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PROYECTO BARAÑÍ
criminalización y reclusión de mujeres gitanas
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Cap 3. Estudio sociológico "Mujeres gitanas y sistema penal"

3.5. La experiencia de la cárcel

La mayor parte de las encuestas que conocemos sobre la cárcel hablan esencialmente de la cotidianeidad de la misma, de las necesidades de los presos y presas, sus derechos y sus condiciones de vida. Dado el desconocimiento de la opinión pública sobre las cárceles y la poca atención prestada a las necesidades de sus involuntarias e involuntarios usuarios, dichas investigaciones nos parecen esenciales.

No hemos querido dejar de lado este importante aspecto, aunque nuestro estudio pretende esencialmente poner en relación la cárcel con el mundo social en el que se sitúa: con el proceso penal que culmina, pero también con la sociedad que la envuelve. Nuestra voluntad ha sido no aislar, ideológicamente, analíticamente, la cárcel del resto del proceso de criminalización, ni permitir que una vez más se trate a la prisión como un mundo ajeno, absorto en sus propias normas.

Sin embargo, este capítulo se ocupará esencialmente de las condiciones de vida y la situación física y moral de las gitanas presas, procurando comparar los datos de nuestra encuesta con los existentes en otros estudios. Por otra parte, el lector o la lectora debe entender que ninguna estadística puede dar cuenta del ambiente singular de una cárcel, de sus pequeñas opresiones sumadas, ni del tono, quejumbroso o valiente, a menudo asombrosamente lírico, con el que se expresan las mujeres allí encerradas.

1.Cercanía del domicilio, visitas, relaciones.

Como muestra el Capítulo 6, cada cárcel es un castigo diferente, aunque todas sean similares. El primer castigo es la pérdida de libertad, pero también la brusca separación de la propia vida. Esta puede modularse, según el grado, el régimen de visitas, y según la geografía.

También influye el modelo de prisión. Las macrocárceles de alta seguridad, aisladas en lugares poco comunicados, no sólo aumentan la despersonalización de la vida en prisión, el malestar y la paranoia de los/as funcionarios/as, el extrañamiento de las personas presas de la vida social. Imposibilitan físicamente la relación entre la sociedad y las y los presos, intensifican el sufrimiento de los familiares, dificultan la presencia de organizaciones, abogados/as, actividades. Por último, recrean físicamente el estigma de la prisión al hacer que las sociedades puedan olvidar y temer a aquellas y aquellos que se encuentran entre sus altos muros.

Muchas de las mujeres que entrevistamos carecen de medios económicos, como sus familias, y separarlas de sus lugares de origen supone abocarlas a la soledad. Algo más de la mitad de las encuestadas, el 56%, está presa en una cárcel en su provincia. Un 30% lo está en su Comunidad Autónoma. Por último, el 14% de las reclusas cumple condena fuera de su Comunidad, a veces muy alejada de su lugar de residencia. La influencia de esta lejanía sobre los derechos de las presas puede observarse en la Tabla 1: las visitas semanales disminuyen drásticamente dependiendo de la distancia entre residencia y cárcel, aunque las frecuencias se equilibren al espaciarse las visitas.

Tabla 1. Distribución de visitas según lugar dónde está presa la reclusa.

 

visita semanal

visita quincenal

visita mensual

visita semestral

visita anual

Nunca

Total

Presa en su provincia

60,2%

9,9%

11,2%

2,5%

1,2%

14,9%

100%

Presa en su CCAA

29,5%

15,9%

20,5%

4,5%

5,7%

23,9%

100%

Presa en otra CCAA

10,8%

18,9%

21,6%

8,1%

10,8%

29,7%

100%


Fuente Barañí

Irónicamente, muchas de las reclusas gitanas pueden no sentirse tan solas dado que un número elevado tiene familiares en el mismo centro: un 47% de las presas gitanas responde sí a esta pregunta.

Un 44% de las reclusas recibe visitas todas las semanas, en abrumadora proporción por parte de la familia (97%). Otro 28% recibe visitas una o dos veces al mes. El 28% restante recibe visitas una o dos veces al año o nunca (20%). Comentamos en el primer capítulo que la mayor soledad se relaciona indudablemente con la vida marginal de la presa, debido al consumo de drogas o a la extrema pobreza.

Casi todas las que reciben visitas con cierta regularidad (73%) han tenido visitas de contacto personal, vis a vis, en el último año. Igualmente un 77% declara recibir dinero de sus familiares, aunque el resto, 23%, no recibe absolutamente nada, declarándose indigente. Mantener cierto bienestar en la prisión sale caro, de ahí que estas diferencias generen experiencias diversas entre las reclusas, y que muchas expresen como mayor necesidad un destino remunerado en prisión. La media de dinero recibido para las que reciben algo oscila entre 15.000 y 20.000 pesetas al mes.

Parece por lo tanto que dentro de las mismas condiciones de dureza de la cárcel, existe un grupo de mujeres gitanas, alrededor de un cuarto del total que apenas reciben visitas, ni dinero, ni tiene apoyos exteriores ni expectativas. Esta mayor exclusión se asocia probablemente con el consumo de drogas y el deterioro de la salud (17 mujeres que no reciben ninguna visita tienen SIDA) y debería ser objeto de una atención y tratamiento especiales.

 

2.Tratamiento y régimen disciplinario

 

Traslados

Entre las gitanas penadas, un 50% no había sido trasladada nunca de prisión. La otra mitad de las presas había conocido dos traslados (27%) y tres o más (23%). Los traslados son más comunes entre la población penitenciaria general, según el Informe de Derechos Humanos: sólo el 30% de los reclusos no ha sido trasladado nunca.

Permisos

El 70% de las reclusas penadas no había disfrutado de ningún permiso en el momento de realizarse la encuesta. Sólo un 10% estaba en relación con alguna organización que la avalara. El resto desconocía esta posibilidad, o declaraba no necesitarla por tener el aval de su familia.

En la encuesta realizada por Derechos Humanos, el 37% de los reclusos había disfrutado, alguna vez, de un permiso penitenciario, proporción ligeramente superior a la de nuestra encuesta.

Partes

Es un lugar común, entre los que conocen la cárcel, decir que las gitanas son dóciles y obedientes a las normas. En nuestras visitas pudimos observar que la "conflictividad" tiene poca relación con la naturaleza de la reclusa, y menos con su etnia o cultura. Entre las reclusas en primer grado en Picassent, muchas eran gitanas y sus rebeliones eran sobre todo peleas y autoagresiones fruto de una desesperación que se expresa a menudo como síndrome (por falta de tabaco, por ejemplo).

De hecho cruzando la variable gitana/paya en la encuesta de Miranda/Barberet con la pregunta "¿cómo lleva el régimen penitenciario?", las gitanas lo llevan regular o mal en una proporción más alta que las payas (33% frente a 24%). Entre las payas, 76% lleva bien o muy bien el régimen frente al 66% de las gitanas.

Un 45% de las mujeres gitanas había recibido partes disciplinarios. Es cierto que esta cifra es más baja que la que muestra la encuesta de Derechos Humanos: un 68% de los encuestados ha sido sancionado en el centro en el que se encuentra.

Las causas de las sanciones coinciden con la totalidad de los reclusos. Entre las gitanas que sí tenían partes, las dos causas principales eran el enfrentamiento con las funcionarias (33%) y las peleas (30%). El resto se debía a lo que hemos reagrupado como "pequeños incidentes" (30%), categoría que sumaba los problemas espaciales (no estar dónde uno debe estar en el momento en que debe hacerlo, o dejarse pillar por las puertas), y una variedad de anécdotas relacionadas con la infantilización que promueve la cárcel, en que las reclusas adultas son tratadas como colegialas.

Parece existir también una fuerte relación entre problemas disciplinarios y consumo de drogas. De las 121 mujeres que habían recibido partes, el 76% declaró ser o haber sido consumidora habitual. No obstante, no hay relación alguna entre partes y reincidencia: estos se reparten proporcionalmente entre primerizas y reincidentes.

Tratamiento

Según el Informe de Derechos Humanos, la mitad de la población reclusa declara que nunca ha tenido una visita del equipo de tratamiento, del que dependen sin embargo las condiciones de su cumplimiento de condena.

En el caso de la encuesta Barañí, la Tabla 2 muestra las relaciones con el equipo de tratamiento. Destaca que un 23% de las encuestadas no había visto nunca al educador/a, un 27% nunca había tenido una entrevista con el o la asistente social; sin embargo, esta ausencia es más alta en el caso del psicólogo/a y el jurista. Un 44% no conocía al primero y un 69% nunca se había entrevistado con el criminólogo de la prisión.

Tabla 2. Número de entrevistas con el equipo de tratamiento.

Nº de entrevistas

Educador/a

Asistente social

Psicólogo/a

Criminólogo/a

Ninguna

23%

27%

44%

69%

Una

31%

28%

23%

15%

Dos o tres

19%

26%

18%

6%

Más de cuatro

22%

14%

10%

4%

No sabe/No contesta

5%

4%

5%

6%


Fuente Barañí

Estos datos varían enormemente dependiendo del centro penitenciario. Tampoco es evidente que la reclusa sepa siempre con qué profesional del equipo de tratamiento se entrevista. En algunos centros, como en las cárceles catalanas, existe la figura del tutor/a de la reclusa, profesional que lleva su caso, comunicándose mucho más intensamente con ella que el resto. A pesar de todos estos matices, los datos y los testimonios recogidos en este y otros estudios muestran que la obligación de un tratamiento personalizado está lejos de cumplirse, y que las decisiones del equipo pueden llegar a ser mucho más aleatorias y arbitrarias que el viejo sistema de redenciones. No es de extrañar que exista unanimidad entre los presos en la reclamación de un sistema objetivo de reducción de condena o acceso a beneficios.

 

3.Vida cotidiana

En la cárcel, el tiempo y el espacio son coordenadas tan condensadas que acaban confundiéndose. El tiempo es una sensación física y el espacio una circularidad infinita. De ahí que la realización de actividades sea no sólo la justificación de un sistema que dice reinsertar, sino una necesidad expresada continuamente por las reclusas. Actividades útiles y adaptadas a sus necesidades permiten organizar el tiempo y ampliar el espacio del módulo, pero están penosamente ausentes en muchas prisiones o son muy insuficientes. Sus contenidos son a menudo "femeninos", arcaicos o carentes de medios, y muchas cárceles ponen todo tipo de trabas a las organizaciones que desinteresadamente quieren trabajar en su interior.

En general, y según testimonio de numerosas organizaciones, existen más actividades, talleres y posibilidades de deporte u ocio para los varones que para las mujeres, y sin embargo, el informe de Derechos Humanos dedica varias páginas a mostrar la insuficiencia de las actividades propuestas: sólo un 14% de los presos realiza trabajo remunerado y existe un 43% de la población reclusa que no realiza ninguna actividad.

Según la encuesta de Barañí, la gran mayoría de las gitanas encuestadas (el 86%) tiene un destino en la cárcel, casi siempre de limpieza y casi siempre no remunerado (en un 75% de los casos).

Son mayoría, el 66%, las que van a la escuela (obligatoria en los niveles de alfabetización), aunque en el momento de realizarse la encuesta, en numerosas prisiones no había escuela por las vacaciones de verano y ninguna actividad prevista para remplazarla.

Además del destino y la escuela, un 62% realiza alguna otra actividad mientras que el 38% restante no hace nada más.

Tabla 3. Actividades

Talleres

% de respuestas

Talleres ocupacionales

50%

Ocio

18%

Talleres productivos remunerados

18%

Talleres creativos

12%

Otros

2%


Fuente Barañí

 

Las actividades, donde existen, son talleres y cursos de diversa índole: la mayor parte, un 50%, asiste a talleres ocupacionales entre los que destaca todo lo relativo a la costura y una variedad de trabajos manuales de escasa proyección laboral; en un 18% de los casos se trata de talleres de ocio y en un 12% de tipo creativo. El 18% restante cuenta con talleres productivos remunerados, los más deseados a juzgar por las declaraciones. Un 2% asiste a talleres diferentes, de salud e higiene, por ejemplo.

Entre las que realizan cursos y talleres, casi el 80% dice acudir a diario (pero incluyen la escuela), repartiéndose el resto entre dos o tres veces por semana y una vez por semana.

La necesidad de estos talleres queda plasmada en que el 96% declara que le gustan, aunque por diferentes motivos. Estos motivos pueden jerarquizarse en el orden siguiente: pasar el tiempo (33%); aprender (30%); redimir (15%) o tener buenos informes (7%); salir del módulo (5%); ganar dinero (6%) y otros (4%).

Es significativo que esté casi ausente el aprendizaje de un oficio o profesión como motivación para asistir a las actividades. Igualmente, la mayor parte no cita "ganar dinero" porque hay pocas posibilidades de realizar actividades productivas. Pero estas dos necesidades, junto con otras relativas al ocio, son las que se repiten más a menudo.

El estudio de Miranda/Barberet sobre necesidades de las mujeres presas muestra estos requerimientos. A una serie de preguntas sobre actividades que le gustaría realizar a la presa, las gitanas contestan en proporción mayor a las relativas al trabajo: en particular un 74% de las gitanas querría realizar algún trabajo pagado, frente a un 68% de las payas. Las payas echan de menos en mayor proporción que las gitanas las diversiones, el deporte y las actividades culturales.

En la encuesta a gitanas de Barañí, a la pregunta sobre qué actividades le gustaría que hubiera, las reclusas respondieron como sigue: un 32% no sabía o no quería contestar; el 22% deseaba que existieran talleres productivos remunerados, y un 17% pedía algún tipo de formación prelaboral. El resto se dividía entre talleres creativos y actividades de ocio (desde flamenco a cine, pasando por deportes).

A la pregunta de cómo pasan la mayor parte del tiempo, la gran mayoría de las presas declara que "en el patio", como actividad en sí misma, lo que coincide con todos los estudios. En segundo lugar, aparecen el trabajo y los talleres, seguidos de una serie de ocupaciones "de patio": ver televisión, jugar a juegos de mesa, escribir cartas, charlar, no hacer nada. Únicamente las mujeres en el módulo de madres tienen clara cuál es su principal ocupación: todas citan cuidar a su hijo como actividad principal.

 

4. Religión

El 86% de las reclusas gitanas que contestaron a la pregunta "¿Se considera una persona religiosa?" respondieron afirmativamente.

Tabla 4: Religión.

Religión

% de respuestas

Culto

49,2%

Católica

33,6%

Ambas

2%

Otra

7,6%

Ninguna

7,6%


Fuente Barañí

 

La mayor parte de las 250 mujeres que se consideran religiosas pertenecen al culto evangelista, casi la mitad, frente a un 33% de católicas. De este número sólo practica en la cárcel el 40%, frente al 60% que no lo hace, bien por no desearlo o por carecer de pastor. La proporción es similar a la de mujeres que asistía a misa o al culto gitano fuera de la cárcel, un 43% frente a un 57% que no lo hacía.

La edad parece ser un factor influyente sobre la naturaleza del credo. Entre las menores de 40 años, el culto evangelista es la Iglesia de pertenencia en más de la mitad de los casos. La Iglesia católica sólo es preferida por un cuarto de las mujeres, profesando el resto otra religión o ninguna. A partir de los 40 años esta proporción se invierte: más del 50% de las mujeres se considera católica frente a un 38% del culto. Entre las mayores de sesenta años, casi el 80% son católicas.

5.Salud

Tabla 5: Efecto de la cárcel sobre la salud de la reclusa.

La salud de la reclusa...

% respuestas

Ha empeorado

46%

No ha cambiado

39%

Ha mejorado

15%

Fuente: Barañí.

Un 46% de las mujeres entrevistadas considera que su salud ha empeorado tras el ingreso en prisión. Un 39% piensa que no ha cambiado y un 15% considera que ha mejorado. La lista más común de enfermedades que sufrían y aún sufren estas mujeres son las siguientes:

 

Tabla 6: Enfermedades más comunes al ingresar en prisión.

Enfermedades

% de respuestas entre las gitanas que tenían alguna enfermedad.

VIH

43%

Tuberculosis, hepatitis

9,5%

Crónicas

39%

Leves

3,5%

Otras

5%

Total

100%

Fuente: Barañí.

 

Entre las reclusas que sufrían alguna enfermedad, destaca la presencia del SIDA, relacionado con la drogodependencia: de las 45 mujeres que dicen ser seropositivas, 44 han sido consumidoras de drogas. Entre estas, se encuentra el grueso de las que dicen que su salud ha mejorado en prisión. El SIDA representa el 26% de la incidencia de enfermedades entre la población reclusa (Informe de Derechos Humanos), así que no debe extrañar la alta proporción entre mujeres gitanas (un 15%).

La mejora de la salud tiene que ver sobre todo con las toxicomanías como muestra la siguiente tabla:

Tabla 7: Salud en la cárcel y consumo de drogas.

Consumo de Drogas

Su salud ha empeorado

Su salud ha mejorado

Su salud está igual

No

51,7%

4,8%

43,4%

39,7%

25,5%

34,8%

Total

45,8%

15%

39,2%

Fuente: Barañí.

 

Efectivamente, puede decirse que la cárcel sólo mejora la salud de aquellas reclusas que consumían droga y no de la mayoría. De la mitad aproximadamente de reclusas que ha sido o es consumidora habitual de drogas ilegales, algo más de un tercio (36%) está o ha estado en un programa de metadona y algunas presas (nueve reclusas) se encuentran en lista de espera del programa de metadona.

Un 2% de las reclusas va a diario a la enfermería; un 26% lo hace semanalmente; un 10% acude dos veces al mes; un 23% una vez al mes, dividiéndose el resto entre las que van una o dos veces al año (24%) y nunca (15%).

Los motivos de asistencia al médico son en primer lugar los relativos a la salud mental y estado de ánimo. En efecto, un 24% de las reclusas sufre depresión o ansiedad y precisa medicación. Toda una serie de trastornos asociados a "los nervios" son citados a continuación. La segunda causa es la prevención (análisis en caso de seropositivas) y la tercera las enfermedades leves y las crónicas.

Un 35% de las reclusas ha estado hospitalizada desde su ingreso en prisión por los motivos que pueden verse en la Tabla 8.

Tabla 8: Motivos de hospitalización.

Hospitalización

% de respuestas.

Atención especializada

25,7%

Parto

20,8%

Pruebas

16,8%

Intervenciones quirúrgicas

15,8%

Urgencias

6,9%

Intento de suicidio

5%

Sobredosis

4%

Aborto

3%

Otras

0,6%

Fuente: Barañí.

Llama la atención que 21 mujeres dieran a luz cumpliendo condena. Carecemos de datos pero abundan las historias narradas por las reclusas sobre la dificultad de interrumpir un embarazo no deseado o el temor (a veces cumplido) de que les quiten el niño por estar en prisión o ser drogodependientes. No parece que los derechos reproductivos de las mujeres presas sean muy respetados.

Un 45% de las mujeres dice haber tenido revisiones ginecológicas, frente a más de la mitad que carece de esta atención o no la requiere. En cuanto al uso de métodos anticonceptivos, sólo un 38% utiliza algún método, frente a un 62% que no lo hace.

 

6.Visión de la cárcel y del futuro

Tabla 9: Vivencia de la cárcel

Lo peor de estar en la cárcel

% de respuestas

Separación de la familia

40%

Encierro

36%

Todo

10%

Las compañeras

6,5%

Las funcionarias

3,5%

Otros

4%

Fuente: Barañí.

 

Para las reclusas gitanas, probablemente para todas las presas, lo peor de estar en la cárcel es la separación de su familia (40%) que muchas expresan como angustia por no poder ocuparse de los hijos, sobre todo si son pequeños o tienen problemas de salud. La segunda causa de angustia es la pérdida de libertad, el encierro, la monotonía (36%). Las relaciones ocupan el tercer lugar en la descripción de lo peor de la cárcel: el trato con las compañeras (6,5%) y con las funcionarias (3,5%). Otras, por último, resuelven la pregunta con un expresivo "todo".

La mitad de las presas considera que la cárcel no sirve para nada. Sin embargo, la respuesta es engañosa, pues entre las reclusas gitanas que responden afirmativamente a la pregunta, la mayor parte cree que la cárcel sirve para cosas negativas. Efectivamente, en la respuesta abierta, las reclusas van desgranando una descripción sucinta de lo que han aprendido en prisión: a desconfiar, a ser duras, a abrir los ojos, a espabilar, etc. Otras reconocen elementos positivos, a menudo muy concretos: algunas han dejado la droga, otras han aprendido algo práctico, aunque sea a escribir su nombre o a leer. Por último, un grupo reconoce que la cárcel le ha enseñado a "pensárselo dos veces", a escarmentar, o a no meterse en líos.

 

Tabla 10: Quién tiene la culpa de que estés en la cárcel

.

% de respuestas

Yo

38,4%

Estado (jueces, policías)

21,4%

Droga

16%

Pobreza

13,2%

Pareja

6%

Otros

5%

Fuente: Barañí.

 

En cuanto a la responsabilidad, casi un 40% de las reclusas se culpa a sí misma por su situación. Un 16% considera a la droga como desencadenante de lo sucedido y un 13% piensa que la pobreza fue la causa principal. Sólo un 21% hace responsable a las instituciones de su condición, bien por una condena injusta, bien por sentirse inocentes (casi siempre por posesión de drogas para consumo propio o de un familiar). Por último un 6% cree que su pareja tuvo la culpa de que terminara en prisión.

Las expectativas sobre el futuro varían según el tiempo de condena que le resta a la presa y el hecho de que conozca este tiempo. Pues las penadas por el nuevo código ignoran si tendrán redenciones y cuándo saldrán. Preguntadas sobre sus planes y necesidades a la salida, la mayoría deseaba esencialmente trabajar y volver con su familia (63%), mientras que un 25% enunciaba en primer lugar el deseo de volver son los suyos y estar tranquila. El resto de las respuestas se dividía entre "cambiar de barrio y de vida" (2,8%), estudiar (1,8%), recibir ayuda económica (2,1%), y las que ignoraban qué iban a hacer al salir.

La mayoría piensan que serán capaces de cumplir sus expectativas, y de hacerlo por si mismas, pues un 70% desconoce cualquier programa de acompañamiento para la salida. Entre las necesidades expresadas por las presas sobre posibles programas o políticas de acompañamiento, la principal reclamación es el trabajo (32%), seguido por la formación (14%), la vivienda (10%) y la percepción de alguna ayuda económica (9%). Pero el grupo más importante (35%) no sabía qué clase de orientación o ayuda le gustaría recibir al salir de prisión.

 


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29 de febrero de 2000