La pluma
de...
Rafael Morales

|
||||||
|
|
Hace poco, cuando cansado,
volvía a casa, me he acercado a la fuente de la Plaza. Ya sabes, la de los
cuatro caños, la que luce airosa su forma de gigantescas vinajeras que
parecen escapadas de una gran mesa de los cuentos de Gulliver, la del agua
fresca en verano y tibia en invierno, la de la plaza Arriba.
Mientras saciaba mi sed he querido volver a ser niño y he soplado con
fuerza para bañar al señor gordo e imaginario que bebía frente a mí. Y me
ha parecido oír como un murmullo de voces frescas y cantarinas entonando
el 'corro de la patata' y el 'estando el señor don gato', girando y
girando como una noria bajo el impasible y ceñudo gesto de bronce del
"espadón de Loja".
Y sobre los tejados he vislumbrado el diábolo de Mariquilla, mariposa
roja, que subía y subía por encima de todos a ritmo vertiginoso para luego
caer en una vertical perfecta, con la elegancia de un equilibrista sobre
la cuerda floja.
Y a la luz tenue de las farolas he creído entrever de nuevo el blanco e
intrincado laberinto de las rayuelas surcado por la patita coja de la
chiquillería, como bandada de cigüeñas juguetonas, y el bullir del corre
que te pillo... Y el ir y venir del allí enfrente humea... Y el remate
desgraciado de una pelota de trapo en la acristalada ventana que enmarca
una improvisada portería... Y el huir apresurado ante la presencia del
bueno de "Camuñas" con su enorme bigote y su temible porra de municipal.
Después, al encaminarme hacía aquí, acompañado por el tintineante
entrechocar del tesoro de mis canicas de cristal guardado en la caja
fuerte de mis bolsillos, y el incesante cri-cri de mi grillo "Perico"
encerrado en la jaula de cartón de una caja de cerillas, un chiquillo de
melena descuidada y raídos pantalones vaqueros, me ha parado para que le
prenda fuego al "fortuna" que cuelga de sus labios.
Al alejarse, con su andar rápido, tras unas gracias nubladas por el humo
gris del cigarrillo, este niño que quiere ser hombre, no sabe que ha roto
el encanto de un hombre que esta noche soñó con ser niño.
A UN VIEJO TOCÓN QUE HIZO DE ABANDERADO ECOLOGISTA EN LA CUESTA DEL CERRILLO
|
|
Un buen día, hace ya tiempo,
apareciste ahí, en la cuneta, tremendamente mutilado pero solemne y orgulloso,
como solamente saben hacerlo aquellos a quienes ya no les queda nada que perder,
talados tus pies que durante tantos años te habían mantenido enraizado con
firmeza a la jugosa tierra que te dio la vida, segados tus brazos, acariciadores
de brisas mañaneras, sostén de irisados jilgueros, quitasol en verano, paraguas
improvisado de chubascos repentinos.
Sólo quedaba tu tocón fornido de arrogante atleta, sólo tu tocón, y como el
apoyo de una muleta, tu grito hecho pancarta, tu denuncia por tanto árbol
inútilmente abatido, por tanto campo yermo, por tanta tierra baldía, por tanto
paisaje plano y mudo de pájaros.
Y así, junto al camino, impasible al frío y al viento, te mantuviste no sé
cuanto tiempo. Pero los receptores de tu mensaje, devoradores de kilómetros,
pasaban deprisa atentos a la próxima curva o a la señal indicadora del peligro
acechante siempre en el asfalto, ansiosos de llegar a su destino. Quizás, sólo
algunos, al leer la diaria y triste cantinela de bosques calcinados y de parques
arrasados recordaban vagamente haberse cruzado contigo.
Después, poco a poco, fuiste perdiendo la fe en el hombre que un día te había
plantado y arrojando la toalla, dejaste caer la pancarta de tu reivindicación
ecologista quedándote sólo y olvidado, vacío de expresión, abandonado entre los
matojos que crecen junto a la carretera.
Incapaz de explicarme he querido dejarte una señal, la misma que probablemente
dejaran alguna vez sobre tu corteza de savia joven un par de enamorados. Y junto
a la ancha cicatriz que dejó el último hachazo que te abatió en el suelo, he
marcado con mi pequeño cortaplumas la figura de un gran corazón, símbolo del
amor, mientras me parecía oír, como un lamento, el crujir de tu seca madera ante
la punzante herida, la única herida que los hombres deberían causar a los
árboles.
|
|
Llevaba cinco años esperando. Cinco semanas santas ya, desde que hiciera la promesa, allí, en su ermita, solos los dos, sin más testigos que la cal y la piedra, y la asombrada cara de Santa Marcela.
-Padre, me has salvado a mi hijo y he de llevarte sobre mis hombros el próximo Viernes Santo.
Eso creía él pero había tantos esperando...
-Hasta dentro de cinco años imposible. Y ya es suerte, hay quien tiene que aguardar hasta ocho para sacarlo.
Y fueron cuatro Viernes. Unos, grises, como el
luto por la muerte del Redentor; otros, relucientes, exultantes de gozo por el
triunfo de la Cruz, pero todos, todos llenos de esa mezcla tan extraña, tan
difícil de explicar, cargada de tradiciones ancestrales en la que no se sabe
donde comienza la fe o cuando termina el folklore.
Cuatro Viernes anunciados con el monótono tan-tan del puche-puche y rematados
por la tronada ensordecedora de los tambores negros.
Cuatro Viernes de misterios dolorosos, coreados de misereres y de voces estridentes que airean la sátira que un día quedó atrapada en el complicado arabesco de tintineantes abalorios de los incensarios.
"San Juan corre y se apresura,
le lleva el parte a María,
que al Hijo de sus entrañas
le van a quitar la vida
en una triste montaña"
Cuatro Viernes exclusivamente lojeños con sabor a piñonate y un raro olor entre primavera y naftalina; parada y fonda de parientes y amigos que un día cambiaran las recortadas siluetas del Hacho y Periquetes por otros dilatados y extraños horizontes.
Y por fin, el quinto, el esperado.
La voz tantas veces añorada resonó en sus oídos:
-Al hombrooo... ¡vamos!
Y como un resorte saltaron todos los músculos de su cuerpo. obló la cerviz, se abrazó con coraje al fuerte varal y apoyando la horquilla en el suelo para hacer más fuerza, empujó con el hombro el divino paso del Nazareno hasta sentir como lentamente se iba clavando en su carne.
Entonces, entre el sudor y la sangre, al suave balanceo del paso y con los ojos nublados por las lágrimas, soñó que era el Simón de Cirene de la Vía Dolorosa y, más que sus labios, fue su corazón el que se abrió diciendo:
-Gracias, Dios mío.
MATEO, EL APÓSTOL
|
|
Se llamaba Mateo y le tenía cariño a su nombre.
Él no sabía que el evangelista, antes de ser llamado por Jesús, fue publicano (recaudador de impuestos para los romanos), ni que nos había dejado uno de los más bellos relatos de la vida del Redentor. Sólo sabía que había sido uno de los doce, al que él representaba todas las semanas santas.
Lo sabía porque en la aureola que rodeaba la careta de cartón que reproducía la cabeza del apóstol decía: San Mateo. Y porque la primera vez, hacía ya años, cuando fue a casa del Hermano Mayor de Jesús para que le entregara la vestimenta éste le dijo:
-Hombre, Mateo, mira por donde está libre la careta del apóstol de tu nombre. Así, que si te parece, desde hoy serás el apóstol San Mateo.
Al llegar el jueves santo se vestía con la túnica morada y raída, ceñida por una basto cordel de pita, comprobando bien que llevara prendido el distintivo ovalado en el que se podía leer uno de los doce artículos del Credo que, por orden, lucían en el pecho cada uno de los apóstoles desde Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra que llevaba Pedro, hasta Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna. Amen que portaba Matías completando así esta conocida oración de la fe católica. Se calzaba las sencillas sandalias de esparto, tomaba entre sus manos el hacha, símbolo del martirio del santo, y calándose la careta rematada por atrás con una enorme melena de estopa, salía orgulloso a encontrarse con los demás apóstoles que unidos a la reducida cohorte de “Armaos” y al compás del ronco redoble del “puche-puche”, emprendían el camino hacía la Iglesia Mayor para celebrar el tradicional lavatorio de pies.
Ya en el templo disfrutaba como un niño cuando el sacerdote se acercaba provisto de la jarra de agua y la jofaina, con la toalla ceñida, dispuesto a lavar aquellos pies, rugosos y endurecidos. Aunque claro está que antes, en casa, se los había aseado cuidadosamente restregándolos bien con el estropajo y abundante jabón, no fuera a pasarle como a Bartolomé que un año dejó la toalla como la camisa de un carbonero.
A la señal de Pedro, una seca palmada de sus manos callosas, todos se descalzaban el pie derecho y entonces, aparecía todo un muestrario de juanetes, de dedos encogidos, en gatillo, montados, ojos de gallo y toda clase de deformidades, como si fueran la ilustración de todo un tratado de podología.
El momento más encantador de la ceremonia era cuando Pedro escondía el pie negándose a ser lavado, rememorando así la escena evangélica de la Sagrada Escritura. Después el señor cura, arrodillado, proseguía el lavatorio ante las miradas curiosas de la chiquillería que se agolpaba tras el “colegio apostólico” para no perder detalle.
Recordaba también aquel viernes en que la semana mayor cayó muy avanzada y el calor fue insoportable. Mateo siempre era respetuoso con las reglas. No fumaba, ni hablaba con la gente, ni se levantaba la careta durante la procesión como hacían algunos. Él aguantaba el calor y todo lo más, cuando el sudor le empapaba su rostro, alzaba un poco la careta y metiendo la mano con cuidado se secaba disimuladamente.
Fue por la calle Real, subiendo la pequeña cuesta que comienza en la intersección con la calle Comedias y termina en la plaza de la Encarnación. Sudaba a chorros y el sofoco era insoportable, el olor que despedía el cartón piedra recalentado le asfixiaba y no tuvo más remedio que levantar la careta de su cara, de forma que quedara mirando al cielo y así reponerse del ahogo que sufría.
Entonces al pasar delante de la casa de las señoritas de Vinuesa, cuyos balcones estaban atestados, pues aquel año habían venido sus primas de Madrid a conocer la Semana Santa, oyó como una señora con marcado acento capitalino decía:
-¡Niñas, niñas! Recoged vuestras faldas. ¿No veis a ese descarado de San Mateo como mira fijamente hacia arriba? ¡Qué poca vergüenza!
Mateo sonreía y seguía su caminar cansino abrazando el hacha y cuidando no tropezar con algún pedrusco de los que andaban sueltos por la calle.
En su caminar recordó también el día que se la jugó a su amigo Juan “el largo” que nunca tenía un puesto fijo, pues sustituía siempre a aquellos que por alguna causa no podían salir. Aquél año suplió a Matías que era el que cerraba la fila de estos extraños discípulos de Jesús.
La mujer de Juan, Encarna “la mellá”, acostumbraba a llevarle a su marido un ponche bien calentito que todos los años le entregaba en el “caño sin guerra” al comienzo de la calle Tamayo, bebida con la que Juan reponía fuerzas para así poder recorrer sin desfallecer todo el Barrio Alto. Como “la mellá” no sabía leer, Juan le había encargado:
-Escucha, Encarna. Pa que pueas reconocerme, al pasar por tu lao t’haré señas con la mano y entonces me das el jarro con el ponche. ¿T’has enterao bien?
-Sí, Juan, m’enterao.
Dio la casualidad que Mateo que era vecino de “el largo” y cuyos corrales eran medianeros, escuchara sin querer esta conversación. A Mateo le pasó rápidamente por la cabeza una sabrosa tentación. Quería desechar la idea. Juan era su amigo y a “la mellá” la apreciaba bastante pero los ponches que hacía estaban tan buenos...
Así que aquel viernes, desde que coronó la cuesta de la Posadilla ya estaba viendo a Encarna echada contra la esquina, al principio de la calle Tamayo, con su jarro de ponche muy bien tapado con un papel de estraza. Desde allí le llegaba el tufillo a coñac con el que había regado la bebida y no lo pensó. Al pasar por delante de ella movió claramente la mano señalándose el pecho. Encarna “la mellá”, diligente, le entregó el ponche, diciéndole:
-Gasta cuidao no te quemes.
Al poco, por detrás, a Juan “el largo” se le iba a descomponer la mano de tanto moverla y su mujer como si nada. Cansada, le espetó con cierto mal modo y con tonillo de sabihonda.
-¡Vamos, que te crees que me la vas a dar, el ponche ya se l’ha sorbío mi Juan!
Estuvieron todo un año sin hablarle pero mereció la pena.
Con todos estos recuerdos llegó a su casa, saludó a su Encarna que estaba preparando la cena, destapó la olla y después de alabar el buen olor que despedía la sobrehúsa de habas, le dijo:
-Encarna, mañana cuando bajes a la plaza t’alargas a casa de don Cristino y recoges la ropa y los avíos d’apóstol, antes de que se haga más tarde, que el jueves santo está a la vuelta de la esquina.
-Descuida que así se hará. Anda, vete preparando que vamos a comer.
Al día siguiente a la hora del almuerzo, cuando Mateo volvió de su trabajo, mientras se aseaba un poco en la pila del patio le preguntó a su mujer:
-¿T’acordaste del encargo?
-Sí. -le contestó la mujer mientras ponía la mesa- Lo tienes to en el cuarto encima de la cama.
Subió Mateo a su cuarto a cambiarse de camisa y pudo comprobar que sobre la cama estaban la careta y demás complementos de su vestidura de apóstol. Se inclinó para ver en que estado se encontraba la túnica y como si se le hubiera disparado un resorte, pegó un salto y con la túnica en la mano salió disparado escaleras abajo mascullando no se sabe que retahila de improperios.
-¡Pero Mateo, que te pasa! ¿A dónde vas d’esa manera..? ¡Qué te v’a dar un “simponcio”!
-No pasa ná. Aparta la olla que ya vengo.
Y se perdió calle abajo corriendo como alma que lleva el diablo.
Mientras se reponía de la carrera y casi sin aliento, llamó con el aldabón de bronce en la puerta de la casa del Hermano Mayor de Jesús tratando de tranquilizarse.
Abrió la puerta don Cristino y al verlo tan alterado le invitó a pasar diciendo:
-Pero ¿qué te sucede Mateo? Cálmate y dime que es lo que te trae por aquí.
-Verá usté, don Cristino, en el tiempo que vengo saliendo de apóstol que ya va pa seis años, ¿ha tenío usté alguna queja de mí? ¿No he tenío siempre el comportamiento adecuao a lo que represento? Sólo me pue usté echar en cara la bromilla que le gasté a Juan “el largo”, pero eso fue “pecata minuta”, cosas de amigos, y bien que lo pagué con el año que estuvo sin hablarme.
-Sí que es verdad todo lo que dices. Pero ¿a santo de qué viene esto Mateo? A ver, explícate.
Bastante enfadado y mientras le señalaba con el dedo el distintivo cosido a la pechera de la túnica, Mateo le replicó:
-Pues si es verdad todo lo que digo y desde la primera vez que me vestí de apóstol he venío saliendo en Creo en el Espíritu Santo... ¿por qué este año me manda usté a Creo en la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén?
Al final todo quedó bien aclarado. Mateo no había sido relegado al último lugar de los doce, sólo se trataba de una confusión en la entrega del atuendo.
EL PUCHE-PUCHE
|
|
Estaba claro que esta mañana se había levantado con el pie izquierdo.
A consecuencia de la gran tormenta desatada durante la noche se había producido un corte en el suministro de energía eléctrica que le impedía afeitarse como diariamente tenía por costumbre. No encontraba el chubasquero y tuvo que despertar a su mujer para que le dijera donde lo había puesto. Su hijo Luis, el pequeño, se había volcado encima el tazón de cola-cao y tendría que cambiarlo, lo que supondría no llegar a tiempo para coger el autobús de las ocho. Y por si fuera poco tenía un terrible dolor de cabeza.
Así que cruzó los dedos, tocó madera y se dispuso a afrontar con paciencia todas las contrariedades que le pudieran sobrevenir a lo largo del día.
En cuanto llegó a la oficina, llamó por teléfono a su tío Paco para comunicarle que ya le habían concedido el permiso de Semana Santa, de modo que llegaría el jueves por la mañana con tiempo más que suficiente de poder salir el viernes en el desfile procesional de Jesús Nazareno, del que era hermano.
-Este año, -le decía-, me acompañará el pequeño Luis; quiero que disfrute con los incensarios y la ‘corrriilla’, que escuche el redoble del tambor del “Tío puche-puche”, que se vaya aficionando. Hay que procurar que no se pierdan nuestras tradiciones, tío Paco.
Transcurría la mañana con normalidad cuando de pronto –¡riiing... riiing..!- el teléfono interno comenzó a sonar. Era la secretaria general:
-Señor González, antes de marcharse pásese por el despacho del director.
-¿Sabe Vd. lo que quiere?
-No, solamente me ha encargado que desea verlo antes de que se marche.
Influenciado por la mala suerte con que comenzó el día y aunque no quería ser agorero, inmediatamente, pensó:
-Ya me han chafado la Semana Santa.
Fue como una premonición. Un poco más tarde, don Claudio, el director, le explicaba como había surgido un problema de última hora que sólo el, con su eficiencia y profesionalidad, sería capaz de solucionar. Así que, sintiéndolo mucho, pues sabía el apego que le tenía a la Semana Santa de su pueblo, esperaba que retrasase un poco la salida y dedicara el jueves a la empresa.
Antonio asintió sin exteriorizar el gran disgusto que esta decisión le suponía, maldijo interiormente el contratiempo ocurrido y se despidió sumisamente de su superior.
Recordó que tenía que llamar a su tío Paco para comunicarle lo acontecido y decirle que saldría el viernes por la mañana, retraso que le impediría acompañar a Jesús Nazareno durante todo el desfile, aunque esperaba llegar a tiempo para que, por lo menos, su hijo Luis pudiera ver el encierro y la corriilla en el Mesón de Arroyo.
El viernes amaneció algo nublado aunque no se preveían lluvias durante el fin de semana. Todos en la casa andaban atareados preparando las maletas, deseosos de emprender el viaje. Él, personalmente, se encargó de dar el desayuno a Luisito con el fin de evitar algún percance que pudiera retrasar la salida.
Y así emprendieron el camino. La carretera de Andalucía presentaba un tráfico fluído y de no ocurrir nada –otra vez cruzó los dedos- estarían en la Carrera con tiempo suficiente para presenciar el encuentro de Jesús con Santa Marcela y la Virgen de las Angustias, las piruetas de los incensarios con sus largos y pesados capirotes relucientes de abalorios, escuchar sus golpes de naveta, el sonido metálico de las cadenas al subir y bajar el sombrerete del braserillo de sus ‘cacharros’ y los piadosos cánticos del Miserere y el Stabat Mater en las voces de un trío inolvidable compuesto por Pepe Díaz, Juan Antonio Pérez y Pepe Jáimez. Todo ello con el fondo musical y monocorde del ‘puche-puche’, el murmullo del gentío apretujado entre la cuesta Cantos y el Café España, la llamada de los ‘pediores’ y el ritual de los vivas de doña Concha a las veneradas imágenes.
Hicieron una parada para reponer fuerzas con un frugal almuerzo a mitad de camino en un restaurante de carretera y se dispusieron a proseguir el viaje.
Antes de salir a la puerta auguró algo extraño, como si fuese un tufillo de mal agüero flotando en el aire. Miró el coche y notó algo raro: una de las ruedas traseras estaba completamente deshinchada. Se mordió los labios y maldiciendo en su interior se aprestó a cambiarla por la de repuesto. Este desgraciado incidente le retrasaría aún más la llegada.
Sin lavarse las manos para no
perder más tiempo, subieron al coche y reanudaron el viaje con la duda de si
habría pisado una mala hierba aquella mañana.
Bien por el calorcillo que ya se dejaba notar o por los efectos de la digestión,
su mujer y Luisito se quedaron dormidos y él, mientras conducía, iba rememorando
paso a paso el recorrido de la procesión. Ya habrá pasado –pensaba- por la plaza
Arriba camino del Ayuntamiento. Un poco más adelante casi podía oir el ruido
metálico de las horquillas cuando, a la voz del postor, eran arrojadas chocando
contra el pavimento para poder salvar el cable aéreo con el que tropezaría la
cruz de seguir avanzando. A continuación, a los gritos de ¡Al brazo!, ¡A la
mano!, iba descendiendo el trono hasta quedar a ras del suelo. Sosteniendo los
varales con las manos, encorvados, los horquilleros avanzaban unos pasos para
dejar atrás el obstáculo. Después, de nuevo el postor, con su voz seca y
potente, daba las órdenes de ¡Al brazo!, ¡Al hombro!, y al unísono, en dos
tiempos perfectos, marcados por la precisión y el crujir de la madera, el trono
volvía a su posición entre el aplauso de los asistentes que premiaban así el
esfuerzo y el buen hacer de estos hombres.
Mientras tanto, Santa Marcela con su pasito corto y andar ligero iba ya culminando la calle Tamayo.
Casi sin darse cuenta, mientras en su mente iba visionado las escenas que con tanto cariño recordaba, vislumbró la conocida silueta del Hacho empinándose a un lado del valle, reconoció el ‘peñón de las cinco’ y se dijo a sí mismo:
-Por fin estamos en casa.
Despertó a los suyos y se encaminó hacia el Puente ya que a estas horas la procesión estaría en la placeta o muy cerca de ella.
Bajó por la carretera Nueva y aparcó (todo no iba a ser mala suerte) en un claro vacío cerca de las bodegas Campos. Desde allí se veía gran cantidad de gente, lo que hacía suponer que la procesión estaba dando la vuelta en la placeta para seguir su camino por la calle Sincasas camino de su ermita.
Con su hijo de la mano, medio dormido, se acercó corriendo. Se escuchaba el murmullo del gentío, el chisporrotear de la cera de los penitentes, las voces del postor guiando a los horquilleros y flotaba en el aire un acusado y agradable olor a incienso, pero sobre todo destacaba el ronco tambor del ‘tío puche-puche’.
No pudieron avanzar más. Las filas de gente que presenciaban el paso se lo impedían. Antonio y su mujer sólo alcanzaban ver la cabeza de Jesús coronada de espinas, rematada por las tres potencias de oro y sus manos, sus manos aferradas al madero. Emocionado, olvidó que su hijo, perdido en un mar de piernas, no veía absolutamente nada, sólo escuchaba el toque seco y vivo del tambor:
-¡pum¡ ¡pum!, ¡pum! ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!...
El pobrecillo, desesperado, le gritaba:
-¡Papá, papá, yo también quiero ver la mona!