V
IMITAR A JESUCRISTO
HUMILDAD
Tengo aquí cerca apuntada una frase de San Alfonso. No me resisto a copiártela: "Cuando veo un alma presuntuosa que se tiene por más prudente, más instruida, más virtuosa que las demás, me estremezco porque creo hallarme ante un demonio en carne humana."
Y lo cierto es, según dicen los que hablan de estas cosas, que ningún soberbio se cree orgulloso. Gran luz interior se necesita para verse uno tal cual es. Yo te confieso que rara vez me he dado cuenta de mi soberbia. Y creo que muchas veces habré sido.
Yo me pregunto: ¿ por qué tendremos tal aversión hacia la humildad? Yo observo en mí mismo que por mucho que me esfuerce, en casi todos los actos me busco a mí mismo instintivamente; aun en los actos que parecen más generosos. Y si quiero buscar a Dios, tengo que purificar la intención. ¡ Qué sabiamente está puesto el dolor según la providencia de Dios! ¡ Y qué difícil es no creerse el centro de la creación!
Vamos a pedir luz para vernos tal cual somos, y fuerza para incluso amar la humillación. ¡Qué difícil es! Mientras te estoy escribiendo, acaban de darme por teléfono una humillación dolorosa. He llamado a un conocido, que por cierto me debe muchos favores, para decirle que su hija me habló de que le gustaría aprender informática. Le he ofrecido una oportunidad gratuita y buena. Para finalizar le digo con todo cariño: - No se te olvide decirle a tu hija. Mayor injuria no le he podido hacer. Me ha puesto verde. - Tú no tienes por qué darme órdenes a mí... - me decía - . Por más que le razonaba, no atendía a razones. ¡Qué difícil es aceptar una humillación precisamente cuando vas con la mejor intención del mundo a hacer un favor!
Pienso que es muy difícil ser humilde. ¿Quién no se aferra a sus ideas? Incluso nos parece signo de personalidad. Y dicen que el humilde no se aferra a sus ideas, sino que cede fácilmente al parecer ajeno; es condescendiente e indulgente y, por supuesto, no muestra el tono seco y con aires de mando. El humilde lleva el semblante tranquilo y es accesible a todos, pero de una manera mayor a los más pequeños. La gente humilde ambiciona ocupar el último lugar.
¡Cuántas veces hemos oído esto! Yo a menudo he pensado que es imposible. Si estamos centrados en Dios, podremos soportar una palabra picante sin replicar, incluso una acusación injusta sin excusarnos, o un tratamiento duro sin tomarnos el desquite. ¡Ojalá podamos lograrlo!
Conviene pensar en la muerte para ser humilde. ¿Quién será vanidoso en esos momentos? ¿Qué importan en esos instantes los honores o las humillaciones? Todo ha pasado; lo verdaderamente importante son las buenas obras. ¡Cómo avanza la mayoría de las personas hacia ese instante riéndose y sin hacer caso a nada!
Un peligro se puede cerner en los que trabajamos por adquirir una mayor santidad: considerarnos (tal vez de un modo subconsciente) mejor que otros, o recrearnos en nuestra propia bondad y justicia. Eso no gusta a Dios. Debemos alabar el poder de su gracia y sus divinas misericordias. ¿Qué sería de mí sin tan gran Providencia de Dios?
Conozco mis miserias y mis faltas. Y tal vez conozco demasiado poco el precio que le he costado a El: su sangre, su pasión y muerte. Pero vamos a confiar en El. Ha comenzado su obra. Vamos a dejar que la termine. No me gusta sensiblemente la humildad, pero tengo que cavar en la tierra de mi persona hasta llegar a ver a la perfección mi propia poquedad y miseria. Este ejercicio es muy recomendado, pero no resulta agradable. Y sin embargo si ahondamos en nuestra propia debilidad, llegaremos a descubrir la roca fuerte, Dios, sobre el cual vamos a edificar toda nuestra vida espiritual. Nos suele gustar compararnos con otras personas. Casi siempre en la comparación salimos ganando.
Lo mejor es leer libros santos, el Nuevo Testamento, y entonces, sí, comparar. ¡Cuánto me queda por aprender y por imitar!
Hoy parece que todo es reuniones. Allí todos se escuchan a sí mismos y poco a los demás. Y luego no queda tiempo para hacer lo planificado. He quemado cientos de papeles de antiguas reuniones. Me he entretenido en leer alguno. Para nada ha servido el tiempo perdido allí. Si hubiese dedicado más horas a la oración, eso sí que habría sido útil.
MEDITAR EN LA HUMILDAD
Suelo meditar con frecuencia en la humildad. Buena falta me hace. Pienso que, aunque no me guste, debería yo ser tratado por los demás según el conocimiento más profundo que yo tengo de mí. Como no soy nada por estricto mérito, no exijo homenajes ni estima ninguna. Tampoco merezco ninguna señal de respeto especial u honor, distinta que cualquier otra persona. Creo sinceramente que me tratan mejor de lo que tienen obligación casi todas las personas.
Esto me parece lógico al pensarlo y meditarlo; a la hora de aceptarlo, ya se nubla la vista y no parece tan claro. Pero lo más difícil es aceptar las alabanzas. Eso sí que es difícil. Porque, creo, que la vanidad en seguida se apodera de uno. y debiéramos trasvasar toda alabanza a Dios, autor de todo bien y de toda bondad que puede haber en nuestro corazón.
Hacernos como niños, si queremos de verdad agradar a Dios. Ya lo dijo Jesús en el Evangelio.Jesús desde el pesebre traía un programa de perfección muy original: pobreza, abandono, desprecios, mortificación, sacrificios. No podemos tú y yo pretender un plan muy distinto. Todo ello lo vamos a llevar con mucho amor. Debemos buscar el trato con los pobres del alma y del cuerpo, no estimarnos en nada.
Me admira en este sentido la vida del Padre Nieto. El llegaba a pedirle al Señor como un privilegio: padecer y ser despreciado por Cristo. Y lo vivió en la práctica. Supo aceptar correcciones e incluso intemperancias. Llegó a decirle a un seminarista: "Cuando recuerdes mis defectos, anótalos para que no se te olviden".
Encomendaba de una manera especial en la misa a todos los que le molestaban, despreciaban o injuriaban o a los que se le hacían antipáticos.
Aunque a veces parece sencilla y fácil la virtud de la humildad, resulta siempre difícil. Claro, nos parece sencillo sujetarnos a Dios. Al fin y al cabo, esta virtud mira primariamente la actitud del hombre con Dios. "¿Qué tienes que no hayas recibido"? - decía San Pablo. Hasta aquí, fácil. Pero la segunda parte es ya más difícil: " Y si lo has recibido, ¿por qué te comportas como si no lo hubieras recibido?" Aquí, creo, caemos la mayoría. Llegamos, aun sin formularlo, a creernos alguien por nuestro talento, por nuestra virtud, por nuestro poder. Como si fuera de nosotros mismos... ¿Por qué someternos a los demás? Por lo que hay en ellos de Dios que es todo lo bueno que tienen y por lo que hay en nosotros de nosotros mismos que es el pecado y el mal.
Esto cuesta mucho asimilar, aunque sea doctrina común dentro de todos los que han luchado por la perfección. Para mí la solución a la humildad es mirar a Cristo humilde, humillado y ultrajado.
Y pensar también que todas las personas disfrutan algo de lo que yo carezco. De todos modos a mí siempre se me hace difícil ser humilde, pero conviene trabajar para serlo. Es lógica de fe al mirar a Dios.
Me hace gracia la humildad de muchos santos. Tienen tantos honores que necesitan para ser humildes desear ser despreciados, marginados, olvidados. Yo no necesito buscar puestos humildes, ni desear la marginación o la difamación. Viene todo por sí sólo. ¿Rehusar cargos importantes por modestia? Pero si los únicos cargos que he desempeñado en mi vida han sido los que nadie apetecía. Entonces se han acordado de mí.
Mi humildad debe ser aceptar mi vida. No desear otros honores. Contentarme con todo lo que me sucede. Disfrutar sabiéndome ignorado. ¿Quién se acuerda de mí, aparte de mi familia y de media docena de personas? Como pienso que a la mayoría de los seres humanos les sucede lo mismo que a mí, tal vez te pueda servir esta reflexión para algo.
HUMILLACIONES CONCRETAS
Lo cierto es que todo lo que estás ahora pasando te supone una fuerte humillación. Cuando uno tiene razón y obra en consecuencia, suele ocurrir que aquellos a quienes se ha procurado aconsejar, exhortar al buen camino, reprender, no tienen más remedio en recta lógica cristiana que examinar su conciencia y cambiar la ruta de su vida. Pero no lo hacen; ni lo harán. Entonces reaccionan de la siguiente manera: observan al profeta carismático que les llama la atención. En su mente lo juzgan a priori como un malvado, ya que ha osado llamarles al orden nada menos que a "ellos". Se fijan en unos cuantos fallos humanos que ha padecido, y tratan de ensañarse en él finamente. Incluso aparecen como generosos y buenos a la vista de quienes desconocen el fondo de la cuestión.
Por eso estás sufriendo una de las humillaciones más refinadas que puede recibir una persona cristiana. Tal vez en momentos de fervor le hayas pedido al Señor que te ayude a abrazar con gozo las humillaciones. Ellas te unen más a Jesús. Ahora ha llegado el momento. Abrázate con generosidad a la cruz. El te ayudará. Y disfrutas incluso el consuelo humano de que alguien comprende tu situación. Tal vez ahora nazca en ti una nueva etapa de superación espiritual.
El Señor te va a premiar todo con un aumento de paz. La paz que es fruto del Espíritu Santo. Para avanzar en la vida espiritual yo estoy convencido de que la humildad nos hace correr con pasos de gigante. La humildad fortalece la caridad. Y sabemos por San Pedro que la caridad cubre multitud de pecados.
Vamos a vivir cada vez más a fondo en esta caridad. Con verdadero espíritu de piedad. Que a fin de cuentas la impiedad es la muerte del alma, como la del cuerpo es la corruptibilidad. Viene bien leer biografías de personas santas para ver cómo reaccionan y poder imitarlas en asuntos parecidos. De la virtud de la humildad, por ejemplo, están llenas las páginas de estos libros. Seguro que ahora mismo tú recordarás alguna. ¿Te acuerdas por ejemplo de casos como éste?: Retrasar la profesión religiosa solamente para probar la humildad; mandarles cargos desagradables por todos aborrecidos, a personas de gran talento. A la hora de la verdad a todos nos está sucediendo lo mismo que a los santos. La diferencia está en la distinta manera de reaccionar. Y tal vez en que a nosotros no lo hacen para probarnos, sino porque así se les antoja a los que mandan. Para mí esto no es tan doloroso.
Debemos aprender de la humildad de los santos. Ellos lo aceptaban todo como lo más normal del mundo. Y hemos de suponer que les dolería tanto por lo menos como a ti y a mí. A veces los santos confesaban con sencillez que humillaciones, anteriormente muy duras, pasado el tiempo les parecían gozosas porque se unían con fuerza a Cristo humillado.
Incluso, creo, que podemos hallar gozo en el sentimiento de nuestra propia pequeñez cuando con Dios estamos. El nos atenderá así mejor. Si de verdad somos humildes, tal vez nadie nos encuentre para cosas de relativa importancia, porque voluntariamente nos hemos puesto en circunstancias donde con muchas dificultad nos buscarán.
¿HUMILLADOS JAMAS?
Seguro que has oído y lo recuerdas: "humildes sí, pero humillados, jamás." ¡ De qué forma tan distinta han reaccionado los que de verdad servían con fervor a Dios! En presencia de la humillación se encontraban los varones de Dios siempre dulces y serenos.
La Virgen María fue siempre humilde, porque vivía olvidada de sí misma. Tal vez el prescindir un poco de "nuestra importancia" nos hará sentirnos más humildes.
Sentirnos ante todo delante de Dios débiles. El gusta de perdonarnos. Y cuando cometemos una falta y nos sobreviene la humillación delante de nosotros mismos, entonces es el momento de reaccionar con gozo, porque ese dolor de la humillación nos va a purificar de verdad. Si nos viene delante de los demás, entonces es el momento de sentirnos felices. Vamos a aceptarlo de verdad. Aunque ciertamente nos es nada fácil.
Muchas veces me he propuesto ser humilde; pero luego resulta intolerable aceptar las humillaciones. No sé si te pasará a ti algo parecido. Y conviene aprender a humillarse en todo; humillarse a la vista de las propias miserias, en lugar de enfadarse contra sí mismo.
Los santos pedían a Dios humillaciones. Eso me parece ya imposible. Lo que sí me resulta más fácil es pedirle a Dios que me ayude a aceptar mejor las humillaciones que me vengan. Creo que si le ofrecemos al Señor en la intimidad de nuestra oración el sacrificio de una humillación bien aceptada, tendremos ante El un gran mérito, y el fervor aumentará en nuestra vida espiritual.
PUREZA DE INTENCION
Es necesario aumentar en la intensidad de los actos de amor. Dicen los que escriben de cosas del espíritu que una persona puede hacer sus actos "buenamente", sin mayor fervor, pero tampoco con indiferencia. Esos actos son buenos pero débiles.
Otra persona parece que obra igual que la primera, pero está siempre atenta a purificar su intención y añade así a sus actos ese matiz que acrecienta su amor. Esta persona, sí, crece en la virtud de la caridad. Puede suceder que pasen los años ambas personas en el mismo ambiente y con idéntico trabajo. Una de ellas se encuentra casi en la tibieza. La otra en cambio se halla muy arriba en la virtud.
Vamos a procurar tú y yo purificar a menudo nuestra intención. Merece la pena trabajar a tope en esta vida. El tiempo es breve. Pienso mucho. ¡Cuánto vuela el pensamiento! Ojalá que siempre fuera mi pensamiento centrado en lo que estoy, y sobre todo centrado en Dios, como fondo de armonía. En los ratos libres fijar mucho la atención en el Dulce Huésped del alma, en Dios Uno y Trino. ¡Cuántas veces hemos de estar embebidos en El durante el día! Nosotros somos el Templo vivo de Dios, la morada de Dios. Que El no esté en nosotros como el inquilino indiferente, sino como el Padre muy amado, el Esposo muy querido. El es el infinito que nos sostiene y nos ama. Este pensamiento ¡cuánto me hace gozar muchas veces!
Si pensáramos con frecuencia en esta realidad, las cosas terrenas sostendrían tan sólo un valor relativo. Veríamos la afición desmedida al dinero como algo despreciable. Vale la pena mantener la atención a toda costa en el Bien Eterno.
Vamos a escuchar a Jesús que nos habla. Sí sabemos que nos habla a través del Evangelio. Por eso lo leemos con devoción. Pero también nos comunica su palabra por inspiraciones interiores del Espíritu Santo: por circunstancias normales de nuestra vida. Está de continuo hablándonos cuando guardamos silencio interior.
Vamos a hacer caso a su palabra. ¡De cuántas maneras se comunica con nosotros y a veces nos hacemos sordos! Yo por lo menos, ¡cuántas veces dejo de escucharle! Voy a esforzarme cada vez más por seguirle. Tú también vas a hacerlo ¿Verdad? Sobre todo voy a aprovechar más los momentos de oración. Son minutos de un valor precioso. Claro, no siempre Dios nos conduce ni mucho menos por caminos de consuelos. Pero esos días hay que tomar con más fuerza la decisión de seguirle. Aunque es verdad que, mientras vivimos en este mundo, Dios nos lleva más por caminos de calvario.
Como sabe que somos una calamidad en la prueba, de vez en cuando nos manda unos días o unas horas de Tabor. No conviene apegarse a ello, pero sí aprovecharlo al máximo.
Dichoso el que le sigue al Señor siempre. Yo me admiro de cuánto me ha dado durante mi vida. Me avergüenzo de lo mal que le he seguido. Pero le pido que no se aleje de mí. Sé que Dios es fiel. Y que a pesar de mis tibiezas puede seguir guiándome hasta la transformación en Jesucristo. Pero ¡cuánto tengo que convertirme!
AYUDAR
Toda oración, todo sacrificio ayuda a la persona por quien la ofrecemos. Por el sacrificio que ofrecemos junto con la oración, no sólo le damos una prueba de amor al Señor, sino que también ayudamos a la persona que amamos. Y es que cuando sufrimos algo, damos a entender que nuestro amor es mayor, cuando se lo ofrecemos con generosidad al Señor.
¿Somos un poco perezosos en la virtud, tal vez un tanto tibios? Tanto mejor para orar unos por otros y ofrecer al Señor nuestros sacrificios. Cuanto más débiles somos, más hemos de querernos en el Señor, que es nuestra fortaleza. Con Jesús, y apoyados unos en otros vamos a correr el camino hacia la Patria. En concreto tú y yo tenemos que ayudarnos.
INDIFERENCIA
He leído el libro de la vida del Padre Nieto, un gran santo de nuestro siglo. El practicaba de tal manera la indiferencia ignaciana que llegaba a decir: " Si yo supiera que para ser santo era necesario dejar de ser Jesuita, o que el serlo dificultaba la consecución de esa meta, ahora mismo me salía de la compañía." Y cuánto amaba él ser religioso...
Yo muchas veces me pregunto por qué tanta afición a algunas cosas, incluso espirituales, cuando lo único necesario de verdad es cumplir la voluntad de Dios. ¡Qué apego tengo a mi puesto de trabajo, a mi familia, a mis amigos! Es santo amar; pero sin apego. Si pierdo estos bienes mayores, el alma se hunde. Y no tiene que ser así. Estamos de paso en esta vida. Todo poco a poco hay que ir dejando. No conviene detenerse en nada como definitivo. Ni siquiera como temporal... Esto no está reñido con el verdadero amor.
POBREZA
A veces he oído a gente que no quieren dar dinero a personas que piden porque lo pueden gastar en vino y cosas inútiles. Incluso afirman que los han visto en el cine y en otros lugares de diversión. Como si el necesitado estuviera obligado a permanecer siempre en su casa y no tuviese derecho a divertirse. A nadie le gusta pedir. El que pide es porque necesita. Yo nunca he visto pedir a los millonarios. Es cierto que existe algún pobre avaro. Pero se trata de una excepción. Lo importante es dar, ser generoso. Más con quien sabemos es incapaz de pedir. Con ese hay que desbordarse.
Por muy rico que sea uno, le faltan muchas cosas en la vida. Esta es la realidad: salud, juventud, bienestar, aprecio de la gente, belleza...Por otra parte, te verás a veces empobrecido en los cortos bienes de fortuna que puedes tener. Inundaciones, incendios, averías, robos, multas, pérdidas y cuántas cosas más. A veces un hijo o un familiar próximo te hace correr con gastos que tú no hubieras realizado. Entonces tienes ocasión de practicar la pobreza como virtud, recibiendo con dulzura esta disminución de los bienes y acomodándote con paciencia a este empobrecimiento. Otras veces apreciarás una necesidad en un vecino o conocido y, aunque él no te lo pida, le ofrecerás ayuda en lo económico. En este caso practicas la pobreza cristiana y la generosidad.
Yo no sé si he logrado entender algo de la pobreza. Desde luego que el vivirla es muy difícil. La pobreza, por supuesto, lleva consigo el despego del dinero. Pero sobre todo tiene exigencia de renuncia a sí mismo. Cuando uno se siente sin fuerzas, abandonado de casi todos o de todos, entonces puede comprender en su propia carne qué es la pobreza. Comprueba la propia razón, pero nadie se lo reconoce y lo desprecian como a un ser raro; a nadie contenta. No halla consuelo en ninguna cosa de la tierra; las aficiones y distracciones ya nada cuentan en su vida. Está desposeído de todo. Entonces, de verdad es uno pobre.
La pobreza la entiendo extrema cuando ABSOLUTAMENTE NADIE le toma en consideración para nada. Es el marginado total: como Cristo en la cruz. Esta pobreza extrema se suele degustar en la antesala de la muerte. Los ancianos saben mucho de ella, pero a nadie se lo pueden comunicar: si lo hicieran, dejarían ya esa pobreza absoluta.
Yo creo que a la mayoría de las personas nos ha de probar con esa total indigencia. Entonces podremos acudir solo a Dios. Entonces quedará del todo purificado nuestro corazón. Del todo vacíos de cuanto suponía amor propio, abrimos nuestro corazón a Dios. En esos momentos, si somos capaces de orar, nuestra confianza la pondremos del todo en Dios, despojados ya de la totalidad de bienes de este mundo.
PROVIDENCIA
Estamos en manos de Dios. El nos cuida. Como a los pajarillos que no siembran, pero recogen. Si te sientes tratado mal por cumplir con tu fidelidad al Señor, El lo quiere así, aunque detesta el pecado de los otros. La Providencia del Señor te va guiando.
A veces nos desanima ver cómo gente nada recomendable crece en las esferas humanas o eclesiásticas; el Señor lo permite así. Estamos en manos del Señor. El lo va disponiendo todo en nuestra vida. ¡Vamos a aceptar todo como venido de su Providencia!
Ciertamente Dios aborrece la falta, pero quiere la prueba que de ella resulta para nosotros. Siempre nos ama el Señor. Aunque nuestra madre nos abandonare, Él nunca lo hará. Él sobrepasa a la mejor de las madres. Si nos ha amado hasta venir al mundo por nosotros, ¿qué nos podrá negar? Y sabe mejor que nosotros nuestra connivencia.
Creo que te habrás dado cuenta muchas veces lo difícil que resulta el desprendimiento: aficiones, lecturas, dinero, tiempo, poder, afectos... Pero lo más difícil es desprenderse de sí mismo. Creo que es el mayor obstáculo para volar a Dios. Por otra parte este apego a sí mismo es el origen de todos los pecados. Dios en su Providencia nos guía con sabiduría.
¿ Te das cuenta ? El "yo" es el centro alrededor del cual giran todas las cosas. Incluso las sobrenaturales. Yo, yo, yo... ¡Cuántas veces, por ejemplo, hemos hecho oración porque nos apetecía y la hemos dejado cuando comenzábamos a aburrirnos... A mí por lo menos, sí me ha sucedido.
Si bien se mira, apenas hacemos obras del todo buenas, que sólo sean por la gloria de Dios. Por eso, para llegar a amar a Dios perfectamente con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, hace falta ponernos en sus manos. Uno llega a comprender lo necesario de todo punto que es el dolor y esas noches oscuras, de las que nos hablan los autores de mística.
ESPERANZA
Levantar la mirada al cielo debiera ser mi ilusión, mi gozo durante el día. Lo de este mundo es comedia, vanidad, engaño. Nada ni nadie puede llenar nuestro corazón. Sólo Dios. Y aunque lo llenara momentáneamente, "¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?"
La tierra es un lugar de paso. ¿Recuerdas? Nos decían que como una mala noche pasada en mal hotel. Pero San Pablo nos dice en la carta a los romanos que los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros. Cuesta mucho ser bueno. Hay que renunciar a muchos gustos y caprichos; sobre todo hay que vencerse a sí mismo ¡con lo que cuesta y lo difícil que resulta! Pero vale la pena luchar en estos pocos años ( ¿llegarán a años? ) que nos quedan. Porque aunque sean como mucho treinta y cinco o cuarenta, ya hemos vivido bastantes más.
Es verdad que parece más noble servir al Señor sólo por amor. Pero aun los santos más grandes han añorado la Patria del Cielo. Y ¿qué otra cosa podemos desear si amamos del todo a Dios ? El mismo amor nos lleva a la esperanza. Yo creo que me preocupo demasiado del día de mañana, aunque la verdad es que lo hago ahora con gran paz. Por otra parte creo que la previsión es buena y prudente. Pero eso sí; debe ser sin angustia. También hemos de confiar serenos en nuestra salvación, pero trabajar día a día. Y ayudar, según podamos, a los demás a servir a Dios y a buscarlo con esperanza. Nada puede ser capaz de desanimar a uno que sirva a Dios.
Leía hace y bastante tiempo de San Felipe de Neri una anécdota. Iba por la calle y vio a dos frailes y se metió entre ellos y les dijo que se encontraba desesperado. Ellos lo consolaron y le hacían muchas consideraciones, sabiendo que trataban con un hombre santo. Pero Felipe les respondió: "No en Dios no tengo desconfianza; en quien la tengo es en mí; que siempre digo que voy a ser mejor y nunca lo soy." Esta anécdota me alentó mucho. Porque si un santo se veía tan miserable, ¿cómo me voy a ver yo que no lo soy? Y sin embargo, éste debe ser el arranque para mi perfección cristiana. Creo que posturas de arranque para nuestra perfección pueden ser:
- Amar a Dios de todo corazón.- Desconfianza en sí mismo total y total confianza en Jesucristo.
- Vivir de cara al prójimo; para ayudarle; no juzgarlo nunca. Después de leer y meditar bastante pienso que éste puede ser el nuevo despliegue de nuestra vida de santidad.
PERDÓN
Cuando me resulta difícil perdonar, recuerdo la parábola de aquel que debía diez mil talentos, fue perdonado y luego exigió a su compañero lo poco que le adeudaba. También pienso mucho el "perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores" ¿Con qué cara me voy a presentar ante Dios si luego soy incapaz de no ser rencoroso? ¡Pero cuánto cuesta olvidar!
El ideal sería perdonar cordialmente, no sólo intelectualmente. Incluso tratar con gran delicadeza, llegado el caso, a aquel que nos ha ofendido. Pero qué fácil es decir esto. Antes hay que meditar mucho en nuestros propios pecados y también ponernos en el lugar del otro. ¿Qué razones ha tenido? ¿Ha sido mi comportamiento del todo ejemplar? ¿Cómo hubiese reaccionado yo a la inversa?
A veces me suele resultar bien no darle vueltas a la cabeza. Simplemente perdonar de corazón y no volver a pensar en eso. Tal vez creo que con heridas lejanas sea esto lo mejor.
PERSEVERANCIA
Querido amigo, vamos a persistir en el ejercicio del bien, a limpiar defectos y mezquindades. El tiempo es breve. A pesar de las molestias que nos ocasione el ser generosos, perdonadores, sinceros, justos, entregados y fieles, vamos a seguir los caminos del Señor que un día nos propusimos. Seguir hasta la muerte en la fe, en la esperanza y en el amor. Con la ayuda de Dios vamos a ser firmes contra las dificultades que provienen de la prolongación de una vida que queremos virtuosa. Vamos a unirnos más y más entre nosotros con el Señor para que nos ayude a vencer las dificultades de los malos ejemplos de tantos que debieran dar mejor testimonio.
Y sobre todo trabajar por adquirir la virtud de la paciencia; que logremos con la ayuda del Padre soportar sin tristeza los sufrimientos físicos y morales que acompañan nuestra vida. El ejemplo de nuestro Maestro, la oración, la unión entre amigos que llevamos un mismo ideal, nos ayudarán a seguir gozosos detrás de los pasos de Jesucristo.
Si quieres comunicar conmigo: Mi correo electrónico: mistica@jet.es