Romances de Loja

Cabalga el tiempo siempre adelante,
un nuevo día borra el ayer;
y una mañana de sol brillante
Loja se viste de fiesta grande
porque Narváez sube al poder.

Horas felices de nobles hijos
que alegres sueñan vivir en paz.
Reina y señora de sus cortijos,
la bella Eugenia de los Montijos
a Huétor Tájar en coche va.

Vuelve la vida llena de gozo
con sus reuniones de sociedad,
y tienen fama de fastuosos
los Carnavales de la Ciudad.

Narváez no olvida su patria chica,
tuvo por Loja pasión de amante;
la quiso tanto, que así se explica
que por hacerla famosa y rica
sintiera anhelos de gobernante.

Pero eran tiempos de economías
la Hacienda patria vivía esquilmada;
solo gozaba de primacía
lo que la reina patrocinaba.

Y Narváez quiso que la señora,
buena y graciosa, mujer al fin;
por ella misma se interesara
en darle a Loja ferrocarril.

Y aprovechando que iba a Sevilla,
Narváez propuso también Granada.
Un alto en Loja, cosa sencilla
y era el momento de maravilla
para tenerla por invitada.

Y a Loja llega la soberana.
El propio Duque la recibió,
corría Octubre, y el año era
mil ochocientos sesenta y dos.

Venían los Reyes con los ministros
y los magnates de la nación.
El entusiasmo fue nunca visto,
se levantaron arcos moriscos
y Loja entera los aclamó.

En coche fueron hasta la Iglesia
para el Tedeum que se cantó:
Narváez montaba su jaca inglesa
y en su palacio los alojó.

Ni los poetas ni los pintores
serían capaces de idealizar,
aquel prodigio de luz y flores,
espejos, cuadros y surtidores
de la casona del general.

Los propios Reyes se deslumbraron
ante el aspecto de la mansión:
grandes tapices en la escalera,
los candelabros en profusión,
bellas estatuas, altas palmeras,
y la hermosura del comedor.

Luego la cena fue inolvidable.
Los Reyes mismos la presidieron;
Narváez en todo siempre admirable,
sentó en su mesa los más notables
de los que en Loja fieles le fueron.

Y Loja puso marco y colores
en los salones del gran señor,
con uniformes deslumbradores
y los tocados fascinadores
de aquellas damas de lo mejor.

Al día siguiente marchan temprano
para Antequera van a partir.
Loja despide a los soberanos,
Narváez los lleva por su jardín.

Tras el almuerzo la despedida.
El coche espera y el Duque al fin
dice a la reina con voz cumplida:
Loja, señora, quiere vivir.
El tren sería darle la vida,
es lo que os quiero siempre pedir.

Y aquella reina tan decidida,
noble y castiza, le dijo así:
¡Ramón, no sufras más en la vida,
tendréis muy pronto ferrocarril!

Y fue palabra de soberana.
Loja enseguida lo vio llegar;
era un tren mixto por la mañana
que estuvo dando mucho que hablar.

¡Mil ochocientos sesenta y ocho!
Corren los días del mes de Abril.
¡Muere Narváez! Loja de duelo,
y estremecida de desconsuelo
la Reina siente que llega el fin.

Sin él, el trono se tambaleó,
falta la espada y el corazón.
Se alza la escuadra y en Alcolea
todo se pierde sin remisión.

              J.Gómez Sánchez-Reina

Atrás