V I
FERVOR
AHORA
¿Te acuerdas de aquellos versos de Lope de Vega? -"Mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder mañana". Ese suele ser con frecuencia el drama propio y ajeno. ¿Verdad? Ir dando largas al asunto. Y la realidad de este engaño es que si ahora soy negligente y perezoso, más tarde lo seguiré siendo, pero en abundancia.
En algún momento hay que romper el círculo vicioso. Además, ¿quién me garantiza el mañana? Leía hace tiempo, y no me acuerdo en qué autor, que es necesario todos los días meditar en la muerte y pensar que "hoy" puede ser mi último día; mi última oportunidad de servir al Señor. Y no se trata de terror. No. Más bien de una posible realidad.
Vamos a procurar no aflojar. Conocemos personas de una gran ilusión espiritual en su juventud; han ido aflojando y luego se han aburrido de todo. Que no nos pase lo mismo. Las decisiones concretas que sean ahora mismo, no mañana.
Una tentación absurda a veces me asoma: pensar que he practicado muchas obras buenas. Y me parece absurdo porque en primer lugar el único que lo pienso soy yo. La realidad es lo mucho que me falta por hacer. Y para aprovechar algo me conviene interesarme por lo de cada día, a lo menudo. Y ver la voluntad de Dios aun en los detalles.
Cuando nos dedicamos a la oración, a veces se nos ocurren cosas buenas. Entonces conviene tomar en cuenta esas ocurrencias. Miradas con criterio de fe son auténticas inspiraciones de Dios. Los "fuertes" y presuntuosos desprecian esto como ocurrencias e imaginaciones. Piensan que Dios tiene cosas más importantes para hacer que preocuparse de las pobres criaturas. Yo no sé si han leído el Evangelio, en el que pone que aun de los lirios del campo se preocupa el Creador.
Todo esto te digo porque conviene estar siempre alerta y no practicar lo de "parada y fonda" en nuestro camino cada dos por tres. Eso de vivir a temporadas ya ocurrió demasiado en la juventud. Ahora el tiempo es breve y hemos de aprovecharlo bien. Es necesario, amigo, hermano mío, que fomentemos cada día el deseo de Dios. Y, si ya disfrutas de él, lo agradecerás al Señor con toda el alma. Es algo maravilloso. Y es algo tan práctico que mientras lo disfrutamos nos resulta más fácil, no sólo vivir para El, sino incluso la misma vida y sus trabajos. Si falta, todo parece cuesta arriba.
Y una de las causas por la que no crezco yo más de prisa y mejor en la vida espiritual es porque en largas temporadas he vivido de las rentas. Esa es mi desgracia. El no haber fomentado cada día y cada hora el deseo de Dios y de ser mejor. Además voy comprobando que cuanto más me entrego a las cosas de Dios, más hambre tengo de El. Creo que tu experiencia será idéntica en este terreno. Y esta es la gran diferencia que hay entre las "realizaciones" y metas de esta vida. Disfrutas de ellas y luego te quedas vacío. No merecen la pena. En cambio las cosas de Dios te dejan más hambre de El y a la vez mayor gozo y alegría de su posesión.
Leía en San Bernardo esta idea: no hay mayor señal de la presencia de Dios en un alma que el hambre y la sed de El, deseo de ser mejor. A toda costa es necesario este deseo. Vamos a fomentarlo con paz.
Yo estoy convencido de que no basta cualquier deseo de Dios para llegar a la santidad. Si esto fuera así, hoy sería yo santo. Pero ¿qué deseos han sido los míos? Totalmente ineficaces. Necesitamos "padecer" verdadera hambre, verdadera sed de Dios, constante, total. Vamos a pedírselo al Señor con humildad. ¿Qué mejor ideal? Esto nos va a comprometer. Nos va a exigir. Nos va a hacer vivir en una tensión de espíritu continua, pero nada nerviosa, sino pacífica y tranquila. Cuanto mayor sea el deseo, más empeño vamos a tener en los medios. Y aveces habrá que renunciar a mucho: dinero, seguridad, aficiones, y qué se yo cuantas cosas más.
Pero vamos a sentirnos con mucha mayor alegría incluso en este mundo. Querer. Quererlo con decisión. Como en los primeros momentos de nuestra conversión. ¿No te acuerdas? Este es, querido amigo, nuestro gran negocio, nuestro único negocio. Si este deseo es constante, todo se hace fácil. Si es tibio, sin mucha decisión, todo se resultará cuesta arriba. Vamos a repetirnos varias veces al día nuestro propósito total de seguir de cerca al Señor.
CONSTANTES EN EL FERVOR
Debiéramos olvidar aquello del fervor a temporadas. Si nos mantenemos en oración, lo conservaremos aun en medio de la sequedad. Porque el fervor no está reñido con las pruebas de sequedad. El herrero saca el hierro blando y maleable cuando está al rojo vivo. Nuestra alma también será dócil en las manos de Dios con el fuego de la oración.
A ver si tú y yo nos acostumbramos como la abeja a hacer miel de toda clase de flores. Lo importante el libar, como en aquellos días venturosos de nuestra conversión. Hay que volver a Betania, como leíamos en aquel libro. Mi ilusión será comenzar cada día de nuevo. Como si fuese el primer día de mi conversión o el mismo día de la ordenación sacerdotal. Ser siempre como principiante en el fervor. Incluso ir avanzando, sin miedo ninguno. Aquellos fervores duraron dos o tres años.
¡Qué interés he puesto en mi vida en leer obras literarias y de Historia! Y no es que sea perder el tiempo, pero casi lo es, en comparación con lo único necesario! Yo quisiera que el aprecio a la perfección, a la santidad fuera creciendo en ti y en mí cada día más. Yo quisiera que tú y yo nos ayudemos mucho en este sentido. Que nos estimulemos. Lo cierto es que siempre se avanza más cuando uno mira nuestra andadura que cuando nos sentimos totalmente en solitario. Así somos. Y estos medios humanos son muy de la voluntad de Dios. Ojalá que sobre todo nuestras obras nos ayuden a darnos buen ejemplo. Que no sean sólo las palabras.
Yo creo que no nos debe absorber demasiado ni el estudio, ni las aficiones personales. Que nunca perdamos nuestro centro: El Señor que está junto a nosotros. Recuerdo que el Padre Nieto solía decir: "Antes debemos olvidarnos de la cena que de la meditación del día." A ver si se nos mete dentro el criterio de la oración y lectura espiritual de tal modo que sea como el instinto de la comida.
La experiencia me demuestra (supongo que a ti también) que cuando no hemos andado como era nuestro ideal, todo ha sido por haber aflojado en nuestra práctica espiritual. Por eso me he propuesto que si en alguna ocasión no he podido hacer la oración o lectura espiritual según es mi determinación, lo supliré en la primera ocasión que pueda.
Querido amigo, vamos a vivir con fervor. Vamos a vivir con mucho más fervor. Vamos a hacer lo que esté de nuestra mano para lograrlo. Mirar al cielo con frecuencia, pensar que somos Templos vivos de Dios, tener la cruz en nuestras manos, visitar un sagrario, hacer algo, algo, para mantenernos en fervor. Que las cosas del mundo llaman mucho la atención y suelen atraer con fuerza. Ver a Dios que nos espera en una visita, en un encuentro con un compañero, a la vuelta de la esquina, en la soledad de mi habitación.
Ver que el dolor también nos recuerda el amor de Dios que nos llama y nos purifica.
Cuando miro los árboles, cuando contemplo los pajarillos, cuando veo a los chavales que juegan, todo me habla de Dios. Más me cuesta cuando aprecio el egoísmo de algunos, pero de modo indirecto pienso que también me debiera hablar esto del Señor.
Mirar las iglesias de la ciudad y de la campiña cuando están cerradas, me ilusiona por Dios. Pero más me llenaría si estuvieran abiertas y pudiéramos entrar como en años pasados a recoger nuestro espíritu junto al sagrario.
Las imágenes de la Virgen también me alegran el espíritu y cada vez más. Yo creo que debemos mantenernos siempre en una tensión suave para sostener el fervor y el recogimiento interior.
SI. PEDIR EL FERVOR
Yo le suelo pedir al Señor el fervor; pero no precisamente el sensible. Tal vez tú también lo hagas.--- Hemos de desear el progreso en la oración y mantener un propósito firme de practicarla con esmero. Desear con mayor empeño el progreso en la virtud puesto que ahí está de lleno la voluntad de Dios. Y hemos de procurar hermosear nuestra morada interior y vivir allí con Dios largos ratos en el silencio y vida de oración.
¿Por qué no aspirar también a la contemplación? Si nos preparamos con generosidad, llegará. La luz y el amor se precipitarán en nosotros entonces con grandes oleadas. Siendo la contemplación una gracia especial, pienso que el Señor nos introducirá en ella cuando demostremos un gran celo en su servicio: darnos a El y a nuestros semejantes.
* Y no hay que olvidar que lo esencial no es que nuestra oración sea activa o pasiva, que la contemplación sea sabrosa o árida, sino que nuestra oración nos produzca abundantes frutos de amor, humildad y generosidad. Y si por lo que sea durante alguna temporada Dios nos eleva a una oración superior y luego nos quita esa ventajilla, no desanimarnos ni abandonar el fervor. A ser fieles, vuelva o no vuelva su regalo. Y quitar las causas de nuestro enfriamiento.
Estos días le estoy dando vueltas a aquellos versos de Santa Teresa de Jesús. "Ya toda me entregué y di,- y de tal suerte he trocado- que mi amado es para mí- y yo soy para mi amado."Recuerdo también cuando en los primeros años de mis estudios la cantábamos en la capilla. Eramos niños casi, pero yo notaba el fervor en todos nosotros. "Que mi amado es para mí; y yo soy para mi amado."
La oración nuestra tiene que ser ante todo el ejercicio de ese amor que llevamos dentro de nosotros mismos al Señor.
No sé su recordarás esta anécdota: Lloraba San Bernardo cuando no le dejaban ir a compartir el duro trabajo de la siega con sus hermanos, y decía que había aprendido más de los árboles y de la vida interior en el trabajo que en los libros, porque trabajaba "Contigo y Contigo conversaba". ¿Qué más da estar en un sitio o en otro? Sin embargo a veces cuánto cuesta vivir la vida interior en ciertos ambientes... Pero vamos a fomentar la rectitud de intención. La memoria siempre estará santamente ocupada en Dios. Y con el tiempo hasta en la loca imaginación hallaremos que sus distracciones corren por los caminos del Señor. Hasta en sueños. Para San Pablo su vivir era Cristo. Para nosotros también va a ser cada vez más.
El don de la oración nos lo dará el Señor si le somos fieles. Y nos irá preparando para que vaya tomando posesión de nuestras almas. ¿Cuándo será esto Señor?
FERVOR Y ENTREGA AL PROJIMO
Creo que lo habrás experimentado muchas veces: Siempre que te hallas en contacto íntimo con Dios, te sientes envuelto como en el misterio. Parece que en el momento en que te sientes muy próximo a Dios, se esfuma. ¿Recuerdas?: "Salí tras ti corriendo y eras ido." Sin embargo nos dice San Juan que Dios es luz. Y es que ocurre como con el sol: sus resplandores nos impiden verlo en su deslumbrante claridad.
Imposible mirar al sol. Pero con filtro sí. Algunos, incluso así, tienen miedo. Yo creo que tratándose de Dios, el filtro es la humildad. En cielo podremos gozar de los resplandores de Dios sin ninguna traba. Lo maravilloso aquí en el mundo es sentir a veces, aunque sea un poco, su grandeza, su hermosura. Yo en dos momentos me encuentro como más cerca de Dios: en el sagrario y en el monte. En el sagrario lo veo asequible, entrañable. En el monte me parece Grandioso, Omnipotente, Eterno.
Yo quisiera que el fervor nos llevara a conquistarlo todo para El. La gran esperanza cristiana. ¿Verdad que lo has sentido muchas veces? Luego, a la hora de la verdad, cuesta mucho. Pero no vamos a desanimarnos. Poco a poco vamos a vivir sólo para Dios. Hemos recorrido mucho terreno, si nuestro corazón no está agarrado a numerosas aficiones que nos distraigan.
Delante de Dios nos descubrimos débiles y miserables, y por eso nos apoyamos del todo en su Omnipotencia. ¿Qué importa ser débil, si tenemos un Padre fuerte?
Por nuestra unión con Dios vamos a vivir cada vez más en olvido de nosotros mismos. Eso es lo que vale. Y así nos resultará más fácil entregarnos a nuestros semejantes. Jesús no ha revelado otra manera de ir al Padre, sino a través de El mismo. Amar a Cristo, vivir en El, resucitar en El, después de la pasión y muerte.
Y vamos a tener en cuenta lo que tantas veces hemos leído: el Espíritu Santo juega un papel muy importante. El ayuda a toda purificación interior y exterior para unirnos del todo a Jesús. Que tus potencias y sentidos queden como sepultados en el Señor. Y que permanezcamos sordos, ciegos, mudos, para todo lo que sea ajeno a cumplir su voluntad. Junto al Sagrario, al pie del Altar recibiremos estas gracias de Dios. La perfección consiste en vivir en Cristo en el amor al Padre, que sustituyan mi amor egoísta.
TRANSFORMARNOS
La única manera de transformarnos es ponernos en contacto con Dios con el alma atenta y silenciosa. En ese trato íntimo nos vamos dando cuenta de que la gran prueba de amor a Dios es amar cada vez más al prójimo. En la oración, o después discurriremos el modo de amar a los demás. Poco a poco iremos limando asperezas y amando sin tener en cuenta para nada la maldad o imperfección de los semejantes. Amar a los que nos aman poco mérito tiene. También lo hacen los paganos. Vamos a encendernos en este amor transformante de Dios.
La oración nos ayuda a transformar nuestras inclinaciones a lo sensual y material. Porque nos damos cuenta de que las aficiones excesivas nos privan del amor total a Dios. Ser del todo pobre, amigo, para vivir sólo para Dios. De esta manera se precipitará sobre ti el torrente de amor Santo. Y así influirás de verdad en todo el ambiente.
Estamos metidos del todo en la vida activa: nuestra profesión, nuestro apostolado... Nos quejamos de que apenas disponemos de tiempo para la oración. Sin embargo vamos a procurar sacarlo por encima de todo. No podemos dedicarnos a ella con la misma intensidad y duración de los monjes de vida contemplativa. Este sacrificio se lo hemos de ofrecer al Señor. El lo ha dispuesto así al no darnos la vocación de los religiosos. Pero, vamos a vigilar. Muchos se escudan en el trabajo y no hacen nada de oración. Eso no puede ser. A esas personas les falta el aire espiritual. Pueden morir por asfixia.
Vamos a procurar tú y yo tener el corazón puesto en el Señor todo el día. Vamos a ayudarnos de estampas, frases, cuadros... algo que nos recuerde la presencia del Señor. Así haremos mayor bien a nuestros semejantes y cumpliremos mejor nuestros deberes.
Aunque no pudiéramos participar en la Eucaristía por nuestras grandes ocupaciones todos los días, no nos debemos quejar. Eso sí, suplirlo de alguna manera y vivir con esa hambre de Dios. Esa cruz nos va a hacer amar más a la Eucaristía.
SUERTE
La gran suerte: la gracia inmensa que hemos recibido ha sido la fe y con ella la vida divina, la vida del amor, pero no la poseemos para nosotros solos, sino que a ejemplo de Dios hemos de irradiar ese amor por todas las partes. No tenemos derecho a guardarlo en nosotros mismos. Hemos de comunicarlo y hacer discípulos de Jesús. Vamos a calentar en torno a nosotros a los corazones helados. Para ello no es preciso casi ni proponérnoslo; basta con vivir muy metidos en la oración y en el corazón de Cristo. Verás cómo así, casi sin darnos cuenta vamos irradiando el bien y se notará nuestra influencia bienhechora.
Si amamos a Jesús, iremos arrojando en nuestro entorno la semilla fecunda que su tiempo dará fruto. Orar; lectura espiritual y oración. Aunque falten otras cosas, si esto perdura, no hay miedo de que todo irá por el buen camino. Me parece que después del mandamiento del amor, Jesús insiste lo que más en la oración.
Le vamos a pedir a Jesucristo que nos vaya enseñando a hacer la verdadera oración. La auténtica. La que nos une a El y nos ayuda a vivir entregados al prójimo.
EXPERIENCIA RELIGIOSA
Algunas veces he pensado: la experiencia del amor de Dios sobre mí es lo mismo que recordar los tiempos sabrosos del consuelo espiritual. Y sí, ciertamente, es un modo de experimentar el don de Dios con el gozo de la entrega. Pero también nos damos cuenta del gran misterio de Dios en otros momentos. A veces cuando recordamos pruebas duras, nuestra perseverancia en medio de las dificultades.
Y cuando vemos que Dios nos ha seguido queriendo aun después de las propias infidelidades. Simplemente ese diálogo en el trabajo diario con el "Dulce Huésped del alma" ¿qué es sino auténtica experiencia de Dios? Por eso vamos a proponernos siempre y a animarnos a que nunca dejemos el tiempo de oración. Que es una petición del Padre a estar con El. No se puede entender que un hijo, invitado a charlar con su padre, rehuya la invitación. Que ¡sí!, resulta a veces difícil, porque nos dominan las aficiones y dedicaciones (trabajos), pero El nos espera.
Y vamos a recordar que si nos encontramos solos, desanimados, tristes... o por el contrario serenos, gozosos, animados...en el santuario de nuestra alma hallaremos al mejor amigo. El nos va a ayudar en el camino de nuestra meta.
Recuerdo que leía en Gracián esta idea: El hombre muere cuando más debiera vivir: cuando se encuentra lleno de noticias y de experiencia. Cuando ha aprendido a vivir. Y esta parece ser la realidad. Yo ahora puedo decir que estoy aprendiendo a vivir; ahora que he comenzado a convertir la naturaleza, los acontecimientos, las relaciones humanas en signo de trascendencia. Ahora que empiezo a entender que no merece la pena aspirar a nada en este mundo: ni dignidades, ni poder ni dinero. Unicamente agradar a Dios, cumplir su voluntad. Yo creo que nos hemos inventado demasiadas cosas importantes, y demasiadas personas, cuando lo único importante es Dios y cumplir su voluntad. Es una pena llegar a comprenderlo en plena madurez, pero más vale tarde que nunca.
CASA MONASTERIO
Tu casa ha de ser como un monasterio, un jardín cerrado donde Dios nos ha puesto al abrigo del mundo. Allí Dios vive con nosotros en la más deliciosa intimidad. No temas hacer de tu casa un santuario. Coloca en ella un rincón especial para la oración, para la lectura espiritual, para estar a solas con Dios. Pon allí alguna imagen que te inspire devoción. Una imagen digna, bien hecha; aunque tengas que invertir en ello un dinero más que corriente. Tu casa te deberá recordar el cielo. Allí tomarás fuerza para vivir a tope tu vida cristiana. Los que contigo conviven se animarán también a la oración. Ahora que cierran los templos con tanta facilidad por miedo a los ladrones, ha de ser tu casa verdadero templo de Dios. Así podrás decir con el Salmo: "Habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida."
ÁNIMO
Te escribo estas consideraciones que me hago a menudo por si te pueden ser útiles para algo. Muchas veces pienso cómo después de tantos años en que me decidí a seguir a Cristo he avanzado tan poco en la virtud. A estas alturas tendría que ser un santo de verdad. Y qué lejos estoy de ello. A estas horas tendría que ser un alma de oración, y qué lejos estoy de ello. ¡Cuántos santos han vivido menos años que míos de ahora! Todo esto no ha de ser causa de desanimarme, sino por el contrario de acelerar más, de poner del todo mi confianza en el Señor.
Cuando el miedo pretenda desalentarme, me abrazaré del todo a Cristo en quien he puesto toda mi confianza. Me meteré por la puerta abierta de su costado. "¿Quién me hará temblar?"
Me engañaría a mí mismo diciéndome que no sé ser santo o pensando que la santidad es para otros. Yo he de responder al Señor al cien por cien. Ese es mi deseo. El grado de santidad lo dejo en sus manos, en su Providencia. ¡Jesús, intercede por mí! Lo que de verdad me interesa es servir al Señor como El quiere. En el camino de la santidad lo que más me asusta es pensar que deberé ir siempre contra corriente; que tengo que desprenderme de todo lo que sea bienestar y placer, porque de lo contrario me domina lo sensible y me olvido de lo de "arriba". Este es mi problema y pienso que también el de la mayoría. Sacamos tiempo para recrearnos; para conversaciones inútiles; para trabajar; para todo. Pero no nos llega el tiempo para la oración; para el trabajo molesto y difícil de entrega a nuestros hermanos. Así nos va.
Y sin embargo los santos de verdad han pasado por parecidas dificultades y las han vencido por la gran fuerza del amor de Dios que llevaban dentro. Vamos a pedirle al Señor: Dame fortaleza para que rompa ya de una vez todos los lazos que me atan a lo sensible y material, a mi capricho. Solo, nada puedo, pero te tengo a Ti. Contigo todo lo podré.
Y vamos a pensar que nuestra santidad depende de nosotros mismos en la medida en que pongamos nuestra confianza en Dios. Y le decimos a Jesús con fuerza: queremos poner todo nuestro querer en Ti. Dadnos fortaleza para seguir el camino emprendido.
PUREZA DE INTENCION
Vamos a hacer juntos al Señor ahora una oración, ¿te parece?
- Dios nuestro, que te entreguemos de una vez para siempre todo nuestro corazón, nuestras acciones, nuestros deseos. Que todo cuanto en adelante obremos, sea por ti y para ti; que tu voluntad sea siempre la nuestra; que vivamos en tu presencia.
Ten en cuenta que si vivimos en la presencia y en la voluntad del Señor, en este amor intenso hacia Dios, la paz inundará nuestro corazón aun en las mayores dificultades. Este es el premio que Dios da a sus santos. Y nuestro gozo será recogernos en la intimidad de Dios en cuanto nuestras obligaciones diarias nos lo permitan. Entonces la oración no será un trabajo arduo, sino algo apetecido, buscado, el solaz de nuestra alma.
Santa Teresa era todo simpatía con todo el mundo. Pero nunca se cansaba de estar sola, porque era cuando se sentía en la mejor compañía. Por otra parte la realidad es: las inquietudes, temores, zozobras que nos invaden, casi siempre proceden de estar demasiado tiempo con gente. Vamos a ser realistas. Y no se trata de abandonar el trato como huida sino como medio para lograr unos contactos más pacíficos y humanos.
SED DE TI...
El que tiene sed un día de calor, trata de saciarla. Si no puede, suele decir con frecuencia: "Tengo sed. No puedo aguantar." Y si no habla nada de ello, por lo menos está siempre dándose cuenta de la sed que siente, y busca por todas las partes el modo de remediarla. ¿No te has encontrado así alguna vez con relación a Dios? Esos días de fervor buscabas en todo momento la manera de encontrarte en la oración con Jesús. Era una especie de amor que te abrasaba. Así quisiéramos encontrarnos siempre con relación a Dios, ¿verdad? Entonces nuestro apostolado, nuestro ministerio, nuestro trabajo será fructuoso. De lo contrario seré como una campana rajada.
Si vivimos con esta hambre y sed de Dios, procuraremos saciarla. Y se notará en toda nuestra existencia. Lo notarán. Influiremos. Pero si no vamos a las fuentes de aguas vivas, a la oración, ni Dios llegará a los demás en nuestras palabras, ni nuestras palabras influirán casi nada en los demás. Aquí está el secreto de que tanta oratoria, tanto sermón, tanta clase de religión, hayan pasado sin producir ningún provecho.
Repítele conmigo a Jesús: "Aquí, a tu lado siempre junto a Ti, cuánto bien voy a hacer. No quiero separarme nunca de Ti."
INTIMIDAD CON CRISTO
En nuestra juventud oíamos con frecuencia decir: "El cristiano es otro Cristo". Hemos de profundizar en esta frase. "Otro" aquí no significa "diferente" del Cristo verdadero, sino una representación de Jesús, el mismo Jesús como en repetición, el mismo Cristo total, en cuanto que formamos con El su Cuerpo Místico.
Recuerdo el sermón de la Ultima Cena. En él pedía Jesús al Padre que seamos consumados en la unidad, que seamos uno con El, como El era uno con el Padre. ESTAMOS INCORPORADOS A EL. SOMOS UN TODO CON EL.
Por eso debiera ser mi única preocupación y la tuya, querido amigo, estar unidos siempre a Cristo, ser como su prolongación, vivir en continuo trato íntimo con El. ¡Qué necesario para esto hacer un par de veces o tres al día una oración de recogimiento profundo!
Y recordar también lo que decía en el mismo discurso Jesús: El Padre nos ama a los hombres porque nosotros hemos amado a Jesucristo y hemos creído que venía de Dios.
Así que no es una mera ilusión hacer todas las cosas con Cristo; se trata de una realidad profundamente teológica. Mientras permanezcamos en gracia, Cristo permanecerá en nosotros y nosotros en El, como la gota de agua que, mezclada con el vino del cáliz, se convierte en el mismo Cristo sacramentado.
BUSCAR A DIOS
Como te he dicho varias veces, soy muy aficionado a la lectura espiritual. Prepara de maravilla al alma para la oración. Los que "disfrutamos" de una imaginación calenturienta, no tenemos más remedio que sujetarla a base de leer pocas novelas, pocas revistas, pocas cosas distractivas, y centrar la atención en las lecturas de Dios, en el contacto directo o indirecto con almas virtuosas.
Pues bien, leía hace varios días unas ideas que me gustaron. Ni siquiera recuerdo el libro o folleto. Decía de San Ignacio que cuando estuvo enfermo y se convirtió, su entendimiento fue de tal manera iluminado que parecía otro hombre y con otro entendimiento. Esto me ha hecho reflexionar. A Ignacio de Loyola el trato íntimo con Dios durante unos días le hizo cambiar de tal manera que parecía otro hombre y con otro entendimiento.
A nosotros también nos va a hacer cambiar ese trato intimo con Dios. Vamos a intensificarlo en tiempo y en concentración. Dios no nos pide más. El resto corre de su parte.
El otro día me levanté muy triste de la cama. Era esa tristeza tonta que a veces se apodera de uno y le sume en la amargura. Una tristeza existencial. La vida es muy dura para todos. Entonces pensé: Gracias, Señor. Tú también estuviste triste en la cruz y en Getsemaní. Y continué con la tristeza. No desapareció. Era el viernes pasado. Había meditado en la pasión de Cristo. Jesús en la cruz no estuvo en un Tabor. ¿Por qué quien desea servir a Dios ha de pretender permanecer siempre en un fervor sensible?
Por eso pienso que el siervo del Señor no debe buscar en la oración nada: ni la paz de Dios; ni la alegría; ni el éxito apostólico. Buscar a Dios. Sólo a Dios. Todo lo demás llegará por añadidura. ¿Qué más da ser feliz o no? Lo único importante es servir al Señor.
Da gracias conmigo a Dios porque ha sido grande su misericordia. Yo me uno a tu oración. Tal vez también tú desees agradecerle al Señor.
Buscar a Dios. Decirle a la mañana: ¿Qué me pides hoy, Señor? Y no es mucho. Es ser fiel a los momentos de oración; ser fiel al cumplimiento del deber; "regalarle" mi voluntad total hacia El con unos cuantos sacrificios voluntarios. Y pasa el día. La vida corre. Y llega otro día. Poco a poco nos acercamos a nuestra meta definitiva. Habrá que levantarse de pequeños fracasos; de pecados. Pero El nos espera. ¿Quién como El?
CADA HORA
Leía en la vida del P. Nieto que solía proponer para todos como ideal mínimo recogerse interiormente al menos una vez cada hora. Recuerdo que en el seminario rezábamos con algunos profesores un avemaría, pero era tan rutinario que no valía la pena. Lo importante es precisamente lo contrario: que no se practique de una forma mecánica. Yo me lo estoy proponiendo ya hace tiempo muy en serio. Y no resulta difícil ni agobiante. Da paz interior. Ayuda a tomar las cosas con más amor a Dios y a ver en todo la Providencia del Señor.
Si queremos formar parte del número de los enamorados de Dios, hemos de ayudarnos de todas las formas. Para llegar a esto, es necesaria la oración diaria a horas fijas. Si se omite, poco a poco se va desvirtuando el día. La vida es breve. Queda poco. Mientras hay tiempo, vale la pena entregarse a Dios y sacar de El fuerza para darse a todos los hijos de Dios.
GRANO DE TRIGO
Meditaba el otro día en la frase del Evangelio: "Si el grano de trigo no cae en el surco y muere no puede dar fruto". Este es el gran misterio de la vida. Somos el grano de trigo y poseemos dentro de nosotros el germen de la vida eterna, como Jesús. Pero es necesario que ese germen vaya perdiendo su capa de materia poco a poco. Dios
lo va haciendo, aunque nosotros nos resistamos: dolor, enfermedad, marginación, muerte... poco a poco van apareciendo en nuestra vida como aviso misterioso del más allá. Nosotros nos empeñamos en verlo como un mal terrible. Los santos que entendían a la perfección el lenguaje de Dios, nunca miraron el sufrimiento propio como un mal. Todo lo contrario.
Por eso vamos a ser sumisos a la acción de Dios: vamos dejar poco a poco la vida de los sentidos, las ilusiones materiales, el ansia de placer y el temor al dolor. Este es el fervor verdadero. Cuando deseamos las alabanzas, el quedar bien, nuestro orgullo satisfecho, estamos lejos también de que ese grano de trigo "vaya muriendo para dar gran fruto".
MANA NUESTRO FERVOR DE FUENTES VIVAS
En una carta, hace años, me decía un amigo mayor que había evolucionado. Y me ponía la comparación del río que nace en las montañas y discurre más tarde por el valle. Es el mismo río. Son las mismas fuentes. Pero algo ha cambiado. ¿A mejor? ¿A peor?
Muchas veces me he repetido, aplicándolo a mi caso, esta imagen tan bella. Y me he alegrado al constatar que yo también sigo bebiendo de aquellas sanas fuentes primitivas. Pero me asusta y trato de purificar tanta contaminación como se va acumulando en mi vida según pasan los años. Es pena que hoy nuestros ríos se encuentren tan sucios. Pídele al Señor por mí. Yo también te encomiendo con frecuencia en mi oración. Hemos de ayudarnos todos los que en la vida anterior hemos mantenido alguna relación profunda. Por algo el Señor ha dispuesto la transmisión de la fe por el oído, y todo a través de la Palabra de Dios.
Ahora limpian los ríos de las grandes ciudades. ¡Cuánta falta me hace a mí limpiar el mío! Y que no se seque. Vamos a orar unos por otros. Vamos a ayudarnos mutuamente.
Si quieres comunicar conmigo: Mi correo electrónico: mistica@jet.es