LA MUERTE 2ª DISTINTAS CLASES DE MUERTE

1ª Semana. Día, 4º

1ª meditación

Dame, Señor, conocimiento del mundo para que, aborreciéndolo, aparte de mí las cosas mundanas. Verme en la hora de la agonía, consciente, sabiendo que quedan horas o minutos para dar el paso. Ver desde ese punto la insubstancialidad de los que aquí dejo. Recordar entonces desde ese punto mis cosas buenas; no tengo dolores y puedo pensar. Me dan gran paz las cosas buenas que he hecho. Recordar también las malas. Me causan vacío y pena, supuesto que me haya arrepentido de ellas. ¿Qué ha pasado con los alimentos exquisitos, las honrillas de puestos, los lo acepto de razón y de corazón. Tú, Señor, moriste. Cuando quieras, envíame la muerte. Tú cuidarás y darás paz a mis seres queridos que aquí quedan entretenimientos largos, los viajes de mero recreo? ¿Y el dinero mal gastado?

Ciertamente moriré, Señor,. No me interesan las glorias de este mundo. No las he tenido, no voy tras ellas, pero tampoco lo lamento ni lo envidio. En este sentido estoy como si hubiera de morir. ¿Qué diferencia hay ahora entre estos dos seres que vivieron hace ciento cincuenta años? Un ministro o cardenal y un mendigo. Los primeros pueden ser objeto de la tesis de algún estudioso y luego el olvido más profundo. El mendigo prácticamente igual: sin ningún estudioso que le busque. Acaba de morir hace un par de meses D. Miguel Sola; era un santo sacerdote lleno de prestigio hace treinta años. Llegó a ser Vicario General de Pamplona. Nadie se ha ocupado de él. Únicamente yo he escrito un artículo, y una página en internet. Muchos le rodearon en tiempos y parecía imprescindible: ahora, nada.

De mí se acordarán mi mujer y mi hija; ésta mucho menos. Después, nada.

¿Señor, estaré yo perdiendo el tiempo para la eternidad? Te miro en la cruz: ¿Qué he hecho yo por Cristo? ¿Qué debo hacer yo por Cristo? Y solo se me ocurre pedirte fuerza, luz, fortaleza, decisión, arranque, para hacer algo por tu amor; para hacer lo que me he propuesto en mi vida y para realizarlo bien, con total pureza de intención. No puedo dedicarme a empresas grandes, nunca lo he hecho. Ayúdame a emplear más y mejor tiempo a la oración, a practicar el bien, a tratar con bondad a las pocas personas con quienes me relaciono, a hacer bien las coas que me propongo, con total pureza de intención.

Tú, Señor, moriste. Cuando quieras y como quieras envíame a la hermana muerte. Y mientras tanto ayúdame a aprovechar el tiempo para que tu Reino crezca y se desarrolle; que no me quede en mero lamento. Dadnos sacerdotes santos, obispos santos, personas seglares santas para que venga a nosotros tu Reino. Ayúdame a ser fiel cada día, a atender la oración... a no buscar tanto mi capricho. Tú solo, Señor, tu Reino.

La muerte me aleja de los placeres de este mundo. Jesús mi Redentor pasó la vida haciendo el bien ¿Yo? Lamento el no poder actuar desde una institución para ser más eficaz. Ya pude y no supe aprovechar la ocasión. Desde aquí hoy con paz y gozo oraré por el mundo, influiré con mis escritos con todo el celo que pueda. Dame celo, Señor, para que aproveche esta última etapa de mi vida.

La muerte del sacerdote o religioso tibio, del seglar que un día fue ferviente apóstol y luego lo ha olvidado. Será consciente entonces de su verdadero camino; erró. ¿Supo orientarse después a tiempo? En esto me he de fijar. Si me equivoqué de camino, ahora he de andar más de prisa para encontrarme contigo en las nuevas vías. Tú sabes, Señor, mi conciencia; júzgame con misericordia. Solo sé que si otros han sido fieles y yo no lo conseguí, he enfocar mi vida desde la total fidelidad a tu amor. Esta es mi decisión. Tú ayúdame, Jesús. Virgen María, dame fuerza para orientar mi vida hacia el bien.

La muerte, la puerta de la eternidad. Me quitará de entre las criaturas, y se volverá mi alma hacia el Creador. Tú me has traído aquí; llámame cuando quieras, Señor.

 

 

LA MUERTE ME ENSEÑA A APROVECHAR EL TIEMPO PRESENTE

1ª Semana. Día, 4º

2ª meditación

 

Me encuentro, Señor, en tu presencia. Eres mi amigo y quiero pensar junto a ti, hablar contigo con relación a mi vida y al final de mi vida. Urge que no abandone nunca mi deber, porque a la hora que menos piense, llegarás para llamarme. Pero estoy, sí, con gran paz interior. He de aprovechar, Jesús, el tiempo presente para santificarme e influir en tu Reino. Estoy convencido de que la principal tarea en tu Reino está en las almas orantes. Sacerdotes y misioneros, aunque no son tan numerosos como antes, hay muchos; necesitan de la ayuda de la intendencia, de los orantes y enfermos que ofrezcan sus obras con amor por el Reino. Te ofrezco, Señor, este largo retiro para que sea eficaz la predicación de los sacerdotes y personas dedicadas a esta función, para que cale su palabra.

Virgen María, pídele a tu Hijo, y éste que por favor lo trate con el Padre, enséñame a vivir con la perspectiva de la muerte, no con apuro y tristeza, sino con gran esperanza y alegría, sabiendo que es el paso de esta vida a los brazos del Padre. Enséñame a ser generoso con todos. De verdad generoso en todo: en dar mi tiempo, mi dinero, mi cariño, mis buenas cualidades. Perdona de corazón todos los agravios y sinsabores que me han causado a lo largo de mi vida; y quiero perdonarlo de tal manera que llegue a olvidarlo. No quiero darle más vueltas a las pasadas injurias o incomprensiones.

Dame, Dios mío, el don de la perseverancia. Este es el problema, la perseverancia final. Y confío, Padre, en ti. Recuerdo aquello que leía: "Cuídate tú de mí y de mis cosas, que yo me cuidaré de ti y de las tuyas". Así quiero vivir. Por algo leo en el Evangelio: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás os vendrá por añadidura". Me entrego a Ti, Dios Pare, me entrego a ti Dios Hijo, me entrego a ti, Dios Espíritu Santo.

Me impresiona aquello del Evangelio: "Vended todo lo que tengáis, y dad limosnas. Hace bolsas que no se gasten... " En mis tiempos de trabajo he ahorrado algo, poco. Pero suficiente para vivir sin apuros junto con pensión. Pero, deseo de verdad compartir lo que tengo con los necesitados. Ninguno que me pida debe quedar sin limosna, siempre y cuando lleve algo en el monedero. Además he de atender a necesitados por medio de Cáritas, tanto de cerca como de lejos. Y esto con generosidad. He de ser generoso con todos que traten conmigo. No quiero ser tacaño. El dinero es para compartirlo, además de para cubrir las propias necesidades. A la vez he de darme cuenta de que mi dinero no es solo mío y tengo que obrar de acuerdo con mi esposa, que es muy generosa, mucho más que nadie.

Y ayúdame, Señor, a estar siempre con la maleta preparada; dispuesto en cualquier momento a lanzarme hacia ti. Ayúdame a tener misericordia con todos los necesitados y también para aquellos que me parecen no cumplidores de su deber social; que si critico, sea mi crítica siempre constructiva, nunca de pasatiempo ni menos demoledora.

Enséñame a permanecer con las lámparas encendidas. Y si alguna vez me siento como abandonado, como Tú en la Cruz, Jesús, que sepa decir con el corazón: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".

Enséñame la verdadera prudencia, sabiendo que esta vida es de paso y he de administrar bien mis talentos. Te lo pido Padre, por medio de tu Hijo Jesús.

 

 

JESÚS TAMBIÉN MURIÓ

 

1ª Semana. Día, 4º

3ª meditación

 

Esta meditación, Jesús, la practico mirando a la cruz. Tú, Dios mío, mi Verbo Encarnado, sufriste la muerte y más dura que la mayoría de los mortales. Señor, Tú me has dado tu gracia y una gran atracción por todo lo tuyo desde mi infancia. Recuerdo aquellas visitas al Sagrario que ya practicaba a mis 10 años. Pues quiero ser como Tú, Jesús, pero sigue dándome tu gracia porque soy my débil.

Ante la necesidad de morir, no me rebelo; me parece bien, Dios mío, lo de tenernos aquí una temporada como prueba, pero da tu gracia abundante también a tanta gente que vive aquí sin dar ninguna importancia a la vida futura, incluso muchos sin creer para nada en ella. Sé, Señor, que también terminará con mi muerte mi tiempo de libertad, este don que no he sabido usar como debiera. Acepto para toda la eternidad el destino que me tienes preparado, y espero por tu infinita misericordia, el Cielo. Ven en mi ayuda, Señor.

Acepto la muerte como castigo a mis pecados y ten misericordia de mí. Haz que "siempre sea fiel a tus mandatos, y no permitas que jamás me aparte de ti". Si supiera que me iba apartar de ti, no te aflojaría, Señor, te digo como el Cura de Ars cuando te tenía en sus manos. A lo largo de mi vida me va tocando sufrir bastante. Pienso que no será menos en el resto de mis días. Dame tu gracia para saber unirme siempre a tu pasión y muerte.

Y gracia a tu muerte y a tu resurrección, tengo la total certeza fundada en la Esperanza cristiana, de que un día resucitará mi cuerpo para nunca más morir. Y que antes seré juzgado por Ti, Dios Justo y Misericordioso, y me darás lo que merezco con justicia y misericordia. ¡Ayúdame ahora a vivir según tu voluntad!

Me incorporo al misterio de tu muerte y al misterio de tu vida eterna por tu resurrección. Afronto con valor y espíritu sobrenatural la muerte que quieras enviarme. Ayúdame, porque soy débil.

Gracias, Señor, porque me tengo que morir y estos placeres que tanta guerra me dan ha de cesar lo mismo que los dolores que tanto me asuntan. Terminará entonces el riesgo y vendrá la realidad que espero se según tu bondad y misericordia. Acepta mi muerte, Señor, como expiación de mis pecados y me uno a la tuya para que sea también expiación de los pecados del mundo. Y ya que tan tibiamente me he parecido a Ti durante la vida, haz por lo menos que en la muerte me parezca mejor. Ayúdame a morir como Tú, en los brazos del Padre.

Gracias, Señor, porque esta vida no es larga. La prueba es corta, aunque en ocasiones me ha parecido muy larga. Lloro por dentro al no haber tenido valor para ser todo tuyo y solo tuyo; y dame tu gracia para que al menos sea ejemplo con los más míos el resto de mi vida. Me queda poco tiempo par rehacer mi vida; menos de 25 años y tal vez menos de cinco. Tú lo sabes, Señor, Me libraste de las angustias de un condenado a muerte, y espero con paz lo que me vayas a enviar. Me obligaste a estar siempre preparado, pues dame tu gracia para estarlo siempre, que no me extravíe. Me has enseñado a considerar esta vida como de paso; así lo hago siempre; ayúdame a seguir pensando así.

Gracias, Señor, porque no me has revelado el modo y el momento de mi muerte. Confío del todo en Ti que eres Padre. Dame la gracia de saber morir unido a la muerte de Cristo.

¡Virgen María, permanece conmigo en la hora de mi muerte como estuviste al pie de la cruz en la de Jesús. San José, dame una buena muerte. Padre Nuestro..

 

EL EVANGELIO Y EL JUICIO

1ª Semana Día, 4º

4ª meditación

El Evangelio de Mt. 25, 31-46 me lo sé muy bien. Lo he meditado y explicado muchas veces es el del Juicio final que a fin de cuentas va a ser corroboración del Juicio particular de cada uno. "Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber..." En una palabra, lo más importante (no lo único, claro) en el día del Juicio va ser nuestro comportamiento con el prójimo, nuestra conmiseración, nuestra ayuda. Me lo sé muy bien. Tengo en la mente el practicarlo, pero a la hora de la verdad, qué difícil cumplirlo bien. ¿Cuál será el tanto por ciento de mis posibilidades y de mi realidad? Solo Dios lo sabe. ¡Cuándo aprenderé, Señor, a cumplirlo bien. Ayúdame! En mi intención ya está; creo que lo tengo en cuenta, pero los fallos son muchos. Ayúdame, Señor, porque no llego ni a la mitad de la mitad de mi ideal. ¡Y esto va a ser lo más importante del Juicio! Necesito, Señor, de tu ayuda. Mirad que soy muy débil, oh poderoso amparo de los flacos, y caigo a cada paso, y necesito apoyarme en Vos para no desfallecer.

Me has dado talentos para que los explote para tu Reino; no sé si son muchos o pocos; solo sé que deseo utilizarlos y ser siervo fiel en tu Reino. A veces pienso que he de dedicarme más a la oración; pero a la vez tengo mi pequeña parcela virtual que atender. Lo que he de hacer es aprovechar el tiempo a tope; explotar los talentos que me has dado hasta que llegue el día en que me juzgues.

Tratar bien a todos; sin dejarme llevar del genio cuando me siento marginado, tratado indebidamente, preterido. Me lo sé muy bien, pero necesito decírtelo muchas veces para que me ayudes y para acordarme en el momento oportuno.

Ya te lo decía, Jesús, también en otra meditación, y ahora otra vez te lo repito: enséñame a perdonar; que quiero que mi perdón sea total, hasta olvidarme de la ofensa del todo. Y dame más generosidad; que no quiero ser tacaño en nada. Pongo mi mano delante de ti como un mendigo.

Que no me entusiasme los bienes de aquí; que ni siquiera ponga en mi corazón en los medios para alcanzarlo.