EL TRASTERO
"Después de la segunda Era de la Globalización se procedió al Reajuste que gracias a la tecnología no acabó en otro desenlace militar, lo que hubiera supuesto pasar de competir económicamente, en un entorno pacífico bajo las reglas del mercado, a hacerlo bajo las reglas del poder de las armas."
Cuántas veces he leído este párrafo en el manual oficial de la Historia General de la Economía. Sin embargo, no dice que al mismo tiempo que el Reajuste se inició el reciclaje al que todos estamos sometidos.
Comenzaron por las palomas; poco a poco fueron sustituidas por sombras de palomas que se proyectan desde campanarios, arbotantes, botareles y cornisas de iglesias, catedrales y edificios oficiales. Su aleteo vigoroso y su canto gutural, emitidos desde altavoces estratégicamente situados detrás de gárgolas y relojes centenarios, inundan patios, plazas y escalinatas. Así, sin excrementos corrosivos, la Historia se perpetua como si el tiempo no pasara, y el hoy, el ayer y el mañana formaran parte de la misma postal. A continuación los perros y gatos fueron exterminados y en su lugar se creó una nueva raza mixta, semiartificial, manufacturada y asexual: el dogman. Un ser silencioso e inquietante; ágil como un gato, fiel como un perro y casi tan inteligente como un hombre. De usos múltiples y fácilmente sustituible en cualquier estación de consumo al menor atisbo de comportamiento autónomo o independiente. Finalmente desaparecieron todas las zonas verdes y en su lugar se proyectan hologramas que reproducen incluso el susurro de las hojas, el canto de los pájaros y la frescura de las sombras. Estas sensaciones multisensoriales son muy recientes y están en período de prueba. Sin ir más lejos, en el Paseo de los Castaños, paralelo a la Avenida Central, puedes encontrarte el 31 de julio con un paisaje nevado y sentir, a la vez, el asfixiante calor urbano. No obstante, los avances tecnológicos se superan cada día, aunque el precio que estamos pagando es demasiado alto: ya no sabemos qué somos. Antes de subir yo también al trastero tengo que contar nuestra historia, y quizás este capitulo pueda añadirse a esa otra historia clandestina que todos escribimos cada día.
Hace una semana que dejé de ir al Centro de Aprendizaje y todavía no he recibido ningún aviso. Sin embargo, cuando he pasado delante de la vivienda del porterovigilante para ir a buscar provisiones, sé que él y su dogman me estaban vigilando y que nada más atravesar la calle ha dado parte de mi salida. En cuanto al vecindario del bloque, no sé cuántas viviendas están ocupadas, pero el estado del portal y los buzones, llenos de basura y propaganda, me hacen sospechar que quedan pocos habitantes. Hay muchos bloques casi vacíos en la ciudad, y los transportes colectivos la recorren recogiendo a los escasos viajeros que se desplazan exclusivamente a las factorías y estaciones de consumo, ya que los centros de entretenimiento se cerraron hace meses ante la falta de público y el consiguiente derroche de energía.
Ayer, al atardecer, los componentes de la Junta de Administración del edificio nos reunimos en la tercera planta subterránea de los garajes del bloque, entre los cadáveres herrumbrosos de nuestros vehículos inutilizados por la falta de combustible. Cada miembro de la Junta es responsable de una de las veinte plantas del edificio y por consiguiente de las cien viviendas que tiene cada planta. Además, todas las viviendas tienen su trastero en la azotea. Un ascensor central comunica la décima planta subterránea con la parte superior del edificio. Así, cientos de bloques semejantes componen una megapolis perfectamente organizada y homogénea.
Solamente un punto en el orden del día:
1. Censo actual de la Comunidad.
El Presidente de la Junta nos ha leído la circular enviada desde el Departamento de Recursos Humanos de la Delegación del Gobierno Central y que le ha hecho llegar el porterovigilante: "Ante la inexplicable falta de asistencia de numerosos operarios en las factorías, funcionarios en los diferentes servicios públicos, alumnos en los centros de aprendizaje y, sobre todo, pacientes en las unidades de tratamiento crónico, se debe proceder a un recuento exhaustivo de todos los habitantes de los bloques por parte de las diferentes Juntas de Administración. Una vez rellenado el estadillo que se adjunta en el Anexo I, se entregará al porterovigilante de cada bloque con el fin de que sea remitido al Departamento de Recursos Humanos en el plazo de una semana, a contar desde la fecha de recepción de esta circular."
En la Junta nadie sabía nada y acordamos dejar tres días para inspeccionar cada vivienda y contabilizar a sus ocupantes. Después de llamar a las veinte primeras puertas de mi planta y no recibir ninguna respuesta, he decidido suspender el recuento, hacerme con agua y alimentos y subir con los demás al trastero. Me he resistido hasta el final, pero mi vida ya no tiene sentido aquí abajo. Está oscureciendo, la capa perpetua de nubes metálicas pierde luminosidad por momentos y pronto se activarán las luces de servicio de la ciudad. Las patrullas de vigilancia compuestas por dos agentes nocturnos y dos dogmans preparados para ver en la oscuridad, saldrán a recorrer las calles desiertas. Nadie circula sin un objetivo principal; es la norma. Las reglas infinitas rigen nuestra existencia y ahogan nuestra libertad. No obstante, nuestra decisión de desaparecer no está prevista, y quizás esto sea nuestra salvación.
Ya ha pasado un año desde que el abuelo decidió subir al trastero y quedarse allí. Al día siguiente de cumplir setenta años, recibió una citación del Departamento de Recursos Humanos para presentarse inmediatamente en la Unidad de Contratación. Le dijeron que ante la falta de mano de obra especializada en la Factoría Central del Gobierno, tenía que incorporarse en el plazo de cuatro días a la cadena de producción. Mi abuelo había trabajado durante toda su vida en una fábrica de ojos de muñeca: La Baby´s Eyes, y ante un pedido extraordinario de ojos de dogman, les hacía falta. Veinte años atrás, cuando la natalidad llegó al punto cero, cerraron todas las fábricas de juguetes y la mayoría de sus empleados, sobre todo los mayores de cincuenta años, fueron reconvertidos o abandonados a su suerte. Cuando se crearon los dogmans, el abuelo pasó a trabajar a la Factoría Central, en la sección de ojos, hasta que se quedó casi ciego y tuvo que retirarse con una mísera paga del Estado. Hoy, casi no hay niños, ni jóvenes; falta mano de obra especializada, y los extranjeros o inferiores, como se les llama ahora, nunca alcanzarán el nivel necesario. Están llamando a todos los antiguos trabajadores para que se incorporen al proceso de producción al final de sus vidas.En el caso del abuelo suponía dejarnos e ir a vivir a cien kilómetros de esta ciudad. Como decía él: "A vivir, no; a morir." Lejos de sus seres queridos, enfermo, casi sin vista y hacinado con cientos de ancianos-trabajadores en barracones anexos a la Factoría Central, y con la única recompensa de "un futuro mejor para todos."
Hace seis meses que no le veo, ni le oigo, exactamente desde que papá y posteriormente mamá y la pequeña Lucy subieron al trastero, y en el Departamento de Recursos Humanos le han dado por desaparecido. Dijimos que se puso en camino a su nuevo destino y que ya no supimos más de él. Se abrió una investigación, pero cuando se cubrió su puesto por otro anciano-trabajador, se archivó su caso. Al principio le subía la comida en una bandeja, siempre de noche, y veía su mano a través de la trampilla de respiración abierta en la puerta del trastero, casi al nivel del suelo. Luego, cuando subieron los demás, eran papá y mamá quienes recogían la comida. En realidad hace algunas semanas que sólo veo la mano de mamá que solloza sin parar cada vez que le pregunto por todos. Me ha pedido más sábanas y desinfectante en grandes cantidades. Dice que el trastero es muy frío e insano, que la inactividad les ha quitado el apetito y que no hace falta que suba tanta comida. Nunca puedo hablar con los demás; siempre están dormidos, y, según mamá, las voces podrían alertar al dogman del porterovigilante cuya capacidad extrasensorial, semejante a un radar, detectaría incluso los cambios de estado de ánimo.
En el caso de papá, sargento de la Policía de Fronteras, el proceso de su desaparición fue más complicado. Una noche llegó más abatido que nunca y nos dijo: "Ya no puedo más. Tengo las manos manchadas de sangre." Mamá y yo sabíamos a qué se refería. Desbordadas hace mucho tiempo las fronteras del país, los inferiores acosaban los límites de los núcleos urbanos más importantes. El mando de la Unidad de Fronteras había dado la orden de disparar a discreción contra todos los extranjeros que intentaran atravesar los límites de la ciudad. Esto disminuiría el exceso de trabajo que tenía la Unidad de Vigilancia en plazas, parques, jardines, bocas de metro y cloacas, donde sobreviven los inferiores que han conseguido llegar hasta el centro de la ciudad. Después de matar a veinte o treinta de ellos todas las noches, soltaban a los dogmans carroñeros que se encargaban de hacer desaparecer los cadáveres. El ya no podía soportarlo. No había sido entrenado para esto. Cuando ingresó en la Unidad de Fronteras, diez años atrás, solamente tenían que detenerlos y llevarlos a campos de internamiento. Posteriormente se utilizaban los que servían para determinados trabajos después de un proceso de selección; al resto se les expulsaba de los límites de la ciudad. Hoy ya no hacen falta. Las máquinas y la ingeniería genética mueven y transforman el mundo. Tuvimos que ir a la Unidad de Fronteras y mentirles. Les dijimos que después de su última misión no había vuelto a casa. Quizás hubiera caído en una emboscada. Últimamente los inferiores se han organizado y presentan batalla. Su caso, como el del abuelo, se cerró, y dado que no se encontró su cuerpo, mamá se quedó sin la pensión de viudedad que le hubiera correspondido, según la normativa vigente.
Mamá y la pequeña Lucy subieron hace tres meses al trastero. Mamá dijo que "ya que hemos pasado juntas los últimos cuatro años, no nos van a separar ahora." Mamá es diabética y cuando tuvo a Lucy su corazón empezó a funcionar mal. Con cuarenta y dos años era algo mayor para tener hijos, pero los niños naturales son un bien escaso, apreciado y premiado. Por eso ella y papá decidieron concebirla y registrarse como padres naturales en la Unidad de Desarrollo. El nacimiento de Lucy supuso el ascenso de papá y esta casa situada en uno de los edificios oficiales más grandes y mejor dotados del distrito, además de estar alejado de las zonas conflictivas. Pero Lucy no salió bien. Los especialistas dijeron que un capilar obstruido del cerebro podría ser la causa de su progresivo ensimismamiento, y día tras día, desde que tuvo un año, se empeñaron en descubrirlo. No quieren reconocer que la Naturaleza, a pesar de todo, siempre se guarda un as bajo la manga. En cuanto a mamá, hace dos años tuvieron que sustituirle su corazón orgánico por otro metálico, de titanio, programado y asistido por dos baterías implantadas a la altura de los riñones. La operación resultó un éxito; sin embargo, el nuevo corazón funciona según un programa invariable e implacable, no late y es incapaz de reaccionar ante los estímulos exteriores o las emociones. Cuando la trajeron del hospital enseguida me di cuenta que no era la misma. Su cara de quirófano no reflejaba nada, absolutamente nada, y su forma de comportarse denotaba que le habían cambiado algo más que el corazón. Perdió la capacidad de llorar, y el tratamiento de rehabilitación psicofísica que recibía a diario la estaba convirtiendo en un ser dirigido y dependiente. Descubrí que aún tenía salvación, cuando un día antes de subir al trastero me preguntó: "¿Qué soy hijo mío? ¿Un ser humano o una máquina?" Una mañana, como todas desde hacía dos años, ella y Lucy salieron de casa hacia el Hospital Central para someterse a sus respectivos tratamientos y pruebas. Pero en vez de pulsar en el ascensor el botón de bajada, subieron al trastero nº 815, se encerraron en él y no acudieron a sus citas. En esta ocasión tuve que ir solo a denunciar sus desapariciones; pero son ya tántos los desaparecidos que me atendieron de una forma rutinaria y me dieron un número y una fecha para que volviera a recabar noticias más adelante.
En cuanto a mí, no soy dueño de mi propio cuerpo y el futuro no existe; solamente un presente interminable y previsible hasta en los últimos detalles. Ya no me quedan fuerzas para ocupar mi asiento en el Centro de Aprendizaje. ¿Para qué? Todos los días fichamos a la misma hora, ocupamos los mismos lugares y nos cruzamos las mismas palabras. Después, todos los responsables de área nos recuerdan invariablemente que somos unos privilegiados, los futuros cuadros de mando de la nueva sociedad que nos están preparando, y que hemos sido elegidos por nuestra fe en el nuevo orden.
Llevo dos días en el trastero y creo que el dogman del porterovigilante me ha descubierto. No es de extrañar, ya que desde la planta anterior a la azotea, un vaho putrefacto a desinfectante y a muerte, proveniente de numerosos trasteros, inunda la atmósfera y empieza a descender hacia las plantas inferiores del edificio. Ya sé dónde están los vecinos desaparecidos; ya sé para qué quería mamá el zotal y las sábanas, por qué no comían apenas y no podía hablar con ellos. Están muertos; envueltos en sábanas empapadas en zotal para disimular inútilmente el hedor de la carne descompuesta. Están colocados en las estanterías junto a los botes de conserva, los libros viejos y la ropa pasada de moda. A mamá la encontré sentada en la vieja silla de amamantar de la abuela, con una bolsa de plástico envolviéndole la cabeza y una sonrisa de muñeca acartonada. Se envenenó con sus propios gases. Estoy seguro que su corazón mecánico no se enteró; dejaría de funcionar sin más, como el motor de un coche que se para de repente en mitad de una carretera del desierto, sin salvación ni ayuda posible. El hocico del dogman está empujando la trampilla de respiración a la vez que profiere el aullido más desgarrador que haya oído en mi vida. No le daré la satisfacción de pedirle clemencia.