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CAMINAR EN LA PAZ

SED MISERICORDIOSOS...

Hace mucho tiempo me lo estoy proponiendo y siempre me cuesta mucho cumplirlo: se trata del amor, misericordia, aprecio, estima del prójimo. Pero algo que me salga de dentro; no sólo por educación. Estoy convencido: no se puede gozar de una vida espiritual muy profunda mientras el amor y misericordia hacia el prójimo sea calculado y con medida un tanto mísera. El amor de Dios no arderá en nuestros corazones como un volcán mientras no lleve consigo un incendio de caridad hacia nuestros semejantes.

Comienza la misericordia cuando se me transfiere el problema de mi hermano e incluso su tristeza. Es necesario entregar nuestro corazón a nuestros semejantes y vivir con ellos. Pero esto es muy difícil. Porque al prójimo por él mismo resulta a veces imposible amar; sobre todo cuando se ha comportado mal con nosotros.

Por eso hemos de llenarnos del amor de Dios y por Dios, por agradarle, porque es Padre común saber amar a nuestros semejantes. Entonces desaparecerán las críticas negativas poco a poco; entonces juzgaremos las miserias de ellos como las nuestras propias. Y existen cantidad de ocasiones para ejercitar la misericordia con los demás. Este año le voy a pedir a Dios en la oración todos los días me ayude a practicar la misericordia y el amor. ¿Nos animamos?

CONFIAR EN EL SEÑOR

Leía el otro día en San Pablo aquella frase muy recordada y meditada por nosotros: "Dios es quien obra en nosotros el querer y el obrar conforme a su beneplácito". En sus manos estamos, en él vivimos, nos movemos y existimos. Esto me da una gran confianza. Esto me hace vivir con esperanza. En buenas manos estamos. ¿Por qué temer?

Cuando miro al pasado, veo la mano del Señor en mi vida. Tal vez a ti te pasará algo parecido. El me fue sacando de los ardores de la juventud, El me fue dando confianza, alegría en la vida. El me conserva la fe. El me da hambre de Dios; me ha abierto, nos ha abierto los sentidos para las cosas divinas. Y esto te lo digo desde una especie de angustia vital. A pesar de la alegría siento a veces una especie de angustia vital, pero llena de confianza serena en el Señor. Y esta angustia vital la pongo en manos del Padre, ojalá sirva como de acicate para aspirar a las cosas de arriba. Me hace orar en todo lugar. Me impulsa a buscar a Dios en todas las partes. Y lo encuentro con paz grande sean cuales sean las circunstancias que últimamente me van tocando vivir.

Vamos a pedir al Señor unos por otros. Nos ayudaremos con nuestra comunicación y la oración en el Señor. ¡Bendito sea por siempre!

SU GRACIA NOS ACOMPAÑA

Lo más grande de nuestra existencia lo invisible: amigos de Dios, hijos de Dios, templos vivos de la Santísima Trinidad. Llamados a la vida cristiana para siempre; llamados a ir extendiendo el Reino de Dios. Esto es para llenarnos de alegría y de responsabilidad.

Y sobre todo voy animándome cada vez más, y tú también, a vivir esta realidad sublime. Todo el problema consiste en ser fiel y perseverar en el bien.

Viviendo la realidad sublime de la gracia, nada puede caernos mal. ¿Nos quemamos ciegos? Mayor contemplación de Dios; mayor deseo de verlo cara a cara. ¿Vemos muy bien? Alegría de poder elevarnos de lo visible al amor de lo invisible. ¡Qué razón tenía San Pablo cuando decía!: "Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios."

Jesús no nos negará ninguna gracia necesaria para nuestra total felicidad, nuestra santificación, su gloria. Para ello tomó nuestra naturaleza humana. Para ello nos redimió. Debemos aspirar a esa felicidad total. No al placer.

Si buscas unirte a El, te dará su fuerza, su gracia. El deseo estará siempre en tu corazón. La fe se encenderá cada vez más en ti. Vas a comenzar un nuevo nacimiento. Vas a aspirar a la santidad cada vez con mayor ilusión. Vas a aceptar el dolor y el gozo con la misma gratitud. En el fondo de tu alma reinará la paz.

Te ha dado el sacerdocio; te ha elegido; nos ha elegido. El nunca falla en su compromiso. El nos ayudará en todo momento.

Hemos llevado la cruz con Cristo. El nos va a dar su apoyo, El nos dará también la gloria de la Resurrección. Para nosotros la medida de la gloria será la de nuestra "pasión". Si lo pienso así, entonces digo: qué poco he sufrido por Jesús.

Ahora recuerdo la vida del Padre Nieto. ¡Cuánto sufrió! A parte de las enfermedades y miserias, El mismo castigaba su cuerpo. Eso indica sus toneladas de fe. ¡Dios mío, dame un poco de esa fe de los santos. Ayúdame. Ayúdanos a que de una vez comencemos una vida de fervor...

No tardará en llegar el día de nuestra muerte. Más pronto seguro de lo pensado. Si alguien nos rodea nos mirará callado sin poder ayudarnos. Ya no habrá más contactos con este mundo exterior. Ya habremos entrado en la eternidad. A solas con Dios. Entonces sabremos cuánto supone el habernos quedado con El en sus dolores, ayudándole a llevar la cruz. Entonces podremos escuchar la voz amiga de Jesús que nos diga: me acompañasteis en el calvario...entrad ahora conmigo en la gloria. "Tened confianza, yo soy". Y le diremos con el salmista: "Ahora que me cercan las sombras de la muerte, no temo; porque Tú estás conmigo."

FACILIDAD

Vamos creciendo en edad. Ahora se aceptan con más fe y confianza situaciones y problemas, que al principio de nuestra vida espiritual nos hubiera parecido imposible. Los años pasan y vamos recibiendo muchos golpes en la vida. El discípulo ha de parecerse a su Señor tanto en los trabajos como en los sufrimientos. Por eso vamos a mirar derechamente hacia Cristo más que hacia nosotros mismos.

Pero todo esto lo vamos realizando en la oscuridad de la fe. La presencia de la Trinidad en nuestras almas no suple el acto de fe. En esta vida no hay sustitutivo para la fe. El Señor desde nuestro interior va elaborando la obra de santificación y nos va sosteniendo en la esperanza, pero nada suple a la fe. Será, como quiere San Juan de la Cruz, que tanta luz produce oscuridad; no lo sé. Aun en la mayor oscuridad sentimos destellos de Su presencia. El nos va ayudando poco a poco a perseverar, a aceptar, a tener deseo constante de ser mejores.

EXPERIENCIA PROPIA

No sé si tú pensarás lo mismo. La experiencia de mi vida pasada es un poco negativa cuando miro la cantidad de resoluciones estériles de ella. Muchos ensayos han acabado mal porque han comenzado mal. Me he perdido muchas veces en mi agitación humana. Y he sufrido inútilmente porque las cosas no salían a medida de mi deseo.

A veces comenzaba bien un asunto, pero con el tiempo olvidaba poner todo mi apoyo en Dios y me roía la amargura. Me voy dando cuenta: en el fondo casi todas cosas nacen de mi interés, de mi amor propio y muy pocas brotan de una total pureza de intención.

He tenido demasiada fe en mí mismo y no demasiada en la ayuda del Señor. Pero es bueno advertir esto para ir enmendando la plana propia y colocando todo en su debida escala de valores. ¿Por qué estar tan preocupado de mí mismo, de lo nuestro, y tan despreocupado de Dios? ¿ Por qué tan poco cuidado en corresponder a Dios con finura? Cuanto Dios me va enviando está perfectamente estructurado a la medida de mis capacidades. Lo buscado por mí espontáneamente puede tener el peligro del amor propio. Conviene por eso ir acogiendo la voluntad de Dios.

Puedo decirte, querido amigo: el aumento del fervor en mi alma comenzó hace ya bastantes años: en 1976. Me di cuenta de que la vida pasa. Todo se va terminando poco a poco. La mitad de mi existencia terrena ya había pasado y tal vez con creces. Los ejercicios espirituales anuales con los amigos me iban estimulando cada vez más. Después la lectura espiritual todos los días del año me ha ayudado a mantener encendida la lámpara de mi alma.

Lo importante es ir aumentando el amor a Dios y al prójimo. Ir creciendo en la caridad. ¡Lástima que en mi vida se produzcan tantos altibajos! Porque si merece la pena vivir es para amar a Dios y para servirle. Y esto se olvida con tanta frecuencia... ¡Entregarnos a El en la oración y a todas las horas. Yo no entiendo ya la vida de otra manera.

SER FELIZ

Yo muchas veces, como todos, he pensado en el modo de ser feliz. Me he convencido de que la felicidad perfecta es un estado reservado al otro mundo y lo he aceptado así. Este ha sido un paso importante para programar mi vida. Como consecuencia de esto es necesario saber renunciar a "felicidades parciales" en vías a obtener la felicidad total futura.

Aunque si progresamos de verdad en el amor de Dios y fidelidad al Evangelio, nos olvidaremos de esta segunda consecuencia y cambiarla por esta otra: Saber renunciar a la propia felicidad por ayudar a otros a ser felices. Y creo que se da ahora en nuestras vidas la tremenda paradoja: si renunciamos a nuestro propio bienestar para ayudar a otros, nos sentimos dichosos y felices.

Por otra parte, si cumplimos en esto y en todo la voluntad de Dios, si hacemos de su voluntad y de su Ser el centro de nuestras aspiraciones y de nuestro amor, conseguiremos la felicidad suprema en este mundo para el corazón humano. Y lo más íntimo de nuestra fe: cuando sabemos que Dios es BUSCADOR DE MI PROPIA INDIVIDUALIDAD PERSONAL, si a la vez se convierte en "BUSCADO" por mí mismo, en ese encuentro mutuo se siente feliz el espíritu.

Leía en la biografía del P. Nieto: la época más feliz de su vida la pasó en Santander, durante la guerra civil. Andaba auxiliando a todos, remediando necesidades, jugándose la vida a cada

paso que daba. Cuando otros se escondían, él salía a prestar auxilio a enfermos, religiosas, seminaristas. Se le llagaban los pies de tanto andar. Encima sufrió una operación nasal sin anestesia. Entonces escribía en sus apuntes íntimos: " No moriré sin ser santo." Se acostaba a las diez y se levantaba a las tres y media. Permanecía en la capilla hasta las ocho y media. La suave obsesión de ser santo le dominaba.

Su preocupación era el paso a la eternidad. Confiaba en la misericordia de Dios, pero temía su debilidad. Yo también quiero ser santo. Pero... ¡menuda diferencia de poner los medios! La experiencia mía es que muchos días de dolor o enfermedad, han sido felices. Me han ayudado a permanecer más en contacto con Dios. Tú, lo sé, te encuentras animado, y cada vez más a seguir a Jesús de cerca. Por eso te digo todo esto. Tu ejemplo me alienta.

A veces soñamos en mil cosas de futura felicidad. Yo me voy dando cuenta, según van pasando los años: la felicidad la voy encontrando a la orilla del camino, en la realidad de todos los días. Los sueños pueden ser buenos en tanto constituyan ideales y no evasiones de la realidad. Los sueños, lo sabíamos desde los tiempos de estudiantes de filosofía, son la realización disfrazada de un deseo reprimido.

El secreto de nuestra felicidad está en aceptar la vida tal y como es: natural, con mil limitaciones, sobrenatural, con una fe oscura...

La esperanza en otra vida ayuda mucho a superar las angustias de la presente. El dominio de los deseos es otro medio para alcanzar felicidad y paz. Buda pretendía eliminarlos del todo. Los santos cristianos dirigen sus deseos hacia Dios, fuente de todo amor y de toda esperanza. Este ha de ser nuestro camino de felicidad; así me parece. Orientar la vida en su realidad y aceptarla. Ni añorar la juventud, ni desear mayores comodidades, ni pretender una vida larga, ni ansiar que la muerte nos lleve pronto a Dios.

Cuando vamos descubriendo el manantial sencillo de la felicidad, nos unimos mejor con Dios y con otras personas. Y no desear siquiera ser felices, ni complacerse en la propia felicidad. Al fin y al cabo, una felicidad atesorada y gozada hasta el límite acaba por gastarse.

SI LLEGA LA JUBILACION

La llaman la tercera edad. La jubilación. Algunos la llevan muy mal porque cesa su actividad. Su nombre no supone casi nada. Ya no cuentan con él. Otros, los de trabajos subordinados, sobre todo si no han tratado directamente con la gente, lo suelen llevar mejor: descanso, ocio, tranquilidad, viajes. ¿Cuantos piensan entonces más en el cielo que en la tierra? Los años pasan. El Señor está cerca. Preparemos los caminos del Señor. Vamos intensificar la oración; la lectura espiritual... Siempre pensaré en aquel anciano sacerdote. Dedicaba casi todo el día a la oración y a escribir cartas. Decía: "El tiempo más feliz de mi vida, la ancianidad."

CONSUELOS

El consuelo del alma es como bálsamo para las heridas, como el aceite en las bisagras de las puertas. ¡Qué bien funciona todo! Si dura durante meses, ¡qué maravilla! Cómo avanza uno casi sin darse cuenta. Recuerda las temporadas más gratificantes.

No dura nunca mucho tiempo. ¿Qué mérito íbamos a tener? Por eso hace falta mucha paciencia para perseverar, a pesar de las sequedades y desganas. Quien después de haber caído se levanta, ése llegará a la meta. El que quiere siempre estar en consolación, pronto se desanima y lo deja todo.

Ya no somos tú y yo unos niños. La vida avanza. Una de las ventajas nuestras respecto a la juventud es que sabemos aguardar más; y no pretendemos ver los efectos inmediatos.

Y a seguir con los buenos deseos y propósitos. Que Dios en su misericordia considerará ese nuestro deseo constante de seguir por el buen camino. La verdadera fuerza nuestra está en el deseo de continuar a toda costa. Dios ha de mirar esa sinceridad de nuestro corazón.

Cada día me convenzo más: la fuente de gozo y felicidad en este mundo está en buscar la gloria de Dios. Los años y la experiencia me lo van confirmando. Las épocas menos ocupadas en mí mismo y más en ayudar a mis semejantes, han sido las más felices. Pero no es sólo el ayudar por ayudar. Es ante todo vivir centrado en Dios por la oración y lectura espiritual. Sacar tiempo de donde sea para dedicar varios momentos al día a este quehacer. Importa mucho. Cuando la oración y la lectura marchan bien, va de maravilla el ejercicio de amor y dedicación a nuestros semejantes.

Por eso pienso que nuestro gozo no sólo no debe rebasar y dominar la gloria de Dios, sino nacer de ella. Debiéramos pensar en nuestras decisiones siempre qué será lo más conveniente para la gloria de Dios. Todo lo demás vendrá a continuación, pero en todo caso sin ser obstáculo para nuestro gran fin.

De aquí viene la frase de San Pablo: "Alegraos siempre en el Señor; os lo vuelvo a decir, alegraos". La paz y el gozo del Señor se irá así derramando en nuestros corazones. Dios quiere ser El, El sólo la fuente inmensa de nuestra felicidad, de mi felicidad completa. Si le busco en cada momento lo encontraré. Buscar a El; no buscar mi felicidad. El gozo se dará por añadidura.

LA PAZ INTERIOR

Amarás la paz interior como el mayor de los bienes de este mundo; estoy seguro. Yo personalmente la deseo y amo como sinónimo de la felicidad en esta vida. Observándonos bien por dentro notamos que hay "algo" muy profundo en el alma, a donde no llegan las tempestades del exterior. Ese "algo" es como la misma esencia de mi persona, iluminada por Dios, alejada de las cosas de la tierra, donde el Señor se recrea en algunos momentos de oración muy consciente.

No resulta fácil penetrar en ese interior. Cuando se logra estar allí, las cosas desagradables, injurias, incluso dolores y tristezas, es granizo que golpetea sobre techo seguro y firme. No nos impresiona demasiado. Incluso nos encontramos a gusto, como un día de nieve y cierzo en casa junto a la estufa.

Merece la pena, en las salidas de este interior, no alejarnos demasiado. Regresar allí en cuanto podamos. Sería absurdo marcharnos lejos y descuidar nuestros intereses eternos ¿Te das cuenta de la eficacia de nuestro apostolado próximo, permaneciendo en gran paz junto al Señor? Nuestra acción sería - estoy convencido - mil veces más provechosa permaneciendo envueltos en Dios, aunque aparentemente no pudiéramos llegar a todos los detalles.

A veces pensamos que para encontrar la paz hemos de aislarnos de nuestro ambiente, retirarnos a un monasterio o al monte. Pero la paz la podemos encontrar en nosotros mismos, en nuestra casa, en nuestro trabajo. Para encontrar la paz y la verdadera libertad no es preciso salir de nuestros cauces. Debemos, sí, entregarnos por completo a la voluntad de Dios; hasta llegar a asimilar los sucesos todos como venidos de la mano de Dios. Incluso si me encuentro triste he de pensar que Dios quiere esa tristeza para que purifique mi corazón de tantas tendencias hacia las cosas de aquí abajo.

Hace falta para ello confiar mucho en Dios. En El vivimos, nos movemos y existimos. Y este Dios, nuestro Amor, convierte en rectos los caminos torcidos por donde andamos. Pero en el proceso de enderezamiento los caminos aún parecen más tortuosos, para que sea más meritoria nuestra fe y confianza. El dolor, el sufrimiento, la tristeza, la duda... todo esto está dentro de mí y dentro de ti muchas veces, pero DIOS ESTA CON NOSOTROS, SOMOS PORTADORES DE DIOS Y ESTO DOS DA GRAN PAZ.

EXAMEN PROPIO

Tal vez una práctica de las que más nos han hablado en los años de formación haya sido el examen de conciencia. Y en realidad es muy importante. Estás tan convencido de ello como yo.

Omitir con frecuencia el examen o serle fiel tan sólo en su parte material, por mera rutina, es algo totalmente estéril. Si queremos santificarnos de veras hemos de persuadirnos de que serán poco provechosos otros medios de santificación, si no los sometemos a control y vigilancia. ¡ Se cae en la rutina tan fácilmente ! Constancia en practicarlo y de un modo eficaz. El golpe de vista de Tissot es fundamental, pero también en ese golpe de vista se puede caer en la rutina.

Un tema olvidado de examen suelen ser nuestros gastos. Leía hace tiempo en la vida de Santa Micaela: ella, vizcondesa, llegó en una temporada a gastar en bagatelas bastante dinero en París. Luego, arrepentida, resolvió no gastar nada en su persona, fuera de lo estrictamente necesario.

Me he preguntado muchas veces a mí mismo cómo son mis gastos, cuánto doy a los pobres, a obras benéficas, a necesitados. A veces me consuelo. - ¡Consuelo de tontos! - al ver cómo otros malgastan mucho más que yo.

Y formulo un propósito: voy a reducir gastos personales innecesarios. Voy a procurar no hacer ni uno. Pero...los voy a gastar, sí, en darlos a los necesitados. Poco a poco. Pero siguiendo un plan progresivo.

No podemos criticar a los ricos derrochadores de millones, si nosotros malgastamos cientos o miles. ¿No te parece?

INFLACIÓN ESPIRITUAL

Quienes por profesión hemos de aconsejar o hablar a menudo de cosas de Dios, de vida interior, del Evangelio, corremos el peligro de la inflación espiritual. De un modo especial los confesores, obispos, predicadores y religiosos en general.

Un cura me decía hace ya tiempo: poco a poco voy echando cara al asunto. Al principio me costaba mucho aconsejar algo que yo no cumplía. Ahora me he acostumbrado ya ello. ¡Cuánto aconsejo nunca practicado! Y este cura no era malo. Lo puedo asegurar porque lo conocía yo a fondo. Y luchaba contra la tibieza.

Lo cierto es el gran peligro que corremos todos los líderes de las cosas de Dios. La única solución es ésta: Más tiempo dedicado a la oración personal, al trato íntimo con Dios; una gran dosis de humildad, difícil de conseguir en poco tiempo; practicar el sacrificio voluntario. Si obramos así, el Señor tendrá misericordia de nuestra miseria, y poco a poco transformará nuestro corazón dándole la riqueza total para evitar la inflación espiritual.

PENSAR EN EL FIN DE LA VIDA

Con frecuencia pienso en la muerte. Ahora más que antes. Sobre todo desde la muerte de mi madre, desde mis cincuenta años. Me ayuda mucho leer en vidas de personas santas cómo ellas han afrontado el problema. No hace mucho leía y se me grabó:

El padre Nieto entregó su alma al Señor la noche del viernes al sábado Santo de 1974. El jueves pudo celebrar privadamente la misa de la Cena del Señor. El mismo viernes Santo no salió apenas de la capilla en todo el día. A las cinco y media recibió la comunión. Cenó normal. Cuando se fue a acostar, tocando la puertecilla del sagrario, se despidió de Jesús como todas las noches: "Si quieres, puedes llamarme esta noche". Besó la imagen de la Virgen y dio tres besos al crucifijo. El hermano notó que el Padre Nieto comenzaba a tiritar como si tuviera frío. Le arropó, pero seguía temblando. Comenzó el dolor y la gran dificultad para respirar. Cayó en cuenta de la gravedad e inició el coloquio con el Señor, uniéndose a su pasión: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Lo que tú quieras, Señor, si quieres hoy, si quieres, mañana... cuando Tú quieras, Señor... Perdona mis pecados... Tomad Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad...Os ofrezco mi vida, os ofrezco mi muerte, os ofrezco mi eternidad...Os lo ofrezco por la Iglesia, por los sacerdotes, por todo el mundo..." Quería que se le incorporase, para encontrar algún alivio y poder respirar mejor. " Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía." Seguía sintiendo frío. Cuando le indicaba el hermano que no se fatigase, contestaba: "Si eso no me fatiga, eso lo único que me alivia: decirle a Jesús que le quiero, que sufro por El; que le ofrezco mi vida y que estoy a su disposición." Sufría con entereza el intenso dolor que le producía la embolia pulmonar. Con ritmo más lento dijo al fin: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu." Poco después quedó su rostro tenso e inclinó la cabeza. Eran las dos de la madrugada. Murió como Jesús.

Le pido a Dios que me ayude ahora, que poco a poco vaya aprendiendo a entregar mi vida a El. Como los hombres santos.

¡Cuánto animó él a otros a bien morir. Recuerdo ahora cuando exhortaba a aquel tuberculoso: "¡Ay, Amador, quién pudiera cambiarse contigo! ¡Qué cielo te estás ganando con tu enfermedad!"

Viene bien leer estas líneas de vez en cuando. La realidad es cierta para todos. Para mí y para ti también. Vamos a prepararnos viviendo siempre unidos al Señor y ayudando a otros con nuestro ejemplo, trabajo, ilusión y palabra.

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