ALEGRÍA POR EL GOZO DE CRISTO RESUCITADO
4ª Semana. Día 2º
1ª meditación
Necesito, Señor, ojos nuevos para contemplarte, oídos nuevos para escuchar tu voz. No te reconocían los tuyos sin por los signos. Tu cuerpo era el mismo, pero algo irradiaba distinto de lo normal. Necesito para gozar en tu Resurrección, un corazón nuevo y más capaz. Se acabaron para Ti los dolores; ya no hay clavos que horaden tus santas manos. Todo va a ser para Ti bienestar y fruición; quiero disfrutar, Jesús, viéndote feliz. Dame algo para comprender mejor, Señor, tu felicidad: para entender algo de la anchura, largura y profundidad de tu dicha; algo para entender tu gozo en la visión beatífica en plena Trinidad. Por algo decía San Pablo que "ni ojo vio, ni oído oyó, ni cabe en entendimiento humano comprender". Deseo olvidarme de mí mismo, de mis intereses humanos, y centrar del todo en Ti mi atención, porque estoy muy unido a Ti.
Gozo grande el tuyo, Señor, por la conciencia del deber cumplido, hasta apurar la última gota del cáliz de la pasión. Contemplas tu vida como un canto de alabanza al Padre; una obra perfecta de Redención; tu obra maestra que se ha quedado para siempre en la Eucaristía. Ayúdame a disfrutar en este amor total y purísimo a Ti y del todo desinteresado.
La divinidad se manifiesta en Ti, Jesús resucitado: ante todo, ante todo en el mismo hecho de la Resurrección, solo Dios tiene poder para unir de nuevo sustancialmente el alma con el cuerpo. Te has resucitado a Ti mismo: eres Dios. Eres ya en el cuerpo incorruptible, inmortal y dotado de sutileza y agilidad plena. Tu alma es un mar sin fondo de gracia que se derrama por todo tu ser hasta nosotros. Pronto fuiste a consolar a los tuyos, te dejaste ver y palpar de ellos. Todo es en Ti santidad; tu ser y tu obrar; los efectos de tu presencia y los fines.
Aquí estoy, Jesús, para amarte, para adorarte, para estar contigo.
APARICIÓN A LA SANTISIMA VIRGEN
4ª Semana. Día 2º
2ª meditación
La Virgen María dentro de la pasión tuvo que vislumbrar la Resurrección de Jesús. Ella sabía que era el Hijo de Dios y que no podía quedar todo así. Por otra parte, probablemente habría oído la promesa de Jesús. Seguro que algo intuía. ¿Cuándo se le apareció ella? ¿Antes que a María Magdalena? Parece lógico afirmarlo; era su Madre. Pero el Evangelio nada nos dice.
Contemplo la escena mientras la intento describir: se le presenta en su misma casa, mientras ella estaba aguantando en oración el recuerdo de la pasión. Se le presenta Jesús en su estancia. Una luz suave llena el recinto, sin deslumbrarla. Ve a su Hijo lleno de gozo. La Virgen María no tiene duda: es Él. Ve las llagas de los clavos luminosas; entrevé la llaga del costado y abraza a su Hijo, y le adora como Dios. Y la dicha del Hijo pasa a la madre y permanecen juntos, abrazados, envueltos en la felicidad del Cielo que "ni ojo vio, ni oído oyó, ni cabe en entendimiento humano comprender".
Y le digo yo ahora con fervor a María: concédeme un amor purísimo a tu Hijo, de suerte que, olvidado de mí mismo, me sienta feliz porque es Él feliz y lo eres Tú también. Que me alegre más que por mis mayores éxitos y mis mayores alegrías de esta vida, porque Jesús es mi salvador, mi Dios y mi único bien. Y tú eres su madre y mía.
Miro cómo Cristo consuela a su madre con gratitud, con estima, con la piedad más grande del mejor hijo.
Te felicito, Virgen María, por esa alegría sin ara que ya desde entonces gozas y para siempre. Y escucho las posibles palabras de Jesús: "Pasó el dolor, Madre, disfruta ahora del gozo que nos inunda. Ya está realizada la redención del mundo. He trasladado ya a todos los santos al Cielo. José, tu esposo y mi padre adoptivo, ha sido el primero. Ahora voy a permanecer cuarenta días entre todos antes de subir al Cielo. Os consolaré y alentaré y pondré en marcha mi Iglesia. Y Tú, María, serás la Madre de la Iglesia, de todos los cristianos; Tú eres la llena de gracia, la Reina y Madre de misericordia.
Virgen María, te digo con gran confianza: "Bajo tu amparo me refugio, santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas, sino líbranos siempre de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita".
"Alégrate, Virgen María, aleluya, porque quien mereciste llevar en tu seno, aleluya, resucitó, según lo había dicho, aleluya. Ruega por nosotros a Dios, aleluya. Alégrate y gózate, Virgen María, aleluya, porque verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya.
Que por la gloriosa cruz y pasión del Señor, seamos llevados a la gloria de la Resurrección, por Cristo nuestro Señor. Amén.
APARICIÓN A LOS DOS DE EMAÚS
4ª Semana. Día 2º
3ª meditación
Leo despacio el texto de Evangelio (Lc. 24,13-35). Me pongo como siempre en la presencia de Dios y hago la oración preparatoria acostumbrada. Composición de lugar: ver un camino largo, con los de parcelaria de ahora. Avanza ya la mañana tibia de primavera. Dos discípulos de Jesús, Cleofás y otro marchan hacia el pueblo de Emaús distante como treces kms. Iban cabizbajos, tristones. Por detrás se les acerca Jesús, pero ellos no lo conocen y caminan juntos sin reconocerlo hasta última hora. Escucho las palabras que se dicen en el Evangelio.
Estaban tristes aquellos dos hombres jóvenes, y desalentados. Tanto que quisieron poner tierra por medio y alejarse del grupo. No reconocieron al caminante que les acompañaba, pero les gustaba escuchar lo bien que interpretaba las Escrituras, tanto que esto les fue ayudando a entrar en esperanza; se fueron encontrando como más fuertes.
Dadme, Señor, al contemplar tu Resurrección, la gran esperanza; la alegría que diste a los dos de Emaús, la paz interior. Enséñame a gozar en tu Resurrección, a gozar precisamente porque has triunfado de la muerte, por tu gran poder, por tu gran gloria.
Comprendo a aquella pareja de "fugitivos"; los veo muy normales cuando se fracasa en una empresa; huir. Se separan del grupo. Viene este deseo cuando va mal la cosa. Pero, Señor, ayúdame a no tomar estas determinaciones nunca, ayúdame a no dejarme llevar de la tristeza y desilusión. Ven antes en mi ayuda, como fuiste en ayuda de estos amigos tuyos. Yo deseo siempre seguir caminando contigo. Que si me encuentro sin ánimos, llegues Tú, como en aquella fuga de tus dos amigos, y me guíes hacia el bien. Me has acompañado durante toda mi vida, que no me extravíe en la última etapa. Aliméntame como a Cleofás y al otro con tu Palabra y con la Eucaristía. He de darme cuenta de que tengo más suerte que ellos, pues estás muy cerca de mí siempre en la Comunión y en el Sagrario. Iré todos los días, pero si estoy triste, con mayor motivo. "¿Está afligido algunos de vosotros, ore?" (Sant. 5,13) Sí, acudiré a ti en todo momento, pero más, si cabe, en los ratos de tedio, tristeza, desilusión. Sé que me darás ánimo como a los de Emaús.
Señor, tuviste compasión con estos dos disidentes; eran como ovejas descarriadas. Te pido con todo el corazón tengas también compasión de mí para que nunca me separe de la Iglesia. Que vuelva, Señor, pronto a tu rebaño. Te pido ahora de una manera especial por mis familiares, amigos, conocidos, que tengan peligros de alejarse o están ya alejados, sal a su encuentro.
Y que en los momentos duros nunca me aparte de Ti. Siempre contigo. Cura de raíz como lo hiciste con ellos la llaga de mi infidelidad o de mi abandono. Así lo espero de tu bondad.
Entono para Ti con renovado fervor lo que tantas veces he cantado como motivo eucarístico: "Quédate con nosotros porque ya es tarde, y ya ha declinado el día" (29)
APARICIÓN DE JESÚS EN TIBERÍADES. PRIMADO DE PEDRO
4ª Semana. Día 2º
4ª meditación
Me encuentro en espíritu junto al lago de Tiberíades. Están allí siete de tus discípulos, Jesús, y marchan a pescar; durante toda la noche, nada obtuvieron, Jesús al amanecer estaba aguardándoles a la orilla del lago.. Cristo les pregunta: ¿Tenéis algo que comer? Ellos le responden: no. Mientras salían en unas brasas puso a asar un pez. Y antes les dice: echad la red al lado derecho de la barca. Obedecieron. S. Juan lo reconoce y les dice: Es el Señor. Pedro entonces se echó al mar. Los demás discípulos arrastraron hasta la orilla aquella pesca milagrosa. Todos comieron a la orilla del lago llenos de calor y amistad. Pero ninguno le preguntaba nada a Jesús.
Me gusta, Señor, contemplar la armonía de este cuadro. Todo inspira bonanza y buen entendimiento. Todos colaboran, a pesar de que no salían bien las cosas. Quiero con tu ayuda, oh buen Jesús, aprender a colaborar. No ser nudo de discordia. Ayúdame. Enséñame la lección para que siempre sea bueno y elemento de concordia.
Aprecio también en estos hombres la docilidad y confianza hacia todo cuanto Jesús les manda. También te pido esa docilidad, Señor, para todo cuanto se refiere a tus sugerencias, gracias e inspiraciones. Saber obedecerte una y mil veces sin desanimarme. La oración se me hace difícil, incluso me considero el eterno principiante, a pesar de que le dedico tiempo. Pero jamás la dejaré, con tu ayuda. Confío en que algún día llegue esa pesca milagrosa por haberte obedecido. Entretanto, te lo digo con paz, nada merezco. Tan solo he hecho dar guerra en mi vida, como de pequeño. Pero en tu nombre, volveré a echar las redes.
Y en este ambiente lleno de sencillez y amistad, a las orillas de un lago, después de comer, nos dise la ase de la Iglesia, los cimientos, el primer jefe en la persona de Pedro. Antes querías saber si te amaba más que los otros. Y se lo preguntaste tres veces, tuvo pena al recibir la tercera pregunta, pues recordaba que tres veces te había negado, y respondió: "Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo".
También yo, Jesús, ahora que me has invitado en el otoño de mi vida a este mes de Ejercicios, Tú sabes por qué - con gran emoción te digo desde este rincón más oculto que aquel lago: "Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te amo". Ni yo sé por qué he venido. Tú sí lo sabes. Pero cuenta conmigo para lo que quieras. Tal vez todavía no haya escrito la página más bella de mi Historia; tal vez es que quieras llamarme pronto hacia Ti. Yo no sé por qué me has llamado a Ejercicios. Solo sé que quiero servirte de cerca, como el día de mi conversión. Te he dicho que quiero juzgar las cosas de este mundo como basura, con tal de ganarte. Te he dicho que deseo permanecer bajo tu bandera. Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo. Confío del todo en Ti. Aunque mi oración haya sido siempre de principiante, en tu nombre volveré a echar las redes. Con total sumisión; ahí estoy junto a Ti. Tú cambiarás mi corazón. Dame, sí, tu paz y tu gozo de la Resurrección.
Me das deseos de servirte y son constantes. Hago mil intentos para ello. De eso sí estoy seguro. Mi vida hace ya años tiene esa trayectoria. Pero para ser de verdad útil en tu Reino te amo demasiado poco; pero Tú sabes que te amo. Abre más mi corazón que es muy pequeño. Transfórmalo, Señor. Yo quiero decirte ahora con San Pablo, "Quién me separará de la caridad de Cristo? (Rom. 8,35) Este amor que Tú me tienes; este amor que has derramado en nuestros corazones, dará densidad a mi vida. Gracias.