X V
SER APÓSTOL, SER SACERDOTE
MAGDALENA
Yo nací el 22 de julio, fiesta de Santa María Magdalena, la mujer que gustaba de la contemplación, de vivir junto al Señor, la que eligió la mejor parte. Siempre he admirado a esta Santa con devoción. Tal vez por eso mismo Dios me ha dado el deseo de vivir una vida interior intensa, aunque no lo he logrado siempre ni mucho menos. Quisiera que mi vida fuese un canto de alabanza a Dios. Es difícil mantenerse siempre en estos sentimientos, porque también es difícil aislarse de tantos estímulos que nos rodean. Yo sé que tú piensas lo mismo que yo. Por eso te escribo en este sentido. Como María Magdalena anunció a Jesús, una vez que recibió su aparición, creo que nosotros hemos de anunciar al Señor después de contemplarlo en la oración.
Yo fui bautizado el 29 de julio. Fiesta de Santa Marta, hermana de Magdalena. La de la vida activa. Admiro también a esta mujer. Por eso aprecio en mucho la vida activa. Por eso siento el deseo continuo de expresar y propagar mi fe. ¡ Lástima que no haya aprovechado todas las ocasiones para hacerlo ! Merece la pena hacer todo lo que podamos para expansionar la mística del Evangelio. Que no nos limitemos nunca a enseñar solamente, sino a enseñar cómo se vive. Creo que esa es la diferencia entre un profesor y un educador en la fe, un apóstol.
Me parece que nuestra vocación tiene que tener mitad de Marta y mitad de María, como la de San Bernardo, San Francisco y otros muchos. En medio de nuestra actividad diaria, vamos a procurar practicar todo embebidos en Dios, como Magdalena. Con una ilusión creciente en ello. Si hemos tenido épocas de tibieza, ya es hora de salir del sueño.
Vamos a aplicar los labios a esta divina fuente de gracia que siempre está manando; vamos a vivir en continua comunión con el "Dulce Huésped del alma". Vamos a vivir según aquella sentencia de San Agustín : El amor no tiene más que una medida: darse sin medida".
Yo pido a Dios por ti para que se digne colmarte de esa medida del amor. Y le pido también por mí, que buena falta me hace. Así podremos exclamar con San Pablo: " no soy yo quien vive, vive en mí Cristo."
ALMAS
Jesús nos llama a seguirle. Y, la verdad, no es tarea fácil. Ya solía decir Santa Teresa: " Si así tratas a los amigos, no me extraña que tengas tan pocos."
Los seguidores del Señor hemos de soportar muchos sufrimientos. También los aguantan quienes no le siguen. No estamos peor que ellos. Porque a la hora de la verdad, en conjunto, tal vez peor lo pasen quienes no aman a su Señor. No saben nada de las dulzuras de seguirle. No saben nada de la felicidad aun en medio del dolor.
Por eso nos sale, nos tiene que salir del corazón, preocuparnos de tantas personas alejadas de Dios. Hacer algo por ellas. Muchos santos han entregado su vida por las almas. El celo de las almas les devoraba. Hemos de mover todos los resortes a nuestro alcance para lograr la conversión de tantos y tantos alejados de Dios.
ELEGIRLE
Ojalá tú y yo escojamos ser cada vez más de Dios. Saber estar muchos ratos a solas con El; lejos del bullicio. ¿Qué diversión puede haber más grata en el mundo que pasar largos ratos con el Señor? El ha de ser nuestra felicidad eterna.
Cada vez leo menos novelas y veo menos cine. No lo he suprimido del todo, pero lo he reducido al mínimo. Así se saca un poco más tiempo para la oración, la meditación y la lectura espiritual. Merece la pena ir aprendiendo a encontrar en Dios nuestra alegría, nuestro refugio y nuestra fortaleza. Además la vida de relación con las personas y la de apostolado gana así muchos quilates.
Dios el Creador de todo, la alegría de los ángeles y de los santos, está conmigo, contigo, amándonos; nos inunda con su amor y nos deja sentir durante el día esa paz inefable, verdadera experiencia de Dios.
En Dios vivimos, nos movemos; estamos en Dios y El está con nosotros. ¿Puede existir mayor alegría? Dios nos ha elegido. Se ha fijado en ti y en mí. Esto es para volvernos locos de contento. Pero hace falta meditarlo mucho para que algún día cale hasta nuestra propia sensibilidad. A esto le llamamos fervor sensible y nos hace avanzar a pasos de gigante por los caminos del bien.
A pesar de nuestros fallos, de nuestras infidelidades, nos sigue llamando. No cesa el Señor de hacerlo cada día. Yo me suelo fijar: hay muchas personas mucho mejores que yo. Con una bondad natural que sobrepasa en mucho la mía. Y ellos nos sienten esa hambre de Dios. Esto me llena de humildad. De verdad, me escondería debajo de la tierra de vergüenza al comprobarlo.
Me llenaba de emoción cuando leía en Santa Teresa más o menos esta idea: Veinte años, Señor, de matrimonio "de conveniencia" y trabajando por mantenerlo. Y ahora, a los veinte años, surte una gran paz en mi alma.
Me llenaba de emoción porque yo llevo ahora más de cuarenta años de ese matrimonio de conveniencia. Cuarenta años de tira y afloja. Con mis momentos de entrega generosa. Con mis traiciones a la a amistad. Y ahora el Señor me da su paz. Una paz que me exige cada día más. Pero (¡aquí está la diferencia con Santa Teresa!); yo no sé corresponderle bien del todo.
Vamos a pedirle generosidad en este nuestro matrimonio de conveniencia. A ver si alguna vez llegamos de veras al verdadero matrimonio de amor. Sobre todo, hemos de procurar sacar fuerza de esta intimidad con Dios para entregarnos a nuestros semejantes.
A veces veo más lógica la postura de los no creyentes que la mía, alegre de tener fe. Ellos no creen, y como es natural, no se preocupan de oración, ni de misa, ni de apostolado y difusión de la verdad y gloria de Dios.
Yo creo. ¿Y me preocupo mucho más que ellos? ¿Vivo con ilusión para que el Reino de Dios se extienda en mi ambiente? ¿Me quedo frío y sin hacer nada cuando contemplo a personas alejadas? ¿Discurro algo y tengo iniciativas para solucionar algo en parte este problema?
Mi fe, pienso yo, tiene que empujarme a vivir sin descanso, mientras haya gente alejada de Dios. Este debiera ser el pensamiento que dominara mi vida. De la oración he de sacar amor de Dios. Y este amor de Dios, a la fuerza me tiene que llevar a la entrega generosa. Porque creer no es sólo de la boca y de la mente, sino de toda la persona; creer es comprometerse.
CRUZ Y APOSTOLADO
Ahora me encuentro bien. Si Dios permitiera mi subida a la cruz por una temporada o por el resto de mis días, debiera aceptarlo con gozo, o por lo menos con decisión. Así acompañaría a Cristo en su pasión. ¿No te parece? Muchas veces nos gusta servir al Señor según nuestros criterios propios. Pero hemos de servirle según El lo desee.
Nos gusta mucho la acción. Pero Cristo salvó específicamente al mundo por su pasión, muerte y resurrección. Ya sabes: me subyuga la vida del Padre Nieto. Este hombre parece que buscaba a Cristo crucificado, más que glorioso. Debemos nosotros entregarnos al apostolado total. Ofrecer al Señor nuestra vida, nuestras actuaciones por los demás. El lo aplicará. Y ni una sola respiración nuestra será estéril.
SER APÓSTOL
A veces me preocupo de que hago poco apostolado. Sobre todo si me comparo con personas muy santas, no me cabe duda: soy un pigmeo. Pero pienso: ¿por qué ellos eran tan entregados a la causa del prójimo y a Dios? Sí. La gracia y el amor divino son la vida y la savia sobrenatural. Y es evidente: ni la savia ni la vida pueden existir sin manifestarse de alguna manera. Por eso si mi vida avanza por los caminos de Dios, si practico la oración, todo el apostolado brotará como las ramas y las flores del árbol sano.
Hace falta que nos demos cuenta de que Dios ha de ser lo importante de veras para nuestra alma. Y el amor propio impide el desarrollo del amor de Dios. Y para desarraigar el amor propio desordenado no hay otro remedio: la mortificación. Todo va unido en la vida interior. Todo relacionado. y sobre todo el amor de Dios. Sin el amor de Dios podrás abrazar el dolor y sufrir, pero nunca serás mortificado, nunca alma de Dios. Serás un gran hombre, sí. Pero no un gran cristiano. Esto me suelo decir yo muchas veces. ¡Cuándo comenzaré a ir colocando en mi vida el amor de Dios en vez del amor propio! Entonces seré de verdad apóstol.
Yo estoy convencido: no es posible amor de Dios sin el deseo de que El sea conocido por todo el mundo. Por eso mi amor de Dios forzosamente debe ir acompañado de la difusión de cuanto llevo en el corazón. No sólo rezar para que todos lleguen al conocimiento de la verdad, sino llevar este deseo tan dentro del corazón que en cualquier momento aflore en algo práctico. Si amo a Jesucristo, necesariamente he de ser apóstol suyo. Imposible mirar con indiferencia a tantas almas alejadas de Dios.
El Señor me llama para que me preocupe por el bien de las almas. ¡Gran misión. Me tiene que llenar de gozo íntimo! Y también de agradecimiento por tal honor. Por otra parte ¡qué gran responsabilidad la mía! Los misioneros santos han temblado pensando en esta gran responsabilidad, según aquello de San Pablo: "¡ay de mí si no evangelizare!
Por una parte mi vida ha de estar escondida con Cristo en Dios, pero por otra ha de lucir mi luz de tal manera que la gente glorifique al Padre. Jamás buscarme a mí mismo en mis actuaciones. Es absurdo. Buscar sólo el Reino de Dios y su gloria!
Si empleo todo mi tiempo libre en hablar con los hombres, en un cotilleo estéril, en viajes sin sentido, por simple curiosidad, y no estoy con El, ¿cómo me comunicará su vida y su amor?
Si pongo todo mi cuidado en llevar una vida llena de comodidad: nada me falte; no tener el menor sufrimiento; agradar a todos para que me feliciten; frecuentar reuniones de pasatiempo; y dejar pasar el tiempo, los días y meses, sin tratar a fondo con Dios: viviré de las rentas; mi apostolado será estéril.
¿Cómo me va a comunicar el Señor en estas circunstancias su don de oración, su don de abnegación? Pero todavía resultaría peor si en el fondo de mi alma busco mi honrilla, satisfacer mi amor propio, que me admiren. ¡Y qué fácil resulta que, si no hago oración, se mezcle ese amor propio en todos mis actos de apostolado o trabajo por los demás!
Mi examen podía ser: ¿Vivo en presencia continua de Dios, para poder hablar de Dios? ¿Gusto de tratar con Dios y estoy desprendido de las cosas? ¿Empleo en estar con Dios muchos ratos libres? Quien no edifica, escandaliza.
Recuerdo una anécdota de San Felipe de Neri. Decía: "Dadme tiempo para tener oración y lo alcanzaré todo de Dios." Yo estoy convencido: varios grupos de personas que vivan en serio, del todo, su vida de oración, terminarían por convertir al mundo como lo hicieron los Apóstoles. Sabemos mucho, demasiado, pero nos queda poco tiempo para orar. Ese es nuestro tremendo drama. Tenemos en nuestras manos la salvación de nuestro ambiente. Y nos parece imposible. Queremos hacerlo todo por nuestras fuerzas; eso no se puede. La fuerza la da Dios en la oración. ¡Cuántas veces lo he comprobado! Días de oración ferviente: se palpa la gracia de Dios mientras hablamos, mientras actuamos. Días de oración floja, rutinaria, sin empeño. Hasta se distraen quienes me escuchan.
Por otra parte la oración ha de ir unida con la abnegación. He pretendido separarlo. Oración, sí. Sacrificio, no. Así me ha ido. ¿Cómo orar bien teniendo el cuerpo "a papo de rey"? ¿Cómo me va a dar el Señor el don de oración si no le doy muestras de que me importa El muy por encima de todo lo creado? Del todo, del todo...así tiene que ser mi entrega; así ha de ser la tuya.
Cuando estamos al frente de otros, no ha de ser para ninguna clase de privilegios, honores, ni beneficios. El Señor nos ha puesto allí para servir. Y tengo que vigilarme muchos para dar ejemplo, animar a la perfección, a la fe, a todo lo bueno. La santidad del grupo depende mucho de mi manera de actuar. ¿Porqué han languidecido mis obras de apostolado tantas veces? Por esta falta de celo, de vida interior. Estoy seguro de que si nos esforzamos, si vivimos en contacto con Dios durante el día; nuestra relación será mejor; el mundo será un poco mejor.
Cuando los dirigentes son santos, cuando están llenos del amor de Dios y hacen amable la santidad, Dios suele hacer entonces verdaderas constelaciones de santos. Así ha florecido siempre la santidad en la Iglesia. A través de grupos. Nosotros debemos ser una pequeña constelación de santidad. Vamos a esforzarnos. A poner todo de nuestra parte.
¿Te fijas en esta sublime realidad? Si tú buscas solamente a Dios, poco a poco tendrán ilusión en buscarlo tus amigos, tu familia, las personas relacionadas contigo. La familia no es lo más fácil porque nos tratan de continuo y ven todos nuestros fallos. Pero si de verdad buscamos a Dios, poco a poco subirá nuestra virtud e incluso la familia llegará a mejorar. Si yo miro a Dios en todo, poco a poco quienes me rodean también lo mirarán y me irán viendo como un hombre de Dios.
Dios ha confiado a mi cuidado la belleza y riqueza de su heredad y desea que la cultive con cuidado, con celo. ¡Dios mío, que vuestro jardín crezca, que me dé cuenta de mi grave responsabilidad! Que todos los amigos nos unamos con este gran fin espiritual. Vamos a permanecer siempre unidos.
Vamos a pedirle al Señor y también vamos a esforzarnos mucho en esas cualidades humanas tan atractivas. Santa Teresa de Jesús arrastraba por su gran amor a Dios y porque cuidó mucho su simpatía personal. Cuanto más mejoremos en este aspecto, será en beneficio del reino de Dios.
Ser apóstol exige una máxima unión con Cristo. De lo contrario nuestra labor con los demás no será labor apostólica sino tan sólo humana. Si encima somos sacerdotes, debemos identificarnos más aún con Cristo sacerdote y víctima. Vamos a permanecer siempre junto al "dulce Huésped del alma". El derramará su caridad sobre nuestros corazones.
Surgirán en nuestra alma pensamientos luminosos y profundos, palabras llenas y sabrosas. Si seguimos muy unidos al Señor, nuestra palabra llegará hasta el alma de quienes nos escuchan e irá acompañada de obras llenas de amor al prójimo.
Notaremos en el alma una especie de sabor, un agua vivificante; una especie de llama interior hará que se enciendan quienes estén cerca de nosotros. Pero esto no lo vamos a conseguir de repente. Estoy convencido de que Dios hace la labor total, pero sólo normalmente por medio de instrumentos bien preparados, por medio de los santos. Por eso los santos siempre han contagiado de su santidad.
¿Verdad que adviertes en tu interior la quemazón de hacer algo para que otros sean mejores? A mí también me sucede. Hacer algo en el ambiente para ayudar a esto. Y cuanto más oración hago, mayor es este deseo.
Vamos a vivir los dos, y todos aquellos en quienes podamos influir, con la mirada puesta en Dios siempre. Pedirle al Señor el aumento de fe. Y una gran esperanza de eternidad. Entonces la caridad nos va a impulsar este deseo de hacer el bien con mayor intensidad. Y estoy seguro de que lo haremos.
Leía el otro día: Tolstoi a los 57 años tuvo el gran cambio de su vida espiritual. Es verdad, disintió de la jerarquía ortodoxa y fue excomulgado, pero lo cierto es que vivió con una intensidad espiritual inigualable los últimos años de su existencia.
Todo es divino en el alma con el triunfo del amor. No tiene más regla que la voluntad de Dios; su gloria por siempre. Y esa es la gran ilusión de su ser entero. Cuanto más unidos a Dios, más compartimos con Cristo la obra de la redención y más colaboramos con El. Por eso nuestra inquietud ha de ser ver cómo lograr el retorno al camino de la salvación de tantos alejados. Y también ayudarnos unos a otros, quienes por su gracia estamos en buen camino, ayudarnos a aumentar nuestro fervor.
PREPARARNOS A LA VIDA APOSTÓLICA
Me gusta leer en las hagiografías testimonios de personas llenas de celo apostólico, o escuchar testimonio de personas que han conocido a éstos. Recuerdo ahora de San Vicente de Ferrer. He visto en Aragón - Levante casas donde él se hospedó. Con placas están para recordar su paso por allí. Tenía siempre con Dios una confianza íntima. Pasaba muchas horas en oración. Luego movía los corazones de tal manera que todavía perdura su recuerdo. Después de sus sermones salía envuelto en el fervor divino y hacía milagros.
De San Bernardo he leído: se pasaba la noche delante del crucifijo; oraba; besaba los pies de Cristo. Todo esto cuando había de predicar en algún lugar. Diego de Cádiz fue encargado de misiones populares en España. Cuando le correspondía predicar, hacía unos días especiales de oración y penitencia. En estos momentos no recuerdo de otros testimonios concretos, pero son numerosos los leídos en mi vida.
De todas las formas hemos de convencernos: la preparación ha de ser mayor en la oración que en los libros. Y esto hemos de tener en cuenta en todos los ministerios. A veces cómo he perdido el tiempo en pequeñeces, en distraerme. Yo comprendo que en ocasiones es del todo necesario; por ejemplo si de lo contrario se cae en una depresión mental. Pero ¡qué hermoso aprovechar hasta los más pequeños momentos para hacer algún pequeño trabajo útil a los demás o para cultivar la propia vida espiritual o la armonía del cuerpo!
Me parece preocupante de una manera especial el no sacar tiempo para la oración y lectura espiritual. Si se abandonan estos detalles, poco a poco va languideciendo la propia vida interior. Tan sólo se practica la oración obligatoria, y la voluntaria a ratillos perdidos. Como si uno por no tener tiempo para comer, tomara sólo chucherías. Por eso pienso que si aún no soy alma de oración, a pesar de mi edad ya madura, es culpa mía por no tener el debido recogimiento y por no dedicar los tiempos necesarios a este quehacer divino.
El cura de Ars y todos los santos que hablan de la oración dicen que no hay cosa de mayor deleite que estarse a solas en un rinconcito con Dios. ¿Cómo han llegado a eso? Metiendo muchas horas. Buscando tiempo abundante para dedicarse a la oración
PREDICAR
Para ser santo hoy como ayer no existe otro camino: la oración y la ascesis, la purificación, la mortificación, la represión de las malas tendencias propias. El examen continuo es también necesario para advertir los fallos. Y hoy más que nunca se necesita de la vida interior. Porque todos somos muy capaces de todo. Estamos muy preparados y hemos realizado muchos estudios y cursillos para todo. Pero a la hora de la verdad, la virtud sólida se da menos que en épocas anteriores.
Predicar no es estar razonando o diciendo una lección, sino más bien, fijar al distraído; quien viene sin ganas de santidad, salga con ANSIA DE CAMBIAR DE VIDA; los buenos, salgan con ganas de ser mejor, con hambre total de Dios y de santidad. Así debiera ser nuestra predicación. Así deben ser mis clases de religión.
Aquello de la Biblia, no recuerdo ahora en qué pasaje: "Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo" tiene aplicación a mis momentos de hablar de Dios.
En el breviario, el día cuatro de agosto, se lee una catequesis del cura de Ars sobre la oración. ¡Cómo se palpa ahí al hombre de Dios! ¡Cómo tenían que calar aquellas enseñanzas!
Yo recuerdo ahora a mi catequista de mis años 9, 10, 11...¡Qué catequesis aquellas...cómo infundió en todos nosotros el amor a la Eucaristía! Para todo ello: oración, ascesis, unión con el Señor.
Mi tiempo libre, nuestro tiempo libre debe emplearse en gran parte en esto. Trabajamos mucho. Pero holgamos demasiado. Nuestro tiempo libre ¿en qué empleamos? Tratar más con Dios en oración y súplica.
CARTAS
Vamos a seguir animándonos mucho con las cartas. Al menos siempre nos proporcionan buenos deseos de ser mejores. Y, aunque no todos los deseos los consigamos poner por obra, sí producen el buen resultado de vivir con fervor más continuo. Eso es muy bueno para la vida interior y de apostolado.
CATEQUESIS
Hice una encuesta y constaté: muchos niños no acudían, y nunca lo harían, a las catequesis parroquias. Me decidí a organizar con 7º y 8º una sesión semanal. Los sábados de 5 a 6 de la tarde. Y tengo matriculados 26 niños. Con el único sentimiento de que no se me hubiera ocurrido antes tan feliz iniciativa. Estos niños tienen hambre de Dios. Se lo noto. Vienen sin ningún tipo de coacción. Escuchan con gran interés. Y poco a poco les iré metiendo las ideas de los ejercicios espirituales. Le pido al Señor mucho, ser buen instrumento. Que les vaya calando su palabra. Porque son muy pocas las fuentes de donde pueden beber la verdad, arranque de la propia fe.
También deseo que vayan comenzando a practicar la oración personal. Para ello debo darles ejemplo y nociones elementales de oración.
SACERDOCIO Y SANTIDAD
Me emociona leer la vida del padre Nieto. Tomar su libro en mis manos, ya se puede decir que es una gracia actual. Siempre tenía él una obsesión: la santidad de los sacerdotes. Cuando se ordenó decía más o menos: quiero tener la capacidad meditar cien años seguidos sin interrupción, sin distracción sobre esta realidad: "soy sacerdote". Y vivió siempre enfrascado en este pensamiento. Me impresiona mucho esto.
Yo también suelo vivir bastante centrado en esta idea. Pero ¡cuánto me falta para seguirle al cien por cien! Vamos a procurar que se nos meta hasta dentro del alma como a él la ilusión de la santidad. Lo tantas veces meditado, sigue teniendo hoy actualidad. ¡Cómo vamos a influir en nuestra relación con el prójimo, en nuestra enseñanza religiosa si vivimos a tope nuestra fe!
UN SACERDOTE DEBE SER muy grande y a la vez muy pequeño. De espíritu noble como si llevare sangre azul, y a la vez real y sencillo como un labriego. Héroe por haber triunfado sobre sí mismo. Fuente inagotable de santidad y pecador a quien Dios perdonó. Señor de sus propios deseos y servidor de los débiles y vacilantes. que jamás se doblegó ante los poderosos y se inclina, no obstante, ante los pequeños. Dócil discípulo de su maestro y caudillo de valerosos combatientes. Pordiosero de manos suplicantes y mensajero que distribuye oro a manos llenas. Animoso soldado en el campo de batalla y madre tierna a la cabecera del enfermo. Anciano por la prudencia de sus consejos y niño por su confianza en los demás. Alguien que aspira siempre a lo más alto y amante de lo más humilde. Hecho para la alegría, acostumbrado al sufrimiento, ajeno a la envidia. Transparente en los pensamientos, sincero en sus palabras, Amigo de la paz, enemigo de la pereza, seguro de sí mismo.
(Te he copiado esta cita del MANUSCRITO MEDIEVAL. SALZBURGO.)
Llegas a ser por el sacerdocio (somos los dos), mediante la imposición de las manos y la unción sagrada, un ser consagrado por Dios; mediador entre Dios y los hombres; muy amado del Señor; llamado a hacer brillar en el mundo el fuego de la gracia divina. Cristo nos hizo partícipes de su grandeza y de su poder. Sólo exigía nuestra fidelidad para entregarse del todo a nosotros. Yo no he sabido ser fiel al Señor, aunque buen deseo siempre lo he tenido. Tú has sido más fiel en tu entrega total. Te felicito. Pero vamos a continuar cada uno desde nuestro puesto viviendo nuestro sacerdocio más a tope. Vamos a darnos cuenta: Cristo nos quiere ante todo para que estemos con El; y después para enviarnos a predicar. Las dos cosas deben ir unidas. Si vivimos a tope lo de estar con El, nuestra vida de predicación, testimonio, entrega al prójimo van a ir selladas con esa unción y convicción. Ellas calarán a la larga y abrirán las almas a la trascendencia.
Yo siempre quiero mirar en el sacerdote al hombre de Dios. Al que lleva en su boca y en su corazón y en sus manos al mismo Dios. Ojalá nos miremos a nosotros mismos con la misma veneración y fe que en los días de nuestra ordenación. Da pena cuando observamos en muchos sacerdotes cómo se va perdiendo en ellos el sentido de Dios. Desde el momento que esta institución clerical comporta una serie de prerrogativas y una superioridad sobre el pueblo sencillo, la gente de su dependencia se enfría. Así vemos hoy cómo las masas están perdiendo la fe. La causa última creo será ésta: los ministros del Altar han abandonado el sentido de Dios, el hambre de Dios. Nosotros vamos a llenarnos de fervor, vamos a acudir continuamente al Señor para que inunde nuestros corazones y seamos mejor instrumento de su amor.
Los buenos deseos promueven nuestra vida interior. Vamos a desear amar más a Dios. La oración más ferviente ha de ser la dirigida a obtener un sentido de Dios cada vez más profundo y auténtico. Dios nos va comunicando su vida y nos hace percibir su amor. Los momentos de silencio interior garantizan penetrar en El.
Mi vida cristiana debe ser de fervor. Para algo he tenido una formación esmerada. Mi existencia ha sido una gracia continua del Señor. Después el sacerdocio. Algo que permanece en mi vida lo mismo que el ser cristiano. Más cerca de Cristo sacerdote, más cerca de El en la Eucaristía, más cerca al perdonar los pecados. Aunque tan sólo hubiese celebrado una misa y hubiese perdonado los pecados a un solo hombre, debiera estar siempre dando gracias a Dios por ello.
Adelantar en la perfección ha de ser en mí como una tendencia instintiva. Me abisma pensar cómo va pasando la vida y qué lejos todavía de las metas. ¡Cuántos retrocesos, cuántas dudas, cuánto cálculo en lo que debiera ser pura entrega generosa!
No sé si tú pensarás lo mismo. Ojalá puedas dar gracias a Dios porque es eterna su misericordia.
TEOLOGOS Y DON DE CONSEJO
Cuando uno se dedica al estudio de Dios, a escribir libros o revistas de temas relacionados con la fe, necesita en gran manera el don de consejo y profunda humildad. El don de consejo supera las luces de la razón natural, oscurecida muchas veces por el capricho y la pasión. Este don del Espíritu Santo dicta cuanto conviene decir o expresar con gran seguridad y fuerza. si te dedicas a investigar las Sagradas Escrituras, si preparas una clase de las ciencias de Dios o has de decidir algo concreto relacionado con tu fe, ponte antes en oración y solicita con piedad al Espíritu que te ilumine con su don de CONSEJO.
Profunda humildad necesitamos para reconocer nuestra ignorancia quienes estudiamos las cosas de Dios. "Vias tuas Domine demonstra mihi et semitas tuas edoce me" - dice el salmo - "Señor enséñame tus caminos e instrúyeme en tus sendas". Si después logramos hacer un vacío en nuestro espíritu y acallamos los ruidos interiores y exteriores, escucharemos la voz de Dios. El habla en la soledad y en el silencio. Conviene antes de estudiar las cosas de Dios ponernos en disposición serena de escucha. Más sabe el sencillo que gusta de la intimidad divina que el teólogo lleno de elucubraciones escolásticas o se agarra a las últimas opiniones de investigación bíblica.
Dios es la verdad infinita y no puede nunca inspirar sino ideas verdaderas. Por eso si un teólogo defiende ideas contrarias al dogma revelado, sostenido por la Iglesia o ideas filosóficas contrarias a la revelación, no puede estar en él el espíritu de Dios.
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