Alcaide de Loja
(Romance)

  Loja tuvo por Alcaide
al Gran Capitán de España;
y Loja fue en su destierro
nave para la esperanza.

  El legendario Genil
lo vio copiarse en sus aguas;
cuando triste y dolorido
de Montilla regresaba,
con el dardo de una pena
atravesándole el alma.

  Ante los muros de Loja
Gonzalo descabalgaba;
la tarde tenía color
de ensangrentada naranja.
Y los cincuenta guerreros
que escolta de honor le daban,
contemplaban su dolor
en coloquio sin palabras.

  Por la ribera del río
los corceles refrescaban;
iluminando armaduras
el sol poniente quebraba,
y poderoso encendía
de arreboles la Alcazaba.

  Gonzalo miró a las torres
que su vuelta saludaban.
En los ojos del Alcaide
toda su sangre brillaba.
¡Qué triste vuelve Gonzalo
sin un rayo de esperanza!

  Le ha dicho adiós al Castillo
de los años de su infancia.
donde jugando aprendió
el manejo de las armas.

  ¡El Castillo de sus padres,
señores de la comarca,
a cuya sombra Montilla
vive feliz y amparada,
una sentencia del Rey
dispone que a tierra caiga!

  El victorioso Castillo
con gloria de cien batallas;
donde palpita la historia
de su estirpe castellana,
está condenado a muerte
porque el Rey así lo manda.

  ¡Fortaleza de Montilla!
Noble, altiva y soberana,
porque D. Pedro Aguilar
ha venido en la desgracia
el Rey D. Fernando quinto
dispone que a tierra caiga.

  ¡Qué triste vuelve Gonzalo
perdidas las esperanzas!
Todo un mundo de recuerdos
le grita dentro del alma,
y el cristalino Genil
lleva suspiros y lágrimas.

  ¡Rey Fernando, Rey Fernando!
no extremes desdicha tanta
en quien te dio más Estados
que rey alguno soñara.

  La intervención de Cisneros
no consiguió la templanza.
Ni ha escuchado el de Aragón
la súplica emocionada,
que el propio rey Luis, le envía
a Toledo desde Francia.
La sentencia ha de cumplirse
y ya van a ejecutarla.

  ¡Fortaleza de Montilla!
Noble, altiva y soberana.
El Gran Capitán no puede
defenderla ni salvarla;
quien defendió mil castillos
pierde el que más idolatra.

  Con el dolor infinito
de una herida en las entrañas,
Gonzalo está junto al río
inmóvil como una estatua.

  Y mientras muere la tarde
no retira su mirada,
de las sierras cordobesas
que limitan con Granada.

  Al llegar al fin la noche,
puso a sus gentes en marcha,
y por la puerta de Loja
entró con su cabalgada.

  ¡Dios te guarde noble Alcaide!
La Ciudad entera te aclama.
Para que olvides tu pena
tiene Loja sus fragancias,
en luminosos jardines
y en huertas como esmeraldas.

  El Palacio de Gonzalo
es vida que no se acaba.
Para rendir pleitesía
al Gran Capitán de España,
llegan nobles y señores
de las tierras más lejanas.
Y para quitar espinas
a desventuras pasadas,
vuelven la esposa y las hijas
que quedaron en Italia.

  El sol volvía a alumbrar
la oscura noche del alma,
y Gonzalo dijo al fin,
tengo en Loja cuanto amaba.

  Y así corrieron los días;
hasta que una clara mañana,
en que arribó un mensajero
con la noticia esperada.

  La sentencia de Montilla
había sido ejecutada.
Del Castillo de Aguilar
ni los cimientos quedaban.

  Ya estaba cumplido el Rey.
Ahora a Gonzalo llegaba
la ocasión de responder
con su gallardía innata.

  Un resplandor de ilusiones
el semblante le alumbraba.
Si el rey tenía poderes
para derribar murallas;
el Gran Capitán podía
con orgullo levantarlas.

  Si la vieja fortaleza
de Montilla, ya no alzaba
ni su torre de homenaje
ni sus puertas almenadas,
que hasta los hondos cimientos
llegaron picos y palas;
para Gonzalo era poco
volver a reedificarla.

  El que alzó para la guerra
tantas torres y murallas,
sabrá levantar de nuevo
el Castillo de su infancia.
Que no se arrancan cimientos
cuando son de casa hidalga
y tienen como sillares
al Gran Capitán de España.

  ¡Pronto a Montilla señores!
Y con voz autoritaria,
pidió al contador mayor
todo el oro de sus arcas.

  Y tomando su caballo
escoltado por las lanzas
de los cincuenta guerreros
más fieles de sus campañas;
por la gran puerta de Loja
tomo el camino de Iznájar;
Loja fue para Gonzalo
cuartel de sus esperanzas.

              J.Gómez Sánchez-Reina

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