PECADOS PROPIOS

1ª Semana. Día 3º

1ª meditación

 

Hacer como en todas las meditaciones. Presencia de Dios. Oración preparatoria: Que todas mis intenciones, acciones y operaciones vayan dirigidas solamente a mayor gloria tuya, Señor.

Miro ahora mi alma encadenada por el pecado, como un esclavo de los de antes que estaban llenos de cadenas por su mal obrar. Yo soy esclavo de mí mismo, de mi concupiscencia, de mi soberbia, de mi ira... y esclavo del maligno en el sentido de que él disfruta teniéndome así.

Pido a Ti, mi Dios, intenso dolor de mis pecados, lágrimas al menos internas de tanto como a lo largo de mi vida me he extraviado de tu amor.

Y voy recorriendo despacio los pecados míos. Voy recordando mi infancia, los lugares por donde he andado, las compañías que he tenido, todo cuanto he pecado en mi adolescencia, en mi juventud, en mi edad madura.... Voy lentamente recordando lugares, relaciones, profesión, compañías, familia, amistades.... Y mi vida privada, mis instintos, mis conciliaciones... "Tan niño y tan pecador", decía San Agustín. ¿Qué diré yo?

Ahora rezo despacio el "Yo confieso..." Y el Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser vos quien sois, bondad infinita y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido. También me pesa porque me podéis castigar con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Hago delante del Señor las consideraciones sobre el pecado. Su gravedad... malicia... He preferido mi interés antes que tu Ley. Me duelen los pecados conscientes y me duelen los de excusa. Aquello que decíamos de estudiantes de moral: "Que no caiga tu cartera en manos de un moralista". Cómo busco subterfugios en para librarme del pecado, sobre todo de aquellos estudiados como graves... de esos que a veces ando por los límites haciendo filigranas para no pecar. Nunca, creo, he querido pecar, ¿quién lo desea? Pero, Señor, pero Tú sabes hasta dónde he pecado; Jesús, Tú sabes si ha habido o no pecado moral.. Ni yo ni nadie, creo, puede juzgarlo. Tú sabes mejor que yo cómo es mi conciencia. Así lo expondré al confesor. Yo quiero, Señor, ser todo tuyo. Arrepentirme con tu gracia. Humillarme con tu ayuda. Hacer un propósito firme. Perdona, Señor, mis pecados. He faltado contra el derecho que Tú tienes, Señor, de ser amado. Contra tu Santidad. Yo quiero ser santo. Ayúdame. Y mi coloquio va a ser:

¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer yo por Cristo?

 

PECADOS PROPIOS. REPETICIÓN

1ª Semana. Día, 3º

2ª meditación

Un examen sincero de mi vida e lleva al descubrimiento del pecado de fondo. Eso está claro y es cierto. Je pecado contra Dios, he pecado contra el prójimo. Señor, yo o sé si mis pecados han sido tan graves como para de la vida eterna gozosa contigo. Yo los he confesado cuando más me inquietaban "tal y como están en la presencia de Dios". Eso me tranquilizaba. Y lo cierto es que he pecado. Y lo reconozco. Hay en el fondo en mí una idolatría de las cosas del mundo, de mi interés, mi placer, mi amor propio. A la hora de la verdad estoy demostrando que amo las cosas, mis cosas más que a Dios, aunque Tú lo sabes, Señor, no quiero que sea así. Yo te quiero amar sobre todas las cosas. Eso lo tengo claro. Pero a la hora de la verdad... ¡aparece la oculta idolatría!

Necesito volver al conocimiento religioso del pecado, tal y como lo meditaba en mis años de seminario, tal y como lo he expuesto en los Ejercicios que he impartido en tiempos ya pretéritos. ¡Cómo puede el ambiente, Señor! De una vez quiero darme cuenta de que el pecado es el menosprecio de mi Dios, mi Creador, Jesús que sufrió por mí. Y cuando falto al amor de mis hermanos, de todos los que se cruzan en mi camino, pasa lo mismo.

Siento la necesidad de arrepentirme, de reconocerme pecador. Tú, Señor, que decías: "Haced el bien a quienes os odian. Bendecid a quienes os maldicen; rezad por cuantos os maltratan". (Lc. 6,28).

Haz que brote en mí, Señor, la verdadera penitencia. Te quiero pedir sinceramente perdón. Porque el apego a las cosas mías, a mi amor propio, han estado por encima de tu voluntad. Y no me considero solo en la vida pasada, también en la presente soy pecador. Sigo con muchos apegos. Tal vez menos apego a esta vida.

Dame, Señor, que te sirva desde ahora y que sirva a mis hermanos con otra benevolencia. Quisiera ver de una vez la malicia del pecado para detestarlo y llorarlo. Y ver la enorme crueldad que supone el querer destruir esa conciencia de pecado, el borrarla del mundo, el reducir el pecado solamente a algunas faltas contra el prójimo y prescindir del honor de Dios. ¡Ahí está la raíz de tantos fracasos!

¿Quién soy yo para prescindir de Dios? Prescindir de ti que eres amor, bondad, que eres Justicia, Omnipotencia, Misericordia... Virgen María, haz que conozca el pecado más a fondo.

Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer yo por Cristo?

 

EL INFIERNO

1ª Semana. Día, 3º

3ª meditación

 

Me he preparado con la oración de siempre. Y practico también la composición de lugar, la tradicional. Ver como el cráter de un volcán sin fondo, de donde salen fumarolas, como símbolo del infierno.

Pienso que la realidad es independiente de mi parecer o de otros. Existe ella la creamos o no. Y la realidad del infierno ahí está en la revelación. No vale el que muchos la nieguen o la interpreten a sus manera. A veces me vienen dudas, como a todos. Y este pensamiento me ayuda a dominarlas. No estamos aquí en algo democrático. En nada influyen los votos positivos o negativos.

Tu amor y tu bondad, Jesús, me avisan del riesgo que corro, he de hacer caso a lo que me dices, porque de lo contrario, mi riesgo es total. Si del amor me olvidare, al menos que el temor me libre de los horrores del infierno. Tu amor me encamina en la dirección contraria al infierno, hacia el Cielo.

Aun los santos han, Señor, han temido al infierno. Unos va de un salto a aquellas moradas, otros poco a poco. Unos, no creen y ya están en el camino más seguro de perderse; otros creen pero no obran y también se pierden. Líbrame, Señor, del fuego eterno.

¡Y pensar que Tú, mi Dios y mi amor, te convertiría en sumo mal para mí, Tú que eres mi ilusión y mi vida! Te pido, Señor, interno sentimiento de las penas de los condenados, para no caer en ellas. No se trata, Jesús, de un temor servil, no. Es un temor que viene del amor de fundirme contigo, temor a perderte, Señor, a no estar siempre contigo. ¡Líbrame, Virgen María, líbrame Madre de amor, que tan solo en ti confía este pobre pecador. Por la misericordia del Señor espero no caer. Ayúdame, Jesús, a tener algo en mi voz, una gran persuasión, para que influya en las almas. Que nadie se pierda, Jesús, de aquellos en quienes puedo influir. Que nadie se pierda, Señor.

Veo, Señor, las razones fuertes de los descreídos. Obran suicidamente por aferrarse a ellas. A veces su mal ejemplo hace mella en muchos creyentes. Yo con tu gracia me adhiero la revelación. Ya falta menos para la eternidad. Menos de veinte probablemente, pues he cumplido 65. Tú, Dios mío eres el principio de todo mi bien. Que mis ojos te vean, mi corazón de ame, mi voluntad de aprehenda. No permitas que jamás me aparte de ti.

No quiero imaginar las penas del infierno, aunque lo he hecho muchas veces. Sé que son tres: la de sentido, la de daño y la eternidad. El fuego no material, la ausencia de Dios, y la permanencia para siempre. Esto me parece lo más terrible. Dicen que la de daño es la más espantosa. El hecho de no querer imaginarlo no es porque no crea, sino porque sé que me equivoco al hacerlo; sé que es distinto a mi imaginación. Sé que a la fuerza se tienen que aguantar las penas, porque no tiene más remedio que soportarlo el condenado. Por eso te digo aquella frase latina que tantas veces te he repetido: "Corta aquí, quema aquí, no me perdones aquí, para que me perdones en la eternidad". De mí depende, ayudado de tu gracia, que no vaya al infierno y que a otros ayude a no ir. Ayúdame a ellos, Señor. El determinante del infierno es el pecado. Líbranos, Señor, del pecado. Nada puedo hacer por los condenados, en cambio por los que corren aquí el riesgo, sí puedo hacer. Ayúdame, Señor, a mostrar mis criterios, a orar por los que están alejados. Líbranos, Señor, de la muerte eterna.

Leo descripciones horripilantes de las penas del infierno, de esas que hieren la sensibilidad. Pero no las transcribo. Sí esto para mi celo, para el celo de todo cristiano: "Oh sacerdotes, religiosos, cristianos, salvemos las almas por caridad, con ellas hagamos santos por nosotros."

Coloquio con Jesús en la cruz.

 

 

LA MUERTE ( 1ª)

1ª Semana. Día, 3º

4ª meditación

 

Leo para esta meditación el libro "Los Ejercicios de S. Ignacio del P. Antonio Encinas. Es verdad que gusta este autor de ejemplos y casos de lo que decimos "hiere la sensibilidad de hoy", pero se le ve gran profundidad espiritual, y ayudan a lo que podíamos llamar sabiduría de la muerte.

Murieron mis abuelos; lógico, eran muy viejos. Murieron mis padres; los que me cuidaron a mí y alimentaron y educaron. Se hicieron viejos y murieron. Yo ahora tengo la edad que ellos tenían en su madurez o primera ancianidad. Mi padre murió del corazón exactamente a mi edad de ahora: 65 años y siete meses y medio. Exactamente mi edad. Creo que ahora tengo una semana más que él a su muerte. Ya le he superado. Yo ahora, después de tres intervenciones quirúrgicas he perdido ese pánico que tenía a la muerte. Probablemente mi vida no será mucho más de quince años. Como desde 1985 hasta ahora. Poco queda. Y eso siendo normal. Probablemente será antes, que mi padre murió ya más joven que yo.

Te pediría, Señor, que mi muerte fuera sin dolores. Pero hágase tu voluntad. Sí te pido que esta vida no la mire con gran apego, sino como paso. La gente mira la muerte como algo lejano. Te pido que esta verdad, Señor, me ayude a vivir con seriedad. No permitas que jamás me aparte del camino recto. Y ten misericordia de mí. No quiero ser iluso pensando que todavía queda mucho tiempo, porque no sabemos ni el día ni la hora, y siempre somos optimistas pensando que vamos a vivir más que la realidad. No me puedo permitir perder el tiempo. Deseo aprovecharlo bien. En este aspecto sí estoy contento pero he de aquilatar más y mejor. Más y mejor oración; más y mejor actividad apostólica. Que no me aficione a la vida creyendo que es mía. Que dé mucho fruto con trabajos. Que sepa portarme siempre como cristiano y sacerdote consecuente.

Virgen María, ayúdame a entender bien esta vida, a imitar a los santos, a no agarrarme ni a la fama, ni a la salud, ni al dinero, ni siquiera a los afectos más nobles, porque tarde o temprano me dejarán o los dejaré.

Dame, Virgen María, seriedad en la vida.