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Aquel  DÍA empezaba la historia de ESPAÑA.

 

    QUINTO CENTENARIO DE CARLOS I DE ESPAÑA Y V DE ALEMANIA  -1500-2000.-

Aquel que seria conocido en el mundo como el Emperador Carlos V, nació el 24 de febrero de 1500, como Carlos de Gante; es con este nombre con el que se daría  a conocer a sus futuros súbditos españoles.  Su padre 

Su padre Felipe el Hermoso era el heredero de los territorios Borgoñones  y la decisión de Felipe y de su esposa Juana de Castilla de dar a luz a su hijo en  Gante, obedecía en parte a motivos políticos.

La elección de Gante para el nacimiento de su hijo parece reflejar el deseo de la casa reinante de aunar una relación mas amistosa, no solo con una de la ciudades mas importantes de los Países Bajos, sino también con una ciudad eminentemente turbulenta y fuente de inacabables  preocupaciones para la dinastía.

Si este fue el motivo no hay duda de que Gante estuvo a la altura de las circunstancias. Prudencio de Sandoval nos dice, en su historia de la Vida y Hechos del Emperador Carlos V, que "para celebrar las fiestas del bautismo de  Don Carlos, quiso mostrar la ciudad de Gante, el amor grande que a sus príncipes tenia". No se escatimo en gastos para la construcción de una ruta ceremonial desde el Prinsenhoh  hasta la Iglesia de San Juan, decorada con Arcos Triunfales e imágenes de Flandes y de Gante. No cabe duda de que los habitantes de esta noble ciudad, dieron una bienvenida espectacular, al futuro heredero de los Países Borgoñones.

El joven príncipe estaba llamado a ser heredero de mucho mas que los países Borgoñones. Cuando la noticia de su nacimiento, en la Festividad de San Matías, llego a su abuela Isabel la Católica en España, esta cito de la Biblia el pasaje del Libro de los Apóstoles, en el que se refiere como Matías fue elegido para remplazar a Judas como uno de los doce  apóstoles. Fue la primera de muchas profecías que acompañarían la vida de Carlos, y llego a ser la mas acertada de todas.

Gracias a las consecuencias de los matrimonios dinásticos y a los fallecimientos inesperados, Carlos como hijo primogénito del Archiduque de Austria Felipe y de su mujer española Juana, accedería a una herencia asombrosa.

LOS PAÍSES BAJOS Y EL DUCADO DE BORGOÑA; de sus abuelos maternos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, la nueva ESPAÑA UNIFICADA, junto con sus posesiones en ITALIA y, gracias al descubrimiento del  NUEVO MUNDO DE AMÉRICA, por Cristóbal Colon, el inicio de lo que luego seria un inmenso IMPERIO TRASATLÁNTICO; de su abuelo paterno, Maximiliano de Hasburgo, Emperador de los territorios Austriacos y por elección, EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO.

Si nos paramos a examinar por un momento esta herencia, nos damos cuenta de que tiene una doble característica; fue al mismo tiempo individual y universal y, esta naturaleza dual de su herencia es la clave de no pocos acontecimientos en la Europa de hoy al borde de un nuevo milenio.

La herencia de Carlos era individual en el sentido de que estaba hecha de un mosaico de diferentes territorios, cada uno con su historia, su lengua, sus leyes y sus tradiciones.

Basta  con echar un vistazo a alguno de sus títulos, para darse cuenta de lo que esto significaba. CARLOS ostentaba entre muchos otros títulos, los de REY DE ARAGÓN, REY DE CASTILLA Y SUS DOMINIOS, REY DE LAS DOS SICILIAS, ARCHIDUQUE DE AUSTRIA, DUQUE DE BORGOÑA, DE BRABANTE, CONDE DE FLANDES, DE TIROL, DE BARCELONA Y EMPERADOR DE ALEMANIA.

Cada uno de estos territorios había recaído en la dinastía en un momento preciso y de una manera singular, y la relación que mantenían con su gobernante era privativa de cada uno de ellos.

El hombre que era Rey de todos -y esto resultaba lo mas importante a los ojos de sus súbditos -era Rey de cada uno de ellos. Tenia  que respetar los derechos y privilegios de cada  territorio, lo que significaba que su poder variaba enormemente de un territorio a otro.

Sin embargo, el Rey de cada uno, era también el Rey de todos. En este sentido la herencia de Carlos V era Universal a la vez que Individual, y el carácter universal de su gobierno se vio reforzado cuando fue elegido Emperador del Sacro Imperio Romano en 1519.

El titulo Imperial tenia reminiscencias del Imperio Romano de Carlomagno y de los emperadores medievales, e imponía a Carlos la misión divina de salvaguardar la paz y la justicia en toda la cristiandad, y de defenderla del infiel:  del Imperio Otomano y del Islam.

A muchos y especialmente a los humanistas europeos de principios del siglo XVI y a los miembros del entorno Imperial, la elección de este tímido y patoso joven de 19 años como Emperador del Sacro Imperio Romano les pareció el cumplimiento de la profecía.  Fue coronado en la Ciudad de Boloña , -hermosa ciudad de sabor netamente medieval, donde se encuentra todavía hoy el Real Colegio de España, fundado en 1364, con los fondos del Cardenal Gil de Albornoz- , en febrero de 1530, como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, en la Basílica de San Petronio, ya  que su deseo de recibir la corona en Roma, se vio frustrado, por el conocido suceso  del "saco de Roma", donde soldados del los Tercios Imperiales, tomaron la Ciudad Eterna el 8 de mayo de 1527.

La cristiandad estaba amenazada internamente por divisiones políticas y religiosas al lanzar Lutero su rebelión contra la Iglesia de Roma y, externamente por el avance de los turcos en los Balcanes y el Mediterráneo.  

Parecía que, por fin, aquí estaba el hombre que podría traer aires nuevos a Europa, curar sus divisiones y salvarla de los Turcos.


Charles-Quint, Empereur gibelin


Les quelques notes qui suivent ici ne sont que les fragments d'une étude beaucoup plus vaste que nous sommes en train de préparer.

La figure et l'époque de Charles-Quint (1500-1558) ont déjà été étudiées et analysées par divers historiens espagnols, argentins, anglais et américains, dont les optiques étaient également diversifiées (libérale, progressiste, marxiste, révisionnisme argentin, traditionalisme espagnol), cependant, un aspect de son règne a été largement sous-estimé, à nos yeux, traité marginalement ou supplanté par tous les autres. C'est la perspective que nous tenterons personnellement de mettre en exergue: celle de Charles-Quint comme Empereur gibelin. Pendant les 12ième et 13ième siècles, l'Occident chrétien est secoué par ce que l'historiographie habituelle et superficielle appelle la ³querelle des investitures²; mais, une bonne analyse de cette querelle nous induit à ne pas la considérer comme une simple lutte politique mais comme une guerre de nature fondamentalement spirituelle. Depuis l'époque de Charlemagne, deux pontifes sacrés se partageaient la Terre: le Pape et l'Empereur, qui devaient agir de concert. Ce qui revient à dire que Dieu avait institué deux représentants et que tous deux étaient sacrés. Non seulement l'Eglise, chapeautée par le Pape, était d'inspiration divine, mais aussi le Saint-Empire Romain, personnifié par l'Empereur. Telle était la conception gibeline. Mais à partir du 12ième siècle  ‹avec des antécédents plus tôt dans l'histoire‹  se déploie la conception guelfe, où l'Eglise commence à nier le caractère sacré de l'Empire et prétend assumer seule le monopole des questions spirituelles. En conséquence, un processus de désacralisation de l'Etat s'amorce qui, par étapes successives, conduira à l'émergence d'Etats nationaux, réduits aux seules dimensions temporelles et étrangers à toute spiritualité. Ce sont les Etats qui dominent actuellement, totalement laïcisés et séculiers. Quant à l'Eglise, qui perd ipso facto le soutien du Saint-Empire Romain, devient exclusivement paulinienne et tombe sous la coupe et le contrôle des monstres qu'elle a elle-même contribué à faire naître.

Quand Charles-Quint entre en scène

Donc l'aspect du règne de Charles-Quint le moins bien traité par les historiens réside dans ses tendances gibelines. Elle se sont manifestées dans le conflit qui l'a opposé au Pape pendant tout son règne d'Empereur du Saint-Empire Romain (1519-1556) et de Roi d'Espagne, dont il hérite de la monarchie en 1517, sous le nom de Charles I. Charles-Quint, en se présentant à sa première Diète Impériale, fut très clair à ce propos. Il a dit: "Aucune monarchie n'est comparable au Saint-Empire Romain, auquel le Christ en personne à rendu honneur et obéissance, mais aujourd'hui cet Empire vit des heures sombres et n'est plus que l'ombre de ce qu'il fut, mais avec l'aide des pays et des alliances que Dieu m'a donnés, j'espère le ramener à son ancienne splendeur". Le jeune Empereur, dès le début de son règne, déclare son option catholique et gibeline et gardera la même position face à l'église que ses prédécesseurs des 12ième et 13ième siècles.

L'ombre des Empereurs Frédéric

Les Papes de l'époque de Charles-Quint ont vu, sans aucun doute, derrière le nouveau Caesar les ombres de Frédéric Barberousse et de Frédéric II de Hohenstaufen. Par tous les moyens, ils essaieront de bloquer la restauration de l'universitas christiana. Pour arriver à leurs fins, ils utiliseront tantôt une diplomatie tordue, sinueuse, intrigante, traîtresse, un double langage, dans le plus pur style de la ³raison d'Etat² exposée clairement par un contemporain, Nicolas Machiavel, tantôt des alliances hostiles à l'Empire et la guerre. Les Papes s'allieront avec la France, berceau du monstre étatique moderne. Dans la foulée, ils favoriseront les menées de l'Empire ottoman, vu que tant le Grand Turc que le Pape étaient les alliés de la France. Rome s'est opposée à tout action énergique de Charles-Quint contre les Turcs et les Luthériens, qui commençaient à se manifester en Allemagne. N'oublions pas que le Saint-Empire Romain à l'époque comprenait l'Espagne et les terres du Nouveau Monde, les Flandres, la Franche-Comté, l'héritage bourguignon, le Nord de l'Italie, la Sicile, la Sardaigne, Naples, les Allemagnes, l'Autriche, la Bohème et la Hongrie.

Même pendant le règne de Philippe II, son fils, l'Eglise a tenté de s'allier avec les Ottomans. L'opposition du Pape Clément VII au Saint-Empire était telle que Charles-Quint a dû se résoudre à la prendre prisonnier, après l'occupation militaire de Rome par les troupes impériales. Cette capture a été suivie d'un arrangement provisoire et, dès la libération du Pape, Charles-Quint s'est fait consacrer Empereur par celui-ci, devenant de la sorte le dernier souverain du Saint-Empire à avoir été oint par l'Eglise. La politique guelfe de faire obstacle à toute restauration de l'Empire catholique a empêché toute action décisive contre les luthériens. L'Eglise était davantage préoccupée par l'éventuelle restauration politique et l'intronisation subséquente d'un nouveau César, rival potentiel du Pape, que par l'unité du monde catholique. Profitant de l'affaiblissement de l'Empire, dû aux intrigues du Pape, les Turcs ont avancé leurs troupes le long des frontières orientales de l'Empire et envahi la Hongrie, tandis que les Français, leurs alliés, ne cessaient de guerroyer contre Charles-Quint et de soutenir les luthériens, entamant l'Empire sur ses marches occidentales.

La responsabilité de l'Eglise

Charles-Quint a donc dû faire la guerre à quatre ennemis aussi funestes qu'implacables: le Pape, les Turcs, la France et les luthériens. Chacun de ces ennemis de l'Empire était allié à l'autre (la France avec les Turcs et les luthériens, le Pape avec la France, donc, implicitement avec les luthériens et les Turcs, etc.). Cependant, on peut dire que la puissance la plus responsable et la cause première de l'effondrement de l'idée impériale de Charles-Quint a été, sans aucun doute, l'Eglise catholique. S'il y avait eu un accord solide et sincère entre l'Empire et l'Eglise, renforcé par un idéal de spiritualité et de transcendance, où chacune des parties aurait reconnu le caractère sacré de l'autre, comme le voulait le catholicisme médiéval et gibelin, l'Europe (avec ses possessions américaines) aurait pu devenir un Empire catholique. Mais la politique guelfe que Rome a suivie sans discontinuer a empêché l'éclosion d'une Europe bien charpentée par l'institution impériale. Les principes supérieurs ont été sacrifiés aux passions inférieures. De tous ces maux sont issus les Etats nationaux particularistes, la réforme protestante, la perte de l'unité européenne. Quant à l'Eglise, son influence diminuera sans cesse au fil du temps parce qu'elle se sera débarrassé du bras armé de l'Empire, complément traditionnel et indispensable de la caste sacerdotale.

L'Argentine, partie intégrante du Saint-Empire Romain

Aujourd'hui, pour nous Argentins, il s'agit de récapituler cette histoire de l'idée impériale de Charles-Quint et d'en tirer les leçons pour l'Argentine contemporaine. Nous ne devons pas oublier que l'Argentine s'est incorporée à l'Occident chrétien pendant le règne de l'Empereur Charles-Quint. Notre pays est né comme une partie intégrante du Saint-Empire Romain, c'est-à-dire que nous sommes les enfants d'une vocation impériale. Rappelons que l'Empire est la forme de politie qui revendique l'universalité, qui est présidée par une idée transcendante et spirituelle, dont l'objectif est de construire une échelle qui va de la Terre au Ciel, ou, en d'autres termes, de jeter un pont entre ce monde et l'autre monde. La vocation du Saint-Empire n'a donc rien à voir avec les projets purement matériels des impérialismes modernes, fruits des appétits petits-nationalistes et résultats d'intérêts purement matériels et économiques. Pendant le règne de Charles-Quint, Solís découvre le Rio de la Plata, Alejo García entreprend ses voyages d'exploration, Magellan et Elcano font le tour du monde (et tous deux passent plusieurs mois en Patagonie), Diego Gaboto explore les terres qui deviendront celles de notre pays et fonde Sanctus Spiritus, Francisco César réalise son grand voyage, les Espagnols fondent une première fois Buenos Aires, Irala fonde Asunción, etc. Les actes fondateurs de l'Argentine sont donc posés à l'époque de Charles-Quint. Dans d'autres parties de l'Amérique ibérique, les conquistadores conquièrent les Empires aztèque et inca, découvrent la Mer du Sud (le Pacifique).

Le symbolisme de l'or et de l'argent

Nous devons encore attirer l'attention sur quelques autres faits:
1. La découverte du fleuve qui s'appellera par le suite le Rio de la Plata.
2. La recherche de la ³Cité des Césars² (Ciudad de los Cesares), couverte d'or et d'argent.
3. Les vieilles légendes médiévales relatives à l'héritage des terres du Saint-Graal, également recouvertes d'or.
4. Charles-Quint était le Grand-Maître de l'Ordre de la Toison d'Or.

Rappelons ici que la Toison d'Or nous amène à une légende mythologique de la Grèce antique, selon laquelle Jason et ses compagnons partent à la recherche d'une toison d'or pour récupérer un royaume. Si nous associons toutes ses références, nous constatons que notre destin était déjà tracé, même avant la naissance de l'Argentine; il était placé sous les signes symboliques de l'or et de l'argent, métaux nobles symbolisant les âges primordiaux: l'Age d'Or et l'Age d'Argent, la noblesse, la supériorité du sacré et du divin. S'il est vrai que si l'on perd le rumb qui nous ramène à nos origines, alors notre voie est de bâtir un Empire. Le nationalisme argentin ne peut servir que de courroie de transmission pour ce projet universel. Vouloir lui donner une autre destination, c'est le condamner au néant.

Los Tercios españoles.

 


Los Tercios españoles.

Organización.

Uniformes y armamento.

Piqueros.

Arcabuceros.

Ballesteros.

Guardias imperiales.

Oficiales.

Pífanos y tambores.

Banderas y estandartes.

Reclutamiento.

Protagonistas

Campañas

El camino español

La milicia vista por Calderón de la Barca

 

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Organización

 

Como ya se ha indicado, las compañías en que se articulaba la milicia en tiempos de los Reyes Católicos no podían operar independientemente a causa de su escasa potencia y de su reducido número de efectivos, y por esta causa se crearon las Coronelías primero y, más adelante, en la reforma de 1534, los Tercios, con objeto de disponer de núcleos poderosos de combate relativamente autónomos y de características apropiadas para satisfacer las necesidades de las campañas en las que se hallaban comprometidas las tropas imperiales. Cada Tercio con una fuerza de tres mil hombres, se componía de tres Coronelías cada una de las cuales comprendía a su vez solamente cuatro compañías en lugar de las veinte iniciales, con el fin de simplificar su administración y gobierno interior. Cada Coronelía continuó mandada por un Coronel y el mando de las tres lo reasumió un Maestre de Campo, nueva categoría cuya creación data de esta época. De las doce compañías que formaban el Tercio unas eran de piqueros y otras de arcabuceros, destinándose a las primeras los hombres de mayor fortaleza y resistencia, pues yendo revestidos de armadura tenían que manejar una pica de grandes proporciones.

Por otro lado, es muy probable que en determinadas circunstancias se organizaran compañías mixtas de piqueros y arcabuceros y que se emplearan ballesteros como elementos auxiliares. La ballesta, en efecto, se continuó utilizando como arma de guerra (así como de caza) durante el siglo XVI.

Existen diversas opiniones acerca del origen del vocablo tercio. Según algunos autores se dio este nombre a las tropas españolas de infantería del siglo XVI en recuerdo de la tercia legión romana, que estuvo destacada en la Península Ibérica. Por su parte don Sancho de Londoño, militar distinguido que prestó sus servicios a principios del siglo XVI, se expresa en estos términos en un informe que dirigió al Duque de Alba: "Los Tercios, aunque fueron instituidos a imitación de las tales legiones (romanas), en pocas cosas se pueden comparar a ellas, que el número es la mitad y aunque antiguamente eran tres mil soldados, por lo cual se llamaban Tercios y legiones. Ya se dice así aunque no tengan más de mil hombres. Antiguamente había en cada tercio doce compañías, ya en unos hay más y en otros menos, había tres Coroneles que lo eran tres capitanes de las doce, cosa muy necesaria para excusar las diferencias que nacen cuando se envían de una compañía arriba alguna facción o presidio". Por tanto, según este autor el nombre de tercio deriva del número de plazas que componían esta unidad. El Conde de Clonard en su obra Historia de la Infantería y Caballería españolas, indica que la composición y haberes mensuales de la plana mayor de los primeros Tercios era la siguiente:

Empleo

Escudos al mes

Maestre de Campo

40

Sargento Mayor

20

Furriel Mayor

20

Municionero

10

Tambor General

10

Capitán Barrichel de compañía.

12

Teniente Barrichel de compañía

6

Médico

10

Cirujano

10

Boticario

10

Capellán

12

8 alabarderos alemanes de la guardia de honor del Maestre de campo.

32

Total Escudos

194

 

El Maestre de Campo era elegido por el rey en Consejo de Estado y gozaba de las consideraciones que hasta entonces se habían reservado casi exclusivamente a los capitanes generales. Era el superior jerárquico de todos los oficiales del tercio, y tenía poder para administrar justicia y reglamentar el comercio de víveres con objeto de evitar fraudes. Disponía para su guardia personal de ocho alabarderos alemanes pagados por el rey que le acompañaban en todos los actos militares Y políticos y poseía las atribuciones de los antiguos mariscales de Castilla.

El Sargento Mayor, nombrado por el Capitán general era el segundo jefe del tercio como lo había sido anteriormente de la Coronelía. Estaba encargado de la instrucción táctica del cuerpo, de su seguridad en los desplazamientos y del alojamiento de las tropas que lo componían. En un tercio solamente él podía "pasar la palabra" es decir transmitir verbalmente las órdenes del Maestre de campo o incluso del Capitán general a todos los oficiales del mismo.

Del Sargento Mayor dependía el Tambor General quien iba armado con una pequeña lanza de hierro. Tenia por misión suplir la transmisión oral de las órdenes y vigilar la actuación del resto de los tambores del tercio. Además de conocer todos los toques: "arma furiosa", "batalla soberbia", "retirada presurosa" etc. debía ser capaz de interpretar y explicar las respuestas. Había de ser español pero estaba obligado a conocer los toques franceses, alemanes, ingleses, escoceses, walones, gascones, turcos y moriscos (los toques italianos eran los mismos que los españoles). También era conveniente que pudiera actuar como intérprete.

Cabe suponer que en medio del estruendo y confusión de la batalla la transmisión de órdenes por este sistema no resultase siempre eficaz. A este respecto don Sancho de Londoño aconsejaba a los Maestres de Campo que con el fin de evitar la posible confusión entre los toques de Tambor General y los de los otros tambores del tercio tuvieran también a su servicio a un trompeta.

La misión del Furriel Mayor consistía en auxiliar al Sargento Mayor en la organización de los alojamientos del tercio. Tenia a responsabilidad del almacenamiento y de la redistribución de los bagajes que el tercio precisaba para cumplir sus cometidos y que constituían la Munición Real (víveres, armamento, vestidos, materiales de construcción, municiones, etc.). El municionero era un proveedor de las municiones y de todo el equipo necesario para las tropas.

El Capitán y el Teniente Barrichel eran oficiales jurídico-militares (su nombre en italiano significa alguacil) cuya misión principal consistía en velar por el orden y el cumplimiento de la ley en el tercio, especialmente cuando las tropas se hallaban acampadas. Con tal fin tenían poder para castigar las infracciones cometidas contra los bandos publicados, y aunque el Capitán Barrichel podía en estricto derecho hacer ahorcar a un soldado sorprendido en flagrante delito, si tal era la pena que le correspondía, su cometido se limitaba generalmente a supervisar las ejecuciones. Para realizar sus funciones el Capitán Barrichel contaba con la asistencia de cuatro auxiliares a caballo. Ayudaba al Sargento Mayor en la operación de cargamento de los bagajes y, en relación con la organización de los desplazamientos del tercio, tenía la delicada misión de contratar y vigilar a guías e intérpretes cuando las tropas atravesaban territorios desconocidos.

El médico y el cirujano eran nombrados por los Capitanes Generales, siendo el primero responsable del hospital de la unidad en realidad un embrión de hospital donde debía contar con una farmacia provista de los medicamentos de empleo más frecuente, que se compraban a los boticarios a los precios tasados por el Maestre de campo. El servicio de sanidad del tercio no se limitaba a la asistencia de soldados heridos o enfermos, sino que de él se beneficiaban también todos aquellos que se desplazaban con las tropas, familias, criados, mujeres. Hay que tener en cuenta que aunque la evaluación numérica de estos acompañantes no resulta fácil, es probable que contando con ellos, el efectivo del tercio fuera doble. Si a escala de tercio la asistencia médica era rudimentaria (¡con frecuencia los heridos se confiaban a los barberos!), la estructura sanitaria contaba para el conjunto de la Infantería, con varios hospitales de campaña (enclavados tanto en el teatro de operaciones como en los itinerarios logísticos) y un hospital general relativamente bien equipado y atendido. Aunque la asistencia médica prestada en estos establecimientos era gratuita, su funcionamiento dependía de aportaciones deducidas del sueldo de cada soldado proporcionalmente a su salario. Tal contribución, especie de cuota de seguro, denominada "real de limosnas" era de diez reales para el Capitán, cinco para el Alférez, tres para el Sargento y uno para la tropa.

Seguidamente, y siempre de acuerdo con la obra ya citada del Conde de Clonard, se relacionan la composición y los haberes mensuales de una compañía de arcabuceros y otra de piqueros:

Personal

Sueldo en escudos

Arcabuceros

Piqueros

Un Capitán

15

15

Un Paje

4

4

Un Alférez

12

12

Un Sargento

5

5

Un Furriel

3

3

Un Tambor

3

3

Un Pífano

3

3

Un Capellán

10

10

Diez Cabos de escuadra

40

40

Doscientos cuarenta soldados

1032

780

Total Escudos:

1127

875

 

Resulta interesante constatar la diferencia existente entre los haberes de piqueros y arcabuceros. Estos últimos recibían un escudo más para pólvora, cuerda y munición, además de un tostón (treinta céntimos de escudo) para que pudieran proveerse de morrión (casco con los extremos curvados hacia arriba y una cresta en el centro. Ver cascos).

El grado de Capitán era el de mayor reputación y el más ambicionado. En relación con el prestigio de este grado resulta revelador el hecho de que durante el reinado de Carlos V se dieran casos de Sargentos mayores que preferían el mando de una compañía a su propio destino en el que tenían a sus órdenes como subordinados a los capitanes de compañía, y gozaban de un sueldo superior al de éstos. En relación con el procedimiento para ascender a este grado existía una regla de antigüedad generalmente aceptada que se basaba en la permanencia en un grado durante un cierto período de tiempo antes de acceder al grado superior. Según algunos autores la regla de antigüedad más comúnmente aceptada era la siguiente:

Cinco años para ascender de soldado a Cabo, un año de Cabo a Sargento, dos años de Sargento a Alférez, tres años de Alférez a Capitán.

En principio pues la elección de un nuevo Capitán se realizaba entre los alféreces de mayor mérito aunque no era infrecuente que, ignorándose los grados intermedios, se ascendiera a Capitán a un soldado a condición de que éste tuviera diez años de antigüedad y reuniera los méritos suficientes. El Capitán había de tener gran experiencia en las tácticas de combate y en el empleo de las distintas armas especialmente de las de fuego, cuya importancia se revelaba cada vez mayor. Tenía la obligación de supervisar el entrenamiento de sus hombres organizando para ello combates simulados en los que se empleara la pica, se disparase el arcabuz, se maniobrara en distintas formaciones, etc. Entre sus cometidos estaba también la elección de oficiales competentes capaces de mantener un alto grado de disciplina y entrenamiento entre los soldados de su compañía.

El Alférez era el lugarteniente del Capitán a quien sustituía cuando éste se hallaba enfermo, herido o ausente. Era responsable de la bandera, que debía portar en los combates y en las revistas. Teniendo en cuenta que las dimensiones de las banderas eran considerables y que durante los combates el Alférez tenía que sujetarla con una sola mano para poder manejar la espada con la otra, cabe suponer que sólo eran aptos para ostentar este grado hombres de gran fortaleza física. Aunque el Alférez no era directamente responsable del alojamiento de los soldados de su compañía, tenía la obligación de visitarlos con frecuencia para conocer de cerca sus problemas y ayudarles a resolverlos. Cuando no portaba la bandera, por ejemplo en tales visitas, llevaba como distintivo una alabarda.

Otra de las obligaciones del Alférez consistía en escoger buenos músicos para cubrir los puestos de tambores y pífanos, a quienes se encomendaba la importante misión de transmitir órdenes, publicar bandos, etc. Estos instrumentistas debían conocer todos los toques del ejército que indicaban asambleas, marchas, avisos, retretas, desafíos, mensajes, asaltos, etc. además debían ser capaces de interpretar y transmitir las respuestas.

El grado de Sargento fue creado a finales del siglo XV a petición de los capitanes, que sentían la necesidad de contar con oficiales que se encargaran específicamente de mantener la disciplina y de velar por la ejecución de las órdenes en sus compañías. El Sargento tenía que conocer en todo momento el número de soldados disponibles para poder formar rápidamente la compañía de acuerdo con las órdenes recibidas. En lo relativo al mantenimiento de la disciplina, podía castigar las faltas al servicio sin que mediase proceso alguno, en caso de flagrante delito. Estaba también encargado del entrenamiento y de la instrucción de sus soldados, enseñándoles el manejo y el cuidado de las armas y asignando a cada uno el puesto que más se ajustase a sus condiciones. Antes de emprender una marcha, el Sargento se reunía con su Alférez y su Capitán para establecer el itinerario, determinar las características de los bagajes, etc. De acuerdo con las decisiones adoptadas en esta reunión tomaba las medidas necesarias para que la tropa estuviese formada y los bagajes cargados antes del momento previsto para la partida.

El grado de Cabo es más antiguo que los de Sargento y Alférez. Esencialmente, el Cabo estaba encargado del buen estado de las armas y de la formación de los reclutas. También se ocupaba de los enfermos, transmitiendo al Capitán las solicitudes de hospitalización. Era asimismo responsable del puesto de guardia que se le asignara y debía permanecer en él con todos los soldados de su escuadra hasta que el Sargento le relevase.

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Uniformes y armamento

 

Aunque durante el reinado de Carlos V se generalizó en el ejército el empleo de trajes de corte a la alemana con jubones y gregüescos amarillos acuchillados en rojo, sería inexacto hablar de verdadera uniformidad, puesto que a menudo los soldados vestían de forma arbitraria, ya fuera por dificultades en los abastecimientos o porque los atrasos en las pagas se paliaran, al menos en parte, mediante la entrega de prendas civiles tomadas de las ciudades ocupadas. Las tropas solían protegerse la cabeza con distintos tipos de cascos, tales como morriones, celadas, borgoñotas, capacetes, almetes y capelinas, y utilizaban, según los casos, media armadura o golas, cotas de malla y chalecos de cuero reforzados a veces con piezas metálicas. Los soldados recibían armas proporcionadas por el rey (Munición Real) sin verse obligados a desembolsar dinero en el momento ya que el precio de las mismas se les descontaba de futuras pagas. No obstante, aquellos que lo desearan podían adquirir y utilizar armas más de su agrado que las que les suministraba el ejército.

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Piqueros

 

Los piqueros iban provistos generalmente de capacete, peto, espaldar, escarcela o falzete (especie de faldas metálicas que formaban un ángulo de 45 grados con el cuerpo para permitir al soldado libertad de movimientos), brazales, guarda-brazos y manoplas. Llevaban por tanto media armadura o coselete; su vestimenta se completaba a veces con gregüescos amarillos acuchillados en rojo, calzas rojas y zapatos de cordobán. Como arma defensiva utilizaban también un escudo metálico ovalado o rodela en cuyo anverso se representaban dos columnas enlazadas por una banda con la inscripción "Non Plus Ultra". Este escudo llevaba en su reverso un gancho que permitía al soldado sujetarlo a su cinturón.

Sus armas defensivas eran la pica y la espada. Del examen de las piezas que han llegado hasta nosotros y de la iconografía de la época se deduce que el tamaño de las picas variaba entre amplios márgenes. Así, mientras que en el Museo del Ejército de Madrid se conservan piezas que tienen una longitud aproximada de dos metros y medio, en grabados y tapices que representan las campañas de Túnez, se aprecian picas de hasta cinco metros. Aunque las grandes picas eran armas pesadas y de difícil manejo, sus ventajas en el plano defensivo eran notorias pues permitían guarnecer el frente de los escuadrones manteniendo controlado al enemigo con el mínimo riesgo. El empleo de la pica en formaciones cerradas requería gran entrenamiento y disciplina. Es preciso tener en cuenta que a causa de su gran longitud siempre existía el peligro de que los piqueros situados en posiciones retrasadas hirieran a los que formaban las primeras filas.

En las formaciones defensivas los piqueros de la primera línea se agachaban doblando una rodilla, con la pica apoyada en el suelo, y los de las líneas siguientes mantenían la pica en posiciones progresivamente más verticales. Durante las marchas es probable que las picas se transportaran en los carros de munición, ya que llevarlas sobre el hombro había de resultar fatigoso a causa de la vibración del asta, las picas estaban hechas con madera resistente para evitar que se quebraran. Cuando no se utilizaban en combate la punta de hierro se protegía por una vaina. La espada no solía medir más de un metro con objeto de que pudiera desenvainarse con facilidad. Sin embargo muchos soldados preferían espadas de mayor longitud que resultaban más convenientes en los duelos. Este arma se sujetaba por encima de la cadera con una correa ajustada para evitar que se bamboleara durante la marcha, el combate, etc. Los soldados españoles se hicieron famosos en toda Europa por su destreza en el manejo de la espada. No en vano era Toledo uno de los centros de manufactura de espadas más apreciados en el continente. Las espadas toledanas tenían doble filo y punta cortante, generalmente iban provistas de una guarnición en forma de S, con uno de los brazos curvado hacia la empuñadura con objeto de proteger la mano. Las hojas se sometían a controles muy rigurosos antes de considerarlas aptas para la venta, y se distinguían por estar afiladas como cuchillas y ser resistentes al tiempo que flexibles y ligeras. También son características de esta época las grandes espadas o mandobles, de más de metro y medio de longitud, que se manejaban con ambas manos.

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Arcabuceros

 

La indumentaria de los arcabuceros era mucho más liviana que la de los piqueros. Consistía habitualmente en un morrión, una gola de malla de acero y un coleto (vestidura hecha de piel, por lo común de ante, con mangas o sin ellas, que cubre el cuerpo, ciñéndolo hasta la cintura; en lo antiguo tenía unos faldones que no pasaban de las caderas) o chaleco de cuero. A los arcabuceros se les consideraba, en efecto, soldados ligeros respecto de los piqueros, cuyas compañías constituían el núcleo básico del tercio. Durante el combate las compañías de arcabuceros se caracterizaban por su gran movilidad, desplegándose rápidamente para situarse en las alas de los cuadros formados por los piqueros y tratar de envolver al enemigo hostigando sus flancos. El arcabuz se utilizó con sucesivas innovaciones desde el siglo XV al XVIII. El vocablo quizá derive del alemán hakenbüchss (haken: gancho o garfio. büchss, arma de fuego), aunque también podría ser una deformación del árabe al káduz (el tubo). Este arma consistía en un cañón montado en un fuste de madera de un metro aproximadamente, aligerado hacia la boca y reforzado hacia la cámara de fuego. La longitud del ánima oscilaba entre 0,80 y 1,60 metros. Al evolucionar el arcabuz hacia el mosquete, aumentando de tamaño y peso, fue preciso apoyarlo en una horquilla para poder hacer fuego. El equipo adicional de los arcabuceros consistía en una bandolera de la que pendían las sartas o cargas de pólvora en doce estuches de cobre o de madera (a los que se conocía como los doce apóstoles), un polvorín de reserva y una mochila en la que se guardaban las balas, la mecha y el mechero para prenderla. Iban también armados con una espada semejante a la que solían usar los piqueros. Cada arcabucero recibía una cierta cantidad de plomo o estaño para fundir sus propias balas en un molde que se les entregaba junto con su arma. Como cada pedido de armas incluía los moldes para fabricar la munición, el calibre de las balas fundidas tendría que coincidir con el del cañón. Sin embargo, esto no siempre ocurría en la práctica debido a imprecisiones en la manipulación de los moldes. Por otro lado, hay que tener en cuenta que muchos soldados empleaban armas que no eran normalizadas y que la dosificación de la pólvora se realizaba de forma subjetiva y más bien exagerada una vez que se habían utilizado los estuches predosificados de la bandolera, Esto ocurría con frecuencia cuando las circunstancias obligaban a mantener una cadencia de fuego rápida y el tirador no tenía tiempo de volver a llenar los estuches para dosificar sus cargas y vertía la pólvora en el bacinete directamente con el polvorín de reserva. De todo ello resultaba una considerable desigualdad de tiro.

En los primeros arcabuces se utilizaba el sistema de encendido por mecha que fue sustituido más adelante por el de rueda. El sistema de encendido por mecha se basaba en el empleo de un dispositivo denominado serpentín que inicialmente era una simple palanca en forma de Z montada a un lado del fuste de madera: si se oprimía su parte inferior, la superior se movía hacia delante. En el extremo del serpentín se fijaba un trozo de mecha de combustión lenta para provocar la ignición de la pólvora. Estas mechas se confeccionaban con cuerda de lino o de cáñamo empapada en una solución de salitre y puesta a secar. Más adelante se perfeccionó el modelo de serpentín simple incorporándose un resorte de manera que al aflojar la presión sobre éste el serpentín se separaba inmediatamente de la recámara. En las armas equipadas con el sistema de rueda, ésta accionaba un percutor con forma de quijada provisto de una pieza de ágata que al golpear a otra de pedernal inflamaba el cebo con la chispa producida.

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Ballesteros

 

Las tropas armadas con ballestas, que tan eficaces habían resultado como fuerza de apoyo y cobertura durante la Edad Media, continuaron empleándose durante el Siglo XVI. El ballestero iba protegido con casco, armadura para media pierna y una cota de malla con un chaleco de cuero superpuesto este último reforzado con piezas metálicas. En la parte trasera es visible el cranequín, sistema para tensar la cuerda de la yerga. Existía también el denominado "armatoste", formado por un conjunto de poleas. Al tensar la cuerda, ésta quedaba enganchada en un resalte llamado nuez del que se soltaba bruscamente cuando se oprimía la llave.

Las ballestas se fabricaban a veces con piezas de hueso y de madera ensambladas. Cuando la verga era de madera, la ballesta se llamaba "de palo". Estos materiales se fueron sustituyendo progresivamente por el acero a partir del siglo XVI.

En la figura de la derecha podemos observar, arriba: Ballesta provista de armatoste. En el centro: flechas o virotes de ballesta. Abajo: Ballesta con cranequín.

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Guardias imperiales

 

Estaban integradas por los alabarderos de la Guardia Española, los archeros de Borgoña y los alabarderos de la Guardia Alemana. Los alabarderos de la Guardia Española iban vestidos con jubones y gregüescos acuchillados de colores amarillo y rojo, calzas rojas y zapatos negros. Se tocaban con una parlota (gorra ancha y casi plana) negra adornada con plumas blancas, completando su vestimenta un capotillo amarillo forrado en rojo dispuesto de través sobre el hombro izquierdo. Los archeros de Borgoña procedían de la Guardia de arqueros de Borgoña, introducida en España por Felipe el Hermoso, y sus componentes prestaban servicio a pie en el interior de las estancias reales y a caballo en el exterior. En el servicio a pie vestían jubones y gregüescos acuchillados de colores amarillo y rojo, calzas amarillas, parlota negra, capotillo de igual forma y colorido que los alabarderos de la Guardia Española y zapatos negros con grandes lazos rojos. Su arma principal era el archa, especie de lanza con hoja en forma de cuchillo de gran tamaño. Los alabarderos de la Guardia Alemana vinieron de Alemania en 1519, rigiéndose siempre por fueros especiales. Acerca de su indumentaria existen varias versiones. Así, según Giménez llevaban parlota blanca y capotillo, mientras que el Conde de Clonard los representa sin capotillo y con el color de las medias (blanca una y amarilla la otra) alternando con el del Jubón y los gregüescos.

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Oficiales

 

Los oficiales vestían de forma similar a la de la tropa aunque gustaban de utilizar prendas más suntuosas, de acuerdo con su grado o con su propia disponibilidad de fortuna. Los generales se distinguían por el empleo de una ancha banda de color carmesí que les cruzaba el pecho. Entre los jefes y oficiales era frecuente el empleo de borgoñota, adornada con plumas rojas y blancas, media armadura o armadura completa. Durante el reinado de Carlos V tuvo considerable auge la armadura denominada "Maximiliana", que se caracterizaba por poseer multitud de estrías o acanaladuras muy próximas entre sí que imitaban los pliegues de las prendas de la época y cubrían toda su superficie a excepción de las grebas o parte inferior de las defensas de las piernas. Los zapatos metálicos, con bordes rectangulares, estaban inspirados también en el estilo civil del momento conocido como "pata de oso".

 

Las estrías, aparte de su función decorativa, se introdujeron para reforzar la armadura y tratar de desviar de las zonas vulnerables el impacto de los proyectiles o de las armas blancas. Carlos V vestía una armadura a la romana que se conserva en la Real Armería de Madrid. Fue labrada por Bartolomeo Campi, platero de Pesaro, y está compuesta por siete piezas de acero pavonado con adornos de bronce dorado, de plata y de oro. Se inspira en las armaduras grecorromanas, puestas de moda durante el Renacimiento. El casco es una borgoñota con yugulares a la romana, adornada con una diadema de hojas de encina en oro. La coraza se adapta a la musculatura del cuerpo, a la manera de las que utilizaban los emperadores romanos.

Además de la espada y la daga, de uso general entre los oficiales, los capitanes utilizaban pica y rodela o arcabuz al entrar en combate. Su distintivo de grado era una jineta sin punta acerada y guarnecida con "flecos galanes" que portaban durante las marchas o en las estancias en los campamentos.

Los sargentos mayores llevaban coleto de ante, musequíes o mangas de malla y morrión (prenda militar, a manera de sombrero de copa sin alas y con visera), e iban armados con espada y corcesca (arma semejante a la alabarda, rematada en una sola punta como las lanzas); la corcesca constituía también, junto con su bastón de mando, un distintivo de grado.

Los alféreces y los sargentos de compañía llevaban una alabarda como distintivo de grado, y en los combates solían utilizar, además de la espada, un gran dardo con punta de hierro fabricado con madera muy resistente (generalmente fresno). Con frecuencia los generales tenían a su servicio a un heraldo para que actuara como enlace entre las diversas unidades a su mando y transmitiera mensajes al enemigo. Los heraldos del Emperador vestían una dalmática de seda en la que iban bordados los emblemas imperiales, y portaban un bastón de mando blanco como signo de su misión de paz.

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Pífanos y tambores

 

 

No iban armados sino con una pequeña daga y no usaban ningún tipo de casco ni de armadura. Como prenda de cabeza empleaban una parlota de paño amarillo adornada con un plumero rojo. Sus jubones y gregüescos solían ser amarillos acuchillados en rojo, las calzas rojas y los zapatos negros.

 

Los tambores, o "cajas de guerra" como entonces se llamaban, eran muy altos y voluminosos. La caja solía estar pintada en azul con dos bandas rojas en los extremos superior e inferior, aunque algunos autores opinan que, con frecuencia estas bandas eran del color de la librea de los maestres de campo, coroneles o capitanes. También es probable que en algunos casos se pintaran en la caja las armas imperiales.

Banderas y estandartes

En las banderas de las compañías figuraba generalmente la cruz de San Andrés o de Borgoña, unas veces con nudos, lisa otras, con el aspa dispuesta de extremo a extremo de la tela. Esta bandera representada, blanca con la cruz de Borgoña en rojo, ondeó quizá por primera vez en la batalla de Pavía, y es la más característica de las utilizadas por las tropas de Infantería española durante los siglos XVI y XVII.

Si bien en las banderas de compañía la cruz de San Andrés figuraba sobre fondos de muy diversa forma y colorido (en los que a veces se incluían jeroglíficos o motivos heráldicos del oficial que estaba al mando), el color blanco es el que auténticamente representaba al poder real.

La figura de la derecha representa el estandarte de Carlos V Emperador, reproducción del que contiene el Inventario Iluminado que se conserva en la Real Armería de Madrid. En el mismo se distingue, en el extremo superior izquierdo, la figura de Dios Padre sobre Santiago Matamoros:

en el centro se encuentran las columnas de Hércules rodeando al escudo imperial, y el extremo derecho lo ocupa San Andrés con la cruz de Borgoña y la inscripción "Plus Oultre" (en otros estandartes imperiales la inscripción figuraba en alemán: "Noch Weiter"),

Esta otra figura de la izquierda muestra las armas imperiales: las de Castilla y León (castillos y leones), de Aragón (barras), de Sicilia (águilas y barras) y la granada de España: de Austria (fajas), de Borgoña moderna (flores de lis) y antigua (bandas), de Brabante (león en oro) y, en escudete superpuesto, las de Flandes (león en negro o de sable) y Tirol (águila roja o de gules).

 

La figura de la derecha representa un estandarte imperial en el que el escudo con las armas descritas aparece sostenido sobre el pecho del águila bicéfala.

 

Finalmente, la figura de la izquierda muestra un pendón de la Santa Hermandad de Toledo que llevó Carlos V en la expedición a Túnez en 1535.

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Reclutamiento

La primera necesidad que se sentía para formar un Tercio era reclutar a los hombres que habían de formarlo. Para reclutar a las tropas, se otorgaba a la persona que trataba de levantarlas un real despacho o permiso que recibía el nombre de conducta, a la que se añadía una instrucción que servía de norma para llevar a cabo estas operaciones. No resultaba fácil la selección de los capitanes que habían de formar las nuevas compañías.

"El aprendiz de soldado". Cuadro de A. Colmeiro

En el momento en que se tenían noticias de que se iba a producir un nuevo reclutamiento, una legión de pretendientes trataba de llegar a la Corte y exponer su pretensión, llevando sus hojas de servicios más o menos brillantes y, a veces, hasta supuestas.

El duque de Alba, con el enorme prestigio que su figura llevaba consigo, soslayó los inconvenientes de los "pretendientes" y al necesitar una nueva leva para sus Tercios, escribió al rey pidiéndole los soldados, añadiendo que él mismo mandaría a los hombres apropiados para hacerse cargo de los reclutas.

El compromiso siempre era voluntario, excepción hecha de ciertos condenados que venían forzosamente a servir al rey. Una vez firmado el contrato de alistamiento -que no tenía límite de tiempo establecido- el soldado podía ser destinado a cualquier parte y a cualquier país. El aprendizaje, la instrucción, que diríamos ahora, era algo que en los Tercios se cuidaba con esmero. Estaba determinado que ningún soldado formara en las filas de los Tercios antes de saber bien su oficio. El período de recluta, cuyo tiempo era variable según las circunstancias, se pasaba, normalmente, en los Tercios de Italia, en servicio de guarnición y aprendiendo de los veteranos a ser soldados. Entonces recibían el nombre de pajes de rodela, encargados de llevar las armas de los veteranos a los que estaban adscritos. Así se ejercitaban en el dominio y manejo de sus armas e incluso de las que no eran de su especialización, de los movimientos tácticos y de las evoluciones precisas en el campo de batalla y recibían una esmerada preparación física que incluía -en el siglo XVI- prácticas de salto, natación, equitación y juego de pelota, aparte otras prácticas y juegos que se realizaban aprovechando cualquier rato de ocio o descanso, porque "es preciso que el infante no caiga nunca en la ociosidad para que así no caiga nunca en la pereza".

 

 

1

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Campañas

Acción

Año

Batalla de Pavía

1525

Saqueo de Roma

1527

Expedición a Túnez

1535

Batalla de Mühlberg

1547

Batalla de Lepanto

1571

 

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El camino español.

Por Joaquín Navarro Méndez Subteniente de Infantería

 

INTRODUCCIÓN

Los Países Bajos o Flandes, comprendían en el siglo XVI los actuales Estados de Bélgica. Holanda, Luxemburgo y algunos de los departamentos franceses del Noroeste. Por su riqueza y situación, eran una de las bases de la potencia europea de los Austrias españoles. En la década de 1560 y en nombre de Felipe II, gobernaba allí Margarita de Parma (hija natural de Carlos I) asesorada por el ministro español Cardenal Granvela. Los años 1560-1564 contemplaron la aparición de una oposición concertada a la política del gobierno de Felipe II, agravada por la propagación del calvinismo. La política de intransigencia religiosa impuesta por el Cardenal motivó que los nobles flamencos solicitaran del Rey el relevo del Ministro. La retirada de Granvela. que tuvo lugar en marzo de 1564, dejó el control de los asuntos de Flandes en manos del Consejo de Estado, cuerpo dominado por la alta nobleza flamenca. En el año 1566 se informó a Felipe II de que la situación en los Países Bajos era tan grave que sólo admitía dos actitudes políticas: concesión o represión. Habiendo fracasado abiertamente la primera parecía muy clara la segunda alternativa. En el curso de los meses de octubre y noviembre del mismo año, largas deliberaciones entre el Rey y su consejo español desembocaron en la decisión de enviar a Flandes tropas españolas al mando del Duque de Alba.

 

ANTECEDENTES

El dilema que se le presentaba al Rey era la elección de itinerarios seguros para el envío de tropas. Durante la década de 1540 y siguientes, España había mandado hombres y dinero desde las costas cantábricas a los Países Bajos. Mientras estuvo en guerra con Francia, España dominaba el océano y gozaba de la hospitalidad de los puertos ingleses, incluido el profundo puerto de Calais, donde podían refugiarse o desembarcar. A partir de 1558 se perdieron todas estas importantísimas ventajas.

El primer revés en la posición marítima de España, fue la toma por Francia a los ingleses del puerto de Calais, en enero de 1558. La pérdida de dicho puerto supuso una profunda humillación para Inglaterra, y a España le correspondió inevitablemente parte de la culpa. En el año 1568 unos barcos españoles, que se dirigían hacia los Países Bajos, fueron arrastrados por una tormenta hasta Southampton y la reina de Inglaterra ordenó su captura. A este acto siguió una campaña de agresiones sordas por lo que los barcos españoles navegaban con el temor de ser atacados desde allí.

Ese mismo año contempló también la aparición de una segunda amenaza marítima para España: los hugonotes formaron una armada en La Rochelle, integrada por 70 bajeles para colaborar en la causa de los protestantes franceses mediante la piratería. Los piratas medraron principalmente a costa del botín que capturaban a los mercaderes españoles en el Golfo de Vizcaya. Pronto se unieron a este lucrativo negocio los "mendigos del mar", habitantes de los Países Bajos, desterrados por haber tomado parte en las revueltas de 1566-67, que estaban organizados como flota regular al servicio del Príncipe de Orange. Con base en La Rochelle, Dover y en otros puertos que se lo permitieron, acosaron sin piedad a los barcos españoles.

El envío de tropas o dinero desde España a los Países Bajos por mar se convirtió de este modo, después de 1568, en un asunto extremadamente arriesgado. Unido esto a que la mayor parte del ejército se encontraba de guarnición en Italia, motivó que se tomaran en cuenta las rutas terrestres. El grueso de las tropas que llegó al ejército de Flandes, lo hizo por este medio, viajando principalmente por la famosa ruta conocida entonces y aún en nuestros días en algunos lugares, como «LE CHEMIN DES ESPAGNOLS" (el camino español).

El "camino español" lo ideó por primera vez en 1563 el Cardenal Granvela: Cuando Felipe II pensaba visitar los Países Bajos, el cardenal apuntó como más cómoda y segura la ruta que, partiendo de España vía Génova, les llevaría a Lombardía. Desde ese punto la ruta pasaría por Saboya, Franco Condado y Lorena; tal itinerario poseía una visible ventaja: se extendía casi enteramente por territorios propios.

El Rey de España era Duque de Milán y gobernaba en el Franco Condado como Príncipe Soberano. Durante el período de los Habsburgo. España concertó pacientemente estrechas alianzas con los gobernantes de los territorios que separaban sus propios dominios. Desde 1528 España había sido el principal apoyo del patriciado que gobernaba en Génova. El Duque de Saboya era viejo aliado, el fundamento legal de la alianza de Saboya y España era el Tratado de Groenendal (26 marzo de 1559), pero la duradera "entente" de los Estados radicaba en el deseo de Saboya de conseguir territorio francés (para lo que le era necesaria la ayuda española), y la necesidad que España tenía de un corredor militar entre Milán y el Franco Condado. El Ducado de Lorena vivía una situación de neutralidad que habían acordado Francia y España en 1547 estas condiciones permitían el paso libre a las tropas de todas las potencias con tal de que no permanecieran en el mismo lugar más de dos noches.

Después de atravesar Lorena, las tropas que se dirigían de Italia a los Países Bajos, penetraban en los mismos por el Luxemburgo español. Si bien España gozaba así de una firme amistad con todos los Estados que constituían los jalones de su camino hacia los Países Bajos, los Estados eran independientes bajo todos los aspectos y cada vez que las tropas habían de pasar por ellos, debían ser precedidos de respetuosas proposiciones diplomáticas.

 

EL CAMINO ESPAÑOL

El corredor militar conocido como "el camino español" no fue descubierto ni monopolizado por los españoles. Algunos tramos eran utilizados regularmente por mercaderes: los comerciantes que se trasladaban con sus mercancías desde Francia a Italia utilizaban normalmente el monte Cenis y el Maurienne en invierno, y el Pequeño San Bernardo y el Tarantaise en verano. En el año 1566 al ser designado el Duque de Alba Gobernador General de los Países Bajos y jefe de la expedición militar que debía reprimir la rebelión existente, con su acostumbrada minuciosidad y la colaboración de su Comisario General, Francisco de Ibarra, se dedicó al estudio del itinerario que debían seguir las tropas. Una vez trazado el mismo en sus líneas generales, enviaron a un ingeniero especializado con 300 zapadores para ensanchar caminos en el empinado valle que sube desde Novalesa por Ferreira hasta el desfiladero de Monte Cenis. Por lo tanto, puede considerarse al Duque de Alba, como artífice del corredor militar denominado "camino español", vigente desde 1567 a 1622.

El itinerario que seguía, no tenía nada de especial. Estaba constituido por una cadena de puntos fijos obligados: los puentes indispensables, los vados y transbordadores que comunicaban las localidades con capacidad suficiente para alojar a los viajeros decorosamente.

Una vez que el gobierno había decidido el itinerario de sus tropas, debían hacerse mapas detallados sobre el terreno. La primera expedición realizada por el Duque de Alba en 1567, atravesó el Franco Condado con un mapa elaborado por don Fernando de Lanoy.

Los jefes militares hacían uso de dichos mapas para cruzar los distintos Estados, pero cuando se carecía de ellos, se contrataban guías locales que eran los encargados de conducir a las tropas por su propia región. Solían preceder a las expediciones militares grupos de exploradores que comprobaban si todo estaba dispuesto a lo largo de la ruta.

La preparación anticipada de caminos, provisiones y transporte aumentaba lógicamente la rapidez en el traslado de las tropas al frente. Si todo estaba en orden, un regimiento podía hacer el viaje desde Milán a Namur (unas 700 millas) en seis semanas aproximadamente. En febrero de 1578 una expedición tardó solamente 32 días. en 1582 otra empleó 34. La duración por término medio de las marchas era de 48 días (ver cuadro).

Un factor que influía en la rapidez del conjunto de una expedición, era el número de grupos en que se dividía. Al parecer para que la unidad de marcha fuera manejable con comodidad. no debía tener más de 3.000 soldados.

Obviamente, la duración de la marcha a los Países Bajos estaba determinada por la rapidez con que se desplazaban los soldados. La velocidad normal de los ejércitos que utilizaban «el camino", parece haber sido de unas 12 millas por día. Si bien la expedición que en el año 1578 empleó solo 32 días en su marcha. habría sacado un promedio de 23 millas diarias.

Como anteriormente se ha expuesto, el uso de este corredor por el ejército de Flandes estuvo vigente hasta el año 1622 cuando el Duque de Saboya firmó un tratado anti-español con Francia, en el cual se prohibía el tránsito de nuestras tropas por su territorio. y dio fin de este modo al uso del "camino español".

Su pérdida obligó al gobierno al estudio de otro corredor militar. Con tal motivo se iniciaron negociaciones diplomáticas con los cantones suizos, a fin de conseguir permiso de tránsito de tropas españolas por su territorio y el paso del Rhin.

Este segundo corredor partía de Milán y por los valles de la Engadina y la Valtelina llegaba a Landeck, en el Tirol, de ahí cruzando el Rhin por Breisach en Alsacia, se pasaba al Ducado de Lorena y a través de él hasta los Países Bajos.

La invasión francesa del valle de la Valtelina, la pérdida de Alsacia a manos de los franceses, fueron golpes mortales para los corredores militares españoles, empero, el más grave sin duda fue la ocupación del ducado de Lorena por Luis XIII en 1633. Todas las rutas por tierra que servían para el aprovisionamiento de las tropas del Imperio español en los Países Bajos, dependían del derecho de paso por Lorena, por lo tanto, con esta ocupación quedaron fuera de uso por imposición francesa.

 

APROVISIONAMIENTO DEL EJÉRCITO DURANTE SU TRÁNSITO POR EL "CAMINO ESPAÑOL"

El aumento del volumen de tropas y la escalada de las operaciones militares durante el siglo XVI intensificaron lógicamente el peso del aprovisionamiento de los ejércitos.

Alrededor de 1550 apareció una nueva institución: la "étape militaire". La idea no era nueva, las staples o étapes hacía mucho que se usaban como centros comerciales; eran lugares donde los comerciantes y sus clientes concurrían en la seguridad de que allí podrían encontrarse para hacer sus transacciones y donde se almacenaban mercancías para su venta y distribución. En el siglo XVI la institución fue adaptada con fines militares. En el 1551, por ejemplo, para atender el paso frecuente de grandes contingentes de tropas francesas por el valle de Maurienne con dirección a Italia, los franceses establecieron una cadena permanente de étapes. Estas resultaron útiles, y así continuaron funcionando aun después de que los franceses se retiraran en 1559. En 1567 el Duque de Alba pudo servirse de las étapes organizadas por los franceses, a su paso por el Maurienne, pero tuvo que ocuparse de disponer una nueva cadena para el resto de su viaje hasta Bruselas.

En sistema de étapes era sencillo y razonable. Se establecía como centro la staple o pueblo, al que se llevaban y desde el que se distribuían las provisiones a las tropas. Si había que darles cama, se recurría a las casas de la étape y de los pueblos circundantes. Los encargados de la étape, junto con los comisarios ordenadores, responsables del alojamiento de los soldados emitían unos vales especiales, llamados billets de logement que determinaban el número de personas y caballos que habían de acomodarse en cada casa. Después de partir las tropas, los dueños de estas podían presentar los billets al recaudador local de contribuciones y exigir su pago contra obligaciones por impuestos, pasados o futuros.

Cada expedición que utilizaba el «camino español", era precedida de un comisario especial, enviado desde Bruselas o Milán para determinar con los gobiernos de Luxemburgo, Lorena, Franco Condado y Saboya, el itinerario de las tropas, los lugares en que habían de detenerse, la cantidad de víveres que había de proporcionárseles y su precio. Normalmente cada gobierno provincial solicitaba ofertas de aprovisionamiento para una o más étapes (las ofertas las hacía muy frecuentemente, un robin -letrado- de uno de los tribunales provinciales de justicia, o un oficial del gobierno local).

Los asentistas cuya oferta era aceptada. debían firmar una "capitulación" que fijaba la cantidad de alimentos que habían de proporcionar y los precios que podían exigir por ellos, así como el modo de pago.

Además de víveres, era frecuente que las étapes tuvieran que proporcionar a las tropas medios para transportar la impedimenta. En los valles alpinos el transporte se hacia con acémilas, las mulas pequeñas llevaban entre 200 y 250 libras y entre 300 y 400 las grandes. A cada compañía le eran necesarias para su traslado entre 20 y 40 mulas en los pasos alpinos, o bien de dos a cuatro carretas en terreno llano, según la cantidad de equipaje.

 

CONCLUSIÓN

Con el "camino español", España consiguió, a base de ingenio y tenacidad y a pesar de la distancia reunir como por control remoto, un gran ejército a cientos de kilómetros del centro político de la monarquía.

 

Duración de las expediciones militares por tierra entre Lombardía y los Países Bajos

Año

Jefe

Número aproximado

Fecha partida de Milán

Llegada Namuz

Total días

1567

Alba

10.000

20 de junio

15 de agosto

56

1573

Acuña

5.000

4 de mayo

15 de junio

42

1578

Figueroa

5.000

22 de febrero

27 de marzo

32

1578

Serbelloni

3.000

2 de junio

22 de julio

50

1582

Paz

6.000

21 de junio

30 de julio

40

1582

Carduini

5.000

24 de Julio

27 de agosto

34

1584

Passi

5.000

26 de abril

18 de junio

54

1585

Bobadilla

2.000

18 de Julio

29 de agosto

42

1587

Zúñiga

3.000

13 de septiembre

1 de noviembre

49

1587

Queralt

2.000

7 de octubre

7 de diciembre

60

1591

Toledo

3.000

1 de agosto

26 de septiembre

57

1593

Mexic

3.000

2 de noviembre

31 de diciembre

60

 

 

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El soldado español de los Tercios.

1

Este ejército que ves

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vago al yelo y al calor,

3

la república mejor

4

y más política es

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del mundo, en que nadie espere

6

que ser preferido pueda

7

por la nobleza que hereda,

8

sino por la que el adquiere;

9

porque aquí a la sangre excede

10

el lugar que uno se hace

11

y sin mirar cómo nace

12

se mira como procede.

 

 

13

Aquí la necesidad

14

no es infamia; y si es honrado,

15

pobre y desnudo un soldado

16

tiene mejor cualidad

17

que el más galán y lucido;

18

porque aquí a lo que sospecho

19

no adorna el vestido el pecho

20

que el pecho adorna al vestido.

 

 

21

Y así, de modestia llenos,

 

22

a los más viejos verás

23

tratando de ser lo más

24

y de aparentar lo menos.

 

 

25

Aquí la más principal

26

hazaña es obedecer,

27

y el modo cómo ha de ser

28

es ni pedir ni rehusar.

 

 

29

Aquí, en fin, la cortesía,

30

el buen trato, la verdad,

31

la firmeza, la lealtad,

32

el honor, la bizarría,

 

33

el crédito, la opinión,

34

la constancia, la paciencia,

35

la humildad y la obediencia,

36

fama, honor y vida son

37

caudal de pobres soldados;

38

que en buena o mala fortuna

39

la milicia no es más que una

40

religión de hombres honrados.

 

 

Pedro Calderón de la Barca, soldado de Infantería Española

 

 

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