AMOR EN LA BARBERÍA
Todavía resonaba en mis oídos la gramola cibernética del salón de belleza mixto Ian´s, reproduciendo con un artificial sonido digital "Candle in the wind", mientras me encaminaba hacia la Calle Mercaderías buscando la sombra de los edificios de la parte vieja de la ciudad. Salón de belleza, sí, ahora les llaman así; mi abuelo decía que una barbería será siempre eso, una barbería. Sin embargo, la tecnología avanza a pesar de las tradiciones y Ian, el joven peluquero irlandés que abrió su barbería en uno de los bajos de mi bloque, destinados a locales comerciales, lo sabía muy bien. Es una de esas peluquerías modernas donde hay que coger cita dos o tres días antes para que te hagan el servicio: "Corte, lavado, tinte, afeitado, depilación o manicura." Tienes que elegir como mínimo dos tratamientos, si no, no te atienden.
Mientras aguardaba en la salita de espera a que llegara mi turno, tuve que soportar los comentarios mal disimulados, las risas y miradas de cinco clientes, todas mujeres, que no daban crédito a mi presencia. Era la primera peluquería mixta del barrio y no se entendía muy bien que hombres y mujeres coincidieran en un local donde además del cuidado personal, se aprovechaba para tratar de temas estrictamente femeninos que nadie del sexo opuesto debería escuchar. El rótulo lo dice bien claro: "Salón de belleza mixto"; quizás sobra lo de belleza, pero todo el mundo es libre de entrar o no. Pedí hora hace dos días por curiosidad, porque vivo en el piso de arriba, porque hace una semana que estábamos soportando un bochorno pegajoso y tenía el pelo largo, y porque según mi madre, la hermana de Ian, una de las peluqueras, tiene las tetas más grandes que jamás se hayan visto, por supuesto que operadas. Mientras seleccionaba en la pantalla de un PC empotrado en la pared, con un programa de ordenador que simulaba una antigua gramola, mi canción favorita de Elton John, oía el último chisme de mis compañeras de espera: "Seguro que Ian es gay. No hay más que ver lo delgado que está, esa coleta... Y encima abre un local mixto, sólo con peluqueras. A saber porqué lo habrá hecho..." Ahora comprendo su actitud. Esas brujas pensarían que habría ido para que me atendiera Ian en persona y que todos los que entrábamos allí éramos como él. Después de casi una hora, salió una de las peluqueras, una chica negra con un peine y unas tijeras en la mano, y nos dijo que sólo podrían atender a tres más; a los demás, y en compensación, Ian nos recibiría al día siguiente personalmente. No me lo podía creer y para cuando quise protestar ya se había marchado dejando una vaharada de laca y fijador que me revolvió el estómago. Sobrábamos dos, así que después de repasar mentalmente mi turno, me levanté y sin decir palabra salí a la calle sinceramente arrepentido de haber entrado, y con el propósito de acudir a mi barbería de siempre, la de Germán, a quien en mi fuero interno sentía que había traicionado.
La barbería de Germán está en la Calle Mercaderías, la más antigua de la ciudad, al final de la cuesta que empieza en el atrio de la iglesia de Santa María y en la misma fachada del bar "El Muelle". Cuando hay mucha clientela, algunos esperan su turno en la barra con un tinto, mirando las imágenes repetidas del partido de fútbol del domingo, así no se les pasa la vez y todos salen beneficiados. La barbería es un cuarto grande sin ventanas, antiguamente era una bajera, con las paredes pintadas de verde; hay cinco sillas de mimbre, una mesa repleta de revistas pornográficas y números atrasados del As; un sillón de barbero de los antiguos, un espejo panorámico de lado a lado de la pared con una repisa repleta de botellas de colonia, crecepelos, tijeras, peines, botes de polvo talco, toallitas de papel, navajas de afeitar, brochas y jabón, todo en el más completo desorden, y una radio conectada siempre a la Ser. La barbería de Germán no tiene letrero, pero todos la conocemos como la barbería de "El Maño", apodo que heredó de su padre junto con el negocio. Germán invierte muy poco en el local y aunque impera un cierto desorden todo está limpio; más de una vez ha pedido a algún cliente que mientras acababa con el que tenía entre manos, barriera los pelos que había alrededor del sillón para adelantar tiempo. El es así, un poco despreocupado, pero da confianza y no está por las formalidades. Y esto lo que más agradecemos sus clientes: obreros, agricultores, jubilados, gitanos y niños difíciles a los que, con el consentimiento de sus madres, los ata al sillón con su cinturón y les deja la cabeza como una bola de billar. Yo voy por que mi padre y mi abuelo, con quien estuvo en la guerra, han ido siempre. Además, tiene conversación para todos y a más de uno de esos afamados tertulianos televisivos podría ponerles en un aprieto. Su tema preferido es la huida del fuerte de San Cristóbal en el que estuvo prisionero con mi abuelo y cientos de soldados rojos. De aquella época le queda la secuela de dos dedos cortados de la mano derecha, lo que no le impide manejar la tijera de trasquilar a una velocidad vertiginosa. Es de la quinta de mi difunto abuelo; sin embargo, su cara sin arrugas, su cuerpo enjuto y ágil, su mirada penetrante y sobre todo su magnífica cabellera negra, le hace aparentar diez años menos.
Eran las seis de la tarde y el sol calentaba sin piedad los adoquines de las calles próximas a la iglesia de Santa María. Intentaba no abandonar la sombra, pero la sensación de calor era insoportable y antes de aventurarme a atravesar el atrio me detuve a beber en la fuente cercana a la tumba de San Sebastián, junto a la puerta de la carbonera de la iglesia. No fue una buena idea; el agua salía caliente y sabía a cobre. Entonces vi pasar al levantar la vista, al otro lado del atrio, a Rosario, mi primera novia gitana. Por lo menos eso me dijo: "Luis, tú eres mi primer novio payo, y lo que vamos hacer no lo hago con nadie que no sea de mi sangre." Pasamos toda la tarde revolcándonos en el pajar de su abuelo, el Rey de los gitanos. Luego tuvo otros novios: payos y gitanos; pero me consta que yo era su preferido. Después de aquella tarde ya no pude acercarme a ella; dos de sus diez hermanos, los de aspecto más patibulario, no me lo permitieron. Me dijeron que no era bueno que Rosario tuviera un novio formal y menos payo; que tenía que hacer lo que ellos le dijeran y ganar mucho dinero antes de hacerse vieja. Los muy cabrones la llevan chuleando desde que tenía trece años y se han hecho de oro con su cuerpo moreno y generoso. Al final de la cuesta, en la puerta de la barbería, distinguí a Germán. Estaba de pie, recostado en la pared; con su eterno palillo en la boca, la bata azul ya fuera invierno o verano, y el peine en el bolsillo superior izquierdo de la bata. Siempre bien peinado y arreglado; con ese aroma de Varón Dandy que siempre le acompañaba. A esa hora y con aquel calor, no tenía ningún cliente. Cuando llegué me sonrió y tirándome del pelo me dijo: "Pasa, Luisito, pasa. Hoy te voy hacer una buena faena."
Me senté en el sillón y después de envolverme con la toalla alrededor del cuello y los brazos, se metió en el pequeño cuarto anexo a la barbería donde guarda la escoba, la pala, el cubo, las botellas de butano de repuesto, en fin, en el almacén. Estaba tardando demasiado y yo ya empezaba a aburrirme de ver mi cara en el espejo. Todos sabemos que antes de cada faena entra al almacén y deja temblando la botella de pacharán que siempre tiene reservada, según él, para los grandes clientes. No obstante, se estaba bien allí, cómodamente sentado y a la fresca. Los ojos se me cerraban y en el intervalo de un parpadeo rápido vi a mi espalda, reflejada en el espejo, a Rosario, desnuda de cintura para arriba; con un dedo sobre sus labios, me pidió que guardara silencio. Estábamos solos, por lo menos Germán todavía no había salido del almacén, y Rosario con sus enormes, duros y morenos pechos, se acercaba sonriéndome maliciosamente. Con su mano derecha sobre mi frente, hundió mi cabeza entre sus senos que amasaba con ambas manos contra mis mejillas en un movimiento circular y envolvente. Yo no podía hacer nada; estaba maniatado con los brazos debajo de la toalla. Tampoco quería hacer nada. Con el rabillo de ambos ojos vi sus rojos pezones e intenté alcanzar el derecho con mi boca. No pude, pero Rosario me ayudó con sus hábiles dedos y cuando lo tenía entre mis labios comprendí lo que me dijo un día Germán: "Luisito, la fruta que más se parece a un pezón es un fresón. Ya lo averiguarás." No quería detenerme, Rosario tampoco; cuando me volví hacia el pezón izquierdo, bruscamente, Rosario soltó mi cabeza de su confortable presa y escapó corriendo a la calle, dejándome la cara, las orejas y la boca ardiendo. Sin darme tiempo a reaccionar, Gemán salió del almacén con un tufo de pacharán incluso en las manos y sin decir nada empezó a cortarme el pelo frenéticamente hasta dejármelo casi al cero. Yo no me atreví a protestar; además, ahora se lleva así. Cuando fui a pagar me dijo que la casa invitaba y mientras me cepillaba los pelos del cuello con una brocha, guiñándome un ojo y con la lengua enredada, me comentó en voz baja: "Luisito, la próxima vez más; pero tendrás que esperar a que te crezca el pelo."
Hoy, hace dos días de mi encuentro con Rosario. Veo en el espejo con desesperación que el borracho de Germán se empleó a conciencia y nunca más me volverá a crecer el pelo; quizás Ian tenga algún tónico prodigioso que me devuelva la cabellera en un tiempo récord.