XIV

SUPERAR NUESTRAS TENDENCIAS TORCIDAS

EL TIEMPO ES BREVE

Nos parece con frecuencia que estamos solos. Por eso nos animan las cartas de los amigos y una conversación espiritual. Y no estamos solos; Cristo está con nosotros.

A veces estamos muy ocupados y retrasamos la oración, hasta que nos vence el sueño. Día perdido. Pretextos falsos. ¿Cuando dejamos la comida por falta de tiempo? Pues antes dejar la cena que la oración. Así lo aconsejaba y lo practicaba el padre Nieto.

Para nosotros el sacrificio voluntario es muy bueno para avanzar. Pero lo dejamos para mañana. Y el tiempo corre. Cuando nos dedicamos a practicar sacrificios voluntarios, el Señor se entrega a nosotros más a fondo en la oración ¿no lo has notado?

Nuestra vida, si somos conscientes, debe cambiar a mejor de día en día. Con movimiento progresivamente acelerado. El tiempo de merecer hoy es más breve que ayer. La ocasión de amor al prójimo, de entregarme hoy a Cristo, no será la misma que mañana. El tiempo de amar y de servir es muy breve. El hacer un favor, también es muy breve. La fe y la esperanza desaparecerán dentro de poco, porque lo veremos tal cual es, no como en espejo o entre niebla. No conviene engañarnos con planes materiales.

¿Te fijas cómo pasan los años? El otro día estaba pensando: hay muchos santos de gran talla más jóvenes que yo. Y no me voy a meter con los mártires y los fallecidos en juventud. Me refiero a quienes han podido probar el martirio de perseverar año tras año. Francisco Javier no llegó a los 50; San Juan de la Cruz, a los 49; San Francisco de Sales, a los 55. Nuestra edad de ahora.

Nosotros vamos a hacer ambiente. Sembrar a todas horas. Si nos critican, sacándonos nuestros defectos, lo sentimos por ellos. Nosotros seguiremos trabajando por ser mejores e iremos creando ambiente. Sí; tenemos a un Dios cercano a nosotros y vamos a ser testigos de nuestro Dios.

Han terminado los años ochenta. ¿Te fijas en esta década? Para mí ha sido la de la gracia y misericordia de Dios. Y para ti también. Retiros en Estíbaliz los diez años. Fervor espiritual en aumento. Bodas de plata sacerdotales. Profundización en la amistad. Vida de familia bien llevada y con amor. Muerte de mi madre. La hija pasa de niña a joven. Yo me encuentro "como de repente" cara a cara con la brevedad de la vida. La vida se nos va, Paco. Debemos aprovecharla a tope. En cada momento me lo recuerda el Señor. ¡Y qué dolor verse tan limitado para hacer un poco más!

Casi desde pequeño me obsesionaba el aprovechar el tiempo. Lo considero como un don de Dios; me lo ha dado a partir de mi primera juventud. Pero he sido avaro del tiempo para formarme: lectura, estudio, teología, literatura, arte. A todo le pegaba. Son varios miles los libros he leídos en mi vida. Muchísimas horas he dedicado al estudio. No reniego de todo eso. Al fin y al cabo me ha servido para ser más útil a los demás en mi profesión de educador.

Pero ahora vivo en mí mismo la necesidad de recuperar el tiempo perdido para la oración y adoración a Dios. Mi vida así es mucho más útil para derramarme en el apostolado, para amar más al prójimo, para dar mejor ejemplo.

Quisiera disponer de la fuerza magnética de los santos. Ellos arrastraban. Quisiera sacar de la oración vigor para convencer, para ser mejor y para que aumente en las personas la fe y el amor.

No sé si te sucederá lo mismo. Yo me doy cuenta: toda mi vida pasada ha resultado una serie de tanteos a ciegas. Si no hubiera sido por la misericordia de Dios, habrían terminado en desastre. Ahora confío en una gran esperanza: mi vida se va encauzando, pero todavía sigo a tientas. Dios va poniendo orden ya dentro de mi confusión. Veo su mano de providencia. Poco a poco, con su gracia, espero pueda serle fiel.

La informe masa del pasado ha llevado consigo una especie de designio: lo fácil, lo agradable, lo duro, lo trágico, ha sido planeado de alguna manera por Dios para provecho de mi alma. Por todo ello me lleno de gratitud a Dios y a la vez de confusión, de paz y de confianza. Sin embargo el temor asoma a cada paso en mi caminar. El más allá es oscuro y mi vida pasada también. Confío en Dios Padre de misericordia y con su ayuda seguiré caminando.

Quisiera darme cuenta: la mayoría de las personas actúan de buena fe. Quisiera así comprender mejor a todos y criticar menos. Todos somos limitados. Y le pido a Dios su ayuda para comprender y para amar más a mis semejantes.

"SAL DE LA TIERRA"

Recuerda aquello de Jesús: "Vosotros sois la sal de la tierra". Por eso vamos a actuar sobre el mundo en todo ambiente posible: catequesis, conversación, amistad, profesión.

Cada día un poco. Algo en cada momento. Con la oración. Con celo por la salvación de todos. Favorecer siempre. Y sobre todo con la intención de ayudar o animar a que amen más a Dios. ¡Si pudiéramos incendiar con este fuego que llevamos dentro!

Podemos. El fuego se comunica con el viento. A poco viento favorable, debemos incendiar en este amor de Dios. Más bondad con todos. Más justicia. Mayor perfección en el trabajo. Y cuando se presenta la ocasión, hablar, hablar claro.

Estas ideas, las pongo en tu consideración. Creo que en algo te puede ser útiles. No me pertenezco a mí mismo, sino a Dios; por eso debo vivir en todo momento según el querer de Dios. Debo darme a Dios en cada momento de mi existencia. Y si caigo en alguna falta dominante, de mal genio, de impaciencia, de pereza o crítica, no quedarme inmóvil todo el día. Levantarme con sencilla humildad. Admitir mi pequeño error. Que soy de Dios y a El he de volver.

Quien ama a Dios debe estar a disposición de Dios, a su servicio. Como la esposa amante de su marido; como el marido enamorado de su esposa. Como el empleado fiel que tiene parte en la empresa del amo.

El amor propio es el mayor enemigo del amor de Dios. Por eso voy a luchar cada vez más contra este amor propio; cuántas malas partidas me va jugando a lo largo de mi vida. Y qué "negocio" tan fabuloso hago. A cambio de la renuncia a mi amor propio, Dios se me da mí; se pone en mi alma y me llena de vida con su mismo amor.

CENTRARSE MAS Y ENDEREZAR

Saber guardar la imaginación, la vista, el oído. Este es un problema para mí importante. La ventana de la disipación está en los sentidos y en la memoria. Ya leía hace tiempo en San Juan de Avila:

"No se cordura mirar lo que no es lícito desear". Una de las señales de corazón recogido es la mortificación de la vista. ¡Y cuánto cuesta! Si no ponemos freno a la disipación, poco a poco se va haciendo pesado lo de Dios. Ya decía aquel profesor (Goiburu) con tono jocoso: "Vamos a hablar de cosas espirituales, de cosas tristes".

Hemos visto a gente anciana, próxima ya a dar el paso de esta vida a la otra, muy metidos en vicios absurdos: lotería, juego, viejos - verdes, alejados de Dios, a quien de jóvenes sirvieron. Han olvidado las fuentes vivas de su primera conversión. No debemos olvidar nunca el santo temor de Dios.

Le vamos a pedir al Señor sobre todo la humildad. Cavar en la tierra de nuestra propia miseria, hasta que lleguemos a la roca firme que es Dios. Sobre El fundaremos nuestra vida espiritual.

Lo has observado: muchísima gente vive olvidada y alejada de Dios. Sobre todo en la juventud. Siguen la mentira, la increencia y piensan que ellos saben vivir. "Pasan" de toda trascendencia. Están en el error y piensan que nosotros somos los egoístas. En el fondo nos desprecian. Ser amado de Cristo y ser despreciado por el mundo suelen ir muy frecuentemente unidos. No debemos desanimarnos.

Ya leemos en el Evangelio: quienes son del mundo no prestan

oídos a las cosas de Dios. A ver si tú y yo vamos poco a poco haciendo a la inversa: cerrar los oídos a las cosas del mundo. Vamos a procurar tener nuestro corazón reservado en secreto para el dulce Huésped del alma. Allí pasaremos con El nuestros mejores ratos. Con un libro de espiritualidad bueno, el tiempo transcurre sin darse uno cuenta. Y lo mejor: después se desea cumplir más a la perfección la voluntad de Dios. Enfrascarse en la oración y lectura espiritual bien escogida es, además de un medio de santificación extraordinario, un relax para el espíritu e incluso para el cuerpo.

Si queremos gozar de la oración, hemos de trabajar por adquirir el llamado recogimiento en vida espiritual. Dios desea que oremos para amarnos. ¿Te sueles dar cuenta de esto? Debemos escuchar en la oración la voz de Dios. El nos atraerá como el imán. Antes nos vamos a concentrar en su presencia; esto es muy importante para la toma de contacto con el Padre.

Para enderezar hacia Dios nuestra persona entera es necesaria la renuncia. Y éste es el caballo de batalla, al menos por lo que a mí respecta. Le daré muchas vueltas a todo. Siempre llego a la conclusión: lo necesario de verdad es la renuncia. Es curioso. Vas logrando con mucho esfuerzo desprenderte de cosas adheridas fuerte a tu corazón, pero luego nacen otras y otras más. ¡Dichoso quien llega a conocer a fondo su corazón, para comprobar hasta donde llega el amor propio!

Por eso los santos trataban con tanto amor incluso a quienes les hacían daño, y así lograron desasirse del todo de ese amor propio tan pegadizo.

SALIR Y ENCARNARSE

Salir, bajar, encarnarse... Puedo tener un peligro en la vida de intimidad con Dios: abstraerme de tal manera que no me ocupe nada de cuanto me rodea. Esto deben evitar incluso los ermitaños, ¡cuánto más quienes vivimos rodeados de personas! Sí vamos a procurar:

cuando salimos de nuestras actividades, regresemos después a esta morada interior donde habita el Dulce Huésped del alma.

Que el alma procure siempre la paz, sin oleaje violento. Como una playa con olas mansas deshechas en la arena. Ser fieles en la paz a nuestro gran Amor. Y el gozo de Dios inundará nuestro corazón del todo. Así tendremos fuerzan para ir extendiendo su Reino.

A veces, después de sobrellevar las más rudas pruebas con paciencia y amor de Dios, caemos en faltas humillantes, y nos vienen ganas de echarlo todo a rodar. Estaba la copa de nuestro aguante rebosando, y la gotita le ha hecho desbordar. Dios en su providencia ha permitido este pequeño fracaso para que afiance nuestra humildad. En esta vida siempre nos veremos imperfectos. Tenlo en cuenta.

No conviene desanimarse. La perfección está más que en lograrla (por otra parte imposible), en aspirar a ella. ¿No te parece? Este dolor de nuestra alma al vernos imperfectos y pecadores es purificante. Miremos a Cristo abrumado por nuestros pecados en el huerto, y tengamos fortaleza. ¡Animo! ¡Hemos de seguir adelante!

Nos suelen molestar las pequeñas caídas. A veces nos entran ganas de echarlo todo a rodar. Pero son a posteriori beneficiosas, cuando nos arrepentimos de ellas. Nos enseñan a permanecer humildes, de este modo ahondamos en nuestra propia santidad.

Dios, aunque odia el pecado, sabe hacer de él un instrumento muy útil para nuestra propia santificación. Al desconfiar de nosotros mismos, de nuestra fuerza de voluntad y de nuestra categoría personal, reposa nuestro corazón más en el Señor.

A veces tergiversamos las categoría de valores y nos molesta más una falta leve ridícula a los ojos de otro, que una grave cometida ocultamente. Y no tenía que ser así. Por eso hemos de aceptar con gozo la penitencia inherente a la propia falta leve cometida en público. Eso nos va purificando. Nuestro amor propio se va humillando.

Sí. Vamos a trabajar por evitar nuestras faltas, pero sin pretender conseguirlo en u solo día. Dejemos en manos de Dios el día y la hora de vernos libres de nuestras faltas, pero vamos a seguir trabajando.

Siempre me han impresionado, y algunas veces te he hecho referencia, las grandes pruebas de muchos santos. Recuerdo haber leído de San Alfonso María de Ligorio: padeció escrúpulos de conciencia durante mucho tiempo. Junto a ello tentaciones contra la fe. El solía decir: "Creo, Señor, creo; quiero vivir y morir hijo de la Iglesia." Incluso siendo anciano experimentó tentaciones de la carne; sentía los ardores de la juventud.

En estas circunstancias y en otras parecidas en lo sucesivo, conviene avivar nuestra fe. Es el Señor el que de modo muy distinto al que nos imaginamos va guiando nuestros asuntos y nuestra vida. Creerlo firmemente. Pensarlo incluso cuando se desbaratan nuestros mejores planes; cuando se oscurece el fervor en la oración; cuando se destruye nuestra salud; cuando no tenemos ganas de nada. Conservar en estos estados la confianza en Dios.

NO A LA GLORIA DEL MUNDO

Querían elegir Rey a Jesucristo y El no lo consintió. Cualquiera lo hubiera escogido en su lugar. ¡Cuántas veces he pensado en el desprecio de El a los cargos de este mundo! Nos enseñó con el ejemplo de su vida a no admirar ni atender lo que brilla en esta vida, sino a marginarlo, a mirarlo como risa y comedia. Al fin y al cabo, quien admira lo de aquí, no admirará lo del cielo.

Yo quisiera aprender esta lección de nuestro Maestro: despreciar y no desear el honor de los hombres. Al fin y al cabo hemos sido honrados con el mayor de los honores: ser hijos de Dios, miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, imagen viva de Dios.

Viene a mi mente ahora la serie de escritos de San Juan Crisóstomo y de otros Padres de la Iglesia en este sentido. Pero es fácil olvidarlo.

A veces sufre uno al encontrarse marginado. Pero si pensamos en estas ideas, viene la paz y la calma del alma. La comedia acaba pronto.

EL DEMONIO

Muchos hoy no creen en el demonio; todo lo quieren interpretar por medios naturales. Sin embargo aparece clara en la Biblia la figura del padre de la perdición. También es el padre de la mentira. El nos tienta por nuestra parte más débil. Pensamientos de vanidad nos está sugiriendo en todos los momentos. Suele decirnos algunas verdades y "aconsejarnos" bien en apariencia. Y con frecuencia "goza" de nuestros consuelos en la oración, porque de esta manera nos va entrando el orgullo de vernos superiores a otros. San Juan de Avila nos avisa para que mucho consideremos esto y no nos dejemos vencer.

La verdadera honra y dignidad nuestra no consiste en ser consolado en la oración, sino en que Dios nos ame y nos dé su gracia. Vamos a confiar en lo dicho por San Pablo: quien comenzó en nosotros el bien, lo acabará. Nuestros merecimientos vienen sólo de la misericordia de Dios.

He leído en San Juan de Avila: es grande la misericordia de Dios algunas veces, cuando concede por mucho tiempo a las personas guardarlas dentro de sí, para que no sufran la guerra tremenda del demonio. Otras veces, como en el caso de Job, nos tortura con su continua tentación.

Lo mejor es no entrar en diálogo con él. Suele dar mucho sufrimiento que a pesar de la determinación propia de servir a Dios, a pesar de llevar años intentándolo, pasar por largas temporadas de sequedad. Parecemos los eternos principiantes. Yo pienso en esos momentos: lo importante es amar a dios, y el amor no está en el sentimiento, sino en la voluntad.

Quiero servirle siempre. Te lo digo a ti porque tú también lo deseas. Piénsalo: Jesús estuvo en la cruz desnudo, sin ningún consuelo y sí con mucho dolor. En teoría ya sabemos: no debemos estar asidos al Señor por sus consuelos, pero a la hora de no sentir nada, de no tener ni el consuelo de las cosas del mundo ni el de Dios, cuánto se sufre.

QUEJAS

Nos dicen los autores ascéticos: Es más perfecto en la enfermedades no quejarse de los dolores de cada día; sin embargo, cuando nos afligen con vehemencia, no es malo comunicarlo a nuestros amigos, ni aun pedir a Dios nos libre de ellos. Cristo pidió al Padre: "Si es posible, pase de mí este cáliz, mas no se haga mi voluntad sino la tuya." Pero si a El no le place hacerlo, conviene que dirijas tus esfuerzos a permanecer con Jesús sobre la cruz, como si jamás fueras a descender de ella.

Hacen mal las personas que a la mínima de cambio se quejan de todo: dolorcillos, pequeñas faenas del prójimo, incomprensiones... Hemos de ir haciéndonos un poco duros por dentro. Es fuente de santificación ofrecerle a Jesús doliente nuestros sufrimientos diarios. Vamos así completando lo que falta a la pasión de Cristo. Por otra parte, la caridad de una buena convivencia nos exige el no estar continuamente echando nuestras lamentaciones a las espaldas del familiar o amigo. Por el contrario, quien recibe las quejas y lamentaciones tenga en cuenta a San Pablo: "Que cada uno lleve las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo".

IRA

La ira no domina sólo en el terreno humano. También ejerce su influjo en la vida espiritual. Cuando a una persona seguidora de Cristo se le acaba el placer sensible de la oración, tiende a enfadarse por dentro y a mostrarse desabrido. Por cualquier cosa puede llegar a irritarse. San Juan de la Cruz ya lo decía, para que tuvieran cuidado sus dirigidos. Y esto sucede no sólo a los principiantes, sino también después de muchos años de servir al Señor. Por eso hemos de vigilar y estar siempre sobre nosotros. Incluso es buena costumbre agradecerle a Dios que nos deje a nosotros solos. ¡Veremos entonces cuánto necesitamos de su ayuda!

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