LA ORACIÓN DEL HUERTO
3ª Semana. Día 3º
1ª meditación
Terminada la cena, Cristo Nuestro Señor descendió con once de sus discípulos el torrente Cedrón y, dejando a ocho en la entrada del Huerto de los Olivos, se internó con tres de ellos para hacer oración. Pronto quedaron dormidos todos y Jesús se sintió solo, lleno de angustia, y se puso a hacer oración. En aquellos momentos la angustia inundó su alma; sabía qué le iba a ocurrir al día siguiente. Y oraba sin cesar al Padre repitiendo la misma oración: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Contemplo aquella escena, alumbrada por la luz de la luna llena. Señor, te pido dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrima y pena interna al ver cómo padeciste por nuestro amor. Cala en mí ese dolor que se siente cuando se ve a un reo en capilla. Ese fue tu inmenso dolor. Pero que lo vea como lo que eres, más que un padre o una madre o un hijo... Quiero estar contigo sufriendo en esta oración del Huerto.
Jesús, tuviste más que miedo, pavor por la justicia divina sobre el pecado. Estabas como hecho pecado; habías asumido los pecados del mundo. Veías qué te iba a suceder al día siguiente. Veías la traición de Judas, la condena a muerte. Tenía tedio de vivir, y habías de vivir. Un poco ya sé qué es eso, después de haber sufrido cuanto operaciones quirúrgicas; sé qué es la noche anterior, cuando se acerca la mañana. Y esto me ha tocado a mí, envuelto en cariño familiar, con cuidados exquisitos para eliminarme todos los dolores posibles. Haz que sienta un poco de la angustia tuya, de tu dolor en esa Oración de Getsemaní. Haz que llore con tu dolor. Estás, Jesús, reo en capilla. Con tristeza amarguísima te vendría el pensamiento de tu madre y el disgusto terrible que se iba a llevar. Entraste en agonía. Estos sentimientos alcanzaron en Ti una intensidad terrible. ¡Triste está mi alma hasta la muerte! Y seguían oleadas cada vez más fuertes. Tedio y pavor en aumento. Y todo por amor, pero el amor no te calmaba el dolor, más bien lo aumentaba al ver tanta infidelidad; la mía, la de tantos amigos tuyos.
¡Haz que sienta la fuerza del dolor tuyo, haz que yo llore contigo! No es grata a mi sensibilidad esta oración, pero sé que he de hacerla con amor, porque en algo sirvió a Jesús y me servirá para ser yo mejor y ayudarle en la obra de salvación. Dicen, Jesús, que estos sentimientos nuestros de amor y solidaridad contigo te fueron beneficiosos en aquellos momentos y fueron causa de consuelo al ver la fe en nosotros, al ver el amor a Dios y el celo que tenemos por tu Reino. Más alivio será aún si, junto a esto, fomento mi amor al prójimo, a los que sufren ahora tantas calamidades, los de cerca ante todo; los de lejos también. Tengo que saber ser generoso. Dar dinero, huir de la venganza, perdonar las injurias, no dejarme llevar de antipatías, aguantarme las faenas y las cosas feas de otros sin criticar. Haz en mí, Señor, un corazón bueno.
Hago presente este misterio como si se realizara aquí. ¡No hay derecho a hacerte sufrir! Tú solo eres bueno y santo y lleno de amor. Y te sientes abandonada y triste y en agonía de dolor. Y eres más que mi padre y mi hermano y mi hijo. Eres mi Creador y Salvador. Me arrepiento más y más de mis pecados que te hacen sufrir tanto. ¿Qué debo hacer yo por Cristo? Abrarzarme a tu amor, a tu abnegación; sufrir contigo; ofrecerte mis sufrimientos y mis buenas obras a favor de los necesitados.
Jesús, en tu tribulación te lanzaste a orar. Es lo que debo hacer yo cuando sufra. Te lo prometo; porque además en esos momentos no agrada nada orar, pero me acordaré de tu oración del Huerto. Y te humillaste postrándote en tierra. Y orabas sin cesar repitiendo la misma jaculatoria: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya". Así será mi oración cuando llega el sufrimiento.
Y dabas gloria al Padre celestial. Yo también quiero dar gloria al Padre uniendo tu desolación con la mía para la salvación del mundo. Estimularé la oración paciente en momentos de dolor.
JESÚS ANTE ANÁS Y CAIFÁS
3ª Semana. Día 3º
2ª meditación
Me represento con la imaginación la sala con luces de velones y reunión de los príncipes de los sacerdotes. Un calabozo cercano donde aguarda Jesús recibiendo bromas crueles de los soldados que se ríen de Él. Primero llevan a Jesús a casa de Anás, suegro de Caifás. Después va a parar a casa de Caifás, que es sumo sacerdote aquel año. Allí aguarda Jesús a que acabe la reunión. Lo suben al fin de los calabozos, lo ponen en medio de aquellos hombres hipócritas e indeseables para ser interrogado. Y Jesús da testimonio de su divinidad a pesar de darse cuenta de que éste será el motivo para sentenciarlo. Dice claramente que Él es el Hijo de Dios y Caifás rasga sus vestiduras y lo declara blasfemo, reo de muerte. Empieza el proceso más injusto de la Historia.
Te preguntó Caifás, Jesús, si Tú eras el Mesías. Tú lo afirmaste y esa fue la razón más poderosa para que te sentenciaran. Después en los calabozos se reanudan las burlas contra Ti, Dios santo. Quisieron divertirse a tu costa y saciar su sed de crueldad. Probablemente lo hacían con otros también en parecidas circunstancias. Cómo me duelen todas las humillaciones. Me duelen en cualquiera, qué será en ti, que eres mi todo, la ilusión de mi juventud, de mi niñez de mi edad adulta, de los comienzos de mi ancianidad. Tú lo has sido todo para mí, y con tu misericordia, lo serás durante toda mi eternidad, ¿cómo no dolerme, Jesús, por tanta injuria a lo largo de la pasión?
Perdóname por la parte de culpa que tengo en todo esto, porque si yo hubiera sido santo, te hubiera dolido todo algo menos. Perdóname. Estás junto a mí, y yo estoy junto a Ti. Jesús calumniado, Jesús maltratado e injuriado, escupido e incluso abofeteado. He de esforzarme aquí en dolerme, entristecerme, llorar con Cristo doloroso. Me parece escuchar aquellos insultos y risas crueles. No hay derecho. No tenéis razón, Él es el Cordero sin mancilla, el que no cometió jamás pecado, porque es el Hijo de Dios. Que Él es nuestro amigo, Dios y hombre verdadero. A nadie debéis hacer eso, pero menos a este Dueño de la vida, Amor de los amores. ¿No os dabais cuenta de que era el Hijo de Dios? ¿Quiénes son vuestros jefes? Seres indignos, soberbios, viciosos e hipócritas. Jesús, perdona a ese pueblo infiel, y perdona también a ese pueblo que te ha abandonado y no se preocupa de tu amor. No saben lo que hacen, que Tú el injuriado eres para todos más que padre y madre, más que hermano, más que todo a la vez, porque eres nuestro Señor y nuestro Salvador. ¡Pero si podía mandar la muerte ahora mismo contra todos!
Me duelo, Señor, contigo. Has escondido tu divinidad. Nada aparece en ti de aquellos rayos hermosos de la transfiguración en el Tabor. ¡Jesús mío! Te sientes humillado ante tus enemigos y ante tu Eterno Padre. No te protege en estos momentos, porque queréis, Santísima Trinidad la salvación del género humano. Misterio de amor. ¿Cómo yo, tu discípulo cristiano, me puedo quejar de cualquier cosa, viendo cuánto has sufrido sin rechistar? Misterio tuyo de dolor y de amor.
Y todo esto padeces por mis pecados. ¿Qué debo hacer por Ti, Dios mío? Pienso normal que aparezca ante todos mi ruindad, pero no me gusta. Ayúdame a saber humillarme contigo humilde. Ayúdame a no exigir reparaciones de las faltas de delicadeza que conmigo se cometan. Tú no lo mereciste, y cómo te trataron, y yo ¿voy a estar siempre exigiendo pleitesía? Lógico sería desear la humillación, pero e d miedo por mí, y tampoco quiero que sea un escándalo para otros por mi mal obrar. Confío, pues, en que me inspirarás el modo. ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío! Y dadme, Señor, el don de oración, el don de abnegación, la perseverancia final y celo para la salvación de las almas.
JESÚS ANTE PILATOS
3ª Semana. Día 3º
3ª meditación
Me represento con la imaginación la sala con luces de velones y reunión de Herodes y de Pilatos. Un calabozo cercano donde aguarda Jesús recibiendo bromas crueles de los soldados que se ríen de Él. Pilatos se deshizo enseguida de Jesús porque no quería compromisos. Lo vio a Jesús inocente y por eso lo envió a Herodes. Este le hizo muchas preguntas, pero Cristo a ninguna respondía. Entonces Herodes lo despreció y lo mandó fuera vestido con traje blanco propio de los locos.
Me represento esta escena, veo a Jesús callado, como mudo. Le veo humillado vistiendo aquel vestido blanco. La primera y gran afrenta: Pilato no lo defiende dándose cuenta de que es inocente. El Hijo de Dios es traído y llevado de tribunal en tribunal como un facineroso, comodín de políticos. Aparece Jesús como reo ante Herodes, maniatado ante aquel hombre vicioso, cruel, asesino del Bautista.
Gracias te doy, Señor, porque me enseñas los caminos de la humillación. Pero ¡cuánto sufriste! Perdóname el no saber soportar las pequeñas humillaciones de familiares y amigos que además me las suelo merecer por mi obrar no acorde con ciertas normas sociales. Es que me sabe tan malo ser corregido por personas imperfectas...Cúrame, Señor, de la soberbia con tu humildad.
No hay mayor cordura que gustar ser despreciado por parecerse a Ti. Pero aún sería más fácil aguantar una humillación no merecida, consciente de que estás unido a Jesús que las humillaciones motivadas....
Sufro, Jesús, al verte en aquella sala, cuando te dirigen a la puerta entre risas de los cortesanos y de las mujeres de corte. Tal vez hasta oirías palabras de chiste ingenioso y sarcástico con ocasión de algún milagro de todos sabido. ¡Se ríen de Ti, como de un pobre loco! Tú, la Sabiduría, la Omnipotencia, la Bondad suma. Concédeme, Jesús, entender la locura de la cruz. Y eres loco de amor por los hombres, por salvarnos y librarnos del pecado, de la vana soberbia.
¡Mi Dios y mi Padre, el esposo de mi alma, recibiendo estas vejaciones! Quisiera ser capaz de reparar de alguna manera tanta villanía. Tu divinidad se esconde. Y dejas padecer a tu sagrada humanidad. Y todo lo padeces por nuestros pecados. Por mi soberbia, por mi excesiva complacencia en mínimos éxitos. Por mis faltas continuas de pureza de intención. Es grande ser injuriado cuando no se da ocasión para ello, porque así no parecemos más a Ti. ¡Aquella tercera manera de humildad!
Y ayúdame a recibir como penitencia de mis pecados las humillaciones que llevan consigo las propias faltas.
JESÚS POSPUESTO A BARRABÁS
3ª Semana. Día 3º
4ª meditación
Me siento junto a Jesús, como tocándole, muy cerca de Él. Veo la plaza con la balaustrada de mármol donde colocaron a Jesús y a Barrabás, el asesino. Jesús se encuentra extenuado, humillado, afligido... "¿A quién queréis que os suelte a Jesús, llamado el Cristo o a Barrabas?", dice Pilatos. Y a una voz se oye el pueblo: "Suelta a Barrabás".
¿Son, Señor, los mismos que gritaban el domingo anterior, "Hosanna al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor?" No; ya sé que en las ciudades hay gente para todo. Pero ¿por qué no acudieron allí, para ahogar las voces insolentes de la plaza, tantos sanados por Jesús, tantos familiares de éstos? No me pregunto más, prefiero, Jesús, dolerme contigo. Prefiero dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrimas y pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí. Concédeme esta gracia, Señor.
Y no quiero quedarme como paralizado en el dolor; quiero, Jesús, con tu ayuda que se me quite de una vez el respeto humano. Quiero ayudar en todo, amar a mi prójimo de verdad, que para mí deje de ser nuevo el mandamiento nuevo. Proclamar tu mensaje de amor de todas las formas posibles que me permitan mis circunstancias.
¡Cuánta afrenta, Señor! El Presidente abandona tu vida a manos del populacho, aun sabiendo de tu inocencia., y te pone en alternativa con Barrabás que era un asesino. No se puede causar mayor afrenta blasfema al mismo Hijo de Dios. Y nadie sale en tu favor. Y aquel sacerdocio instituido para que recibiera al Mesías, no hace caso ni a milagros, ni a doctrina, ni a nada. Temen que se les va a terminar el manantial de ingresos monetarios, y ¡contra Ti! ¿Qué les importa tu doctrina y milagros? Yo te compadezco, Jesús, sufro contigo que sufres.
Y me lleno de vergüenza y sonrojo. Yo también soy sacerdote. Pero un día dejé el ministerio. Es verdad, no podía aguantar de tristeza y hubiera degenerado en locura. Creo que obré en conciencia, pero hubo un escándalo. Para muchos aquello fue un escándalo, aunque mi conciencia estuviera tranquila. Para muchos fui un desertor. Pienso que aun sin culpa se puede producir escándalo, pero, ahí queda eso. Y ahora mi deber añadido, aunque no hubiera culpa por mi parte, es reparar ese escándalo con una vida llena de fervor, con un empeño total de evangelizar, dentro de los cauces que todavía me quedan permitidos. Lo malo es que mi vida no siempre ha sido después ejemplar. Yo deseo y es mi determinación, siempre con tu ayuda, Señor, procurar que sea siempre ejemplar mi existencia, el corto espacio que me queda de vida. He perdido mucho tiempo y deseo desde ahora y por siempre reparar todo el mal que he hecho, el mal que ha hecho y sigue haciendo mi clase sacerdotal, porque es una pena. Dadnos, Señor, sacerdotes santos, obispos santos, almas consagradas santas, cristianos comprometidos santos. Que somos la sal de la tierra y si la sal se vuele insípida, ¿con qué se salará? Con tu gracia y ayuda, Jesús, fomentaré la santidad sacerdotal.
Veo la plaza abarrotada de gente, y me adentro en tu corazón, y lloro contigo, Jesús. Quiero ser en todo el último siempre, menos en amarte y en compadecerte en le pretorio pospuesto a Barrabás, o en el resto de tu pasión. Te acompaño ahora; me encuentro como envuelto en tu humillación. Pero esto es tener mucha cara por mi parte, porque mi decisión ha de ser otra: sin ostentaciones, sino con gran sencillez dar testimonio de mi fe, no solo por escrito, sino también de palabra y con hechos. De esto sí que me duelo, Señor. Yo podía haber dado testimonio los dos últimos años de mi profesión docente. Me refiero a oponerme a aquellas educación sexual pagana que se daba. Ya hice algo; hablé en grupo pequeño a algunos compañeros, que no quisieron mojarse. Yo pensé que solo nada positivo podía haber conseguido, máxime no perteneciendo al Consejo Escolar. Y callé. Ahora me doy cuenta que, aunque sea en un claustro podía haber hablado para que tomasen nota de mi opinión y lo hubieran podido llevar al pleno. Otro fallo mío, Señor. Perdóname; tengo mucho de qué avergonzarme. Aunque sea en solitario, con sencillez y mansedumbre, creo que es preciso dar este testimonio. Te pido tu gracia para esto, Señor.
Coloquio con Jesús: Todo esto padeciste por mis pecados...
Coloquio con la Virgen María: Señora, qué tormento el tuyo, Madre Dolorosa...
Coloquio con el Padre: Te adoro en el misterio de la Redención, en tu silencio...