VIDA DE FAMILIA EN NAZARET
2ª Semana. Día 4º
1ª meditación
Contemplo aquel recinto santo de la Sagrada Familia; aquel lugar de amor; aquella primera iglesia doméstica; aquella Trinidad de Nazaret que es como trasunto de la Trinidad del Cielo. Me detengo a contemplar la escena... Los veo tranquilos, sin alboroto, serenos y con una paz llena de gozo.
Me fijo ahora en mi familia; me veo en ella yo también tranquilo y con mucha paz. Jesús está con nosotros porque estamos reunidos en su nombre y además le queremos tener siempre. Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida. "¡Quédate con nosotros porque llega la noche. Jesús nos ama sin cesar; gracias por tu amor; ayúdame a acrecentar este amor tuyo con el recuerdo y la consciencia dentro de la familia. Jesús se consume por nosotros; ocupa el lugar preferente de la familia, y siempre ha de estar con nosotros. María también es huésped de honor. El pobre San José está algo más olvidado, pero lo hemos de recordar más, no solo cuando llega su fiesta. Ayúdanos José a permanecer unidos, guarda nuestra salud, y cuando nos llegue la hora danos una buena muerte.
Quiero que mi lema en familia sea el que ha sido siempre: procurar hacer feliz la vida a los que me rodean. Que si en alguna ocasión lo olvido, no sea jamás así. Ser más trabajador en las labores del hogar para descongestionar un poco a mi querida mujer. Velar más para que puedan estar más tranquilas.
Amar con más intimidad, solicitud, cariño. Gozamos de estar juntos. Que nuestro hogar sea el refugio de las calamidades de la vida. Ruega por nosotros, Virgen María. Ruega por nosotros, San José. Ruego por nosotros, Jesús. Y que aprendamos a intimar más y más contigo.
Tomad mi corazón, Jesús, purificadlo; que no tenga ni una fibra separada de Vos. Que prefiramos todos morir antes que ofenderte gravemente. Que percibamos tu consolación en la oración, de lo contrario supondría que somos negligentes en ella. Ayúdanos; y a mí ayúdame a ser santo sacerdote de mi hogar.
DOS BANDERAS
2ª Semana. Día 4º
2ª meditación
No lo olvido ni en esta meditación ni en todos los Ejercicios: Es ley ordinaria que se me oponga con todo su poder el infierno, si decido de veras seguir a Jesús. Y sí; lo deseo de verdad; pero como me conozco, sé de mis fallos en los días posteriores a retiros y Ejercicios. Por eso, te pido, Señor, tu ayuda. ¡Ven en mi ayuda para que mi decisión sea más plena!
Dos banderas: una de Cristo, cuyo programa es pobreza y humillación; y para ello humildad: y de aquí, todas las virtudes. Otra, la de Lucifer, cuyo programa es riquezas y honores; y de aquí, soberbia y todos los vicios.
El demonio, mortal enemigo del alma.
Cristo llama y quiere a todos debajo de su bandera de perfección cristiana, a todos. El sermón de las Bienaventuranzas es su ideario. Lucifer llama debajo de la suya, para que no seamos perfectos, y poco a poco llevarnos al infierno.
Imagino un gran campo como cerca de Jerusalén; Cristo es el caudillo de los buenos; allí está, nuestro Rey Eternal. Otro campo como en Babilonia, donde está el caudillo enemigo, Lucifer.
Dame tu luz ahora, Señor, y cuando salga de estos Ejercicios vea los engaños del mal caudillo, porque ahora voy a aprender dónde está ese engaño. Y dame tu ayuda para guardarme de estos enemigos, vestidos con pieles de inocencia. Dame luz para conocer la vida verdadera, el verdadero camino; tu vida divina y humana; y dame gracia para imitarte. Enséñame a apreciar al verdad de la pobreza y de la humildad de Jesucristo. He sido pobre gran parte de mi vida; ahora no soy rico pero puedo vivir sin agobios. Ayúdame y dame generosidad para compartir cada vez más lo poco que tengo en mi no pobreza.
Imagino primero al caudillo de todos los males, el demonio, en su campo de grandeza y soberbia; está sentado como en una gran cátedra dominándolo todo; todo en él es agitación, lujuria, ira, soberbia, envidia y vilezas. Maldito de Dios por haberse apartado de Él, hace esfuerzos por disimular y mostrar felicidad que no tiene.
¿Qué haré yo ante tal enemigo? Descubrir al tentador. Ayúdame, Jesús, a descubrirlo en la vida práctica de cada día; que no me deje engañar de sus vanidades y grandezas. Quiero odiar solamente al pecado: soberbia, avaricia, ira, lujuria, gula, envidia, pereza, y tantos y tantos pecados que me pueden dominar. De manera muchas veces camufladas, el tentador me los ha de ir sugiriendo. ¡Y pensar que la soberbia puede llegar hasta el odio a Dios!
Lucifer hace llamamiento con despotismo y se cuela por todos los lugares, por todos los medios, por todos los estados, entre toda clase de personas; así llegar sobre todo a los más perfectos. Ahora recito con San Pedro (1 Pe. 5,8-9) "Hermanos, sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, ande detrás de vosotros para ver a quién devorar; resistidle a él, fuertes en la fe". Y pido para ello tu gracia, Padre, y te lo pido por medio y en nombre de tu Hijo Jesucristo.
Y leo también aquello de la carta a los Efesios (6,12) "No es vuestra pelea contra los hombres de carne y sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires". Enséñame, Señor, a mirar al mundo con serenidad, pero muy consciente de que junto a todo lo bueno creado, junto a tantas personas buenas, está también el mal, el mal camuflado con capa de bien.
Verme a mí mismo combatido con furor por el demonio. En muchas ocasiones ya me ha derrotado. Ahora, Señor, hazme más consciente; que no me deje engañar. Que muchas ideas modernas y de gente buena se ríen de hasta de la existencia del demonio. ¡Qué más quiere él! Así tiene más libre el campo. Persigue sobre todo a los más fieles, a los que más empeño tienen en salvar almas.
Ayúdame, Virgen María, a entusiasmarme con la pobreza y humildad de Cristo para seguir con mi vocación sacerdotal dentro de los límites que tengo. Que no me deje echar las redes y cadenas del maligno. Que no me deje engañar de sus argucias; que no me halaguen las palabras de alabanza, sino que me sirvan para estimular más la compunción del corazón; que no me depriman las marginaciones y humillaciones, sino que me sirvan para parecerme a Ti, Jesús. Ayúdame, Virgen María, que no me deje encadenar por la codicia del dinero, por el honor del mundo, por la soberbia; que nunca me sienta superior a nadie, porque además no lo soy. Que nunca me complazca en mí mismo. No tengo el problema de la falta de autoestima; todo lo contrario. No me siento acomplejado. Pero que no caiga en el otro vicio, mucho peor, el de la soberbia. Sagrado corazón de Jesús en Vos confío.
DOS BANDERAS 2ª p. LA BANDERA DE CRISTO
2ª Semana. Día 4º
3ª meditación
Imaginar con viveza el campo de Jerusalén, allí el sumo y verdadero capitán, Jesucristo, humilde y sin aires de grandeza, sobre Él nadie puede mandar. Sentado en una pequeña colina, sobre una piedra, explica las Bienaventuranzas. La majestad se refleja en su mirada serena, llena de comprensión y cariño sincero. Hermoso en cuerpo y en alma; el más hermoso de los hijos de los hombres.
Yo entro con gran confianza en contacto con Él; con deseo de que me dé luz y fuerza para conseguir una buena reforma de mi vida, pero que sea realista, porque muchas reformas suelen ser papel mojado.
Ayúdame, Señor, a cobrar altísimo aprecio de tu programa de humildad, con total sumisión a la voluntad del Padre con respecto ahora a mi vida, en su fase de jubilado, la última, que puede durar entre cero y treinta años como extremo máximo; mucho menos de lo que he vivido. La media de los de mi edad es entre diez y doce años. Quiero asumirla, Señor, como Tú dispongas: con sus achaques e ilusiones, con sus alegrías y paz serena, con sus tristezas y melancolías; siempre, eso sí, con ganas de hacer el bien; con hambre de Dios.
Ayúdame, Señor, a seguir el programa de mansedumbre tuyo, quiero aprender de Ti que eres manso y humilde de corazón. Ayúdame a asimilar y a cumplir la humildad en la caridad para con Dios y para con los hombres. Dadme también amor a la humillación, sin la cual la humildad no se ejercita tanto. Que no me subleve por faltas de cortesía, por pretericiones, por groserías y egoísmos. Creo que es lo que más falta me hace. Y no lo he aprendido a pesar de los años que tengo.
Ayúdame, Virgen María, a vivir con gran dignidad, como Tú viviste, como vivió tu Hijo, que yo también soy tu hijo. Pero que esta dignidad esté fundada en gran humildad. A todo ha de trascender la humildad.
Un día hace muchos años, me puse bajo tu bandera, Jesús, luego Tú conoces mis altibajos, pero ahora renuevo mi deseo de continuar junto a Ti. Aquí estoy, con confianza y gran compunción; no reniego del pasado, lo asumo y me arrepiento de lo mal hecho, pero permíteme seguirte. A mí no me has enviado como a los valientes y esforzados, sino a un rincón en el que a veces he cumplido, y otras no. Mi rincón fue escogido por mi comodidad. Da Tú incremento a mi buen hacer. Que las semillas a veces fructifican después de años.
Y escucho tu voz que a pesar de mis infidelidades me dices: "Ya no os diré siervos, sino amigos". Y así me has tenido a lo largo de mi vida; y yo sin saber corresponder a tu amistad. "Tú eres, Señor, el que me dará mi herencia". Y si te parece que me conviene la pobreza real, bendito seas, pero, eso sí, dame fuerza para sobrellevar todas las pruebas, que yo solo nada puedo. Al menos esta lección ya he aprendido. Y pobreza no es solo la falta de recursos monetarios, hay otras pobrezas más duras como la falta de movimiento o de sentidos. Tú me darás fortaleza y paz cuando lleguen las pruebas, como me la has dado en el pasado. Y que mi fin siempre sea claro: alabarte, hacer reverencia y servir a tu Majestad, y mediante esto, salvar mi alma.
EL BAUTISMO DE JESÚS (Mt. 3,13-17)
2ª Semana. Día 4º
4ª meditación
Contemplo a Jesús cuando se acerca a ser bautizado por San Juan Bautista. Acaba de despedirse de su madre. Va a comenzar su vida pública y el largo ayuno de cuarenta días. Se mete entre un grupo de gente, y allí pasa desapercibido, hasta que pide ser bautizado. Quiere comenzar su evangelización con un acto sencillo de humildad.
Jesús, te dije que te iba a imitar. A mí me fastidia mucho eso de confundirme entre la gente. Esto es lo que me hace sufrir precisamente en las funciones religiosas: estar allí entre todos; yo que me había familiarizado con el presbiterio. Pero hago ahora el propósito de intentar hacerlo a gusto. Me va a ayudar ser consciente de que Tú, Dios y hombre verdadero, lo hiciste con decisión. Y yo deseo ser humilde y humillarme. ¡Disfrutar estando entre la gente como Jesús que no se desdeñó! Así me propongo pensar. Voy a hacer con gusto lo que hasta ahora practicaba con repugnancia. Y perdóname ser así.
Tú, Jesús, empezabas una cosa grande, tu misión salvadora, con un acto de humildad.
Juan el Bautista se quedó confundido cuando te presentaste ante él querido ser bautizado. Y rehuía bautizarte, pero Tú le dijiste: "Así nos conviene a mí y a ti..." A mí, humillándome, y a ti, obedeciendo.
Que me dé cuenta, Señor, de la importancia en la santidad de la humildad y de la obediencia. Obedecer a tu voluntad, humillarse cuanto se pueda. De eso trata "Las dos banderas". ¡Pues ya me puedes ayudar, Señor, porque llevo sesenta años (los cinco primeros no cuentan) haciendo lo que me parece, y por supuesto, rehuyendo toda humillación. Las he aguantado cuando llegaban, y de muy mala gana; no me he abrazado a ellas. Ahora quiero cambiar, pero no puedo. Por eso pido tu ayuda. Y quiero también rendirme a tu juicio como Juan el Bautista.
El Padre celestial ensalzó al Hijo muy amado. Se abrieron los Cielos y envió al Espíritu Santo en forma de paloma para que todos entendieran que aquel hombre era distinto, el Santo, sin mancha de pecado. Y se oyó la voz del Padre que decía: "Este es mi Hijo muy amado en el que me he complacido". Sí, este que se humilla es engendrado desde la eternidad y es mi amado con infinito amor.
Me gozo, Jesús, con la honra de tu Padre; me uno a Ti en profunda adoración. Te amo y quiero serte fiel; por eso voy a amar la humillación, porque Tú te abrazabas con ella. Me gozo también con la honra que te ofreció el Espíritu Santo. Y dame amor a la humillación, el distintivo de tus santos junto con la caridad.