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SUPERAR DIFICULTADES

DÓCIL

Ser dócil del todo a la acción de Dios. A mi temperamento inquieto le cuesta, pero lo veo como senda de la verdadera oración. Saber escuchar su voz. Saber callar para lograr ese vacío interior. Viene bien aquí el saber respirar con calma, relajarse, concentrar la atención sin esfuerzo.

Y ponernos en la presencia de Dios adorándole. Este debiera ser el primer acto de entrega a El. En el silencio hay una intimidad inexistente en las palabras. Cuando con un amigo se ha intimado mucho se está a gusto en silencio, lo mismo que conversando.

¿Por qué creemos que Dios no nos escucha? Tal vez no nos dejamos amar de El. Dios no nos quiere "a nuestra manera", sino a la suya. ¡Es el verdadero Amor! Vamos a dejarnos amar. Vamos a ser dóciles a la acción de Dios sobre nosotros, aunque no entendamos nada y nos parezca que nosotros actuaríamos de otra manera. ¿Qué sabemos de los designios de Dios?

SEGUIR CON CONSTANCIA

Hemos comenzado a practicar la oración en serio. No la dejemos por nada. Yo no la dejaré. Todos los días de mi vida, aunque esté de viaje, he de buscar ratos para estar con Dios.

¿Por qué vamos a dejar la oración? Lo único que conseguimos es que los trabajos de la vida sean más duros sin oración; que nuestra actividad de cara al prójimo sea mucho menos eficaz.

Al fin y al cabo, con la ayuda del Señor es como ponemos en el disparadero de la conversión a aquella persona con que tratamos y sabemos alejada de Dios.

Si no nos duele en el alma ver a una persona relacionada con nosotros lejos de Dios, no practicamos bien la oración. Si no se nos ocurre otra cosa: pedirle continuamente al Señor por ella.

He leído muchas vidas de personas santas. En todas ellas he visto gran entrega a la oración y una gran fuerza en su acción y palabra para lograr de Dios la salvación del prójimo. Me doy cuenta que la mayor parte de los individuos buscamos sin cesar la propia satisfacción en todo. Llamamos a la cosa realizarnos, pasar un rato bueno, disfrutar. Tal vez en el sacrificio, en nuestro esfuerzo por los demás, sólo buscamos a Dios o al prójimo. Así lo creemos Y... si nos analizamos por dentro... El sacerdocio, el apostolado, el matrimonio, la mortificación: cuánto tiene de propia satisfacción en muchas ocasiones! ¡Qué pocas veces busco a Dios sólo!

Por eso aceptar el dolor en cualquier forma, es un remedio eficaz para buscar a Dios, su gloria y prescindir de nuestro propio egoísmo. Vamos procurar tú y yo seguir con constancia la obra comenzada.

PUESTOS

Me gustaría ver a fondo en la vida de los santos cómo reaccionan cuando les quitan un puesto al cual estaban muy acostumbrados; en él practicaban obras buenas; había sido algo así como la razón de ser de su vida. Un puesto de verdadera vocación. Más aún me gustaría ver cómo reacciona interiormente un padre de familia santo, cuando pierde el puesto de trabajo y no dispone ya de medios para el sustento suyo y el des sus hijos. Es que veo el fondo mi corazón como abrumado solamente al pensar en esta posibilidad.

Simplemente se revuelve mi ser entero cuando un aprovechadillo me pide colaboración, le ayudo todo lo que puedo y luego me ignora por completo. Me ha usado de trampolín para su lucimiento personal. Estas penas son hondas y dan ganas de mandarlos a paseo. ¡Cuánto cuesta después incluso tratarlos! Y debo quererlos porque Dios nos pide amar incluso a estos enemigos aprovechados.

Hoy más que enemigos declarados abundan los oportunistas sin conciencia. Quiero reaccionar ante estos casos como lo hacían los hombres que han vivido centrados en Dios.

Sé que siempre te has dado cuenta de la importancia de la vida espiritual: dejarlo todo para encontrar al Todo. A eso se reduce, creo yo, el esfuerzo ascético de la perfección. Por eso siempre debemos andar cuesta arriba. Pero cuando sopla fuerte el "viento a favor" del amor de Dios, todo parece liso y suave. ¡Maravilloso!

Este dejarlo todo no sólo es propio del estado de virginidad, también del matrimonio. Dejarlo todo afectivamente no significa el despreciar a nuestra familia y amigos, sino el no agarrarnos a ellos como al bien supremo, y estar dispuestos a la separación cuando el Señor quiera. Dejarlo todo el virgen. Que no busque la compensación en el dinero, en la buena mesa, en los puestos destacados.

Dejarlo todo para encontrar al Todo. Vacío el corazón. Pero darnos cuenta de la sublime realidad, ¡la tuya y la mía, la eterna!: Él permanece en nuestras almas. Y nosotros estaremos siempre con El como lo están los bienaventurados, aunque ahora no lo experimentemos con aquella sublime visión de la realidad.

LUCHAR

Algunas veces habrás experimentado en la oración la suavidad, la alegría del amor de Dios. Otras veces, tal vez, la oración te habrá parecido un poco seca, pero durante el día has estado en contacto con Dios y todo te ha resultado llano, agradable. A mí también me ha sucedido bastantes veces esto.

En otras ocasiones, por el contrario, ¡qué dura resulta incluso la misma vida! Yo me suelo acordar de estas ideas cuando ando en bici. Cuando el viento sopla a favor, ¡qué delicia! : uno toma bríos y fuerzas; se han quitado veinte o treinta años de encima. En cambio, cuando toca subir una cuesta, y encima con aire en contra... A veces hasta he de bajarme de la bici.

En nuestra existencia se van sucediendo el llano, la cuesta arriba, el viento a favor y el aire en contra. Pero siempre hemos de caminar hacia Dios. Siempre hemos de esforzarnos. ¿Qué más da? La meta es la fusión con Dios Padre. Merece la pena trabajar en esta vida y enseñar a otros lo maravilloso de este esfuerzo.

Vamos a pedir al Señor tú y yo sentirnos envueltos siempre en este misterio de la caridad de Dios. Si miramos hacia atrás nos damos cuenta cómo nuestro Padre ha andado "siguiéndonos", como enamorado tras su amada. Toda nuestra vida se reduce a esto. Cada vez se ve más claro. De algo nos sirve la edad bastante madurita.

Yo estoy convencido: un alma en aspiración hacia Dios, no retrocede jamás. Mis vueltas atrás en la vida ante mis dificultades, han sido por no poner en Dios toda mi esperanza. La gente santa opta por Dios de una manera audaz. Y se lanza por los caminos más cortos. Los años hasta ahora pasados han tenido mucho de camino áspero y duro. Pero el tiempo futuro desde ahora, seguro que va a aumentar en dureza y dificultades. Y es natural. Los últimos años de la vida de Cristo fueron los más duros; los nuestros también van a ser así.

Hemos de seguir adelante. El va a estar mucho más cerca de nosotros para alentarnos. Aunque en ocasiones, cuando nos encontremos en lo más duro de la cruz, no vamos a notar su presencia. Tampoco Jesús notó en la cruz la presencia del Padre, sino el abandono. Pero la santidad, la unión íntima con Dios va a ser nuestra gran y total recompensa.

Sería maravilloso servir al Señor si no tuviéramos caídas. A mí los fallos personales no me suelen desanimar directamente. Es más solapada la tentación. De momento sigo, incluso con interés. Pero a la larga, trabaja el subconsciente y va enfriándose el fervor. Poco a poco la oración es menos exigente. Este es el peligro para mí. No sé a ti si te pasará lo mismo.

Por eso lo importante es no desanimarse ante las caídas, sino levantarse pronto del estado de postración. Es de héroes el levantarse y continuar como si comenzáramos del todo despejados. De santos el levantarse. Por eso la determinación nuestra va a ser: "no moriré sin ser santo". Y aunque me humillen los fracasos, comenzaré con mayor tesón.

MOLESTIAS EN LA CONVIVENCIA

Si has de soportar algo por parte de los que te rodean en el trabajo o en el propio hogar, has de llegar a convencerte de que esa es la voluntad de Dios. Pero has de entender. Dios no desea la maldad de tus compañeros o familiares, sino que de ese mal quiere sacar bien el Señor para tu santificación. Dios es y no el azar quien ha dispuesto en su Providencia tal compañero o tal familiar cerca de nosotros. El genio, los gustos, las brusquedades, mil cosas ingratas a tu temperamento... Dios te ha colocado directa o indirectamente en estas circunstancias para que te santifiques allí. Dios quiere tu despego de las cosas de este mundo para que te acuerdes con frecuencia que aquí estás sólo de paso.

Todo esto no significa tu indolencia hacia el trabajo para conseguir bienestar y paz en la vida, sino que mientras estás en circunstancias adversas, debes vivirlas con este espíritu de abandono en las manos de Dios.

INQUIETUD, PRUDENCIA, PROVIDENCIA.

El abandono en la Providencia no dispensa de la prudencia, pero destierra la inquietud. Jesús condena la solicitud exagerada en lo referente al alimento, bebida o vestido; porque ¿cómo va a desamparar a sus hijos en la tierra el que proporciona a las aves alimentos?

Hemos de luchar a toda costa contra la inquietud del futuro y del pasado. Después de los sucesos debemos hacer brotar de ellos los frutos que Dios mismo espera para su gloria y para bien nuestro. Ante los acontecimientos felices el agradecimiento, la confianza, el amor. Ante acontecimientos desgraciados, la paciencia, la penitencia, la abnegación, la humildad y la fortaleza. Cualquiera que sea el resultado, un acrecentamiento en la vida de la gracia.

Trabajar también contra la inquietud del futuro. Después de haber hecho todo el esfuerzo posible, con prudencia, esperar el resultado de la Providencia de Dios. El sabe, mejor que nosotros lo que nos conviene. El es Padre y nos ama. Descansar del todo en su regazo.

Una de las cosas más impresionantes en el camino de la santidad es lo largo y penoso del mismo. No hace mucho tiempo leí de Santa Juana Fca. Fremiot de Chantal que pasó cuarenta años de su vida llena de aridez, sufrimiento y tentaciones; ni siquiera gustaba consuelos en la oración. ¡No te desanimes tú aunque te cueste, aunque te resulte duro, aunque se te haga cuesta arriba! Los santos han pasado mayores sufrimientos y arideces que tú.

Tal vez sea ésta la causa principal por la que tantas almas se quedan en los comienzos de la vida de santidad. Ya lo reconocía santa Teresa cuando le decía al Señor: "Si así tratas a tus amigos, no me extraña que tengas tan pocos". Pero nosotros no nos hemos de desanimar por eso. El Señor nos ayudará. Vamos a seguir aceptando los acontecimientos de nuestra vida con corazón sencillo.

Nos encantaría, sí, ser santos, pero sin pagar este tributo del sacrificio de aceptar la voluntad de Dios. Debemos pasar por el aro; y los amigos nos hemos de estimular mutuamente en este camino hacia el Señor.

Por desgracia, al menos por lo que a mí respecta, hemos perdido muchos años en una vida, no mala, pero sí algo tibia. Hemos de recuperar lo perdido. Vamos a buscar a Dios. Y lo encontraremos en la medida de nuestro propio olvido. Al ver nuestra vida pasada, anímate conmigo a profundizar en la humildad. Nos consideraremos como obreros vagos; los últimos de la viña del Señor. Justa es la medicina de Dios, el acíbar del sufrimiento porque nuestro corazón ha estado alejado de él por buscar nuestro propio placer o satisfacción.

Es verdad: en nuestra naturaleza de hombres existe gran debilidad. Y debemos aguantarnos sobre todo a nosotros mismos. A mí me suele ocurrir que cuando más fervoroso estoy, cuando me parece que va a ir todo bien, ¡zás! un enfado, una crítica nada constructiva, ¡todo lo he echado a rodar! Otras veces me domina la desidia, la pereza, la dejadez. No me determino a luchar más que a media marcha. Y es necesario ir venciendo y lograr pequeñas metas de perfección cada día.

No sé si te ocurrirá algo parecido. Pero pienso que es el momento de no desalentarse, sino recibir la humillación y seguir caminando poniendo en El nuestra esperanza. Y ver en esto también la Providencia de Dios para nuestra propia humildad. ¡Qué paz y qué dicha trae ver a Dios en todos los sucesos, incluso en la humillación que suponen las propias imperfecciones! Vamos a pedirle a Jesús que nos vaya enseñando a sobreponernos, que nos enseñe a luchar contra nuestros propios defectos.

DE LOS MALES BIENES

Ya te hablé del desgaste de mis cuerdas vocales. Hablo aproximadamente el 10 por ciento de mi parloteo anterior. No me ha sido fácil aceptarlo. ¡Precisamente cuando con más ganas me encontraba de trabajar! Pero ha sido una gracia de Dios muy grande. Pienso más; escribo más. Puedo practicar más la oración. Es para agradecer mucho a Dios, nuestras propias limitaciones.

Una palabra dicha en un momento determinado vale a veces más que diez discursos. Y una ayuda sicológica o material prestada en una ocasión puede hacer más bien que diez tesis de teología. Así pienso.

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