LA FLAGELACIÓN
3ª Semana. Día 4º
1ª meditación
También me siento junto a Jesús, como tocándole, muy cerca de Él. Veo el sótano donde colocaron a Jesús para azotarlo, oigo el eco, veo la columna pequeña donde ataron al Señor, Jesús se encuentra extenuado, humillado, medio muerto por el dolor. Los azotes son como un mango con tres correas, en el extremo una bolas de hierro o de hueso de unos tres centímetros, más delgadas por el centro. Magullan la carne y acaban por romper la piel y meterse dentro de los músculos. El dolor es horrible. Jesús no puede más y se oyen sus alaridos. ¿Cómo puede ser esto, Señor?
Pido al Padre por medio de la Virgen María dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas y pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí. Concédeme esta gracia, Señor, por medio de tu Madre.
Miro, Jesús, con horror aquellos instrumentos de tortura. Rompían tu piel, penetraban tu carne, si te hubiesen "perdonado" la vida después de este suplicio, hubieras muerto de dolor. Y esto lo padeces, Jesús, por salvarnos; voluntariamente. Así lo sabías por ser Dios y hombre verdadero. ¡Qué misterio! Y no haces un milagro para paralizar a los verdugos y llenar de vergüenza y pavor a quienes te llevaron allí. Aguantas. Deseo, Señor, sufrir contigo ahora; pero no tengo valor. Al menos, lo que dispongas en mi vida quiero sufrirlo unido al suplicio de tu flagelación. Quiero estar junto a Ti sufriendo. Dame valor, dame fortaleza. Luego dispón de mi vida, tuyo soy para Ti nací. Tú también tenías miedo al dolor y lo sufriste.
Cristo, padeces por mí; y por todos los hombres. Quiero confortarte de alguna manera. Recibe desde aquí, desde ahora, mi adoración, mi reconocimiento, mi compasión, mi deseo de ayuda. Yo te pido un dolor en mi alma tan fuerte que llegue a llorar de tanto verte padecer. "Por vuestra pasión sagrada, oh divino Redentor, perdonad al alma apenada de este pobre pecador".
Y sigo escuchando los golpes del látigo y el eco de tu gemido. Es horrible. ¿Qué puedo hacer por Ti, mi Dios? Contemplo tu rostro con manchas de sangre, sin fuerza ya por el dolor. ¡Jesús! Y eres Dios, y la Bondad misma. ¿Cómo puede ser esto? ¿Qué concepto tenemos aquí de la autoridad y de la divinidad? ¿Cómo nos has amado, Señor, hasta este extremo? ¿Cómo decimos que creemos y luego nos portamos así? ¡Qué cara tengo! Y no me excuso ni me refugio en el anonimato al no ser yo el único, al ser tantos y tantos con un rostro como el cemento... Señor, que esta fe me lleve a amarte, a compadecerte, a buscarte crucificado. ¿La resurrección? Después de la cruz.
Y Tú eres, Señor, el ser más allegado a mí; más que mis padres, que mi esposa y mi hija. Más que todos juntos. Siento de verdad tus dolores, siento tu flagelación. ¿Por qué te lo hicieron? ¿Cómo el Padre Celestial te dejó? ¡A su Hijo muy amado! No entiendo nada. Lo único que deduzco es que los criterios humanos nada tienen que ver con los divinos. Que no nunca un hombre podrá saber conjugar justicia con misericordia infinitas. Cómo se pueden compaginar. Mejor será creer y confiar en Ti, Padre, y adorar tu divinidad. Me da miedo ver cómo muchos sacerdotes dan juicios tan risueños de presentar un Dios "bonachón", sin conjugar la misericordia con la justicia. Prefiero, Señor, abandonarme, sí, en tu misericordia. Pero hacer lo que pueda en mi vida para no volver al pecado. Que el pecado es muy malo; que te azotó, te hirió, te hizo morir. Sufriste, Señor, para merecerme gracia; para enseñarme a sufrir cuando llega la tentación; no para que yo sea un aprovechado y haga lo que se me antoje y después, al Cielo, porque Dios es muy bueno. Eso es tener mucha cara. Quiero, Jesús, estar contigo en tus azotes, ser tuyo, y prometerte que no voy a ser un aprovechado.
Coloquio con Jesús: Todo esto padeciste por mis pecados...
Coloquio con la Virgen María: Señora, qué tormento el tuyo, Madre Dolorosa...
Coloquio con el Padre: Te adoro en el misterio de la Redención, en tu silencio...
JESÚS CORONADO DE ESPINAS
3ª Semana. Día 4º
2ª meditación
Me pongo, Jesús, en tu presencia. Ahora tus ojos me ven gloriosos en el Cielo. Pero cuánto te ha costado esto. Quiero mirarte coronado de espinas, aunque tenga que sufrir. ¡Más sufriste Tú! Te miro aunque mis ojos quieran mirar a otra parte porque me causa espanto, angustia, tristeza, temor, impotencia y rabia al mismo tiempo. ¡Señor, Señor!
Te han colocado una burla de corona cruel, entretejida de juncos y espinas largas y duras, muy punzantes que penetraban hasta el hueso del cráneo. Pero ¿qué es esto? Te visten con una tela roja vieja y te la ponen a modo de manto real, y para cetro un trozo de caña. ¡Hasta dónde puede llegar la crueldad humana! ¡Qué dolor cada una de las punzadas! Pido ahora al Padre por medio de la Virgen María dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas y pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí. Concédeme esta gracia, Señor, por medio de tu Madre.
Padeces dolor profundo en cada punzada, Señor. Tanto dolor se te hace insoportable. Cuando te zarandean, se clavan más las espinas. Y todo esto después de la flagelación. La sangre mana y corre en hilos finos hasta nublarte los ojos; estás en cada momento a punto de desmayar a causa del dolor. Crueldad de la raza humana. Efecto del pecado original, pero también de los pecados personales. ¡Dolor con Cristo doloroso!
Inmenso amor de Cristo, inmenso amor de la Santísima Trinidad que decidió enviar a su segunda persona al mundo. Inmensa maldad del hombre que con su pecado produce estos efectos. Y llevaba aquella corona de espinas con más voluntad y amor que todos los Reyes del mundo las suyas de oro y brillantes.
Mucho te debo por cuanto por mí padeciste, Jesús. Si pudiera yo tener un amor insaciable a Ti; un deseo constante de imitarte en tu espíritu de entrega y sacrificio... Ser un poco al estilo de Javier que recorrió en su corta vida aquellos parajes de misión, descalzo incluso entre la nieve y ni notaba el frío. Tal era su fuego de amor que llevaba en el corazón.
Señor, ¿cómo ha sido posible el descenso de estos años en el amor divino? Eres el mismo de antes. ¿Es que ya no se medita en la pasión y se ha dejado como elemento de folclore religioso para las procesiones?
Me represento con viveza la escena de la coronación de espinas. Como si estuviera presente veo tu rostro ensangrentado, Jesús, hijo de David. Y eres la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. "Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónale, Señor". Y Tú eres nuestro Dios y Maestro que te hiciste hombre para redimirnos. Que podías habernos redimido de mil maneras y aceptaste esta, coaccionado por la maldad de los hombres libres, respetando aun en esto la libertad humana. Misterio de fe. Misterio de amor divino. Misterio de la maldad humana que se inclina a la crueldad, a la violencia, a la perfidia.
Eres más despreciado de todos, Jesús; el más abatido, el más injuriado. Llagado por nuestras maldades, triturado por nuestros delitos. Tomaste sobre Ti nuestros pecados. Tu divinidad se ocultó. Cuánto sufriste, Jesús.
Coloquio con Jesús: Todo esto padeciste por mis pecados...
Coloquio con la Virgen María: Señora, qué tormento el tuyo, Madre Dolorosa...
Coloquio con el Padre: Te adoro en el misterio de la Redención, en tu silencio...
JESÚS CON LA CRUZ A CUESTAS
3ª Semana. Día 4º
3ª meditación
Acompaño a Jesús en la vía dolorosa. Estoy con Él; muy cerca de él. Hasta le oigo respirar jadeante. Oída la sentencia de muerte, le llevan pronto la cruz y hacen que la tome en sus hombros camino del calvario. La senda es larga y pedregosa, las fuerzas de Cristo están al límite. Y no tiene más remedio que el esfuerzo, porque detrás están los sayones con el látigo. ¡Peor que a un perro maltratado! Jesús, estás todo llagado; has perdido mucha sangre, ¿de dónde sacar fuerzas?
Pido ahora al Padre por medio de la Virgen María dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas y pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí. Concédeme esta gracia, Señor, por medio de tu Madre. Con paz, Jesús, quiero sentir contigo la hondura de tu dolor. Padeces, Señor, dolor muy acerbo en todas las llagas que vuelven a sangrar al soportar el madero. Sufres fatiga interna; ni puedes apenas dar un paso y caes y vuelves a caer. Solamente el ánimo de llevar a cabo la obra de salvación te da fuerzas para seguir adelante. Oh fuego inmenso de la caridad, amor infinito de Dios al género humano. ¿Cómo podré yo compadecerte, Señor? Es que quisiera ser un santo total, pero me escudo en mi debilidad para rehusar la cruz. Tú en cambio sigues con tu cruz. Tal vez sea por mi parte de mucha cara el pedirte a Ti fuerza en estos momento para llevar la cruz, para ser santo. ¿Qué haré? Es que sin tu ayuda no soy nada ni nadie; y con tu ayuda, poco a poco voy cayendo también en la desidia. Hazme cambiar, Señor, y dame ese empuje de tus santos valientes que todo lo soportaban para ayudarte a llevar la cruz. Deseos tengo, ayúdame.
Se esconde tu divinidad en el camino del calvario. Y sufre a tope tu sagrada humanidad. Ni siquiera repercute un poco del gozo celestial en tu sensibilidad, nada. Todo tinieblas, todo perdido, abandonado de todo y de todos, incluso del Padre. ¡Bendito seas Jesús que tu voluntad humana superó tan difícil prueba. Y no podía ser de otros modo. Pero el dolor no te lo quitó nadie. Yo me lleno de pena interna por tu dolor, Jesús.
No sé cómo puede ser este misterio. Y es un gran misterio toda tu pasión y muerte. Mis pecados y los del mundo entero son el peso de la cruz. Me puedo considerar verdugo, o verdugo solidario al haber pecado no solo del original, sino también pecados personales. He de reaccionar, Jesús. No me fío de mí mismo, pero con tu ayuda, sí podré. Y que en la cruz, oh Señor, te halle a Ti. No te pido ser desgraciado; todos queremos ser felices. Yo también, pero que mi felicidad la encuentre en el camino de la cruz. Que sepa aprovechar las humillaciones, los sufrimientos que me envías.
Y saber defenderte, Señor, ahora, pues entonces ya no es posible. Salir siempre por los derechos de Dios, hoy tan olvidados. Ayúdame, en tus manos estoy.
Coloquio con Jesús: Todo esto padeciste por mis pecados...
Coloquio con la Virgen María: Señora, qué tormento el tuyo, Madre Dolorosa...
Coloquio con el Padre: Te adoro en el misterio de la Redención, en tu silencio...
TERCERA MANERA DE HUMILDAD (2ª parte)
3ª Semana. Día 4º
4ª meditación
Recordar en qué consiste la tercera manera o tercer grado de humildad:
"Es cuando siendo igual alabanza y gloria de la Divina Majestad, por imitar y parecerme más actualmente a Cristo Nuestro Señor, quiero y elijo más pobreza con Cristo pobre que riqueza; oprobios, con Cristo lleno de ellos, que honores; y deseo más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo, siendo igual alabanza y gloria de la Divina Majestad".
En una palabra, seguir los caminos de Cristo en este mundo. El Verbo de Dios descendió del Cielo y se hizo hombre; nació de una madre virgen en un establo; pasó su vida trabajando en un rudo taller de carpintero; los últimos tres años de vida predicando la Buena Nueva con amor, entrega, sanando enfermos. Murió en una cruz después de sufrir una pasión cruel. Lo miro así a Jesús y le digo por el gran amor que le tengo y me inspira: ¿Cómo puedo vivir yo en honras y placeres, viéndoos a Vos tan deshonrado? Sufres con amor el perder hasta la vida por mí, y ¿voy a estar yo a la caza de placeres? Infúndeme, Jesús, tu gracia para que sepa sufrir muy unido a Ti. No es que vaya a buscar directamente el sufrimiento, pero lo elegiré a menudo como entrenamiento por tu amor, con tu gracia. Ir a lo más costoso y no a lo más placentero. Ese es mi deseo, pero en cada caso necesito de tu ayuda, Jesús.
¿Por qué todo esto? Dios Padre tiene todas sus complacencias en su Hijo y nos lo da por modelo y Maestro de vida eterna. .Él es nuestro Redentor, y nos ha de acompañar a lo largo de la vida en la Eucaristía. Ahora bien, el amor tiende más y más a igualar a los amantes; por eso, Señor, cada vez quiero ser más parecido a Ti. Y elegiré las cosas que más me asemejen a Ti, aunque sea lícita y buena la contraria. Elegir humildad, bondad, sacrifico, cariño y caridad. Y como mi naturaleza tiende al placer, he de procurar ir a lo desagradable contando siempre con tu ayuda.
Me he de dejar asimilar a Ti en esas fusión de enamorados. Por otra parte la locura de la cruz es el distintivo de las almas santas. Ayúdame, Señor, a abrazarme a la cruz, ante todo para volver a ser más abierto, que actualmente, y a raíz de mi mutismo por las cuerdas vocales me he cerrado más y más y puedo algo más. Ser un poco más atento con vecinos y conocidos. Me encontraba muy a gusto tan cerrado, pero creo que así no puede ser. Hacerlo como penitencia, para parecerme más a Jesucristo. Creo que éste puede ser el primer paso. Porque dejarme llevar de lo que se ha convertido en mí un temperamento añadido al mío, creo que debe ser superado por un fiel amigo de Jesús. Me parece mentira que ahora me cueste el trato con la gente con lo que he disfrutado. No es que vaya a disiparme, pero sí enderezar un poco. Y creo que con esta meditación empieza a abrirse un poco el libro de los siete sellos. Y es que el sacrifico ha de ser ante todo en beneficio del prójimo. Hacer algo bueno y ser bueno y amable. Algo tan elemental como esto.
Como los mundanos buscan la fama y el placer, así quien ama al Señor ha de buscar el amor, la entrega y el hacer el bien. Si es con sacrificio, mejor, así me parezco más a quien me robó el corazón desde mi juventud.
Alegrarme cuando me llegue la humillación; y no solo perdonar al injuriante, sino tratarlo con corazón agradecido y quererlo, porque es hermano y me ha ayudado a parecerme más al Señor. Pero que sea cariño verdadero, no fingido. No un cariño de: te perdono porque soy cristiano, pero, mejor lejos de Ti. Tenerlo por verdadero amigo.
El celo apostólico requiere espíritus templados en la tercera manera de humildad; y así tiene que ser en mí que amo al Señor. Me encanta todo esto, pero para ello has de acudir en mi ayuda, Jesús. Porque yo tiendo a lo fácil y si produce pacer, mejor. Y esto no puede ser. He di vivir del todo vuelto a Ti y a mis hermanos los hombres. Ayúdame, como aquel primer año de mi conversión, a los 15 años, que fui tan bueno que creo que nunca he sido mejor. Ayúdame.
¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío! Que me dé cuenta de que Dios Padre me ha creado para que sea santo; Dios Hijo me ha redimido para que yo sea Santo. El Espíritu Santo habita en mí para que yo sea santo. No moriré sin ser santo. Y para eso afianzarme más y más en este tercer grado de humildad tan deseado por mí.