Ha llegado la Generación Y, formada por jóvenes educados en la cultura de Internet

(resumen del artículo de José Luis Riesco, corresponsal de LaBrújula.Net en Estados Unidos, publicado el 2 de junio de 1.999)


La denominada "Generación Y", formada por gentes educadas en la cultura de la interactividad y de Internet, ha empezado a atraer la atención de sociólogos, estudiosos y, especialmente, empresas de venta de productos en Estados Unidos.

La "Generación Y" es la generación del siglo XXI. También se les conoce como la Generación del Milenio y como la Generación 2001. Esta generación ya empieza a suscitar mucha curiosidad por parte de sociólogos y estudiosos puesto que su conocimiento y comprensión son cruciales para saber que forma tendrá la sociedad del futuro. Desde un punto de vista comercial, la supervivencia de muchas empresas dependerá de lo bien que sepan entender y adaptarse a esta nueva Generación Y y de su capacidad para hacerles llegar los mensajes publicitarios.

La generación de nuestros padres (conocida en EE.UU. con el nombre de Baby Boomers por su explosión demográfica) se extiende desde finales de los años 40 hasta 1959. Esta es una generación que identifica el éxito con grandes  proyectos. Lo importante es dejar como herencia un gran patrimonio, construir grandes obras, grandes edificios, etc. El éxito, para esta generación, se refleja en la cantidad de ingresos materiales acumulados y en la altura que pudieron alcanzar trepando la escalera política y económica.

La generación que sigue a los Baby Boomers se conoce, quizás a falta de un mejor nombre, o tal vez por la incapacidad de los medios para acercarse a ella, como Generación X y comprende a  los jóvenes nacidos en los años 60 y 70. Los jóvenes de la Generación X no ven el éxito de la misma manera que sus padres. Es una generación más escéptica, más difícil de alcanzar por parte de los medios tradicionales de comunicación y marketing. Esta generación X se caracteriza por su cinismo y desilusión ante los valores de sus padres. Es la generación de MTV, Nirvana y Smashing Pumpkins, la generación de las Tortugas mutantes y la comida basura.

La última, la nueva generación, abarca a los niños nacidos en los años 80 y 90. Los más "viejos" de esta generación están a punto de alcanzar la veintena, los más jóvenes apenas han salido de los pañales. Esta es una generación de niños deseados y protegidos por una sociedad preocupada por su seguridad. Los niños de esta Generación Y son alegres, seguros de sí mismos y energéticos. Es la generación de los Powers Rangers y la Internet, la generación de la variedad y las marcas desconocidas, la generación de nuevas tecnologías que cambian continuamente a una velocidad de vértigo.

Las agencias de publicidad americanas han comenzado a sufrir en carne propia los efectos de una generación que se ha criado viendo anuncio en la televisión, que ha mamado marketing desde su nacimiento y que es altamente sofisticada en sus gustos y apetitos. Marcas tradicionales como Coca Cola, Nike, Levis, etc. no logran alcanzar a esta juventud que hace caso omiso de los deportistas y supermodelos que tanto éxito tuvieron con las generaciones anteriores. La Generación Y es la generación de la interactividad, de la publicidad extendida a través de las recomendaciones de sus amigos, a través de los foros y grupos que comparten y diseminan información por Internet. Es allí donde acuden a enterarse de lo que es "cool" y está de moda. Solamente aquellas empresas que tratan de entenderlos, que se esfuerzan en conocer sus gustos y peculiaridades y realizan una publicidad directa y honesta, logran conseguir su cotizado dinero. Una de tales empresas es Delia: que vende ropa por catálogo diseñada especialmente para chicas preadolescentes y adolescentes, y utiliza modelos con los que las chicas se identifican en lugar de las glamorosas supermodelos de antaño. Su base de datos ya contiene a más de 4 millones de nombres, y sigue creciendo cada día. Un sitio Web, especialmente diseñado para las chicas de esta Generación Y es http://www.gurl.com .

Las generaciones pasadas se caracterizaban por la uniformidad con la que recibían los mensajes, las modas, la música. Los medios informativos (radio, televisión, revistas, carteles, etc.) eran los difusores de música y modas. La Generación Y, por el contrario, se caracteriza por la diversidad. Al fin y al cabo es la generación de la Internet y el correo electrónico. Gracias a Internet, los seguidores de los grupos más oscuros y desconocidos pueden ponerse en contacto e intercambiar información o incluso ficheros MP3 con las últimas canciones. 

¿Cómo educar a la Generación Y en las escuelas?

(resumen del editorial de Luis Angel Fernández Hermana, director de la revista en.red.ando. publicado el 27 de abril de 1.999)


La escuela tiene por misión preparar al individuo para el mundo que le tocará vivir. Hoy constatamos que la correspondencia entre lo que se enseña y ese mundo está en cuestión. Por una parte, la preocupación por llevar Internet a las escuelas comienza a alcanzar un tinte prioritario. Por la otra, se nos dice desde diferentes frentes que los niños tienen dificultades para leer, para expresarse. Por el medio se nos habla del conflicto entre alumnos y maestros. Los primeros, duchos en el arte de manejar chismes electrónicos y adictos a la cultura audiovisual. Los segundos, temerosos de quedarse relegados de la denominada "revolución tecnológica" o de las tecnologías de la información y la comunicación. De este cocido, en el que hierven muchos más ingredientes, surge una pregunta legítima: ¿hay alguna relación entre el mundo en el que viven alumnos y maestros con el que se enseña en las escuelas?

La respuesta no depende sólo del papel que va jugar Internet en la educación. Los alumnos que hoy pueblan las escuelas son hijos de un mundo muy peculiar que les plantea necesidades y requerimientos específicos. Pero no encuentran en el sistema educativo los interlocutores capaces de comprender esta nueva dinámica. Ellos viven "off/on line". ¿Dónde se sitúa la escuela? Por ahora, "out of line", fuera de línea. Frente a la pujanza de un mundo virtual, en el que participamos todos de una u otra manera, la institución educativa progresa por los meandros del número de ordenadores y de conexiones a Internet que será capaz de extraer de la administración, de Gates o de cualquier otro mecenas. Pero la cuestión no estriba en si hacen falta más o menos ordenadores, más o menos conexiones a Internet. O no sólo. El desafío es la emergencia de un mundo virtual cuya lógica--propia y claramente diferenciada de la del mundo real--está modificando los cimientos fundamentales de la educación. Y es el contenido de ésta la que necesita reconfigurarse de acuerdo a la lógica virtual. La barrera que dificulta actualmente la interconexión entre alumnos, maestros, la institución de la educación y los cambios que ocurren en el mundo no se refiere a la información digital--volumen, alcance, calidad, accesibilidad, número de páginas web de cierto tipo, valor de uso, etc.--, sino a nuestra capacidad de inserción en ella.

La lógica virtual degrada la parcelación del conocimiento a ojos vista. Y es sólo el principio. Asignaturas consideradas "cruciales" posiblemente se disolverán en el aire en los próximos años, a pesar de parecernos de una consistencia eterna. En su lugar emergerá la capacidad para integrar transversalmente distintos campos del saber y, de paso, promover el surgimiento de una forma nueva de conocimiento acorde con las características de dicha lógica. Los chavales de hoy han adquirido una habilidad notable para funcionar en entornos virtuales y  moverse  por ellos con la naturalidad de lo propio. Pero esta habilidad no encuentra un cauce adecuado en la institución escolar. Al contrario: la distancia que separa a estas habilidades de las disciplinas a las que se les concede un alto valor educativo sobre todo por su carga tradicional ("todos hemos aprendido de esta manera") se la toma como un indicio seguro de "falta de preparación", "fracaso escolar" o "deficiencias en el sistema educativo", que deben repararse con más hora lectivas y algunas modificaciones en los contenidos. Esto último, por lo general, se fía milagrosamente a una "mejor preparación del maestro para lidiar con las herramientas informáticas". Craso error: llenar el aula de ordenadores no garantiza la adquisición de una percepción conceptual diferente del mundo en que vivimos, que es de lo que se trata.

Si esta percepción no se convierte en el motor de cambio, el tránsito hacia la adaptación del sistema educativo a la lógica virtual correrá el riesgo de dispersarse en los aspectos más triviales, por más que se lo adorne con un lenguaje trascendente ("hay que transmitir valores morales" o "el maestro siempre será la guía que buscará el alumno"). Este tránsito implica superar la actual educación centrada en el qué (los contenidos), para alcanzar la educación orientada hacia el cómo (la forma de abordar la información y el conocimiento). Educar en el qué es prepararse para responder. Educar en el cómo es prepararse para preguntar. Y la institución de la educación tiene que formar en las habilidades básicas para formular las preguntas pertinentes: saber buscar, interrogar, navegar, diseñar flujos de información y encontrar soluciones. Lo cual supone, entre otras cosas, adquirir la flexibilidad necesaria para enfrentar lo insólito, lo nuevo, lo desconocido. Aprender a buscar es aprender a proponer alternativas. Es aprender a aprender. Y así, mientras la educación del qué depende del libro, del objeto físico que consagra una determinada parcelación del conocimiento, la educación del cómo depende de redes humanas y telemáticas interconectadas, de entornos colaborativos en escenarios simulados, etc., para alcanzar sus objetivos.

Este es el momento en el que los foros de reflexión sobre la educación deben perder los miedos y no dar respuestas dictadas por la nostalgia. La mejor defensa en este caso no es atacar la "incapacidad" de los ordenadores para satisfacer demandas que nadie propone ("¿sustituirá al maestro?"), cebarse en el analfabetismo digital de los maestros, o la mala calidad o insuficiencia de la información que hay en la Red. Esos son aspectos marginales sometidos a una evolución vertiginosa. Cuando se habla de la información basura ("basura cognitiva", según algunos) existente en Internet en relación con la educación, tendríamos que decidir primero de qué información se habla: ¿de la que había en la Red en 1989 (tablones electrónicos), en 1991 (sistemas gopher y Wais para clasificar y buscar información académica), en 1993 (aparición de la WWW), en 1995, en 1999 o en el 2007? ¿Hablamos de información estática y silenciosa o multimedia? ¿Hablamos de información sólo accesible al experto o de la que comienza a llegarnos a través de los electrodomésticos más insólitos? El mundo virtual no es estático, ni propone un escenario duradero como el que sostiene a la educación basada en enseñar a través de los libros. El mundo virtual lo elaboramos sin cesar y hay que aprenderlo (y aprehenderlo) constantemente.