Un especial agradecimiento a aquellas instituciones que hicieron posible la redacción de este libro:
Dirección General de Relaciones Culturales
Ministerio de Asuntos Exteriores
Accademia Spagnola di Storia, Arqueologia e Belle Arti
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando
DEDICATORIA
Al Equipo A,
grupo de amigos con los que aprendimos del sabor del intercambio
de nuestras inquietudes en aquellas interminables conversaciones
en los estudios, en los jardines y en los bares:
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José Manuel Ciria Antón García-Abril Joël Mestre Jesús Rueda
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Flavio Celis Alexandra Uscatescu José Antonio Hernández Isabel García
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Frank y Gemma Lalanda Carlos Hernando Tonino y Fabrizia Juanjo Vidal
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PRÓLOGO
Es difícil definir este Cuaderno de Roma como el diario de un viajero, porque ello asusta al mismo autor.
Primero, por huir de esta moda que nos asola de una suerte de revisionismo en el que las postales de viaje parecen ser lo único válido que pudiera haber en éste género, mientras se apuesta por una suerte de pensamiento demasiado reconocible en la casa de las letras desde que Homero dejase sentada su Odisea.
Segundo, porque en ningún momento se ha querido hacer precisamente eso, literatura, disciplina ésta que desborda los límites de un pintor amante de las letras, pero zafio como escritor. Entiéndase con ello tanto la disculpa como el conato de enredo al posible lector en el ovillo puramente intimista de alguien que, en lugar de los pinceles, trata de utilizarlo, como bien ha dicho Miguel Ángel Lama, como sugerente prueba de artista y como expresión paralela de la mano hermana, de esa mano que pinta.
Tampoco este cuaderno debiera ser un riguroso examen estético que nombre el arte. Nos faltarían las necesarias visión general y legitimidad analítica para emprender esta empresa. Siempre desde el punto de vista del pintor -monstruo vanidoso demasiado obcecado en sus telas- obligatoriamente sujeto a la exploración de sus propios recursos está, por lo tanto, eximido de ello.
La vida corre y a su paso se van llenando los espacios de fotografías, cuadros, libros, objetos... y apuntes, anotaciones que quedan en cuadernos al fondo de los cajones, en esquelas que se van arrugando en los bolsillos del tiempo; gestos que se van acumulando en forma de objetos de vudú para exorcizar el olvido que no es sino un acercamiento al vacío de la muerte. Y es que, el rescate de la memoria nos enfrenta a una posible finalidad de este texto: una burla al Leteo; es decir, un paseo por la vida pasada en los lugares pasados que difícilmente se volverán a repetir o a revisitar: las primeras emociones ante lo nuevo y, como tal, faltas de rigor, pues prima en ellas más la inmediatez de los momentos surgidos que el examen cabal, la exploración del instante que su exhaustiva investigación.
Con ello, esta declaración de intenciones nos lleva a pensar que acaso estas anotaciones no tengan mayor valor que el puramente personal del autor, pero éste, siempre convencido de que todos, en la medida de nuestros méritos, somos capaces de escribir algún que otro pequeño trozo de historia –buena o mala- confía en que quizá ese tiempo del que antes se hablaba, sea misericorde con sus confesiones.
Así, el texto que el lector tiene entre sus manos, más que un libro es toda una retahíla de anotaciones -casi cosidas con grapa- que intentaron formular esas primeras emociones queriéndolas despojar de ese término que suele caber en el primer lugar de la definición de arte: comunicación, para que pueda surgir ese otro al que le damos mayor énfasis: reflexión o, mejor, hurtándole ese posible carácter científico a la palabra, introspección. Pues, es más que probable, visto con la perspectiva del tiempo ya pasado, que todo haya podido surgir de la necesidad de una auto excitación en la búsqueda de ciertos estados para el ejercicio de la pintura y poder enfrentarse así a los temas tratados en los cuadros con un mínimo de solidez.
Fue la serie de pinturas El jardín simbólico, realizada gracias a la beca de pensionado en la Academia Española de Roma, la que desató la necesidad de estas anotaciones que llamamos Cuaderno de Roma y cuyo esquema, entre textos y dibujos, se formula a continuación:
· Memorias de un jardinero romano, primer título de este posible diario y cuya redacción corregida compone la presente edición en sus dos capítulos: Cuaderno de Roma y Vivir sin Roma.
· Arcobaleno, cuaderno de dibujos que componen un primer acercamiento al tema del jardín en sus elementos más significativos.
· Nuvole ed acque, título que engloba dos cuadernos de viaje, en los que las manchas van tomando las formas puras de estos dos elementos en el Tíber, lago Vico, etc.
· Il proceso delle acque, cuaderno de viaje en el que se tantea aquel maravilloso invierno de lluvias y fuentes romanas y donde planea Leonardo da Vinci, gracias al seguimiento del códice Leicester y de su ensayo “Della natura, peso e moto delle acque”
· Il casino, cuaderno de dibujos que, en aceptación de su traducción italiana, conforman una serie crítica y no menos erótica.
· Malinconia, ritorno, realizado tras el regreso por lo que corre paralelo a “Vivir sin Roma” y que culmina con esta serie de ejercicios que, en su total, conforman más de trescientos dibujos.
Cuaderno de Roma es pues, más bien, la expresión escrita -fuera de cualquier obra literaria que se precie y lejos de la exégesis de admirados predecesores- de alguien que no busca tanto una complicidad literaria, cuanto la retención de unos estremecimientos surgidos, por ejemplo, ante la atemporalidad de la lluvia sobre Roma sea descrita ésta con las palabras de alguien que, al menos mientras este texto se redactó, nunca pensó en publicarlo.
Pero, como ya se dijo, también es todo un catálogo de esquemas, pequeños estudios, dibujos, apuntes del natural, esbozos de intenciones... por lo que visto en su globalidad, Cuaderno de Roma, da una visión real de lo que siempre quiso ser: un dietario en su acepción de libro donde los cronistas escriben los hechos más significativos.
Cáceres, 14 de Junio de 2001