en el Evangelio, pero sí en San Pablo I Cor. 15,3-5. Parece que fue poco después de salir del sepulcro al encontrarlo vacío, cuando acudió allí junto con San Juan. Así dice la carta de San Pablo: "Os transmito lo que a mi vez recibí, que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Pedro y luego a los doce". San Pedro, pues, una vez en su casa, admirado y con fe en la Resurrección, recibió la visita de Jesús. Se hizo digno de esta aparición por su gran fe y amor. Y se dispuso para ella con su diligencia de acudir al sepulcro. Pedro, pecador arrepentido, Magdalena, fueron los primeros visitados por el Señor, después de la Resurrección.

Ahora vuelvo la vista a mi interior y le digo a Jesús: confío en Ti, Señor, aunque mi vida no se ha distinguido en nada, sé que me amas. Tú sabes por qué te has fijado en mí. Aquí estoy, Señor. Si voy a recibir tus favores, que sean para tu gloria, para el bien de tu Reino, para que se extienda en cantidad y en calidad. Dame una fe grande al estilo de Pedro. Y aunque mi vida está ya con bastantes achaques, por lo menos que consiga con tu ayuda hacer algo positivo.

San Pedro al recibirte se quedaría avergonzado, acordándose de las negaciones. Se arrojaría a los pies del Señor. Y Jesús le diría: "La paz contigo; no temas".

Yo, Señor, tampoco voy a temer. Si me ayudas, y lo vas a hacer, seguiré adelante. En Ti confío. ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!

 

 

 

APARICIÓN DE JESÚS A LOS ONCE EN GALILEA

 

4ª Semana. Día 4º

2ª meditación

 

Contemplo la escena de la aparición de Jesús a los once Apóstoles que fueron a Galilea Mt. 28,16-20. Veo a los once escuchando con suma reverencia al Señor. Le pido a Jesús que yo también le escuche; que madure en mi corazón sus enseñanzas, mandatos y consejos.

Señor, cumpliste tu promesa cuando les mandaste ir a Galilea por medio de las santas mujeres el día de tu Resurrección. Creo que de aquellos que les dijiste, también me toca algo a mí, como cristiano y como sacerdote. Te adoro, oh Cristo, como lo hicieron los Apóstoles.

Algunos habían dudado hasta entonces. Nos viene bien a nosotros esa duda porque aún nos confirma más en la fe. Ellos, que estaban en su total derecho, exigían la plena certeza de todo; no les bastaba con el testimonio de las mujeres. Es cierto que a casi todos les fue muy eficaz, pero siempre quedan resquicio de duda. Al fin triunfó la verdad. Todos te vieron, Señor. Todos al fin también te adoraron, Dios y hombre verdadero. ¡Resucitaste; bendito seas por siempre, Señor!

Escucho tus palabras: "Se me ha dado toda potestad en el Cielo y en la Tierra. Id por todo el mundo; enseñad a todas las gentes y predicad el Evangelio a toda criatura!. En cuanto hombre alcanzaste toda potestad en el Cielo y en la Tierra, por derecho de redención en tu pasión y muerte. Potestad de predicar el Evangelio; de perdonar los pecados; de permanecer hasta el fin del mundo con nosotros en le Eucaristía. Adoro, Jesús, a Ti que tienes todo poder; de él me diste una parte como cristiano y como sacerdote, a la cual nunca he renunciado, y la seguiré ejerciendo respetando, eso sí, las leyes de la Iglesia. En la otra vida, también por tu gracia y misericordia, nos ofreces la dicha eterna, la visión beatífica que espero obtener. Gracias. ¡Qué bueno eres, Jesús! ¡Sufro que se esté perdiendo tanto! Dadnos, Señor, sacerdotes santos, obispos santos, almas consagradas santas, cristianos comprometidos santos. Envía obreros santos a tu mies. Mira que la crisis de la Iglesia es muy grande. Ya lo decía el santo padre Nieto, pero tenía una gran esperanza. ¡Qué bueno has sido ofreciendo a los hombres tu gran poder!

Y nos diste entonces el Bautismo; la puerta de entrada a la Nueva Ley, que es ley de gracia y de amor. Las tres Personas hacen maravilloso efecto en los cristianos: el Padre nos toma como hijos y herederos del Cielo. Tú, Jesús, nos ofreces tu compañía durante todo el itinerario de nuestra vida en el Eucaristía, eres nuestro amigo y nuestro hermano. El Espíritu Santo nos santifica, es el esposo de nuestra alma y la adorna con virtudes sobrenaturales. ¡Te adoro, Jesús, te agradezco y disfruto y gozo con tu Resurrección. Y además me haces disfrutar aún más dándome participación en tus gozos divinos. ¡Qué será el Cielo! Si yo supiera explicarlo... Dadme gracia para hablarlo con calor. Mira que soy muy torpe; todo depende de Ti. Confío.

Mandaste, Jesús, que nos enseñaran a guardar todo aquello que les dijiste en tu predicación. He de vivir vida digna de cristiano. Dijiste: "Mi yugo es suave y mi carga ligera". Ayúdame a guardar todo y a vivir consciente de que "quien no cree, se condenará". He de fomentar la fe en todos los ambientes que pueda con el ejemplo, con la oración, con mi palabra oral y escrita; de todas las formas posibles. Gracias por los campos que me abres, Señor, en esta última etapa de mi vida. Y que me dé cuenta de que creer implica el asentimiento del entendimiento y el compromiso de la propia vida que se adecue a la verdad, porque, como dice Santiago, "la fe sin obras está muerta en sí misma".

"Y sabed que yo estoy con vosotros hasta la consumación de los siglos". Aquí veo, sí la asistencia a tu Iglesia en la fe, en todo. Y veo también la verdad consoladora de tu presencia en el Sagrario. Siempre contigo en el Sagrario; siempre contigo.

 

 

 

APARICIÓN DE JESÚS ANTES DE SUBIR A LOS CIELOS

4ª Semana. Día 4º

3ª meditación

Me represento el Cenáculo. Es una mañana radiante de luz y colorido primaveral. Escucho las palabras que diría Jesús: Voy a preparar un lugar para vosotros. Marcho al Padre; si me amáis, habéis de estar contentos porque me voy al Padre". "Si no me fuese, no vendría el Consolador".

¡Oh misterio de fe y de amor! Era necesario para recibir el Espíritu Santo que Jesús subiera al Cielo. Renunciar incluso a la presencia sensible de Cristo y entonces os envía al Espíritu Santo. Y Él mismo se queda con nosotros en la Eucaristía. He de desprenderme para gozar de la presencia del Espíritu Santo y de la de Jesús en la Eucaristía.

Desprenderse día a día de adherencias inútiles; desprenderme con gozo. Porque Él ha de ser mi única afición y cada día más, según me vaya desprendiendo. ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor! No les dice que se vayan al desierto, han de estar en la misma ciudad de Jerusalén en unión espiritual y como amigos. ¡Cómo iba a cambiar la vida de los Apóstoles! ¡Cómo ha de cambiar la mía! ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor! Con paz, con paciencia, con desprendimiento, aguardar la venida del Espíritu Santo. Pocos días me quedan para terminar estos Ejercicios, comenzados ya hace casi un mes. Deseo que al final descienda sobre mí tu gracia y amor. La vida desde aquí la veo cada vez más con el sentido cristiano. ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!

Jesús, aquella última entrevista que tuviste con los tuyos no pudo ser triste, aunque sintieran que te fueras a marchar. Era una vida lo que les quedaba por delante. A mí, aunque no sea tan larga como para ellos, algo me queda. Quiero darle a mi vida otro tono; más generoso, más auténtico, más caritativo, menos apegado a las cosas el mundo. Me vas a ayudar y además: ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor! Con la ayuda de Él, conseguiré mucho.

Virgen María, seguro que estuviste allí en aquellos momentos. Con tu sencillez, con tu silencio para que entre ellos hablaran, allí estarías ayudando al recogimientos interior de todos, haciéndoles servicios de cocina, alentándoles en el Espíritu. Ven en mi ayuda pide al Jesús conmigo y al mismo Espíritu Santo: ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!

Padre celestial, dueño de todo bien. Concede a mi alma un cambio más radical. Será tal vez cuestión de matices, pero que sea más radical, más total. Ayúdame a cambiar a mejor. Y envía tu Espíritu. ¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor! Amén.

 

 

 

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

4ª Semana. Día 4º

4ª meditación

 

Mirar a Jesús mientras sube al monte Olivete con sus discípulos, para de allí elevarse al cielo. El día está espléndido. En el camino les ha ido dando los últimos consejos. Te pido, Señor, en esta oración estar siempre contigo aspirando las cosas de arriba y alegrarme porque vas al Padre, después de haber cumplido tu misión en la Tierra.

Ya han llegado a la cumbre. Se va despidiendo Jesús de cada uno. ¿Qué le diría a la Virgen María? Pensarlo ahora. Ella besaba las manos con sus llagas gloriosas. Ella se encuentra muy serena, aunque sabe que todavía no puede ir con su Hijo a la Gloria. Virgen María, ayúdame a vivir muy alegre este misterio de la Ascensión del Señor. Ya ha cumplido su misión. Deseo acompañarte con amor en este paso glorioso.

Jesús levanta sus manos para bendecirles. Diría una oración que podía ser: "Guarda, Padre, y ampara a éstos que me diste. Vosotros fuisteis testigos de mi vida.! ¡Dadme también a mí, Señor, vuestra bendición; te lo suplico para que estos Ejercicios calen hasta el fondo de mi alma, de manera que siempre influyan hasta el fin de mis días.

Y comienza Cristo a elevarse por su propia virtud. Yo deseo, Señor, al contemplarte, que aunque mis pies permanezcan en el suelo, mi corazón esté siempre contigo en el Cielo. Ayúdame porque se me olvida fácilmente. Deseo seguirte, me gozo contigo, Señor, porque has cumplido tu misión. Contigo van los justo a quienes rescataste del limbo. Aunque me gozo contigo, no puedo evitar esa añoranza porque deseo verte, Señor.

Una nube tapó tu figura, Señor. Ya nadie te vio más, aunque tus discípulos quedaron mirando y mirando. Que en mi vida no tape una nube tu presencia mística, ni la real del Sagrario. Quiero estar siempre contigo y a todas las horas. Que nada ni nadie se interponga entre nosotros, haciendo que pierda tu vista espiritual. Quiero seguir mirando toda mi vida a las alturas, aunque sepa que no te voy a ver hasta que llegue el día de la eternidad. Siempre orar. Pero ayúdame a poner empeño en la oración; no solo a que dedique unas horas al día de una manera material.

Que mi conversación y mi mente esté siempre en el Cielo; pero que pise la realidad presente. Ayúdame a ser de verdad amigo tuyo. Subir contigo, Señor, y con todas tus criaturas, pues en ti vivimos, nos movemos y existimos. Sea mi ascensión una subida al Padre y un retorno con el mundo.

Fue conveniente, Señor, tu pasión, ahora es triunfo tuyo; las almas pueden salvarse. Dame fuerza para saber sufrir mientras estoy en este mundo. Quiero ser testigo tuyo, Señor, como fueron los Apóstoles. Dame tu ayuda y revísteme con la virtud de lo alto. Sé desde el Cielo nuestro intercesor con el Padre.